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Quince pasos de tierra blanca separaban a los dos hombres bajo el bochorno del mediodía. En mitad de la calzada, Gilbert Troy aguardaba con las suelas afirmadas en la greda y los hombros sueltos, dejando colgar la diestra junto a la vaqueta. Frente a él, Neal Ducker sostenía la escopeta con las manos húmedas de sudor, mientras a su derecha, su hijo Aaron, con apenas diecisiete años y una camisa a cuadros empapada en la espalda, mantenía el cañón de la carabina nivelado contra el invasor.

A espaldas de Gilbert, los treinta cuatreros formaban una media luna cerrada sobre sus monturas sudorosas. Archie permanecía inmóvil en el centro de la formación, sobre su yegua alazana. En la mandíbula izquierda, la bofetada que Troy le había propinado momentos antes le latía con un dolor sordo y el gusto salado de la sangre menuda le empapaba la boca. Pese al ardor, el chico reconoció la postura del jefe al primer vistazo: el codo apoyado sobre la curva de la pelvis, en el mismo ángulo que le había enseñado en el pedregal al tirar sobre las latas. Aquella quietud no era duda; era el temple del tirador antes de soltar el plomo.

Gilbert ladeó la cabeza y miró al comisario con una calma fría.

—Un trato parejo, Ducker —soltó Troy—. A la de tres. El que quede en pie se queda con el camino y con todo lo que haya adentro.

Nadie se movió en la calzada. En los soportales vecinos, los hombres que cubrían las esquinas vacilaron detrás de los barriles; Aaron apretó la mandíbula hasta marcar los tendones del cuello y clavó la yema del índice en la curva del disparador, sin medir la velocidad del enemigo.

Gilbert no contó.

—¡Tres! —gritó Troy.

El grito quebró la reacción de los defensores. Neal intentó subir la culata hacia el hombro y Aaron corrigió el alza de la carabina en un movimiento desesperado, pero para cuando el acero buscó la línea recta, la diestra de Gilbert ya había cerrado el arco desde la cintura.

El revólver detonó dos veces desde la cadera en un chasquido casi continuo.

El primer disparo alcanzó a Aaron Ducker en pleno pecho. La violencia del plomo detuvo en seco al muchacho; el proyectil le atravesó la camisa a cuadros y le vació el aire en un espasmo seco. El joven soltó el arma sin rozar el gatillo, se dobló sobre el vientre y cayó de rodillas antes de desplomarse de bruces contra la tierra calcinada, con los brazos abiertos en el cascajo.

La segunda bala derribó a Neal. El proyectil le partió la articulación de la pierna derecha por encima de la rodilla; el hueso quebró y el comisario se vino abajo de costado, estrellándose contra el suelo. La escopeta rodó por la tierra sin disparar mientras un alarido bronco se le escapaba entre los dientes apretados, con la sangre empapándole la pernera de gabardina.

Troy ni siquiera parpadeó. Con un soplo breve disipó la hebra gris que subía de la recámara y calzó el arma en la funda con un golpe seco de muñeca.

—Suyo —dijo, alzando el guante hacia la tropa.

Los treinta cuatreros picaron espuelas y se lanzaron sobre el pueblo levantando una polvareda espesa. Los vecinos que cubrían los porches arrojaron las armas al suelo y huyeron en desbandada hacia los huertos traseros. Los jinetes derribaban trancas a patadas y disparaban ráfagas al aire para quebrar cualquier amago de resistencia.

Frente a la tienda, dos hombres reventaron la puerta a hachazos. Rodaron barriles de salitre hacia la acera, rajaron los sacos de harina con cuchillos de monte y arrojaron sobre la vía fardos de tela y herramientas que los demás cargaban a brazadas en los arzones. Hacia el fondo de la calle, una tea encendida voló hacia el heno del establo comunal; la paja ardió en una llamarada rápida y una columna de humo negro comenzó a trepar hacia el cielo, esparciendo ceniza sobre la calle.

Archie desmontó frente a una carpintería desierta. Ató la soga a un poste de amarre con la destreza aprendida en el campamento y comenzó a caminar por el borde del camino, pegado a las paredes tibias de las casas. Esquivaba astillas de madera, herramientas tiradas y el crujido de los postigos reventados, ajeno a los gritos de los pobladores.

A cincuenta pasos vio la espalda ancha de Troy cruzando la cancela de una casona de dos plantas, una construcción pintada a la cal que destacaba entre la precariedad de las demás viviendas.

Archie lo siguió a distancia. Subió los cuatro escalones del porche justo cuando la bota de Gilbert reventaba la cerradura principal. La madera cedió con un chasquido rotundo y la hoja chocó contra el tabique del vestíbulo.

El interior olía a cera y a lavanda seca. En la sala principal, dos peones armados intentaron cerrar el paso, pero la rapidez de Gilbert desbarató la guardia en un cruce de disparos que dejó la estancia inundada de pólvora y vidrios rotos. Troy no se detuvo ante los cuerpos abatidos; cruzó directo hacia el despacho del fondo. De una patada derribó el secreter de roble, arrancó las gavetas de cuajo y esparció libros de cuentas y cartas lacradas sobre la alfombra, buscando el cofre de hierro de las transacciones ganaderas.

Archie se detuvo en el umbral, con la mano apoyada en la madera astillada del marco. El olor acre del azufre llenaba la casa, pero el chico no tenía interés en el saqueo. Dio media vuelta, bajó los escalones del porche y dobló hacia el callejón angosto que separaba la casona del almacén de granos.

Aquel paso era estrecho y sombrío. El sol no alcanzaba el fondo, donde se amontonaban cajones rotos, paletas de carga y una hilera de barriles vacíos de salmuera.

Archie avanzaba sobre la tierra blanda cuando un sonido menudo lo obligó a frenar el tranco.

Era un ahogo contenido detrás de los tablones desfondados; una respiración entrecortada que intentaba sofocarse contra la madera.

El chico tanteó el revólver que llevaba ceñido a la cintura por puro reflejo, pero aflojó los dedos en cuanto asomó la cabeza entre dos toneles.

En el rincón más oscuro, apretada contra la pared de piedra, había una niña.

Tendría sus mismos doce inviernos. Vestía un delantal de lienzo claro cubierto de manchas de hollín. Tenía los puños apretados contra la boca, mordiéndose los nudillos para ahogar los sollozos que le sacudían el pecho, y dos surcos limpios le bajaban por las mejillas llenas de polvo. Sus ojos castaños, abiertos por el espanto, temblaban en la penumbra. Desde su escondite había escuchado los disparos, el derrumbe de las puertas y el galope de los asaltantes.

Archie se detuvo a tres pasos.

Las miradas de los dos se cruzaron en la sombra del callejón. Verónica lo contempló con un terror absoluto, esperando que aquel muchacho andrajoso, salido de la misma partida que arrasaba el pueblo, diera la voz de alarma o levantara un arma contra ella. Su cuerpo menudo temblaba acorralado contra el adobe.

Archie no se movió.

Mantuvo las manos abiertas, caídas a lo largo de las piernas, lejos del cinturón. No gritó ni llamó a Troy. En medio del olor a ceniza y de los alaridos de la calle, el chico reconoció en la muchacha el mismo desamparo que él había vivido bajo las mantas raídas de una carreta volcada.

Aquella frase que Gilbert repetía en el campamento —«No matamos niños»— era ahora su propia regla.

Sostuvo la mirada de Verónica durante unos segundos. La niña aflojó la presión de los dientes sobre los dedos, adivinando en los ojos oscuros de aquel muchacho una tregua que no existía en el resto del territorio.

Sin decir nada, Archie dio media vuelta sobre los talones. Caminó con paso pausado hacia la boca del pasaje, interponiendo su espalda entre los barriles y el resplandor de la calle, dejándola a salvo en la sombra.

Al salir a la luz, Troy bajaba del porche de la casona con una bolsa de lona al hombro y el paso firme.

—¡A las monturas! —ordenó Gilbert hacia la polvareda.

Los cuatreros respondieron al llamado, soltando las riendas de los caballos de tiro y asegurando los fardos a los arzones. Archie corrió hacia su yegua, desató la soga del poste y montó de un salto, afirmando las botas en los estribos. La banda formó una columna apretada y salió al galope hacia los cerros, dejando atrás vigas crujientes, techos humeantes y el llanto de los vecinos que salían a la calle.

Junto a los escalones de su oficina, tendido sobre la greda ensangrentada, Neal Ducker levantó la cabeza con la mandíbula trabada por el dolor. Con la mano crispada sobre la pierna destrozada, el comisario miró la silueta del jefe invasor perdiéndose hacia el norte; a su lado, inmóvil en el polvo, Aaron no volvería a levantarse.

Archie giró el torso sobre la silla y miró hacia atrás. La columna de humo negro trepaba hacia el cielo, borrando el perfil de las casas bajo una niebla cenicienta. En su memoria quedó fija la imagen de la niña del delantal de lienzo oculta entre los barriles.

El humo del caserío fue perdiendo densidad hasta disolverse en el aire caliente de la sierra.

La resolana del mediodía trajo a Archie Troy de golpe a las tablas astilladas del porche. Tenía las manos hundidas con fuerza contra el hombro destrozado de Holt Jackson, sintiendo la sangre caliente del viejo sheriff escurrirse entre sus dedos callosos y gotear por las rendijas del entarimado. El bochorno apestaba a azufre quemado y a greda reseca.

A lo lejos, hacia el norte del camino, una polvareda amarilla borraba la silueta de los diez jinetes que se alejaban al galope tendido. Neal Ducker, con ocho inviernos más a la espalda y la pierna lisiada por el plomo de Troy, se llevaba a Jesús Artieda hacia las sierras.

En los oídos de Archie todavía resonaba la voz ronca del forajido, la misma sentencia que acababa de salvarle la vida al aprendiz sobre la calzada:

No matamos niños.

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Buenos días, tardes o noches; depende de en qué momento del día estés leyendo esto.

Vamos a proseguir con el ciclo de entrevistas a nuestros escritores/usarios de la web para conocerlos un poco mejor, asomarnos a sus mundos y saciar nuestra (sana) curiosidad. Comentar antes que nada que asumimos la buena fe tanto de la parte periodística como del entrevistado. Aunque la gran mayoría seamos aficionados, Internet no perdona (y si las páginas sobreviven, tampoco olvida). Nadie quiere que su entrevista quede como algo de lo que arrepentirse en el futuro.

Tengo una lista de 50 preguntas que se hará a todos los escritores entrevistados por igual. Es algo que creé con ayuda de la IA. Ninguna va con una intención avisa, tampoco son indiscretas. Cuando empecemos estos hilos lo ideal es publicarlas y que el usuario entrevistado las responda lo primero. También las puedo enviar por privado y publicarlas directamente con sus respuestas, como en este caso.

De cada tanda de preguntas, el entrevistado puede negarse a responder a dos. Cada usuario puede hacer diez preguntas a cada entrevistado, obviamente si cualquiera de ellas resultase ofensiva, violase la LOPD, etc., se procedería directamente a considerarla nula.

Dicho esto con total seriedad, ¡empecemos con nuestro juego!

Anoche tuve el enorme placer de entrevistar a Heguen D’merak, o también podríamos decir Luis G. Muñoz S. como él mismo comparte en su perfil (entre nosotros su nombre de usuario es @heguendm); he de decir que me agradó su buen hacer y que el texto no tiene desperdicio. Sin más dilación ¡aquí están sus respuestas a nuestras 50 preguntas básicas!:

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La entrevista

Sobre tus inicios y vocación

  1. ¿Cómo y cuándo surgió tu vocación de escritor?
    Para ser sincero, no lo sé. Fue desde muy niño, seis, tal vez ocho años.
  2. ¿Nos cuentas cuáles fueron las primeras palabras o relato que recuerdas haber escrito?
    Aunque parezca imposible, mi primera “obra” fue un poema… sí, ya sé, hoy día tengo alergia a tal cosa, pero era un niño de siete u ocho años, no tenía ni idea. Y no lo recuerdo, pero no era poema de amor, era algo sobre las flores o la vida de las flores, no recuerdo y no quiero recordar.
  3. ¿Cuál fue el primer texto o historia que terminaste de leer?
    Huff, ni idea, la verdad, creo que fue El llano en llamas de Juan Rulfo.
  4. ¿Algún libro de tu infancia marcó tu vida?
    Unos cuantos:
    EL conde de Montecristo de Alexander Dumas es de mis favoritos.
    El Masacre se pasa a pie de Freddy Prestol Castillo. Luego me oriento hacia el terror una colección de cuentos de horror que contenía El caso del señor Valdemar de E. A. Poe y El monte de las ánimas de Gustavo A. Bécquer. De allí caí a Howard Phillip lovecraft y por último a S. King.
    Aunque muchos otros también formaron parte de mis lecturas y me dejaron cierta marca, incluido el Marqués de Sade y sus Ciento veinte jornadas de Sodoma (otra ironía, pues tengo una aversión a escribir nada sexual o erótico).
  5. ¿Quiénes son tus principales referentes o autores favoritos?
    Como dije: Alexander Dumas (tanto padre como hijo; leí todas sus obras). Poe, Lovecraft, King.
  6. ¿Qué escritor te gustaría que leyese tu obra?
    Depende: Terror, obviamente King. Sci-Fi: Los guionistas de Stark Trek… soy un trekie, ¿qué puedo decir? Salvo “Live long and prosper”. Fantasía: No es un autor de literatura per se, es un creador de anime… Hayao Miyazaki.
  7. ¿Cuándo te diste cuenta de que podías/deberías llamarte “escritor”?
    No creo ser merecedor de tal titulo, tal vez nunca lo sea, hasta el momento solo soy un aspirante.
  8. ¿Escribes para ser leído por otros o como una necesidad personal?
    Para ser leído por otros. Sinceramente, escribir se ha vuelto una forma alternativa de cumplir mi sueño frustrado de ser programador de videojuegos. Quiero ver una de mis obras adaptada al cine o videojuego antes de morir.
  9. ¿Qué consejo te habría gustado recibir cuando empezaste?
    No te gastes 10000 euros en publicar libros; publicar no es el asunto, el asunto es la publicidad. Auto publica el libro solo, paga un editor independiente (hasta Tolkien tenía un editor y escribió parte del diccionario) y gástate lo demás en publicidad.
  10. ¿Cuál ha sido el mayor elogio que has recibido por tu trabajo?
    De mi madre: Tu libro es bueno, lo leí completo. Y de Giusseppe: He leído peores.

Sobre el proceso creativo

  1. ¿Cómo creas una nueva historia: por una imagen, un personaje, una canción, una película, una lluvia de ideas… una frase?
    Todas las opciones: El horror de la residencia Pino Verde vino de un sueño. Los herederos de Toma; de una visita a un pueblo (más bien un caserío) abandonado en España. Otras son ideas que surgen en mi cabeza. Algunas pocas tienen un trasfondo más filosófico: Ornas de héroes vino tras escuchar una entrevista a un soldado británico de la Segunda Guerra Mundial que decía que no valió la pena y la forma condescendiente de… mejor me callo.
  2. ¿Planificas la trama al milímetro antes de escribir o dejas que los personajes te sorprendan?
    Ambas cosas; unas historias las tengo planeadas, otras se escriben ellas mismas.
  3. ¿Tienes un ritual o manía para ponerte a escribir?
    Ninguna en realidad.
  4. ¿Cuál es tu hora favorita del día para redactar?
    Cuando tengo tiempo, no importa la hora o momento, a veces surge una idea de pronto en el lugar menos oportuno; por eso tengo una libreta llena de garabatos que a veces se extienden muchas páginas.
  5. ¿Cuántas horas al día dedicas realmente a escribir?
    Depende del tiempo que tenga para escribir (por el trabajo) y de la “fluidez” de las ideas, a veces unos pocos minutos, a veces más de ocho horas seguidas.
  6. ¿Escribes a mano o directamente en ordenador/móvil?
    Ideas a mano. El texto completo a ordenador, nunca a móvil.
  7. ¿Cómo superas el famoso “bloqueo del escritor”?
    Ni idea, nunca me ha pasado. No tengo bloqueos, lo que tengo es “desorden mental”; sé lo que quiero escribir, el plan está, pero las palabras no son las correctas, así que tardo en escribir o escribo y borro. No me quedo en blanco, es solo que no me gusta el resultado.
  8. ¿Qué parte del proceso disfrutas más?
    Finalizar una idea, escribir ese último capítulo.
  9. ¿Cuál te cuesta más trabajo?
    Editar. El tedioso, odioso, agotador, inacabable, desquiciante infierno que llaman la edición.
  10. ¿Música, ruido o silencio para trabajar?
    Me da igual, no hay fuerza humana que me distraiga de mi obsesión una vez caigo en mi “zona”.

Sobre los personajes y la obra

  1. ¿Tus personajes están basados en personas reales o son totalmente ficticios?
    Muchos de ellos tienen nombres de conocidos, aunque la mayoría son inventados. Algunas características de algunos personajes son copiadas de conocidos, colegas o miembros de la familia.
  2. ¿Con qué personaje de tus escritos te sientes más identificado?
    Supongo que con Luca Barresi, aunque es un mix de la personalidad de varias personas, incluido un poco de mí, pero es solo una parte pequeña.
  3. ¿Algún personaje ha “tomado el control” de la historia y ha hecho algo que no tenías planeado?
    No realmente.
  4. ¿Cuánto hay de ti en tus historias?
    No mucho, pinceladas, pero nada sólido. Soy muy aburrido como para dar fuerza a una historia.
  5. ¿Te documentas antes de escribir?
    Sí, sobre todo en sci-fi o westerns, es necesario.
  6. ¿Prefieres los finales cerrados o abiertos?
    Cerrados; si es abierto, es porque hay parte dos. Antes de dejar una incógnita, prefiero escribir varios finales alternativos.
  7. ¿Te cuesta mucho poner punto final a un manuscrito?
    No, es mi parte favorita, como dije.
  8. ¿Qué géneros prefieres escribir?
    Terror/suspenso y ciencia ficción.
  9. ¿Qué opinas de tus primeros textos hoy en día?
    Oh, eso… aunque las ideas son originales, los horrores gramaticales y de estilo los hacen ilegibles. Dan un poco de vergüenza técnica, no de idea.
  10. ¿Qué género literario te gustaría probar en el futuro si aún no lo has hecho?
    No creo probar nada más; he probado con westerns y ahora una Noir y ha sido un horror… No se me dan bien esas cosas.

Sobre la publicación y el oficio

  1. ¿Has publicado algún texto?
    Sí, todos mis libros (excepto dos) han sido publicados.
  2. ¿Autopublicado, en redes o en editorial?
    Autopublicados y en redes, actualmente solo fictograma me salí del resto de redes.
  3. ¿Qué opinas de las críticas?
    No lo sé; hasta donde sé, no he recibido una “crítica” como tal. Sí hay gente que me ha hecho algún comentario y han resultado muy útiles. Tengo una piel muy dura, de hecho, prefiero las “críticas” agresivas, sobre todo si señalan puntos débiles en mi trabajo o errores.
  4. ¿Qué es lo más difícil de ser escritor hoy en día?
    No lo sé, no soy escritor. Solo un aspirante, si te refieres a la barrera más grande para ser escritor, entonces diría que la publicidad. Hay historias que pueden ser muy buenas, pero si nadie las lee…
  5. ¿De qué vives realmente, o sea, en qué trabajas?
    Médico, especialista en Nefrología (riñones).
  6. ¿Cómo te llevas con el marketing, las redes sociales y la promoción de tus libros?
    Como perro y gato. No soporto las redes sociales, no soporto lidiar con la gente. Mi publicidad fuera de fictograma es inexistente.
  7. ¿Qué importancia tiene fictograma para ti?
    Bueno, es… mi casa (desde un punto de vista literario). Valentino ha creado algo que creo vale la pena y la verdad le agradezco el esfuerzo que hace. No es una página grande, ni llena de… “Literatura” que no tolero. Además de que es un espacio en español, que tanto nos hace falta, porque nosotros también tenemos talento en el tema de la literatura… y de las webs también.
  8. ¿Te gustan los certámenes o concursos literarios?
    Huff… No sé qué decir. He participado en unos cien (de estos oficiales desde ayuntamientos a editoriales como Planeta), nunca tuve un buen resultado. Dejé de hacerlo hace un año o algo así. Ahora solo participo en los de Kannonical editores cuando lanzan alguno que coincide con los géneros que escribo.
  9. ¿Te han pedido alguna vez cambiar el final o un personaje y cómo reaccionaste?
    No, nunca.
  10. ¿Qué significa el éxito para ti como autor?
    Como dije antes: Un videojuego basado en mi historia. Aunque vender unos cuantos miles de copias y retirarme con las ganancias también es aceptable, soy un hombre sencillo… y humilde, ja ja ja.

Gustos personales y curiosidades

  1. ¿Qué estás leyendo en este momento?
    Nada realmente. Hace unos días me recomendaron y prestaron: Verano de pesca en Laponia… no es para mí; pasé de la página ciento cincuenta con dificultad, pero al final lo dejé. Es uno de los pocos libros que no he terminado en mi vida.
  2. Nombra un clásico literario que guste a todos… pero a ti no.
    Un título preciso… no se me ocurre ninguno; géneros, sin embargo, todo lo que sea poesía, erótica o romance; no lo soporto.
  3. Nombra un libro que los demás critiquen abiertamente y que, sin embargo, a ti te ha encantado.
    Ni idea, no suele interesarme la crítica de nadie sobre el trabajo ajeno.
  4. ¿Prefieres leer un libro a la vez o varios en paralelo?
    Uno a la vez.
  5. ¿Cuál es tu lugar favorito para leer?
    Donde se pueda, no tengo preferencias.
  6. ¿Café, té o agua mientras escribes o lees?
    Vodka… no, es broma; no bebo, salvo en muy contadas ocasiones. En general, té de frutos del bosque, mi propia receta, nada de sobrecitos.
  7. ¿Qué haces cuando no estás escribiendo ni leyendo?
    Trabajar, dormir, ejercicio, nada.
  8. Si pudieras cenar con un personaje de la ficción, ¿a quién elegirías?
    Teniente comandante Data, Stark Trek, la nueva generación.
  9. Si pudieras cenar con un escritor, vivo o muerto, ¿a quién elegirías? (te pondremos traductor, total, todo es imaginario y sale gratis).
    Isaac Asimov o El emperador Marco Aurelio.
  10. ¿En qué nuevo proyecto estás trabajando ahora?
    Una Noir (intento de Noir). La Guardia Civil está investigando la desaparición reciente de una joven alemana en San Sebastián de La Gomera, Tenerife. La obra está aún en sus inicios, estoy intentando ser realista, pero eso hace la novela súper aburrida. No hay nada de divertido ni entretenido en una investigación policial, no es como en las novelas o las películas/series. Muchas veces, algunos crímenes complejos (que son pocos) se resuelven por pura coincidencia.
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Ella no soy yo (fictograma.com)
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Eva 

El primer día que la vi, ella ya me estaba mirando. No soy una persona observadora, por lo que no sé decir cuánto tiempo llevaba haciéndolo. De hecho, si no hubiera sido porque el mercadillo estaba prácticamente vacío debido a la lluvia, lo más probable es que no hubiera reparado en su presencia. Sin embargo, allí estaba, tan solo a unos puestos detrás de mí. Al verse descubierta, bajó la mirada y empezó a hurgar en su bolso, nerviosa, y se giró, como queriendo esconder la cara tras su hombro. 

En ese momento no vi el parecido. No sé si no lo vi o no quise verlo. Tan solo vi a una chica que me miraba fijamente y no le di importancia. Terminé de pagar al tendero por la fruta que me llevaba, volví a refugiarme bajo el paraguas y eché a andar hacia casa. Algo, no sé el qué, me hizo girarme y buscarla con la mirada, pero para entonces ella ya no estaba ahí. Tampoco sé explicar por qué entonces sentí alivio y mis hombros se relajaron. 

Me encantan los días lluviosos. Pasear con el paraguas bajo la lluvia es una de mis sensaciones favoritas, el olor del suelo mojado me embriaga y el sonido de las gotas contra el paraguas me reconforta; pero algo en aquella mañana no me dejó disfrutar de ese momento especial. 

Al llegar al portal, un escalofrío me trepo por la espalda y me hizo girarme rápidamente. Capté una sombra fugaz que se escondía tras la esquina. «Alguien huyendo de la lluvia», me dije, y entré en casa. 

 

∅ 

La primera vez que me vio fue en el mercadillo, pero lo cierto es que yo ya llevaba un tiempo siguiéndola.  

Ocurrió un mes atrás, iba paseando con ese novio que tiene de la mano por el centro comercial. Me crucé con ellos, la miré e instantáneamente giré sobre mis talones y empecé a seguirlos. A seguirla. No daba crédito a lo que mis ojos veían. Al principio fue simple curiosidad, pero cuánto más la miraba, más me fascinaba. Luego sentí miedo. 

Cuando se dirigieron hacia el aparcamiento, el corazón empezó a golpearme fuertemente dentro del pecho. Iba a perderla… Y la perdí. 

Fue un sábado por la tarde. Así que volví el sábado siguiente. Estuve todo el día en el centro comercial, al lado de las puertas automáticas; sin éxito alguno. 

Sé lo que es. Me habían hablado de ello y había leído alguna historia por internet. Siempre he sido una gran aficionada al terror, por lo que sé reconocer algo así cuando lo veo. Era mi doppelgänger. 

Mentiría si dijera que no pasé toda esa semana investigando su historia. La conclusión es clara: ver a tu doble es presagio de muerte. Ella misma, mi doble, me matará. Por eso tengo que localizarla. Si la vigilo, si la tengo bajo control, no podrá hacerme daño. No debo darle la espalda. El cazador cazado. 

Por eso también volví el sábado siguiente al centro comercial y esta vez sí vino. Para cuando se fue hacia su coche yo ya tenía un taxi esperándome. La seguí hasta casa. El día que ella me vio en el mercadillo yo ya llevaba tres días viviendo en el edificio frente al suyo. 

 

∅ 

Apostada desde mi ventana, la observo cada día. Mi piso está a una altura superior al suyo, por lo que, cuando las cortinas no están corridas, tengo una buena visión de su dormitorio y su salón. La veo ir y venir, mientras mira la tele, come, se cambia… e incluso cuando hace el amor. Creo que aquí estoy segura, pero de vez en cuando tengo que salir a por víveres y… Bueno… También me puede la curiosidad y voy tras ella. 

Ya conozco su lugar de trabajo y la residencia para mayores en la que vive su madre, los lugares que frecuenta con sus amigas y los sitios donde hace la compra. ¿Tiene acaso sentido que mi doble tenga su vida tan bien construida? ¿Y si es una farsa para despistarme? ¿Estoy realmente segura aquí? 

 

Eva 

La cafetería en la que trabajo no está mal. Es grande, pero acogedora; el aroma del café de especialidad se mezcla con el de la bollería casera, recién horneada cada mañana. Aquí la vi por segunda vez.  

Estaba sentada en la zona de mi compañero, así que fue él quien le atendió. 

—Eh, Eva, echa un vistazo a la mesa 13 —me susurró —. No sabía que tenías una hermana gemela. 

Fruncí el ceño, extrañada, y levanté la vista. 

Ahí estaba, oculta tras una revista, clavándome los ojos por encima del papel. Se me erizó la piel al ver la similitud y me quedé petrificada hasta que el café que seguía vertiendo se desbordó y me abrasó la piel. Lancé un grito ahogado y corrí al vestuario a echarme agua fría y vendarme la mano. Cuando regresé a mi puesto, la mesa 13 estaba vacía. 

—¿Se ha ido? —pregunté a mi compañero. 

—Sí, dejó un billete de 10 y me dijo que me quedase el cambio. Es alucinante, ¿verdad? Debe ser alguna pariente tuya o algo así. 

—Solo le he visto los ojos —respondí, un tanto confusa. 

Esos ojos, sus ojos… Eran mis ojos. 

 

∅ 

Asumo mi culpa al ser descubierta aquel día en la cafetería. No sé si fue un torpe acto de valentía, la necesidad de adrenalina o el morbo; pero en cuanto me vio supe que la había cagado. Se fue corriendo de allí, seguramente intentando pillarme desprevenida, así que pagué rápidamente y hui.  

Durante el trayecto a casa no dejé de mirar hacia atrás; no podía darle la espalda. Un coche me pitó por cruzar sin mirar, me choqué con un par de personas y una de ellas me insultó. Llegué al portal y, temblando, busqué las llaves en el bolso, echando un vistazo por encima del hombro por si me seguía. Encontré las llaves, pero se escurrieron entre mis manos sudorosas y cayeron al suelo, cuando las recuperé y las metí en la cerradura, volví la vista una vez más; nada. Empujé la puerta y entré. Estaba a salvo. 

 

∅ 

Desde mi ventana la contemplaba. No soportaba verla frente al espejo. «Es mi imagen», pensaba. «Soy yo. Me estás robando mi imagen, zorra». 

Cuando la vi ponerse el abrigo y lanzar una última mirada a su reflejo —mi reflejo—, me puse mis gafas de sol, aunque fuera de noche, me escondí la coleta en un gorro y cogí la mochila que ya tenía preparada. Salí del portal en el momento justo en que ella y su novio echaban a andar calle abajo cogidos de la mano. Corrí hacia su casa, pero no llegué a tiempo, la puerta se me cerró en las narices. Se encendió una bombilla en mi cabeza y llamé al telefonillo de varios vecinos hasta que al fin alguien contestó. 

—Soy la vecina del tercero —dije—. He olvidado las llaves, ¿me puede abrir? 

Silencio. Y la puerta se abrió. 

—Eva Flores —leí en su buzón. —Es bonito. 

Una vez en su rellano, sacaría los materiales necesarios para hacer una copia de la llave. Con resina y paciencia, tendría un molde.  

La puerta de enfrente se abrió y una vecina me sorprendió cuando estaba abriendo la mochila. 

—Eva, ¿qué estás haciendo? ¿Has perdido la llave? Podrías haberme pedido la copia, no te preocupes por las horas —dijo mientras entraba en su casa para buscar algo. —Toma, anda —regresó. —La próxima vez llama, que no muerdo. Oye, ¿estás bien? Nena, tienes cara de susto. 

—S-Sí, no se preocupe, es que ya pensaba que me quedaba en la calle esta noche. 

—Para eso estamos las vecinas. No te olvides de devolverme luego la llave, por si acaso —y cerró la puerta. 

Tenía la llave. 

 

Eva 

El timbré sonó mientras Víctor y yo cenábamos, era mi vecina. 

—Ay, Eva, ¿te pillo cenando? 

—No se preocupe doña Amparo, ¿qué quiere? 

—Nada, era para recordarte que cuando puedas me devuelvas la llave, no vaya a ser que te vuelvas a quedar en la calle. 

—¿Cómo? —pregunté extrañada. 

—Sí, bueno, como el otro día. Pero cuando puedas, ¿vale? No hay prisa —dijo, y se metió en su casa sin dejarme responder. 

—No entiendo nada —le dije a Víctor, volviendo a la mesa, y le conté la conversación con la vecina. 

—Bueno, es una mujer mayor, quizá está senil o se siente sola. Podrías ir a visitarla más a menudo, le caes bien. 

Así quedó zanjado el asunto y terminamos de cenar. 

 

Me encontraba en un estado de duermevela, escuchaba la respiración pausada de Víctor a mi lado, que había caído rendido después de hacer el amor, cuando, borrosa, una figura apareció a los pies de mi cama. Quise despertar a Víctor en cuanto fui consciente de lo que veía, pero el terror me tenía paralizada.  

Era yo. ¡Yo! Observándome a mí misma. Nos miramos a los ojos durante unos segundos que me parecieron horas y durante los cuales pude observarme bien. Ella soy yo, pero no soy yo. Lo noto en algo, pero no sé en qué. Me veo en ella, sin embargo, no me reconozco. No puedo ser yo. 

Quise preguntarle qué quería de mí, pero al abrir la boca para hablar, la otra yo retrocedió asustada y salió de la habitación.  

A la mañana siguiente, se lo conté a Víctor y me habló de viajes astrales, experiencias extracorporales y parálisis de sueño. Sé que no se trataba de nada de eso. Lo sé porque no desperté en ningún momento. Después de aquella siniestra visita no pude conciliar el sueño. 

 

Eva 

«¿Qué es eso que me está siguiendo? Me espía, me observa, me estudia, me acecha. Es igual que yo. ¿Soy yo? ¿Qué quiere de mí? ¿Qué quiero de mí? ¿Me estoy volviendo loca?» 

 

∅ 

Anoche fui a verla otra vez. Nos miramos cara a cara, pero no reaccionó. Quería que supiera que sé lo que es y que soy yo quien la vigila a ella y no al revés. 

Tenía la situación controlada hasta que quiso hablar. Tuve que huir, no creo soportar escuchar mi voz en ella, y no creo querer escuchar lo que tenga que decir. 

No puedo seguir viviendo así, es ella o yo. 

 

Eva 

Hoy necesito tiempo para mí. Normalmente, suelo aprovechar mi día libre para ir a ver a mamá y hacer recados, pero hoy no puedo. Siento que me estoy volviendo loca, allá donde voy creo verla. Me estoy volviendo paranoica, ya ni en casa me siento segura. 

Víctor no tardará en volver, pero no quiero estar sola. Me siento observada y tengo miedo. Pienso en lo que me dijo Víctor el otro día y decido ir a visitar a la vecina, su compañía me reconfortará. 

Voy a echarme un vistazo en el espejo del recibidor antes de salir de casa y dos yoes me devuelven la mirada. La que está más alejada sujeta un martillo. Entonces se acerca hacia mí y lo alza. El golpe me arranca el aire, noto un zumbido y una luz blanca me ciega. Siento como me desvanezco y todo se vuelve oscuro. 

 

∅ 

Oigo la cerradura mientras termino de arrastrar su cuerpo bajo la cama. 

—Cariño —es Víctor—, ya estoy en casa. 

Termino de alisarme el jersey que he cogido de su armario y me pongo unas gotas de su perfume. «Querías acabar conmigo y vivir mi vida, zorra. Ahora yo viviré la tuya». Pongo mi mejor sonrisa. 

—Amor, estoy en la habitación. 

4
Su sombra y ella (fictograma.com)
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Se sienta en el mostrador, junto a la barra. Mira desde el vidrio y se queda perdida, mirando a la nada. Sus ojos se vuelven un poco más turbios. Deja de parpadear por unos segundos. Su respiración se hace pesada, y con cada sorbo, su reflejo en el vidrio se ve más cansado. Como si la que tomaba el café no fuera ella, sino la del otro lado.

Sus manos se mueven lentamente, buscando indicios: ¿es ella la que se ve? ¿Su voz está atrapada en ese espejo? Todo lo que hace no tiene respuesta. Todo es confuso. Un murmullo sale de su boca, leve, leve… pero su cuerpo sigue inmóvil, intentando saber si su reflejo sigue ahí.

Su vista se vuelve cada vez más intensa. Ve pasar a las personas a su alrededor, en un sinfín de momentos, y se pregunta: ¿qué hago aquí?

Mira su reloj. Todo lo que la rodea se vuelve más borroso. Y le pregunta al vidrio, bajito:

—¿Eres tú… o soy yo? Dime.

Pero el reflejo no contesta. El reflejo se vuelve sombra.

—Si camino… ¿vendrás conmigo? —pregunta—. ¿O acaso solo soy yo?

Toca el borde de la mesa. Sus manos sienten el frío de la madera. Y aun con el murmullo alrededor, intenta escuchar la verdad. Pero no encuentra respuesta. Sabe que todas las cosas están como deberían estar… y que este es solo el paso del día.

Resignada, intenta levantarse. Pero por un instante —como si fuera cosa del otro mundo— su sombrero hace un leve movimiento. Solo. Sin viento. Sin que nadie lo toque. Observa lentamente qué hace… pero eso tampoco es una respuesta.

Como si despertara de un sueño muy familiar, observa que todo se ha movido de lugar. Es como si nada más existiera: su sombra y ella.

Como si volviera a la realidad, camina despacio. Todo su cuerpo funciona igual que siempre. Pero mientras camina, se da cuenta: el reflejo desapareció.

Busca alrededor.

Y no hay nada.

Ha perdido una parte de sí… que no sabía que existía.

5
Castaño (relato breve) (fictograma.com)
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Castaño: un atardecer más

Pequeño glosario.

  • Cloche: embrague de un automóvil. Proviene del francés y se usa habitualmente en República Dominicana.
  • Chamaquito / carajito: niño o muchacho. Carajito es más coloquial y puede tener un matiz más brusco, según el contexto.
  • Mijo: contracción de «mi hijo», usada como trato cariñoso incluso con personas que no son hijos propios.
  • Chequear una vaina: revisar una cosa o un asunto. Vaina es una palabra muy flexible que puede significar «cosa», «asunto» o «situación».
  • No te apures: no te preocupes; no hay necesidad de apresurarse.
  • Sácale el cuerpo: evita el tema o esquiva una situación incómoda.
  • Pescao: pronunciación coloquial de «pescado». En «yo siempre fui un pescao»
  • Armao: pronunciación coloquial de «armado». En «un mulato armao, con problemas de ira», describe a un hombre armado y violento.
  • Enriquillo: es una novela histórica dominicana escrita por Manuel de Jesús Galván y publicada entre 1879 y 1882.

—

“La figura moral de Judas es un misterio sordo, sin ecos, tan profundo como el silencio de los siglos y tan amargo como su triste sombra de condenado para la eternidad.” Juan Bosch

Era apenas media tarde. Estábamos en el agua como siempre… En otra vida, quizás hubiéramos sido peces.

Las olas de repente se engrandecían. Era divertido, aunque esa parte de la costa siempre estuviese cerrada. Un grupo de amigos grandes, muchas risas y…

—¿Miguel? ¿Alguien ha visto a Miguel? René, ¿Tú estabas con él, cierto?

—Tranquilo, Elías, seguramente esté buceando… ¡Oigan! —Exclamó René hacia el grupo que se reunía en la playa.

—¿Qué pasó, René?

—¿Esas gafas, las amarillas son de Miguel cierto?

—¿Alguien ha visto a Miguel?

—No, estaba con… René. Elías, es una gran ola, ¡Tengan cuidado…!

Como si fueran de plástico, las sábanas me asfixiaban otra vez.

Era el mismo sueño de siempre, uno que jamás podía cambiar. Miré mis manos temblorosas y entonces noté la ventana.

El invierno se había ido y era verano nuevamente. Las estaciones cambian de un día para otro, pensé, sin darme cuenta de que quien no había cambiado era yo.

—¡Elías! ¡Levántate a desayunar, papito!

Mi madre entró a la habitación con esa expresión en su rostro, entre lástima y preocupación.

—¿De nuevo? Mi amor, desayuna algo, así tendrás fuerzas para la fiesta.

—¿Fiesta?

—¡No me vayas a decir que se te olvidó!

—No, ma, es… el aniversario del tío Randy. Sal, ya me pongo algo de ropa.

—Y pensar que ya se retiró, ¿Porque no intentas ser salva vidas como él?

—Mamá, ¡por favor ya sal!

El viento que entraba por la ventana del auto se sentía suave, casi como un susurro; casi hasta podía oler la sal de la costa en él. Había pasado toda mi vida en este lugar, sin pensar realmente en lo que quería. ¿Solo mirar el paisaje? ¿Adónde se fueron mis ambiciones?

Creo que me dormí en el auto; Era la única explicación para la oscuridad que me rodeaba. Aunque escuchaba voces a lo lejos… No, son solo carcajadas.

Mis amigos y yo. Es el bar de siempre, donde nos juntábamos todos. Mientras ellos reían, yo solo podía observar; ni siquiera podía decir una palabra. Mientras ellos parecían haberlo superado, yo seguía viendo a Miguel en los reflejos.

Sentado, mirándome fijamente con esa sonrisa que nadie me ha podido dar.

Desperté otra vez. La música típica sonaba a todo volumen en la pequeña finca a la que habíamos llegado.

Los perros ladraban como siempre y el mar, que siempre me acecha, estaba ahí presente, levantando sus grandes olas contra la costa.

Me uní brevemente a la fiesta. La música alta me causaba dolor de cabeza. Saludé al tío y a sus familiares. No podían creer que yo hubiera crecido tanto. Ni siquiera sé por qué me desagrada tanto la atención.

En esa finca tengo mi lugarcito. Cuando era un chamaquito, venía a ver el mar desde la ventana del ático. Pensar que hace tiempo necesitaba ayuda para bajar la puertecita; ahora, solo estirando la mano, puedo hacerlo.

Subí y el lugar estaba bastante viejo. Lleno de reliquias, como siempre. Me apoyé en la ventana, suspirando contra el cristal, con el mar a lo lejos. Si me quedaba mucho tiempo mirándolo, siempre aparecía eso.

La viva imagen de Miguel invitándome al agua.

Evité, por supuesto, seguir mirando. El mar ya no era mi amigo como antes. Abrí la ventana y el aire corrió dentro, levantando la tapa de uno de los libros apilados.

No fue difícil verlo. El recuerdo cayó como un rayo en mi cabeza: era la firma de Miguel.

Al menos aquella firma, que una vez quiso hacer pasar por suya, me trajo recuerdos, aunque bastó una sensación de nostalgia para que el dolor volviera. Incluso en quinto grado se atrevía a surcar las olas. Hecho para el mar, decían los viejos… Hecho para el mar.

En aquel libro, Enriquillo, su firma se veía desgastada, al igual que aquellos bordes carcomidos. Un libro sobre la esperanza, escondido en un sitio tan viejo, y yo sin esperar nada. Entre las páginas encontré un viejo marcador… Parte de él se había reblandecido. Ya no se leía lo que decía, pero en una esquina una palabra había sobrevivido… «Castaño». Lo había olvidado. Tanto tiempo pensando en él y en todo lo que pasó, y ni siquiera recordaba algo tan simple como su apodo.

Me levanté apresurado y descuidado. Una de las cajas apiladas se volcó, haciendo ruido y levantando polvo que no tardó en comenzar a filtrarse por la ventana abierta. Me acerqué y volteé la caja. Una vieja cámara había caído de ella; De alguna forma, me pareció extrañamente conocida.

La tomé en la mano y cerré la ventana, dándole un vistazo final al libro que dejé abierto en aquella pila. Unas gotas de agua golpearon el cristal y, con ellas, una nube de preocupaciones tapó el día.

—¿Tío? ¡Tío!

—¿Elías? ¿Qué pasó? ¿De dónde tú sacaste eso? Hacía años que no la veía.

—Ah… Tío, estaba en el ático.

—Así que ahí la había dejado. De vez en cuando debería revisar ese ático.

—Una pregunta, tío… No recuerdo esta cámara, pero tengo la sensación…

—Es normal, eras un chamaquito cuando tú y Miguel venían a jugar con la cámara.

—¿Miguel y yo?

—Sí, aún recuerdo esa cabellera marrón…

—Castaño —susurré.

—¿Qué?

—Castaño, tío. Su pelo era castaño.

—E-es lo mismo, Elías. En fin, ¿y qué tú querías?

—Ah, quería saber si tenías un cargador.

—En el estuche, al final del clóset, hay cargadores, mijo, pero no te entretengas mucho, muchacho, que es una fiesta y algunos de los chicos del barrio andan por ahí.

—Dale, tío. Ya vengo en un rato, solo quiero chequear una vaina.

No sé por qué, pero sentía el corazón bombear con fuerza, o quizá fuera esa sórdida música que hacía vibrar incluso mis nervios. Entré por el pasillo hacia las escaleras. Esta finca es tan vieja que la madera se ve corroída. La música se oía cada vez menos, incluso cerca de la cocina.

Ahí estaba mi querida abuela, moviendo su cucharón, con su delantal azul y el cabello bajo una redecilla. Solo me detuve a observarla un momento y a sentir un poco el calor del fogón, una sensación tan incómoda como nostálgica. Ella me vio.

—Elías, ¿vas al cuarto del tío?

—Sí… ¿Cómo?

—Sé que él estuvo buscando esa cámara por un tiempo… Espero que halles lo que quieres, mijo.

—Gracias, abuela.

—¿Un cafecito?

—Más tarde, quizá. Disfruta de la fiesta, abue…

Las escaleras crujían bajo mis pies con cada pisada, haciendo que me apoyara en la pared desgastada. Al entrar a la habitación, percibí el olor de siempre: una mezcla de ropa vieja y desinfectante.

Paseé un momento por la habitación, mirando la colección de libros de mi tío. Había crecido en comparación con hacía años.

—Cuando uno e’ un carajito, no se da cuenta.

Desde la ventana podía ver la fiesta: mucha gente desconocida y algunos amigos con quienes incluso mirarse resultaba incómodo. Saqué el cargador del estuche y conecté la cámara.

Me senté en el suelo de madera, que crujió y se deformó apenas, y empecé a revisar los indicadores de batería. Pasaron un par de minutos. Sin poder esperar más, presioné el botón de encendido y esperé.

Era lenta, pero encendió y un video comenzó a reproducirse al instante.

—Espérate, Castaño, sube a esa piedra.

—¿Se ve el mar?

—¡Se ve tremendo!

—Elías, creo que amo el mar.

—¿En serio? ¡Yo también lo amo, Castaño! Supongo que el viejo Thomas sería tan sorprendente como tú.

—No, Elías, el viejo Thomas era un barbudo. A mí todavía me queda tiempo para eso.

—¿Entonces por qué no ser como el tío y salvar vidas?

—Oh eso también sería genial.

Ambos reíamos, jugando en el patio como dos carajitos sin consecuencias. Me pregunto si habrá sido el último video que grabamos.

Al revisar la memoria, descubrí que la mayoría de los archivos se habían dañado. Algunos habían sobrevivido, aunque eran de baja calidad.

—Castaño, tengo que irme de nuevo.

—No te vayas todavía, Elías, que aún me quedan unos días antes de irme otra vez.

—Nos vemos el verano que viene, Miguel. Acuérdate de que por fin nos van a dejar ir a la playa solos.

La cámara seguía grabando el océano mientras nuestras voces se alejaban. Pensé que el video había llegado a su fin y que la imagen estática era solo un error, pero el viento seguía corriendo. Incluso después de varios minutos, alguien parecía respirar agitadamente cerca de la cámara.

—Ah, esta vaina se trabó otra vez. El tío de Elías se va a poner bravo.

«Miguel volvió… ¿No recuerdo eso?», pensé. La cámara aún no se movía, pero era su respiración.

—Realmente quería ver un atardecer más con Elías…

La grabación se cortó de repente.

Mis manos se tensaron y algunas lágrimas rodaron por mi rostro. Me mordí el labio, casi hasta hacerlo sangrar.

—¿Ese era Miguel?

—Abue… —Mi voz apenas me salía.

—Dios mío, ¡cuánto tiempo tenía sin escuchar su voz! No me acordaba de que fuera tan dulce…

—Perdón, abue. Bajo ahora mismito, no te apures.

—Está bien, mi hijo. Tú puedes llorar delante de tu abuela.

—¿P-puedo?

—¡Claro que sí! ¿Y quién fue que te dijo que tú no podías?

—Y-yo no pude salvarlo, abue… Yo no pude…

Hacía tiempo que no lloraba tanto. Como un bebé que se cae después de dar sus primeros pasos, dejé que todo saliera sin pensarlo.

—Aunque tú no pudieras salvarlo, Miguel siempre fue un buen muchacho. Tú también lo eres, así que no te me preocupes, Elías… Ustedes se van a encontrar en el cielo para jugar otra vez, como cuando eran muchachitos.

—¡P-pa-pa!

—¿Qué? ¿Eso fue Miguel? Pero si su papá había fallecido…

—Eso seguro es un fallo de la grabación. No le hagas caso a eso, mi hijo.

—Pero, abue…

Ella parecía nerviosa. Sin pensarlo dos veces, me arrancó la cámara de las manos y la guardó en el estuche.

—Elías, ven, vamos a tomarnos un cafecito aquí con tu abuela. Te voy a enseñar a rezar el rosario otra vez, ¿sí?

—¡Es-está bien!

Un rato después, estaba sentado en una esquina de la cocina, mirando las llamas del fogón bailar sobre las brasas. Mi abuela parecía encorvarse sobre su propia espalda mientras movía el cucharón sin mucho cuidado.

—¡Abue, tu café es el mejor del mundo!

—¡Pero mira a este muchacho! ¡No me vengas con eso!

—Tú deberías poner tu propio cafecito.

—Ya estoy muy vieja para meterme en eso.

La verdad es que le creo, aunque no exagero: su café es el mejor que he probado. Mi abuela cuidó del abuelo por más de veinte años y, después, de mi tío y de Miguel.

—Abue, ¿tú te acuerdas de que cuando yo estaba más chiquito nos dijeron que Miguel había perdido a su papá? ¿Eso era verdad?

—Claro… Este país no era tan seguro antes. Y aunque le digan Quisqueya, esta isla sigue dividida.

—Sí, él era militar… Entonces, ¿por qué?

—¿Por qué qué?

Casi vuelvo a preguntarle por aquellas palabras que se escuchaban al final del audio, pero algo me decía que mi abuela iba a sacarle el cuerpo a la pregunta.

—¿Por qué fue que su mamá lo dejó aquí?

—¿C-cómo tú sabes eso, Elías? —Se le puso el rostro tenso mientras miraba para todos lados en la cocina.

—Se lo escuché decir a mi mamá una vez. ¿De verdad fue ella quien lo hizo?

—Acuérdate de que Miguel vino a estudiar. Su mamá no podía cuidarlo por el trabajo, así que me pidió que la ayudara.

—Yo creía que tú estabas cuidando al abuelo para esos tiempos.

—Elías, ese es un tema muy delicado. Vamos a dejarlo hasta ahí, ¿sí? Tu abuela no se siente muy bien ahora mismo. Ve a saludar a los muchachos.

—Ah, perdóname, abue. Voy a dejar la taza aquí. El café estaba buenísimo como siempre.

Mi corazón latió con fuerza durante unos segundos mientras cruzaba la sala y atravesaba la fiesta. Me acerqué a mi padre, que ya estaba borracho, y le arrebaté las llaves sin pensarlo.

Estaba lloviendo, lloviendo fuerte, pero lo único que me importaba era llegar al auto.

Abrí la puerta y me refugié dentro. El frío me carcomía las extremidades. Encendí la calefacción y comencé a mirar hacia afuera. Ya no se escuchaba la música.

Miré hacia un lado y presioné el botón de la radio. Una emisora estaba dando el pronóstico del tiempo.

—En otras noticias, se espera un fuerte oleaje debido a los remanentes de Olga, que todavía hoy están causando desastres en gran parte del país. Como comentábamos…

Cambié de emisora lentamente. Jazz, pop, rock… Nada me interesaba.

De repente, una guitarra acústica se apoderó de mis oídos. Era lenta, desesperante, pero sentía que estaba sincronizada con lo que llevaba dentro.

Una voz profunda comenzó a hablarme y las lágrimas volvieron a caer.

Una vez conocí a un hombre,

aquel hombre era todo lo que quería ser.

Un día cayó por la borda; al día siguiente se levantó,

como si decidiera su muerte, como si avistara el chapuzón.

Aun tuerto, desafió las bravas olas sin temor,

con ron y las cuerdas desafinadas de una vieja canción.

Aquel hombre tuerto murió de viejo, aún comiéndose al mundo;

su relato no se perdió, quizá todavía vive hoy.

—Ah, ese viejo barbudo… Thomas. Tenía años que no escuchaba esa canción. Hoy estoy muy llorón.

Incluso después de que terminó la canción, me reí brevemente, hasta soltar una carcajada. De repente, alguien tocó el cristal del lado del pasajero.

—E-eh… ¿Quién?

—Elías, ábreme, ¿sí?

—¿Tío?

Quité el seguro casi de inmediato. Vi cómo el paraguas de mi tío se doblaba por el viento. Entró entumecido por el frío, dejó el paraguas afuera y puso sus manos enrojecidas frente a la calefacción mientras me miraba con dudas una y otra vez.

«No habrá venido a regañarme, ¿verdad?», pensé mientras apretaba el volante.

Después de unos minutos, finalmente se acomodó en el asiento y suspiró profundamente, mirando hacia el parabrisas.

—Tú sabes que a Miguel le gustaba mucho este lugar, ¿verdad?

—Lo sé. A mí también, pero aun así…

—¿Aun así qué?

—No logro entenderlo.

—Nadie puede entender ese tipo de decisiones, aunque creo que tú ya te haces una idea.

—¿La abue te contó?

—Mencionó la grabación… Yo llevaba años buscándola. Nunca pensé que iba a estar escondida justo encima de mi cabeza. Ni siquiera se me ocurrió buscar ahí.

—Solo tuve suerte…

Mi tío suspiró de nuevo, esta vez apretando los puños, como si tuviera miedo.

—No sé ni cómo decirte esto, Elías. Miguel… era mi hijo.

Sentí como si un aluvión de emociones me abandonara el cuerpo. Podía sentir cada litro de sangre recorriendo mis venas y calentándome las extremidades. Nunca me había sentido tan extraño en mi vida.

—¿Y por qué me lo dice ahora?

—Pensé que merecías saberlo, aunque sea tú… ya que fue culpa mía que perdieras a tu mejor amigo.

—¿Culpa suya? Tío, ¿a qué usted se refiere?

Un ardor se apoderó de mi garganta. No podía creer lo que estaba escuchando. Aunque ya lo había pensado, jamás llegué a imaginar que esas palabras saldrían de su propia boca.

—Yo no supe aceptar sus esfuerzos.

Me levanté apenas del asiento y, sin pensarlo, extendí el brazo. No sabía lo que estaba haciendo, pero lo golpeé tan fuerte que mis nudillos sonaron como si se hubieran roto.

—¡Por favor, cálmate, Elías!

—Yo… yo lo siento, tío. No quise…

—Está bien. Yo sé que merezco más que eso.

—No debí hacerlo. No pensé… Lo siento.

—No te apures, no te apures. Tú apenas eres un carajito. Debí haberte hablado de esto hace tiempo.

—¿De Miguel?

—De todo… La verdad, ¿tú me puedes pasar unas servilletas?

—Hmm, sí. ¿Dónde están las…? Ah.

—Sí, en la guantera siempre hay. Cuando yo era joven, la nariz me sangraba a cada rato.

—Por eso le negaron el curso de buceo.

—Así que todavía te acuerdas de eso… Logré ser rescatista a pesar de todo, así que, cuando murió el papá de Miguel, supe que había llegado mi momento de apoyarlo.

—Por eso el sueño de Miguel… Él quería ser como usted.

—¿Y cómo se supone que yo iba a llenar la sombra de un hombre si apenas era un niño? Yo no supe reconocer sus logros.

—Usted intentó protegerlo y, al final, lo asesinó…

Mis puños se habían apretado tanto que ya me sangraban. Tenía los dientes rechinando, pero, de alguna manera, empecé a sentirme tranquilo.

—¿Y por qué no dijo simplemente que era su hijo?

—Cualquier cosa que te diga va a sonar a mentira… hasta la verdad.

—Pues inténtelo.

—No quiero que tú cargues con eso.

—¡Inténtelo!

Mi voz resonó dentro del auto, casi ensordeciendo el estruendo de la lluvia que golpeaba con fuerza la carrocería.

—Su padre… Incluso después de tantos años, su recuerdo seguía ahí: un mulato armao, con problemas de ira. ¡Coño, le dañó la vida al pobre muchacho!

—¿Y eso qué tiene que ver, tío?

—Yo siempre fui un pescao, Elías. Un salvavidas, no el padre de un niño criado por un asesino… Al menos, eso era lo que yo pensaba.

—Usted no se lo merecía.

—Aun así, era mi hijo. Yo debí… Lo siento, Elías. Lo siento.

Así como había llegado, mi tío se fue bajo la lluvia, dejando su paraguas negro y doblado en el suelo. Recuerdo la frustración que sentí y el dolor en la frente por los golpes que me había dado.

Suspiré profundamente y miré a lo lejos por el parabrisas. La lluvia caía con fuerza y la fiesta seguía igual de animada. Lo único que me calmaba era la radio, pero tenía tantos pensamientos en la cabeza que ni siquiera podía escucharla.

Tomé la palanca de cambios y puse la primera marcha casi sin pensar. Entonces, poco a poco, solté el cloche y el auto avanzó, apenas lo suficiente para salir del patio sin hacer mucho ruido.

«Tal vez se dieron cuenta», pensé mientras algo me carcomía por dentro. Golpeé varias veces el volante con violencia y aceleré. No sabía adónde iba, aunque tampoco había otro lugar al que quisiera ir.

Unos minutos después, lo vi a lo lejos, en la playa. Me miraba sonriendo, como si jamás se hubiera ido de mi lado. El oleaje era brusco, pero aun así él flotaba y me saludaba con la mano.

Abrí la ventana, dejando entrar el aguacero, y saqué la cabeza para gritarle:

—¡No te mueras, por favor, Miguel! ¡Aguanta, coño!

No escuchaba mis desesperados intentos por salvarlo. Aun así, seguí gritando hasta dejar el carro en la arena y acercarme a una playa tan furiosa que parecía querer llevárselo todo.

El oleaje me golpeó de frente. Ni siquiera pude reaccionar. Miguel no estaba por ninguna parte y unos rayos de luz anaranjada parecían atravesar las enormes nubes negras del horizonte.

—¡Miguel! —grité desesperado, casi como si me estuvieran arrancando las cuerdas vocales.

Las olas violentas y la lluvia ahogaban cualquier sonido, pero, aunque el agua me cubría los tobillos y la arena se deslizaba bajo mis pies, no podía rendirme.

—¿Dónde tú estás, Miguel? ¡No me dejes aquí!

—Sé que fui injusto, sé que no te escuché. Perdóname.

—No me dejes solo aquí, por favor. No me dejes sin ti.

Cerré los ojos y comencé a rezar como mi abue me había enseñado. Tenía las rodillas hincadas en la arena y sentía el pequeño roce que me calentaba la piel, mientras la arena corría a mi alrededor. El agua que antes me envolvía y parecía ahogarme había desaparecido. Incluso el oleaje.

Por un momento, me sentí en paz.

—Supongo que Dios me escuchó…

Abrí los ojos lentamente. Las gotas de lluvia todavía me golpeaban los párpados y algo delante de mí parecía alzarse con fuerza.

Era una sombra oscura, incluso más alta que yo.

—O tal vez no. Ya no importa.

Abrí los brazos y cerré los ojos mientras una enorme ola se preparaba para destrozarme a escasos centímetros.

Ni siquiera sentí el impacto. Solo sé que di varias vueltas bajo el agua, como si quisieran arrancarme las extremidades. El agua del mar entraba por mi boca sin control. Aunque era buen nadador, nunca había tenido tan claro que era imposible salir de allí.

Pasaron minutos de agonía en aquel lugar oscuro y caótico. Cuando pensé que finalmente perdería el conocimiento, llegué a un sitio tranquilo.

Las olas apenas se movían, tan calmadas que podía ver el fondo. Allí, algo brillante destacaba. Me acerqué, movido por la curiosidad, y lo tomé entre las manos.

Eran unas gafas de buceo, amarillas, como las de Miguel.

«¿Adónde fuiste? Ya no las necesitabas, ¿verdad?», pensé.

El fondo se volvió cada vez más oscuro. Ya no me quedaba aire en los pulmones.

Me aferré con fuerza al fondo marino y cerré los ojos por última vez.

De repente, sentí una mano que me empujó con fuerza por la espalda, impulsándome hacia la superficie. No sabía cómo explicar aquella fuerza, hasta que sentí mis propios brazos nadando desesperadamente hacia arriba.

Quería vivir. Estaba desesperado por hacerlo.

El agua no era tan pacífica como había creído. Las corrientes me golpeaban y, apenas logré salir a la superficie, otra ola me embistió, como aquel día en que Miguel desapareció para siempre.

«Las gafas», pensé.

Las busqué por todo mi cuerpo, pero no estaban allí. Por más que lo intentaba, las olas parecían tragarme cada vez más.

Levanté las manos por encima del agua y grité con todas mis fuerzas:

—¡Lo siento, Miguel! ¡Quiero vivir!

—¡Por ti, por los otros! ¡No voy a ir contigo, te lo juro! ¡Voy a vivir!

Incluso antes de desmayarme, desafié al cielo, mirándolo como si me debiera mucho más de lo que podía expresar con aquella lluvia de verano, delirante e interminable.

A lo lejos, escuché un carro y una voz que me gritaba algo.

—¡No te mueras, por favor, Miguel! ¡Aguanta, coño!

No sé cómo, pero desperté en la playa mientras alguien me presionaba el pecho con fuerza. Llevaba camisa y pantalones finos, blancos y negros, como mi tío. Pero no podía ser él; se había quedado en la fiesta.

A su lado estaba aquel paraguas negro, ahora completamente destrozado. Mi familia se acercaba, preocupada.

Me aferré de nuevo a la arena y expulsé toda el agua que había tragado. Una pequeña sonrisa se dibujó en mi rostro.

Notas: Segundo borrador, si tienen algún consejo me ayudaría para el tercer borrador, ya sea reducir o añadir mas contexto.

6
 
 

Elías.

Al oír a la doctora repetir ese nombre, lo primero que le vino a la mente fue el hombre deformado de su pesadilla. Su rostro partido. Su boca intacta, susurrando esas mismas sílabas.

—A-ah… ¿sí? —respondió, sin estar seguro de nada.

—Llevas dos días inconsciente. Te hemos hecho varias pruebas mientras dormías. Físicamente estás bien. —La doctora se llevó el índice a la sien—. Pero los escáneres muestran una actividad anómala en el hipocampo y en los lóbulos temporales, las zonas del cerebro que guardan la memoria.

«Con razón me duele tanto la cabeza», pensó Elías. «Con razón todo me da vueltas».

—Ahora que estás despierto, necesito hacerte unas preguntas —continuó ella—. Responde lo que puedas, sin pensarlo demasiado.

Elías asintió.

—¿Cómo te llamas?

Abrió la boca, pero no salió nada. El único nombre que tenía en la cabeza era el que había pronunciado aquel monstruo en su pesadilla, el mismo que acababa de decir ella.

—Usted me ha llamado Elías… pero no lo recuerdo.

—¿En qué año estamos?

—No lo sé.

—¿Recuerdas el nombre de tus padres? ¿Cómo eran?

Elías buscó en su memoria. Nada. Ni una cara, ni una voz, ni un nombre. Solo un vacío, tan grande que le dio vértigo.

—No.

La doctora tecleó algo en su tablet sin cambiar de expresión.

—Voy a decirte tres palabras y quiero que las repitas: manzana, mesa, moneda.

—Manzana, mesa, moneda.

—Bien. Última pregunta. —Levantó la vista y lo miró a los ojos—. ¿Oyes alguna voz en tu cabeza? ¿Alguna que no sea la tuya?

Elías recordó el susurro de la oscuridad, tan cerca de su oído. Dudó un instante.

—No —dijo al fin—. Solo… tuve una pesadilla.

La doctora lo observó un segundo más de lo necesario. Luego volvió a la tablet.

—Conservas el lenguaje y, de momento, parece que también la capacidad de formar recuerdos nuevos. No presentas síntomas de alteración mental. Lo que has perdido son tus recuerdos personales. Tienes amnesia retrógrada.

—¿Qué?

La palabra le cayó encima como un peso, y por un instante sintió que el suelo se desvanecía bajo sus pies.

—En teoría, no tiene por qué ser permanente —continuó la doctora, con el mismo tono tranquilo—, pero necesitamos hacerte más pruebas para confirmarlo. Dicho esto… toma.

Le tendió la tablet. Elías la cogió y tardó un momento en entender qué mostraba la pantalla: una ficha de paciente. En la parte superior, un nombre.

—Elías Reyes… —se le escapó en un susurro.

—Sí. Ese es tu nombre.

Elías bajó de nuevo la vista hacia la pantalla. Debajo de su nombre había más datos, escritos en el mismo tono frío de un informe:

Edad: 18 años. Estatura: 1,78 m. Peso: 65 kg. Rango: recluta, en evaluación final. Núcleo: blanco. Unidad: Avanzada de Tokio.

Y, al final, en el apartado de observaciones:

Superviviente de la incursión a Tokio.

Estado: en observación. Riesgo psicológico: elevado.

Pendiente: interrogatorio obligatorio por el Departamento de Investigación.

Leyó aquellas líneas dos veces. «¿Superviviente? ¿De qué? ¿Y por qué soy un riesgo?»

Levantó la vista y la observó con más atención. Llevaba el pelo oscuro recogido sin un solo mechón fuera de sitio, y del cuello le colgaba un fino colgante de plata con un trazo curvo y elegante, como una palabra escrita en un alfabeto que Elías no sabía leer.

Sus ojos tenían una frialdad constante, casi distante, que explicaba sus respuestas secas, sin rastro de compasión. Y, sin embargo, su voz era suave, delicada, un hilo de calma que contradecía todo lo demás. Elías no supo qué pensar de ella.

—¿Cómo llegué aquí? ¿Qué me pasó?

—Te trajo un equipo de rescate. Te encontraron inconsciente, al borde de una Distorsión.

«¿Una Distorsión?» La palabra no le decía nada. Y, aun así, algo en su pecho se encogió al oírla.

—En cuanto a lo que te sucedió antes, eso no lo sé —añadió ella—. Cuando termine contigo avisaré al Departamento de Investigación. No tardarán en venir a hablar contigo de ese tema.

—Entiendo… Gracias, doctora.

—Karim. Noor Karim.

Su rostro siguió inexpresivo. Elías bajó los ojos hacia la placa metálica de su bata, donde el nombre estaba grabado con letras pequeñas y precisas.

—Ah, claro… Gracias por cuidarme, doctora Karim.

—Solo hago mi trabajo.

Un pitido breve salió del comunicador que llevaba en la muñeca. Leyó el mensaje y frunció apenas el ceño.

—Me necesitan en la Sección A —dijo, mientras le retiraba los cables y la vía del suero con movimientos rápidos y exactos, los de alguien que lo ha hecho miles de veces—. Espera aquí. Vuelvo enseguida y seguimos con las pruebas.

Luego se dio la vuelta y se marchó con pasos firmes.

En la mesita junto a la cama había un pequeño espejo de mano. Elías dudó un momento antes de cogerlo. Le daba miedo lo que podía encontrar.

Desde el cristal le devolvió la mirada un chico de dieciocho años, delgado, de piel pálida. El pelo negro, desordenado, le caía sobre la frente y casi le tapaba los ojos: unos ojos marrones, apagados, con ojeras profundas, como si llevara mucho más de dos días sin dormir. En la mejilla derecha tenía una cicatriz fina, antigua, que no recordaba haberse hecho.

Era una cara que debería conocer mejor que ninguna otra. Y no le decía nada. Era como mirar a un desconocido.

«¿Este soy yo?»

Por un instante recordó al niño del espejo de su pesadilla, y no supo decir si se parecían. Dejó el espejo boca abajo sobre la mesita.

Sentado en el borde de la cama, Elías empezó a mover las manos, el cuello y las piernas. Tenía los músculos entumecidos; su cuerpo parecía haber olvidado cómo funcionar. Despacio, apoyó los pies en el suelo frío y se puso las chanclas.

Miró hacia el pasillo por donde se había ido la doctora. «Espera aquí», había dicho. Pero quedarse quieto en aquella cama, rodeado de miradas y sin saber quién era, le parecía insoportable.

Al ponerse en pie, su mirada fue a parar a una puerta al fondo de la sala, distinta a todas las demás. Era más gruesa, de metal gris, sin ventanilla. Sobre ella, un letrero en letras rojas: SOLO PERSONAL AUTORIZADO. A un lado había un escáner de huellas y un lector de identificación con una pequeña luz roja encendida.

Junto a ella, un guardia permanecía de pie, inmóvil como una estatua. Vestía un uniforme oscuro con una insignia de seguridad en el hombro y unos guantes con un pequeño cristal en el dorso; del cinturón le colgaba un inyector lleno de un líquido azulado. Sus ojos se cruzaron con los de Elías un instante. No dijo nada, pero tampoco apartó la mirada.

Se quedó mirando la puerta un segundo. Del otro lado no llegaba ningún sonido. Ni voces, ni máquinas, ni pasos. Solo silencio.

Por alguna razón, ese silencio le pareció peor que cualquier ruido. Apartó la mirada y echó a andar en dirección contraria.

Al salir, vio sobre la entrada un cartel: Sección B — Observación. Recorrió un pasillo flanqueado por camas separadas por cortinas de lona. Casi todas estaban cerradas, pero una seguía abierta: una familia rodeaba a un paciente, hablándole en voz baja, sosteniéndole la mano. Una punzada le atravesó el pecho. ¿Habría venido alguien a verlo a él en esos dos días?

No encontró respuesta. Suspiró y siguió caminando.

Al pasar junto al mostrador de enfermería, oyó un murmullo a su espalda.

—Es él, ¿no? —susurró alguien—. El de la incursión…

—Dicen que fue el único que volvió entero.

Elías se giró. Dos enfermeras apartaron la mirada a la vez y fingieron revisar sus pantallas. Él no entendió nada, pero sintió las miradas clavadas en la nuca hasta que dobló la esquina.

Unos metros más allá, otra puerta tenía un cartel mucho más amable: Sala de descanso. Dudó un segundo y decidió entrar. Dentro no había nadie: unas pocas mesas, sillas metálicas, un sofá amplio y, junto a la pared, una máquina expendedora cuyos colores brillantes hicieron que su estómago rugiera al instante.

—Tengo hambre —murmuró.

Miró el reloj de la pared y se dejó caer en el sofá. Luego miró la máquina. Luego se palpó la bata de hospital, por pura costumbre: ni siquiera tenía bolsillos.

«Con amnesia y sin dinero ni para un maldito bocadillo», pensó, apoyando la cabeza en el respaldo, con el ceño fruncido. «Supongo que esta es mi realidad».

◆ ◆ ◆

Noor Karim volvió a la Sección B en cuanto terminó con la urgencia. Se detuvo junto a la cama.

Estaba vacía.

Las sábanas seguían revueltas, y el espejo de mano descansaba boca abajo sobre la mesita. Noor soltó un suspiro largo, de esos que se guardan para los pacientes que nunca hacen caso.

—Te dije que esperaras —murmuró.

Iba a darse la vuelta cuando un sonido la detuvo: un pitido breve, casi amable. Al fondo de la sala, la pequeña luz del lector de identificación de la Sección C acababa de cambiar de rojo a verde.

Nadie la había activado desde fuera.

El guardia de la puerta se giró al mismo tiempo que ella. La puerta gris se abrió despacio, sin un solo ruido. Al otro lado, tendido en el suelo, el guardia de dentro dormía con su propio inyector vacío clavado en el cuello.

En el umbral estaba Kito, descalzo, con la bata de paciente arrugada. Con un brazo rodeaba el cuello de un médico, al que había obligado a acercar su identificación al lector para abrir la puerta.

Tenía la cabeza ladeada y respiraba como un animal herido. En la otra mano llevaba algo afilado, pegado al costado de su rehén. Y sus ojos ya no reconocían nada.

Noor no gritó. Llevaba demasiados años en aquel hospital para gritar. Retrocedió un paso y, muy despacio, deslizó la mano hacia el panel de la alarma.

◆ ◆ ◆

En la sala de descanso, Elías giró un poco el cuello y descubrió un ventanal al fondo. Al otro lado, todo estaba oscuro.

«¿Es de noche?»

Pero el reloj marcaba las dos de la tarde. Imposible. ¿Estaría roto?

Se levantó, extrañado, y fue hacia la ventana. A cada paso, sus ojos se abrían un poco más. Y cuando por fin llegó hasta el cristal, el aire se le quedó atrapado en la garganta.

Ahí abajo, suspendida en la oscuridad, estaba la Tierra.

Azul, inmensa, hermosa y silenciosa. Y, sobre los continentes, manchas extrañas que no sabía nombrar, como si alguien hubiera derramado otro color encima del mundo.

—¿El espacio? —balbuceó.

Se quedó mirándola, inmóvil, preguntándose si seguía dormido. Si aquello era otra capa de la pesadilla. Se pellizcó la mejilla con fuerza. Le dolió, y la piel le siguió ardiendo después.

—Es real… —dijo, con una risa seca—. No es un sueño.

Y entonces, el sonido.

Una sirena ensordecedora desgarró el silencio. Un pitido metálico, penetrante, y una voz robótica que repetía sin cesar:

«Activando protocolo de seguridad. Activando protocolo de seguridad.»

Elías no entendía nada de lo que estaba pasando. Solo tenía una certeza.

Su realidad era una mierda.

7
 
 

El casi mes y medio transcurrido fue de pura exploración para Tarik, desagradable para las princesas, privadas de las atenciones y confinadas en las habitaciones del hotel, pero una pesadilla para Mehmed, viendo menguar sus reservas en comidas y cenas mientras debía pagar las cuotas mensuales del apartamento. La ciudad estaba viviendo el cambio de temporada, cuando se marchaban los turistas británicos que habían venido huyendo del frío, la lluvia y la tuberculosis, para ser reemplazados por los estadounidenses con sus trajes de baño dispuestos a meterse por esas playas de piedras nizardas y a ponerse morenos como vulgares campesinos y obreros de la construcción. Pero el fin de la pesadilla había llegado cuando el príncipe apretó el botón con el número 6 y el ascensor comenzó a subir.

Ajenas a ese pequeño triunfo, en el patio interior del edificio, Madame Bouvier, la portera, escurría la fregona cuando Madame Claudel, la vecina del tercero, apareció por la puerta con un canasto de ropa ardiendo de curiosidad.

—¡Bonjour, Madame Bouvier! —saludó la vecina, bajando los dos escalones—. Oiga, ¿ya se han instalado los del último? Como allí arriba hay cuatro apartamentos y dos de ellos siempre están vacíos… ¿Se han metido en uno de los vacíos? ¿En el que estuvo en obras tanto tiempo?

La portera soltó la fregona y se secó las manos en el delantal con una sonrisa.

—En el de las obras, Madame Claudel. Yo estuve dentro.

Los ojos de la vecina se abrieron como platos.

—¡No me diga! ¿Y cómo es que ha entrado usted allí?

—Pues porque me pagaron, claro —respondió Madame Bouvier irguiéndose—. El marido, ese señor que camina como si se hubiera tragado un palo de escoba… ¡madre mía, si debe medir un metro noventa! Un gigante, y con ese acento tan raro que tiene al hablar… Bueno, pues bajó y me dio unos buenos francos para que les limpiara el polvo de la reforma y le llenara la despensa. Su señora esposa, la princesa… —la portera hizo comillas en el aire con los dedos— debe ser igual de estirada que él, pero más inútil. Por lo visto no sabe ni pelar una patata, se lo juro.

—¡Mon Dieu! —exclamó la vecina—. ¿Y qué me dice del piso? ¿Qué tienen ahí dentro?

—¡De todo, señora, de todo y a estrenar! ¡Usted no se imagina! Cocina de gas que brilla que da envidia verla, radiadores nuevos, un aseo separado… y en el baño, ¡una bañera con patas de león y un calentador! Con esos no va lo de calentar cacharros al fuego.

Madame Claudel soltó un silbido.

—¡Madre mía! Y con esos trajes tan elegantes que lleva… deben de ser asquerosamente ricos.

En ese momento la curiosidad cambió de bando.

—A eso iba yo, Madame Claudel —dijo la portera bajando la voz a un tono conspiratorio—. Como usted es una de las pocas propietarias y puede ir a las reuniones, quería preguntarle. ¿Es verdad lo del ascensor?

—¿Qué cosa del ascensor?

—Pues me ha dicho un pajarito que Monsieur Delacroix dijo que no salían las cuentas para ponerlo porque había dos que no pagaban. Y dicen… dicen que este hombre, el del metro noventa, se plantó allí y soltó los billetes sobre la mesa, pero que el ascensor tenía que ponerse para que su esposa no subiera por las escaleras. ¿Es verdad?

—Pues mire, no va mal encaminada. Algo de eso mismito me comentó mi marido y mire que yo tenía entendido que lo habían alquilado, que era de otra persona.

—Eso mismo tenía entendido yo. Al parecer se lo dan a él con el trabajo. Me dijo el administrador que no había fianza o que lo habían resuelto por otro lado y que le diera simplemente las llaves.

—¡Vaya con los exiliados, Madame Bouvier! ¡Vaya con los exiliados!

Mientras el pequeño expulsaba los gases, el príncipe cruzó el umbral de la habitación radiante con una mano en el bolsillo de su pantalón asegurándose de palpar el llavero con solo dos llaves.

—Nuestra estancia en este hotel termina el uno de mayo —anunció triunfante—. He conseguido un apartamento moderno.

Hatice se llevó una mano al pecho como la que oye su sentencia de muerte.

—¿Al apartamento al final? —balbuceó—. Mi príncipe… por el amor del Misericordioso, respóndame. ¿Tan mal estamos? ¿Acaso hemos agotado todas las libras esas que nos dieron al salir? Van a decir que la Casa de Osmán se aloja en casas de vecindad. Solo pido esperar un poco más, hasta que el kâhya envíe lo que se ha obtenido vendiéndolo todo.

—Ese hombre es un traidor —la cortó el príncipe—. Estuvo espiándome para el sultán, para las fuerzas de la Entente y ahora no responde a ninguno de mis telegramas, lo que no me sorprende. El apartamento es el único camino, mi princesa.

—¡Pero es que no lo entiendo! —suplicó ella, tratando de mantener su compostura—. Fui… fui educada desde la cuna para ser servida en un palacio. Ni en Tiflis ni en Estambul jamás puse un pie en un cuarto de limpieza. ¿Qué pretende su alteza que haga en un piso de alquiler?

—Pretendo que vivamos como lo que somos ahora: exiliados en Europa —respondió serio—. Mi princesa tendrá que asumir las funciones de un ama de casa europea. Lavar la ropa, cuidar de la casa y cocinar para nuestros hijos. Pero se podrá sostener, no como esto.

La princesa dejó caer la frente sobre su mano.

—¿Lavar yo? ¿Cocinar? —preguntó retóricamente alzando la cabeza—. Mi señor… no es solo por dignidad, ¡es por…! No sé nada de eso. Y ¿si enferma el mayor por no saber cocinar? ¿Y si enferma el bebé por no lavar bien los pañales?

La princesa volvió a dejar caer su frente sobre la mano.

Mehmed se mantuvo en silencio durante un momento.

—Para mí también ha sido muy indigno cargar con la cuna por la calle y el tranvía, rodeado de obreros y estibadores. Pero el apartamento debe ser nuestro hogar a partir de la semana que viene. Míralo por el lado bueno. Tendrás un sitio donde invitar a té sin estar a la vista de cualquiera.

Hatice pensó en eso y a la mente se le vinieron las palabras de la rusa y de su madre en la carta.

—Necesitaré… necesitaré… Necesitaré tu ayuda cuando no sepa qué hacer con la estufa de carbón y al subir la compra por la escalera o bañar al niño para traer el agua caliente o…

—No te preocupes, mi princesa. Todo eso no será necesario. Lo verá mi princesa cuando lleguemos.

El día uno de mayo el traqueteo metálico del ascensor cesó con un leve golpe al apagarse la luz del número 6 y última del indicador superior en el edificio del n.º 15 de la refinada avenida de Les Baumettes. Al rellano daban las cuatro puertas de los cuatro apartamentos. Hatice las vio como cuatro ojos que la miraban. Con pánico miró a la izquierda. La escalera seguía subiendo, pero no quiso saber más.

Mehmed dejó la cuna en el suelo para girar la llave y empujar la puerta. Se sentía cierto olor a cerrado al franquear el umbral.

—Pasa, princesa —murmuró el príncipe, haciéndose a un lado.

La princesa entró vacilante. Sus ojos, educados en el lujo absoluto del palacio de Dolmabahçe, chocaron de inmediato contra las paredes del minúsculo recibidor con una mesita y un perchero por todo adorno frente al armario.

Mehmed cerró la puerta y se dispuso a guiarla.

—Sé que las dimensiones son… un cambio drástico —comenzó él—. Pero está completamente reformado y los muebles son todos nuevos.

Abrió la primera puerta desde el pequeño pasillo.

—Aquí tenemos el aseo y seguido el cuarto de baño con bañera.

Mehmed esperó a que su esposa se despojase de su çarşaf y caminó delante de ella los pocos pasos que le separaban del salón-comedor. Abrió las cortinas del fondo y todo cambió de golpe. La luz del sol brillando sobre el Mediterráneo entró por el enorme ventanal que ocupaba toda la pared. Entre los edificios se veía el mar solo dos calles más allá.

Volvió a cruzar el salón camino de la cocina. En ese momento la imaginación de la princesa le regaló la imagen sentada en la mesa del salón-comedor departiendo con su prima y algunas amigas que tal vez haría más adelante.

—Fíjate en esto…

Mehmed giró una de las cuatro llaves y rasgó una cerilla. La llama saltó con una pequeña explosión con su tono azulado de buena combustión.

Hatice se echó una mano al pecho mirando aquel artefacto del que parecía estar tan orgulloso su marido.

Él cruzó otra vez más el salón-comedor entre la mesa con seis plazas y la mesita baja frente al sofá. Abrió la puerta de una de las habitaciones y corrió las cortinas, inundándola nuevamente de luz.

—Este será el haremlik.

Con la mano aún en su blusa, la princesa se asomó a la puerta y vio el cuarto con las dos camas, pies de camas, mesita de noche y, al estar la pared del ventanal en curva, sitio para la cuna.

Mehmed abrió la ventana y se asomó al balcón. La brisa del Mediterráneo que se veía entre los edificios le acarició el rostro. Hatice se acercó despacio, con una mano en su cuello. Entre el ruido de la calle pudo oír el mar, muy bajo, pero se oía el mar.

—Hoy comeremos y cenaremos comida de fuera —anunció él, ajustándose los puños de la camisa con serenidad—. Le pedí a la portera que llene la despensa para los próximos días.

Hatice se giró hacia él y musitó más que preguntó:

—Mi príncipe… ¿De dónde ha salido este piso?

—Me lo dan con el trabajo, mi princesa —respondió con voz firme—. He conseguido un empleo en una empresa. Este apartamento forma parte de mi remuneración.

Las palabras cayeron sobre Hatice como una humillación más de aquel destierro. Su esposo, un príncipe imperial de la Casa de Osman, nieto de sultán, trabajando como un vulgar empleado para unos comerciantes o algo peor.

Bajó la cabeza incapaz de disimular su disgusto.

A la mañana siguiente se oyó el suave clic de la cerradura cuando Mehmed marchó hacia su «empleo». De pronto, el silencio aterrador del apartamento de los setenta y cinco metros cuadrados se abalanzó sobre la princesa Hatice. No había pasos de eunucos, ni de sirvientes ni de doncellas. Solo se quebró un instante después por el llanto del pequeño que reclamaba su toma. Ella se puso a ese acto indigno de una princesa, pero placentero tras los primeros días de mastitis.

A sus pies, su hijo de tres años ya se había levantado y tiraba con insistencia de la tela de su camisón.

—Tengo hambre, madre. Quiero desayunar.

Hatice por un momento quiso que Murad no terminase nunca de mamar.

Con el bebé llorando a todo pulmón en un brazo y el niño de tres años correteando ansioso a su alrededor, Hatice avanzó hacia la cocina de gas.

Las dudas le llegaron de golpe: ¿Qué pasaba si giraba la llave equivocada? ¿Explotaría todo?

Dejó al bebé en el moisés que había comprado su esposo días antes, pero el llanto se desató más fuerte al perder el contacto con su madre, mientras el mayor comenzaba a ponerse aún más nervioso por el estrés que flotaba en el ambiente.

Hatice abrió una de las llaves y tomó la caja de cerillas como le vio hacer a su esposo. El primer fósforo se le cayó al suelo. El olor a gas la puso más nerviosa todavía.

Logró encender la segunda cerilla y al acercarla provocó una pequeña explosión. Hatice dio un respingo hacia atrás con un grito llevándose una mano al pecho. De repente le pareció que toda la casa se había quedado en silencio viendo la llama arder con tranquilidad.

Las lágrimas se agolparon en sus ojos: ese sería su futuro.

Apretando los dientes para no sollozar frente al niño que la miraba preocupado, agarró el cazo que tenía delante y se dispuso a calentar algo de leche.

A unas cuantas calles de distancia, el príncipe Mehmed respiraba el aire de la mañana de Niza a pleno pulmón, paseaba bajo los árboles de la avenida Les Baumettes sin despertar la atención de nadie, pudiendo elegir girar por la calle que quisiera cuando quisiera y parándose donde le viniese en gana.

Eligió un bistró modesto, de mesas de madera y sillas de mimbre. Le recordó por enésima vez a la época en la Academia de Berlín, los años más libres y felices de su vida. Tomó asiento en una esquina apartada en un intento vano de alejar el bullicio de los obreros y comerciantes. Abrió su maletín y extrajo los cuadernos de contabilidad: el Libro Diario para anotar lo que le había dado a Hatice, el Libro Mayor para incluir ese gasto en su sueldo, y el Libro de Inventarios y Balances, el más temido porque le decía cómo menguaba el pasivo neto.

El príncipe anotó los francos como parte de su salario en el Debe. Le resultaba lógico. Lo había sacado de su cuenta y pensaba que se debía a la empresa. Pero, por si acaso, lo consultó en la Guía de Contabilidad. Mehmed se detuvo. Lo volvió a leer. Apretó los dientes y con su estilográfica de oro tachó furioso el asiento y lo escribió de nuevo, pero en el Haber. Se le vinieron a la cabeza sus años en Alemania estudiando ingeniería militar. Allí también tuvo que tachar muchas veces.

Al final de la mañana el apartamento se había convertido para Hatice en una olla de presión a punto de estallar. Las cuatro paredes del salón-comedor, que el día anterior le parecieron reducidas, ahora parecían encogerse a cada minuto, pero como si fuesen orejas absorbiendo cualquier ruido que hiciese. Había escuchado hablar a la vecina de al lado, había escuchado la cañería sonar porque la de abajo debió de abrir el agua, había escuchado a gente en el descansillo abrir una puerta y volverla a cerrar. Si ella los podía oír, ellos también la podían oír a ella.

El bebé no cesaba de llorar desde la cuna del dormitorio. Mientras tanto, el mayor, falto de espacio y de atención, no dejaba de revolotear a su alrededor, correteando entre las sillas y tirando de la tela de su vestido con preguntas incesantes. En medio de aquel torbellino, las manos torpes de la princesa habían provocado la catástrofe: una taza de porcelana se le había estrellado contra las baldosas.

La princesa del Cáucaso tuvo que arrodillarse para recoger los afilados pedazos.

—¡Madre! ¡Madre, mira! —insistía el pequeño de tres años, interponiéndose en su camino.

—¡Que me dejes en paz! —estalló Hatice.

El niño se petrificó. Retrocedió un paso. Pero lo que salió de su boca fue una cuchilla que rasgó el corazón de Hatice pese al agobio diario:

—¡Es que tú nunca me coges! —sollozó el pequeño—. ¡No me quieres!

Era verdad. Al menos en parte. Se quedó inmóvil en el suelo, con un pedazo de porcelana aún entre los dedos.

Soltó los restos de la taza sobre la mesa, se levantó tambaleándose y se dejó caer en el sofá del salón con el rostro entre las manos.

El niño, al ver a su madre derrumbada de esa manera, dejó de llorar por un instante. Corrió a la habitación y regresó con su tesoro más preciado: el pequeño caballo de madera que trajo desde Estambul.

—Para ti… para que no estés triste —murmuró con voz timorata ofreciéndole su tesoro.

Hatice abrió los ojos. Al ver el juguete de madera tan cerca, un primer impulso fue apartarlo de un manotazo. Pero justo cuando lo iba a tirar, el eco de la frase de su hijo resonó nuevamente: «¡Tú nunca me coges!»

Hatice miró al pequeño. Vio su mirada asustada pero llena de inocencia, con la manita extendida ofreciéndole su mayor bien y, por primera vez en la vida de aquel niño, Hatice lo rodeó con los brazos y lo atrajo con fuerza contra su pecho.

El niño lo agradeció como el mejor de los regalos escondiendo la cara en el cuello de su madre.

—Gracias… —susurró Hatice—. Gracias, mi vida. Perdóname… perdóname. Prometo quererte más. Quererte como te mereces, hijo.

Cuando el príncipe Mehmed regresó al mediodía, el aroma que lo recibió no fue de finas especias orientales, sino de almidón quemado. Al entrar en el minúsculo comedor, encontró a Hatice sentada a la mesa, pálida y con el delantal manchado. Los niños dormían por fin la siesta en el improvisado haremlik.

Hatice había intentado emular lo que creía que era un plato sencillo: hervir arroz con algunas verduras; pero la parte de arriba parecía un engrudo pegajoso, la de abajo se había convertido en una costra carbonizada.

Mehmed se despojó de su chaqueta, se sentó y probó la primera cucharada.

«No es mucho peor que el rancho en el Frente de Palestina», pensó para sí.

Hatice lo observaba extenuada.

—Tenemos que volver al hotel, mi príncipe —soltó de golpe—. Ha sido una mañana espantosa. El gas… casi quemo la cocina. El pequeño no ha parado de llorar, el mayor no entiende por qué nadie viene a atenderlo. No podemos vivir así.

El príncipe continuó comiendo el engrudo mientras ella elevaba el tono.

—Esto tiene que ser temporal. Es un error, un absurdo error. En cuanto a los del gobierno de Ankara se les pase el enfado…

Ella siguió hablando, pero él ya no la escuchaba. Levantó la vista y la miró con dureza.

—No va a pasar, princesa —replicó él.

La princesa se estremeció.

—He leído en la prensa —prosiguió severo— que están restringiendo la cantidad de liras que pueden enviar desde Turquía y todas las naciones occidentales parecen muy conformes con las reformas de Mustafá Kemal. Lo de Armenia nos lo achacan a nosotros. Está claro de parte de quién están.

Se inclinó hacia adelante, apoyando las manos a ambos lados del plato.

—El nuevo gobierno no está «enfadado». Nos odian. No olvides que somos de la dinastía que colaboró con los invasores, la que perdió la Guerra y, para colmo, la que enjuició y sentenció a muerte en rebeldía al que hoy es el presidente del país.

Hatice abrió los labios para replicar, pero se detuvo cuando le vino a la mente la frase: «es el veneno más dulce de los exiliados».

El príncipe terminó lo poco que quedaba en el plato, se limpió con la servilleta y se disculpó porque debía volver a salir.

Una hora después, en la oficina de correos y telégrafos de Niza el ambiente estaba impregnado de un persistente olor a tabaco negro, tinta de sello y madera húmeda. El príncipe Mehmed aguardaba su turno de pie como el resto de los obreros con boina, dependientes y amas de casa con cestas de mimbre.

Mientras el funcionario de turno atendía con desgana al cliente anterior, Mehmed abrió su inseparable maletín de cuero. En lugar de sacar los libros de contabilidad, extrajo un volumen modesto, recién adquirido en una librería del casco antiguo. El librero, un anciano de gafas redondas y aire erudito, se lo había entregado asegurándole que aquella traducción contenía el bálsamo perfecto para cualquier exiliado.

Mehmed abrió el libro por la página marcada y leyó en silencio:

«Doquiera que vamos, lloramos por España, porque en ella hemos nacido y ella es nuestra patria natural…»

El príncipe frunció el ceño, cerrando el libro sobre su dedo índice. Por un momento, pensó que el librero debía de ser un idiota integral si creía que él suspiraba por volver a Turquía, por la tierra que los había desterrado y hacía todo lo posible por borrarlos de su memoria. Sin embargo, detuvo su pensamiento y recapacitó. ¿Y si el viejo librero no hablaba de una geografía? ¿Y si «ella» no era un lugar en el mundo, sino un lugar en la escala social apartado de obreros y comerciantes?

Mehmed dejó volar su imaginación hacia una mansión enclavada en la colina de Cimiez, rodeada de jardines y con sus hijos jugando sobre la hierba bajo el sol mediterráneo.

«Los sueños, sueños son», se dijo con amargura, sacando el índice del libro.

—Le suivant —graznó el empleado tras la ventanilla.

Justo antes de dar un paso para ser atendido, una voz interior le advirtió: ten cuidado con tus sueños, no sea que se hagan realidad.

Cuando la noche cayó sobre Niza, el príncipe Mehmed llevó a cabo un acto para la princesa Hatice tan extraño e impropio de un hombre de su estatus: agarró al primogénito por las axilas y lo sentó en su hombro. El niño se mostró encantado caminando sobre su padre hacia la gran ventana del salón-comedor.

—Mira, hijo mío, donde riela la Luna sobre el agua —le susurró el príncipe indicando hacia el este, donde la bahía se adentra en el mar—. Al otro lado de la bahía, lejos, muy lejos, donde la Tierra se dobla y desaparece de nuestra vista, está lo que ahora llaman Turquía.

El niño, de apenas tres años, miraba la oscuridad con los ojos muy abiertos, sin comprender del todo la magnitud de las palabras.

—Y dentro está Estambul, la ciudad donde tú naciste, apenas unas semanas antes que tu prima segunda, Neslişah Sultan. Y dentro de esa ciudad está el palacio de Dolmabahçe. Allí era donde tú corrías por los pasillos de mármol.

El pequeño no recordaba nada de aquello, pero sonreía radiante sentado sobre su padre siendo el centro de las explicaciones.

Hatice observaba desde el umbral de la cocina cómo las acciones excéntricas de su marido aún no habían terminado. Tras apartarse de la ventana, Mehmed traspasó el umbral del haremlik con total osadía. Metió al niño en la cama y, como si fuese su estancia, se tumbó junto a él.

El príncipe no pudo ver la cara de ofensa que se dibujó en el rostro de su esposa porque bajó la voz y comenzó a recitar:

«Se cuenta, ¡oh rey feliz y de sabios auspicios!, que en lo que pasó y sucedió en la antigüedad y en los tiempos que le precedieron, hubo un rey de los reyes de la dinastía de los sasánidas, en las islas de la India y de la China. Era dueño de ejércitos, de servidores y de un séquito inmenso…»

La cadencia del inicio de Las mil y una noches fue apagando poco a poco la energía del niño, hasta que su respiración se volvió profunda y acompasada.

Cuando Mehmed se deslizó fuera del diminuto haremlik y cerró la puerta, no se dio ni cuenta del rostro desencajado de su esposa.

—Buenas noches —dijo él cerrando el selamlık sin esperar respuesta.

La puerta trasera del modesto hotel al que las familias otomanas más lúcidas se habían trasladado «temporalmente» daba a un callejón estrecho donde los cubos de basura esperaban rebosantes de sobras a ser recogidos y la escasa luz de las pocas farolas apenas lo iluminaba.

El recepcionista, un joven con cara de pocas luces, asomó la cabeza con precaución antes de deslizarse al exterior. Sostenía bajo el brazo el pesado libro de registros del establecimiento. En la penumbra del callejón aguardaba un hombre con traje gris y sombrero fedora.

El recepcionista le tendió el libro abierto. El hombre lo examinó durante un instante recorriendo con el dedo las anotaciones.

—Parece que falta uno —murmuró con un inconfundible acento turco.

El recepcionista se encogió de hombros:

—Puede ser… Hay uno alto, de andares estirados, que hace tiempo que no lo veo. Quizá se marchó en otro turno, o ya no duerme aquí. Los registros… a veces tienen agujeros.

El hombre del traje gris cerró el libro de un golpe seco y se lo devolvió. Sin mediar palabra, metió la mano en el bolsillo interior de la chaqueta, extrajo un puñado de francos, se los entregó al muchacho, dio las gracias y se marchó anotando el dato en una libreta.

8
 
 

Llevo tantos años vivo que ya perdí la cuenta de algunas cosas, entre ellas mi edad, la cantidad de reyes que conocí y las veces que mi mujer me preguntó cuándo pensaba arreglar la puerta del fondo. Lo de la edad dejó de preocuparme hace siglos, los reyes fueron pasando con sus guerras y sus monumentos, y la puerta sigue haciendo el mismo ruido cada vez que sopla viento del este.

Me llamo Utnapishtim y soy inmortal, aunque dicho así parece una profesión o alguna clase de mérito personal. La verdad es que yo estaba bastante conforme con mi vida anterior, cuando vivía en Shuruppak, tenía mis ocupaciones, conocía a mis vecinos y podía hacer planes sin preocuparme por lo que iba a suceder dentro de tres mil años.

Después vino el asunto del diluvio, que prefiero no recordar demasiado porque todavía me pone de mal humor. Los dioses decidieron inundar el mundo, uno de ellos tuvo la gentileza de avisarme, construí un barco gigantesco, metí adentro a mi familia y a todos los animales que pude reunir, y pasamos varios días flotando sobre lo que había sido nuestra civilización.

Cuando finalmente bajamos, Enlil, que había tenido bastante responsabilidad en todo aquel desastre, decidió recompensarnos a mi mujer y a mí con la vida eterna.

Todavía recuerdo cómo lo anunció, con esa solemnidad que tienen los dioses cuando están por tomar una decisión que después deberán soportar otros.

Mi mujer me miró, yo la miré y ninguno de los dos dijo nada.

A esa altura ya habíamos aprendido que discutir con los dioses era una actividad poco recomendable, especialmente cuando acababan de demostrar que podían resolver sus diferencias inundando continentes enteros.

Nos instalamos lejos de todo, donde desembocan los ríos y el mundo parece terminarse. Con los años aprendimos a convivir con nuestra nueva condición, aunque mi mujer sigue sosteniendo que la eternidad sería bastante más llevadera si yo colaborara un poco con las tareas de la casa.

Y así estábamos, viviendo tranquilamente, cuando apareció Gilgamesh.

Lo vi llegar una tarde, caminando con dificultad, cubierto de polvo, vestido con unas pieles que habían conocido tiempos mejores y con una barba que parecía albergar varias especies de insectos.

Había atravesado montañas, desiertos y unas aguas que ningún mortal debía cruzar, todo para venir a hablar conmigo.

Cuando estuvo suficientemente cerca, levantó la cabeza y anunció que era Gilgamesh, rey de Uruk, hijo de Lugalbanda y de la diosa Ninsun, dos tercios divino y un tercio humano.

Lo observé un momento, tratando de entender cómo alguien podía llegar en semejantes condiciones y todavía encontrar ánimo para recitar su árbol genealógico.

—¿Dos tercios divino?, le pregunté.

Me confirmó que sí, con bastante orgullo.

—Qué problema —le dije. Justamente el tercio humano es el que suele traer complicaciones.

No pareció encontrarle la gracia, aunque tampoco estaba en condiciones de discutir demasiado. Le ofrecimos agua, algo de comida y un lugar donde descansar, mientras mi mujer me miraba desde la entrada con esa expresión que conozco perfectamente y que significa que otra vez había invitado a alguien sin consultarle.

Durante la cena, Gilgamesh empezó a contarme su historia.

Resultó que gobernaba Uruk, una ciudad importante, rodeada de murallas enormes que él mismo se había ocupado de construir. Hablaba de aquellas murallas con una admiración tan desmedida que por momentos parecía estar enamorado de los ladrillos.

Según me explicó, era un rey extraordinario, valiente, poderoso, prácticamente invencible y bendecido por los dioses.

Cuando terminó de enumerar sus virtudes, le pregunté qué opinaban de todo aquello sus súbditos.

Se acomodó incómodo en el asiento y reconoció que había habido algunas quejas.

Después de hacerle un par de preguntas descubrí que las quejas habían llegado hasta los dioses, cansados de escuchar a los habitantes de Uruk pedirles que hicieran algo con aquel muchacho que se había tomado demasiado en serio el asunto de gobernar.

La solución divina fue crear a Enkidu.

Esto merece una explicación, porque los dioses tienen una manera muy particular de resolver los problemas. Cuando un rey se comporta como un tirano, cualquiera pensaría en reemplazarlo, limitar sus atribuciones o, por lo menos, convocarlo para explicarle que estaba gobernando bastante mal.

Ellos fabricaron otro hombre.

Enkidu apareció en las tierras salvajes, cubierto de pelo, viviendo entre animales, bebiendo de los manantiales y disfrutando de una existencia que, por lo que pude entender, era bastante tranquila hasta que la civilización decidió intervenir.

Una mujer llamada Shamhat fue enviada para acercarlo al mundo de los hombres y, después de pasar varios días juntos, Enkidu descubrió algunas cuestiones fundamentales de nuestra especie, entre ellas el sexo, la comida preparada y la ropa.

Los animales, que hasta entonces lo habían considerado uno de los suyos, empezaron a alejarse de él.

—Eso suele pasar —le comenté a Gilgamesh—. Uno conoce a una mujer, cambia algunas costumbres y los amigos dejan de reconocerlo.

Mi mujer, que estaba acomodando unas vasijas, me recordó que podía escuchar perfectamente lo que decíamos.

Seguí prestando atención.

Enkidu llegó a Uruk dispuesto a enfrentarse con el rey, y cuando finalmente se encontraron se agarraron a trompadas de una manera tan entusiasta que terminaron rompiendo parte de la entrada de una casa.

Después de empujarse, golpearse y medir sus fuerzas durante un buen rato, descubrieron que se respetaban profundamente.

Y se hicieron amigos.

Le pregunté a Gilgamesh si aquello era una costumbre de su ciudad, porque me parecía un sistema bastante costoso para establecer relaciones personales.

Se rio por primera vez desde que había llegado.

A partir de entonces los dos fueron inseparables, aunque por lo que me contó sospecho que Enkidu tenía bastante más sentido común que su compañero.

Una mañana Gilgamesh decidió que sería una buena idea viajar hasta el Bosque de los Cedros para enfrentarse con Humbaba, el terrible guardián que los dioses habían puesto allí.

Enkidu conocía los peligros del bosque y trató de convencerlo de que buscaran alguna actividad menos complicada, pero Gilgamesh estaba decidido a conseguir fama y gloria, dos cosas que suelen producir problemas cuando aparecen juntas en la cabeza de un hombre joven.

Finalmente fueron, atravesaron montañas, llegaron al bosque y consiguieron derrotar a Humbaba.

Cuando le pregunté qué necesidad había tenido de semejante expedición, me explicó que quería realizar una hazaña que fuera recordada durante generaciones.

Le dije que en Shuruppak habíamos tenido un vecino que también quería que todos recordaran su nombre y había conseguido exactamente eso prendiendo fuego accidentalmente al depósito de granos.

Gilgamesh prefirió continuar con su historia.

Después de vencer a Humbaba regresó a Uruk convertido en un héroe todavía más famoso, circunstancia que llamó la atención de Ishtar, diosa del amor y de la guerra, quien decidió proponerle matrimonio.

Hasta ese momento yo venía escuchando sus aventuras con cierta tranquilidad, pero cuando mencionó a Ishtar dejé la copa sobre la mesa.

Conocía bastante bien a aquella diosa y sabía que tenía un temperamento complicado.

—Decime que aceptaste, le pedí.

Gilgamesh negó con la cabeza.

—Bueno, por lo menos espero que hayas sido delicado.

Resultó que le había rechazado la propuesta y, para justificar su decisión, le había recordado el destino desdichado de varios de sus amantes anteriores, enumerando uno por uno los motivos por los cuales consideraba inconveniente cualquier relación sentimental con ella.

Me quedé mirándolo durante un rato.

—Muchacho, ¿alguna vez alguien te explicó que hay cosas que conviene guardarse?

Me respondió que él siempre decía la verdad.

—Eso está muy bien —le contesté—. El problema es que una cosa es decir la verdad y otra hacerle una auditoría sentimental a una diosa que puede mandarte un toro del cielo.

Porque eso fue exactamente lo que hizo Ishtar.

Furiosa por el rechazo, consiguió que enviaran al Toro Celestial para castigar a Gilgamesh y destruir parte de Uruk.

Naturalmente, Gilgamesh y Enkidu se enfrentaron con el animal y terminaron matándolo, porque aquellos dos tenían una habilidad extraordinaria para convertir cualquier inconveniente en una batalla.

Hasta ahí, la historia me parecía la de tantos jóvenes poderosos que confunden el valor con la necesidad de meterse en problemas.

Entonces Gilgamesh empezó a hablar de Enkidu.

Su voz cambió de una manera que reconocí inmediatamente.

Me contó que los dioses habían decidido castigar sus actos y que Enkidu enfermó gravemente. Durante días estuvo tendido en su lecho, debilitándose mientras Gilgamesh buscaba alguna manera de ayudarlo, sin conseguir hacer nada que pudiera detener aquella enfermedad.

Y finalmente murió.

El rey guardó silencio y se quedó mirando sus manos.

Yo había escuchado miles de historias sobre guerras, enfermedades y muertes, y conocía perfectamente esa pausa que aparece cuando alguien llega a la parte de su relato que todavía le duele.

Gilgamesh me habló entonces de los días que pasó junto al cuerpo de su amigo, incapaz de aceptar que aquel hombre con quien había compartido tantas aventuras ya no volvería a levantarse.

Lo había visto enfrentar monstruos, desafiar a los dioses, reírse del peligro y caminar a su lado por lugares donde ningún hombre sensato hubiera querido entrar.

Ahora estaba inmóvil.

Gilgamesh lloró durante días, negándose a separarse de él, hasta que finalmente comprendió que ninguna de sus fuerzas podía devolverle la vida.

Mientras lo escuchaba, recordé a mis antiguos vecinos de Shuruppak, a los hombres con quienes había trabajado, a los niños que jugaban cerca del río y a tantas personas cuyos nombres todavía conservaba, aunque el mundo hubiera olvidado que alguna vez existieron.

Gilgamesh levantó la cabeza y me dijo que, después de enterrar a Enkidu, había empezado a tener miedo.

Era una sensación nueva para él.

Había comprendido que algún día también moriría, que su cuerpo terminaría convertido en polvo y que todas aquellas cosas que tanto lo enorgullecían acabarían perteneciendo a otros.

Entonces escuchó hablar de mí, del hombre que había sobrevivido al diluvio y recibido de los dioses el privilegio de vivir eternamente.

Y decidió buscarme.

Había atravesado tierras desconocidas, recorrido caminos peligrosos y encontrado personas que intentaron explicarle que debía aprender a disfrutar de la vida que tenía.

Pero siguió adelante.

Cuando terminó su relato me preguntó cómo podía conseguir la inmortalidad.

Mi mujer, que había permanecido en silencio durante buena parte de la conversación, acercó otra jarra de agua y se sentó junto a nosotros.

Gilgamesh volvió a formular su pregunta, convencido de que yo guardaba algún conocimiento extraordinario que bastaría transmitirle para resolver el problema.

Le expliqué que los dioses me habían concedido la vida eterna después del diluvio, en circunstancias excepcionales, y que desconocía cualquier procedimiento que permitiera repetir aquella decisión.

No quedó satisfecho.

Insistió en que tenía que existir alguna forma de vencer a la muerte, alguna prueba, algún secreto reservado para quienes fueran suficientemente valientes.

Había recorrido demasiado camino para regresar sin una respuesta.

Lo observé un momento y se me ocurrió una manera de demostrarle algo que necesitaba comprender.

—Está bien —le dije—. Si tanto querés vivir eternamente, empezá por mantenerte despierto durante seis días y siete noches.

Aceptó inmediatamente.

Se acomodó en el suelo, apoyó la espalda contra una pared y aseguró que aquello sería sencillo para alguien que había enfrentado a Humbaba y al Toro Celestial.

Apenas terminó de hablar, cerró los ojos.

A los pocos minutos estaba profundamente dormido.

Mi mujer apareció con una manta, lo miró y después me preguntó si ese era el famoso rey que había atravesado medio mundo en busca de la inmortalidad.

Le confirmé que sí.

—Pobre muchacho —dijo, mientras lo tapaba.

Le conté que pretendía permanecer despierto durante seis días y siete noches, y ella se quedó observándolo con una mezcla de ternura y resignación.

—Habría que dejarle alguna prueba de cuánto tiempo durmió, porque después estos tipos se despiertan y te discuten todo.

Entonces empezó a preparar panes.

Hizo uno el primer día, otro el segundo y así sucesivamente, colocándolos junto al lugar donde dormía Gilgamesh. Cuando finalmente despertó, encontró una pequeña colección de panes en distintos estados de conservación, desde el más reciente hasta uno que ya parecía material de construcción.

Lo primero que hizo fue asegurar que apenas había cerrado los ojos.

Mi mujer señaló los panes.

Él los miró, los tocó y terminó comprendiendo que había dormido durante todos aquellos días.

Se quedó desolado.

Había venido a buscar una manera de escapar de la muerte y ni siquiera había conseguido vencer al sueño.

Confieso que sentí lástima por él.

Mi mujer también, y fue ella quien insistió en que debíamos darle algo antes de que emprendiera el regreso.

Le hablé entonces de una planta que crecía en las profundidades del agua y que tenía la virtud de devolver la juventud a quien la consiguiera.

Gilgamesh recuperó inmediatamente el entusiasmo.

Se ató unas piedras a los pies, descendió hasta el fondo y encontró la planta, que tenía espinas y un aspecto bastante poco prometedor para algo destinado a rejuvenecer a las personas.

Cuando regresó a la superficie estaba feliz.

Nos explicó que pensaba llevarla a Uruk, probar sus efectos y compartir aquel descubrimiento con los ancianos de su ciudad.

Por primera vez desde que había llegado hablaba de hacer algo por los demás.

Lo despedimos a la mañana siguiente.

Mi mujer le preparó comida para el viaje, yo le indiqué el camino y ambos lo vimos alejarse acompañado por Urshanabi, el barquero que lo había ayudado a cruzar las aguas.

Durante un buen rato permanecimos en silencio.

Después mi mujer me preguntó si creía que aquel muchacho había aprendido algo.

Le dije que esperaba que sí, aunque los hombres tenemos una facilidad extraordinaria para olvidar las enseñanzas que nos resultan incómodas.

Pasaron algunos días antes de que Urshanabi volviera a cruzarse por nuestras tierras.

Traía noticias de Gilgamesh.

Durante el regreso, el rey había encontrado un estanque de agua fresca y decidió detenerse para bañarse, dejando la planta sobre una piedra.

Mientras estaba en el agua apareció una serpiente, se acercó sigilosamente, se llevó la planta y desapareció, dejando atrás su vieja piel.

Me quedé escuchando aquella historia con la misma incredulidad que debe de haber sentido Gilgamesh cuando salió del estanque.

Después de atravesar montañas, vencer monstruos, enfrentarse con dioses, cruzar las aguas de la muerte y encontrar finalmente una planta capaz de devolverle la juventud, había perdido todo porque decidió darse un baño.

Mi mujer se llevó una mano a la frente.

—¿La dejó arriba de una piedra?.

Urshanabi confirmó que sí.

—¿Y se metió al agua?.

Volvió a confirmar.

Ella me miró con esa expresión que utiliza desde hace siglos cuando considera que los hombres somos una especie particularmente difícil de justificar.

—Después dicen que los animales no piensan.

Le pregunté al barquero qué había hecho Gilgamesh al descubrir el robo.

Me contó que había llorado, que se había lamentado por todo el esfuerzo perdido y que durante un tiempo permaneció sentado junto al estanque, contemplando la piel que la serpiente había abandonado.

Finalmente se levantó y continuó su camino hacia Uruk.

No volvió a buscarme.

A veces pienso en aquel rey y me pregunto qué habrá sucedido cuando regresó a su ciudad, cuando volvió a caminar junto a las enormes murallas que tanto orgullo le provocaban y tuvo que aceptar que algún día otros hombres ocuparían su lugar.

Tal vez siguió gobernando con la misma soberbia de antes, o quizá la muerte de Enkidu y aquel viaje interminable terminaron enseñándole algo sobre las cosas que realmente importan.

Mi mujer sostiene que seguramente aprendió a no dejar objetos valiosos al alcance de las serpientes, lo cual también representa un progreso.

Yo prefiero creer que volvió a mirar su ciudad con otros ojos.

Llevo siglos viviendo y he visto desaparecer pueblos enteros, ciudades que parecían eternas y reyes que estaban convencidos de que el mundo jamás podría continuar sin ellos. Recuerdo sus nombres, sus disputas y algunas de sus hazañas, aunque cada vez me cuesta más encontrar a alguien que se interese por aquellas historias.

Gilgamesh, en cambio, tenía algo que quizá ni él mismo alcanzaba a comprender.

Había vivido aventuras extraordinarias, había conocido la amistad, el amor de quienes lo rodeaban y el dolor de perder a alguien irremplazable. Y seguramente habría hombres dispuestos a contar su historia mucho después de que él hubiera desaparecido.

Esa tarde me quedé sentado frente al río, mirando cómo el agua seguía su camino sin detenerse por nadie.

Mi mujer salió de la casa, se sentó a mi lado y me preguntó en qué estaba pensando.

Le hablé de Gilgamesh, de Enkidu y de aquella desesperación por conseguir unos años que nunca fueran a terminarse.

Ella escuchó en silencio y después apoyó la cabeza sobre mi hombro.

Nos quedamos así durante un buen rato, viendo cómo caía el sol sobre las aguas.

Al cabo de unos minutos me preguntó si al día siguiente pensaba arreglar finalmente la puerta del fondo.

Le contesté que todavía teníamos tiempo.

Me miró con una paciencia que solamente puede desarrollar alguien que lleva una eternidad casado con el mismo hombre.

—Eso me venís diciendo desde hace cuatrocientos años, Utnapishtim.

Y debo reconocer que tenía razón.

9
 
 

El aire de la cuenca bajaba caliente y seco, y la resolana borraba los perfiles de la serranía en el horizonte. A lo largo del camino real, las fachadas de pino formaban una sola calle polvorienta. No corría viento. En los aleros de la herrería y del almacén, el alquitrán derretido caía sobre los tablones en un goteo lento. La partida de Troy entró al paso, ocupando el ancho del carril de zanja a zanja en un bloque de treinta jinetes. Las herraduras golpeaban la greda seca con un rumor sordo y pesado. Los caballos venían negros de sudor bajo las mantas bastas, mascando los bocados de hierro y soltando copos de espuma sobre la huella.

Archie cabalgaba en el corazón de la formación sobre una yegua alazana que obedecía al menor roce del cáñamo. Llevaba el sombrero calado hasta las cejas para atajar el resplandor blanco del cielo. Apenas veía las espaldas anchas de los cuatreros, las cananas cruzadas sobre el cuero y las carabinas en las fundas de montar. Con doce inviernos a la espalda, aquel caserío de tablas no era más que otro conjunto de madera vieja, otro alto en la marcha interminable por un territorio sin ley. La cartuchera que Troy le había tirado años atrás le colgaba en la cadera derecha, atada al muslo con un tiento de cuero crudo para que el peso del acero no le golpeara la rodilla en el tranco.

La entrada de los jinetes quebró la calma del pueblo. Frente a la tienda, un peón que descargaba un fardo de harinas soltó el saco contra los tablones; la arpillera reventó en una nube blanca mientras el hombre se arrojaba hacia el interior. La puerta de roble se cerró con estruendo y el cerrojo cayó en su hembrilla con un chasquido limpio. Más abajo, una mujer descalza manoteó del brazo a su hija pequeña, arrastrándola hacia el callejón de los corrales. En segundos, los postigos se cerraron y las cortinas cayeron sobre los cristales turbios.

La calle quedó vacía, barrida únicamente por el polvo que levantaba la comitiva.

Desde la penumbra de los soportales comenzaron a asomar los cañones. Varios hombres se agazaparon tras bebederos y barriles, asomando escopetas y fusiles militares. Los cuatreros ni siquiera amagaron con desmontar; algunos intercambiaron sonrisas cargadas de calma, acariciando las culatas gastadas con la familiaridad de quienes han visto cerrar cien puertas iguales en la frontera.

Gilbert Troy abría la marcha cinco pasos por delante del grupo. Montaba un semental zaino que arqueaba el cuello con paso firme, haciendo crujir el arnés en cada tranco. Troy llevaba el gabán desabrochado sobre el chaleco negro y la cartuchera baja atada al muslo. La mano enguantada descansaba en la perilla de la montura; no miraba hacia las ventanas atrancadas ni hacia las escopetas tras las esquinas. Tenía los ojos grises fijos en el extremo del camino, donde la oficina del sheriff recortaba su silueta contra la calina.

La banda frenó frente a las puertas batientes de la cantina. Los treinta jinetes tiraron de los frenos al unísono. Las bestias resoplaron sacudiendo los cabezales y piafando contra la grava.

El silencio que cayó después fue espeso y sofocante. Solo se escuchaba el chirrido de un letrero de latón girando sobre un gozne herrumbroso al empuje del aire caliente.

La puerta de la oficina de la ley se abrió hacia afuera.

Un hombre alto, de espaldas macizas y rostro curtido por la intemperie, cruzó el umbral y se detuvo en el primer escalón. Neal Ducker llevaba una estrella de seis puntas sobre el bolsillo de su camisa parda, desteñida por el sudor. Tenía los ojos hundidos bajo cejas pobladas y la boca cerrada en una línea dura. Detrás de él apareció su hijo Aaron, de dieciocho años, cerrándole el flanco con una carabina de palanca. Los nudillos del joven blanqueaban sobre el guardamonte, pero la vista no vacilaba al medir la hilera de treinta hombres armados. A los flancos del edificio, tres vecinos se sumaron con las armas encaradas, formando una barrera precaria entre la ley y los recién llegados.

Gilbert apoyó ambas manos sobre el arzón delantero y ladeó la cabeza, contemplando al comisario con frialdad.

—Ducker —dijo Troy—. El camino viene pesado hoy.

Neal no pestañeó.

—Tienen un minuto para dar vuelta a las riendas y sacar las bestias del término municipal —respondió el oficial, con un tono cavernoso—. Pasado el minuto, cualquier hombre armado sobre una silla es pasto de cuervos.

Gilbert soltó una risa breve que sus hombres corearon con bufidos y juramentos.

—Venimos por la harina de la tienda, el maíz de los graneros y lo que guarde la caja fuerte de la oficina postal —replicó Troy, escupiendo una hebra de tabaco sobre la tierra reseca que mediaba entre ambos—. Y si tienen algún novillo cebado en los corrales del fondo, también nos lo llevamos.

—Aquí no hay nada para ustedes —dijo Neal, bajando la diestra media pulgada hacia la culata del revólver—. Ni un grano de avena. Ni una moneda de diez centavos.

—Eso lo comprobaremos nosotros mismos —soltó el jefe cuatrero.

En los porches vecinos sonó el chasquido de varios martillos al montarse. Los bandidos respondieron deslizando los dedos sobre los arneses, cuadrándose en los estribos para el desenfunde. El aire se cargó de una quietud pesada, previa al tiroteo.

Neal Ducker paseó la vista por las caras curtidas de la primera fila, contando revólveres y calculando líneas de fuego. De pronto su mirada se clavó en el centro de la formación y se congeló.

Entre dos jinetes armados con escopetas recortadas, un muchacho de facciones angulosas y hombros estrechos lo observaba con las riendas entre los dedos. Vestía camisa rota en los codos, calzones manchados de grasa y una cartuchera ajustada con vueltas de soga. En los ojos de Archie no había arrogancia; había una quietud templada en la disciplina de quien ha crecido esquivando golpes y coces en los campamentos.

Neal Ducker pestañeó, desconcertado, y la boca de la escopeta descendió dos líneas hacia los tablones. En sus años de perseguir gavillas por los desfiladeros de la frontera, jamás había visto a una partida llevar a un crío de doce años a un asalto a plena luz del día.

Gilbert Troy advirtió el descuido en el acto. Siguió la dirección de los ojos del sheriff, giró el torso sobre la montura y vio al muchacho con la atención desviada: Archie observaba a un perro flaco que escarbaba entre unas cajas vacías a la entrada de un callejón, ajeno a los fusiles que cubrían la calle. Aquella distracción en mitad de un cerco armado quebraba la presión que Troy exigía mantener sobre el pueblo.

—¡Muchacho! —ladró Troy, soltando el chicote de la reata—. ¡Agarra la soga!

Archie no alcanzó a reaccionar. Tenía la vista pegada al trote del perro cuando la orden cruzó el aire caliente.

Gilbert clavó la espuela izquierda en el ijar de su montura. El semental dio un salto brusco hacia el costado, cerrando la distancia con la yegua del muchacho, y el brazo derecho de Troy barrió el aire con un movimiento seco. La mano abierta, calzada en un guantelete de cuero grueso, le dio de lleno en la oreja y la mandíbula izquierda. El impacto sonó en mitad del silencio como una rama seca al partirse. La violencia del golpe arrancó a Archie de los estribos; perdió el equilibrio y cayó de costado contra el camino real, golpeando con el hombro y la cadera en el cascajo antes de rodar en el polvo.

En la fila de los cuatreros sonaron un par de risas cortas.

Archie quedó tendido boca abajo en la greda. El golpe le había vaciado el aire del pecho con un espasmo doloroso; sentía la boca llena del sabor salado y metálico de la sangre y un pitido agudo le taladraba el oído izquierdo. El dolor en la mandíbula le mantenía la cara entumecida, pero apretó los puños contra las piedras hasta que la arenilla le cortó la piel de las palmas. Se acordó del Caimán junto al fuego, del murete de caliza donde reventaban las latas y de la bota de Troy calzándole el talón para abrir el compás. Tragó la sangre, respiró hondo por la nariz y no emitió un solo quejido.

Apoyó las manos en la tierra, flexionó las piernas y se levantó despacio. Las rodillas le flaquearon un instante, pero asentó los talones en el polvo y enderezó la espalda. Con la manga de la camisa se limpió el hilo oscuro que le bajaba por la barbilla, sacudió la tierra de los calzones y caminó hacia su montura para recoger las riendas sueltas, con la vista en el suelo y los labios apretados.

En el porche de la oficina de la ley, Neal Ducker contempló la escena con los tendones del cuello tirantes. La brutalidad del castigo borró en el comisario cualquier cálculo de retirada. Dio un paso firme hacia el borde del tablado; las maderas crujieron bajo sus botas.

—Ese chico no tiene nada que hacer con una partida de cuatreros —dijo Neal, con una voz profunda que llegó nítida hasta la primera fila de jinetes—. Es una infamia para cualquiera que se tenga por hombre.

Gilbert giró el cuello despacio, clavando sus pupilas grises en el sheriff mientras dejaba caer la mano derecha a dos pulgadas de la culata de nogal de su revólver.

—Ese chico es mío, Ducker —respondió Troy, midiendo cada sílaba con frialdad—. Lo levanté de los restos de una carreta quemada y haré con él lo que me dé la gana. No te metas en asuntos que no te tocan.

Aaron Ducker dio un paso al frente levantando la carabina para cubrir a su padre, pero Neal le bajó el cañón con la mano izquierda en un ademán tajante, impidiéndole tomar posición. El comisario no pensaba escudarse tras su hijo ni detrás de los fusiles de los comerciantes.

Neal bajó los tres escalones del porche. Sus botas se afirmaron en el polvo del camino real. Avanzó cuatro pasos hacia el centro de la calle, dejando atrás las columnas de pino hasta quedar a cuerpo limpio en mitad del mediodía, a menos de veinte varas de los treinta hombres armados.

—Bájate del caballo —dijo el sheriff.

Gilbert soltó una bocanada de aire por la nariz. Pasó la pierna por encima del arzón y desmontó, pisando la greda con las suelas herradas. El polvo le subió por las espuelas. Se ajustó el ala del sombrero con la zurda y dio tres zancadas hacia el centro del carril, aflojando los hombros y dejando el brazo derecho suspendido en el vacío, con los dedos curvados sobre la cartuchera baja. A sus espaldas, la banda abrió el paso en una media luna silenciosa. Detrás de los barriles, los vecinos apoyaron los cañones temblando contra las maderas.

Quince pasos de tierra blanca separaban a los dos hombres bajo el bochorno del mediodía. En ese silencio, solo se escuchaba la respiración de las bestias y la tensión de dos manos a una pulgada de las culatas.

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Dragones Eternos (fictograma.com)
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Capitulo 25: Renegados y Perdidos

Prisión Imperial Lorkof

Planeta Lorkof — Imperio de Exquema

El guardia llegó un martes.

O lo que en la rotación de Lorkof equivalía a un martes — Katska había perdido la cuenta exacta de los días desde que había dejado de intentar llevarla con precisión, pero el cuerpo tenía su propio registro que era suficientemente fiel para saber que habían pasado los días que Valdrekk había mencionado y que este guardia específico, llegando después del desayuno con esa atención directa que ya reconocía, era lo que seguía a la decisión que había tomado en la sala pequeña.

La llevaron primero por los corredores conocidos del sector siete.

Luego por corredores que no conocía.

Valdrekk la esperaba en una intersección que Katska no había cruzado antes — un punto donde los corredores de la prisión principal terminaban en una puerta más pesada que las anteriores, con el tipo de sellado que sugería que lo que había del otro lado era diferente en algún sentido relevante a lo que había del lado donde estaban.

Valdrekk la miró cuando llegó con el guardia.

No dijo nada de inmediato. Abrió la puerta.

Las escaleras bajaban.

No muchos metros — suficientes para que la temperatura cambiara, para que el ruido de Lorkof que había sido constante durante semanas se amortiguara hasta convertirse en algo más lejano, como escuchar el océano desde el interior de una estructura en lugar de desde la playa. Katska siguió a Valdrekk hacia abajo con la atención de quien está catalogando un espacio nuevo — las paredes de concreto reforzado más antiguas que las del sector siete, con el desgaste específico de algo que llevaba más tiempo siendo lo que era.

Al final de las escaleras, el tren.

No era grande — cuatro vagones de metal oscuro sobre rieles que se perdían en ambas direcciones en la oscuridad del túnel, con una iluminación interior funcional que hacía que el espacio entre el tren y las paredes del túnel fuera casi completamente negro. No había estación exactamente — solo el andén mínimo necesario para subir y bajar, con dos soldados junto al vagón delantero que saludaron a Valdrekk con el golpe de puño al pecho del saludo imperial.

Katska lo había visto suficientes veces como para reconocerlo sin necesidad de procesar el gesto.

Subieron.

El interior del vagón era lo que el exterior sugería — funcional, sin concesiones a la comodidad, con asientos de metal fijo en los laterales y la iluminación justa para ver sin que hubiera nada que ver. Valdrekk se sentó. Los dos soldados en el vagón siguiente. Katska frente a Valdrekk.

El tren se movió sin anuncio previo.

El trayecto duró lo que tardó en durar — sin referencias visuales en el túnel era imposible calibrar la distancia, y Valdrekk no habló durante el viaje, lo que era consistente con todo lo que Katska había aprendido sobre cómo operaba.

Lo que sí había era el sonido — los rieles, los motores del tren, la resonancia específica de un túnel que amplificaba todo ligeramente. Y debajo de eso, el pensamiento de que Lorkof tenía más capas de las que había visto en las semanas del sector siete. Que la prisión que era un planeta seguía siendo más grande de lo que cualquier recorrido a pie había revelado.

En algún punto del trayecto Valdrekk dijo, sin preámbulo:

—La Base Morkan.

Katska lo miró.

—Los prisioneros la llaman de otra forma — continuó. — No importa cómo la llamen. Lo que importa es lo que es.

—¿Y qué es?

—Un lugar donde los pilotos que el Imperio considera útiles esperan ser útiles — dijo Valdrekk. — Los escuadrones se forman, se despliegan, vuelven los que vuelven. El ciclo se repite.

—¿Cuánto duran los escuadrones?

Valdrekk la miró con esa evaluación suya.

—Depende — dijo. — De la misión. Del piloto. De cuánto vale la pena seguir usando a alguien específico o cuánto cuesta reemplazarlo.

Era una respuesta honesta en el sentido en que todas las respuestas de Valdrekk eran honestas — sin el tipo de crueldad que requería disfrutar de lo que decía, sino con la neutralidad de quien describe un sistema sin tener opinión personal sobre él.

—¿Cuántos republicanos hay en Morkan? — dijo Katska.

—Pocos — dijo Valdrekk. — Casi ninguno con su perfil.

No elaboró qué significaba su perfil. No hacía falta.

El tren redujo la velocidad.

La Base Morkan llegó primero como luz — el túnel que se abría hacia un espacio iluminado que después de la oscuridad del trayecto parecía más brillante de lo que era. Luego como escala — más pequeña que el complejo principal de Lorkof, eso era inmediatamente visible, pero con su propia lógica espacial que el ojo tardó un momento en calibrar.

Era la arquitectura de algo construido con un propósito más específico, no la de la prisión principal — no para contener grandes cantidades de personas en distintas rotaciones sino para albergar a personas que iban a hacer algo concreto. Los hangares eran visibles desde el andén de llegada — dos, con las compuertas cerradas en este momento pero con el tipo de estructura que decía exactamente para qué eran. Y entre los hangares y el área de alojamiento, una pista de aterrizaje que desde aquí era solo el borde de algo que se extendía hacia el exterior del techo de la base, hacia la superficie de Lorkof.

El ruido era diferente al de la prisión principal.

Menos voces superpuestas — menos personas en total — pero con una energía distinta. No el caos de cientos de prisioneros con historias y crímenes dispares sino algo más concentrado, más específico, como si el espacio hubiera filtrado cierto tipo de caos y dejado otro.

Valdrekk bajó del tren.

Katska lo siguió.

El oficial que los esperaba en el andén era diferente a Valdrekk.

No en el uniforme del ejército imperial — eso era el mismo. En todo lo demás. Más alto, con una complexión que decía que había estado en algún momento en el mismo tipo de lugares que los prisioneros de Morkan antes de estar en el lado que estaba. El cabello cortado al ras con la precisión de alguien que mantiene ese detalle con la misma atención con que mantiene todo lo demás. Y los ojos — más oscuros que los ojos claros con tono violáceo de Valdrekk, con la atención de quien ha visto suficiente como para que nada en un andén de llegada de la Base Morkan pudiera sorprenderle.

Intercambió algunas palabras con Valdrekk en exquemano.

Katska captó suficiente para entender que era transferencia de información — el tipo de intercambio entre dos oficiales donde uno entrega algo que era su responsabilidad y el otro lo recibe como suya. Breve, sin elaboración, con el tono de dos personas que conocen el procedimiento.

Luego el oficial de Morkan la miró.

La evaluación fue más corta que la de Valdrekk en los primeros encuentros — porque procesaba más rápido, o porque lo que necesitaba evaluar era diferente, no porque tuviera menos interés.

No habló con ella.

Habló con Valdrekk otra vez — algo corto, con una palabra que Katska captó como confirmación o acuerdo.

Valdrekk asintió.

Luego se volvió hacia Katska.

La miró con esa evaluación de siempre — el segundo de verificación que había usado desde la sala de tránsito de Lorkof hasta esta última.

—Bien — dijo, en republicano.

Una sola palabra — el cierre del proceso que había comenzado en el interrogatorio del sector siete, más que una despedida, dicho con el mismo tono con que Valdrekk decía todo lo demás.

Luego giró hacia el tren.

Subió.

El tren se movió.

Y Katska se quedó en el andén de la Base Morkan con el oficial que no le había hablado todavía y los dos soldados de escolta y el ruido diferente de este lugar que ya estaba instalándose en el oído como todos los ruidos de todos los lugares nuevos.

El oficial la llevó hacia el interior de la base sin instrucciones previas — solo el camino y la expectativa implícita de que lo siguiera, que era suficiente.

Los corredores de Morkan eran más cortos que los de la prisión principal. Más anchos también, con el espacio que requería mover equipamiento de vuelo. Las paredes tenían el mismo metal oscuro de Lorkof pero con algo adicional — marcas, algunas deliberadas y otras no, del tipo que acumula un lugar donde pasan personas que van a algún lado y que a veces vuelven y a veces no. Nombres en distintos idiomas. Números. Una frase en exquemano que Katska leyó de pasada y que decía algo que no terminó de procesar antes de que el corredor girara.

Pasaron junto a una sala con la puerta abierta.

Katska miró al pasar.

Había pilotos dentro — no en formación, no en briefing, simplemente en el espacio con la disposición orgánica de personas que llevan suficiente tiempo en el mismo lugar como para haber encontrado sus posiciones habituales. Algunos en conversación. Uno durmiendo en una silla con la cabeza hacia atrás y los brazos cruzados con la soltura de quien duerme donde puede porque ha aprendido que el cuándo y el dónde no siempre son variables controlables.

La mayoría eran hombres.

La mayoría parecían exquemanos — por la forma en que hablaban entre ellos, por los nombres que aparecían en la conversación que captó en el segundo del paso.

Uno de ellos la vio pasar.

La miró con la atención breve de quien nota algo nuevo en un espacio que tiene pocas novedades. Luego volvió a su conversación.

Katska siguió caminando.

La habitación que le asignaron era individual: una celda pequeña con litera individual, mesa fija en la pared, y una ventana estrecha que daba hacia el interior de la base en lugar de al exterior — nada que ver con el dormitorio colectivo del sector siete. Pequeña. Funcional. Sin el ruido constante de decenas de personas en el mismo espacio.

El oficial habló por primera vez desde el andén.

En exquemano — no el dialecto de Lorkof principal sino algo más cercano al estándar, con esa cadencia que Katska ya podía seguir con suficiente fidelidad.

Le dijo que el horario de Morkan era diferente al de la prisión general. Que las mañanas eran para mantenimiento de cazas y revisión de sistemas. Que las tardes variaban según las misiones asignadas. Que las comidas eran en el comedor de la base a horas específicas.

Luego dijo una cosa más — la última, con un tono diferente al resto. No más suave. Solo diferente, como quien dice algo que considera importante sin considerarlo necesario enfatizar.

Katska lo captó casi completamente.

Aquí todos saben volar. Eso es lo único que importa. Lo demás es su problema.

El oficial salió.

La puerta no se cerró con llave.

Katska se quedó de pie en la habitación individual de la Base Morkan con el silencio relativo — no el silencio real, Lorkof no tenía silencio real, pero sí la ausencia del ruido constante del sector siete que había sido el fondo de cada hora de las últimas semanas.

Por la ventana estrecha veía el corredor interior de la base.

Pasó un piloto — exquemano por el físico y la forma de moverse, con el tipo de paso de quien conoce cada metro del espacio que ocupa. No la miró.

Pasaron dos más juntos, en conversación que Katska captó en fragmentos — algo sobre un caza, sobre un sistema específico, sobre algo que había pasado en una misión que ella no conocía.

La Base del Beso de la Muerte.

Así la llamaban los presos, había dicho Valdrekk sin decirlo exactamente — lo había insinuado con suficiente claridad para que el nombre no necesitara ser pronunciado en la sala del tren.

Katska miró la ventana.

Los pilotos de Morkan no eran prisioneros en el sentido del sector siete — eran otra cosa, algo que no tenía nombre exacto pero que estaba entre el prisionero y el soldado y que no era completamente ninguno de los dos. Personas que habían hecho algo que los había traído hasta aquí y que ahora volaban para el mismo sistema que los había traído, por razones que en cada caso probablemente eran versiones distintas de la misma razón fundamental.

Porque era lo que había.

Katska puso el manual de gramática exquemana nivel tres sobre la mesa fija.

Los cinco tiempos verbales irregulares los tenía memorizados.

Lo que no tenía todavía era lo que venía después de memorizar — la aplicación real, la velocidad de comprensión que distinguía a alguien que había estudiado un idioma de alguien que lo hablaba.

Morkan iba a ser útil para eso también.

Se sentó en la litera.

Afuera, en el corredor de la Base Morkan, los pilotos seguían siendo lo que eran — renegados, desertores, criminales de distintos crímenes de distintos planetas, todos de blanco, todos aquí por alguna versión de la misma cadena de decisiones o de circunstancias que terminaba en el mismo lugar.

Y entre ellos, ahora, una piloto republicana graduada con honores de la Academia Kiela que había estudiado el idioma del enemigo en secreto durante meses y que había aceptado volar para ese enemigo porque Lorkof era lo que era y el cielo era el cielo.

Katska miró el techo de la habitación individual.

Traición era una palabra que pertenecía a otro lugar, a otro momento, donde las distinciones todavía tenían el peso suficiente para importar.

Aquí el peso lo tenía todo lo demás.

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A la derecha, lejos, donde termina o parece que termina todo, una franja entre azulada, blanca y plateada, corta apenas la negrura monótona que envuelve a la ruta y al auto detenido campo adentro. Erica, una estatua en el asiento del acompañante, mira sin mirar a través del parabrisas empañado a Cristian, que se limpia las manos y se sacude el pantalón antes de volver a subirse y acomodarse en la posición de manejo. Si la luz del habitáculo se encendiera al abrir la puerta, él vería la furia ardiente en la cara de ella, sus ojos destilando odio.

–No sé qué te pasa, qué pretendías que hiciera –Cristian habla sin despegar la vista de la ruta desierta por la que conduce después de maniobrar sobre el pasto, cruzarla y encararla en sentido contrario. El amanecer ahora asoma tímido a la izquierda.

–Sos un pelotudo, Cristian. No entendés nada.

–Vos no entendés nada. Las cosas son como son.

Erica no le contesta. Su mirada también se pierde en la oscuridad por delante.

–¿Qué pretendías?

–Lo que yo pretendo a vos te importa una mierda, siempre.

–¿Vos no estabas ahí, conmigo? ¿Yo tengo la culpa?

–Te dije que hiciéramos la nuestra, que ni apareciéramos –ahora sí lo mira, Erica, mira la roca que es el perfil derecho de él–. Pero vos insististe.

–Teníamos que ir. Yo tenía que ir.

–No, no tenías por qué estar ahí y mucho menos arrastrarme a mí. Y sí, claro que la culpa la tenés vos.

–No sabía que iba a estar.

–Qué hijo de puta que sos. Hijo de puta y mentiroso.

El auto avanza más rápido que el alba. El velocímetro marca ciento sesenta y Cristian empuña el volante con las dos manos agarrotadas. Tiene la cara brillosa de sudor y rabia en la mandíbula.

–¡Andá más despacio, imbécil!

Erica resopla. Inspira húmedo. Prende un porro y lo consume casi hasta la mitad en tres pitadas profundas.

–Dame –pide Cristian.

Ella se lo pasa y se estira hacia abajo, se cruza de brazos, mira por la ventanilla la inmensidad que se empieza a definir sin pausa ni prisa.

Viajan en silencio lo que dura el porro. Cristian desacelera un poco y el motor parece agradecérselo.

Es él el que vuelve a hablar:

–Yo tenía que ir. Tenía cosas que arreglar, y vos lo sabías.

–¿Así arreglás todo vos…? Estás loco, boludo.

–No hubieras venido.

–Claro, así te cogías tranquilo a la putita esa, ¿no?

–Dejate de pelotudeces, Erica.

El auto tambalea cuando salen de una curva cerrada y se encuentran con un camión que la toma en sentido opuesto y les hace señas con las luces, baja alta baja alta. Un bocinazo resuena en el aire y se pierde fugaz.

–Viniste porque quisiste, ahora bancatelá.

–¡¿Que me banque qué?! ¡Yo a vos no te banco más nada!

Otra vez incorporada en el asiento, Erica mira a Cristian enfurecida.

–¿Y qué pensás hacer ahora, a ver? No hubieras venido o te hubieras rajado solita antes –las pupilas de Cristian estallan; escupe las palabras–. Ahora ya está. Quisiste venir. Te quisiste quedar. Estuviste ahí. Así que sí: bancatelá y cerrá el culo.

Ella no responde, llora y lo insulta a gritos mientras Cristian maneja indiferente; pega patadas en el piso y piñas sobre la guantera.

Temblorosa, Erica vuelve a mirar por la ventanilla: clarea y un puñado de vacas pastan; enseguida desaparecen y todo vuelve a ser una pampa infinita, una llanura amarillenta y salvaje. Se acurruca contra la puerta y saca el celular de uno de los bolsillos de su pantalón cargo. El brillo de la pantalla le ilumina la cara, los parpados hinchados, los ojos enrojecidos, el rímel corrido y pegoteado a los costados.

–¿Qué hacés? Te dije que no lo traigas –Cristian gruñe–. Dameló.

–No.

–¿Sos idiota, Erica? ¡Dame el celular!

Las ruedas muerden la banquina y trastabillan cuando Cristian se estira para manotearle el teléfono. Erica se agazapa más contra la puerta y esquiva el arrebato cambiándolo de mano. Él se incorpora aún más y alcanza de un zarpazo el brazo derecho de su novia, que grita de dolor cuando él cierra el puño alrededor de su muñeca. El auto se mueve de un lado a otro y, volanteando con una sola mano, Cristian alcanza a eludir a una camioneta que viene de frente por el carril contrario. Otra vez luces, otra vez la estela de un bocinazo. Erica suelta el celular, que cae en el asiento, entre sus piernas, y se sacude frenética y a los gritos. Una cachetada con el revés de la mano le da vuelta la cara y su cabeza golpea contra el vidrio. Se queda quieta mirando para abajo, respira en espasmos, llora de nuevo. Mira de reojo y con los dientes apretados a Cristian, que abre la ventanilla y estrella el celular contra el pavimento.

–Te dije que no lo traigas.

–Te odio, hijo de puta.

–No me jodas más, Erica. No compliques más las cosas.

–Sos una basura, Cristian. Sos un hijo de re mil putas y un…

Erica deja de hablar cuando levanta la vista y mira la ruta. Cristian enciende los faros del auto. Cada vez más cerca, destella intermitente la luz azul de un patrullero estacionado a un costado del camino, donde la banquina se ensancha formando una dársena. Un policía arma una hilera de conos de color naranja. Otro, firme y mirando en dirección a ellos, mueve un brazo de arriba hacia abajo, indicándoles que reduzcan la velocidad.

Cristian afloja la marcha y tira el auto a la derecha. La aguja del velocímetro retrocede implacable. Erica baja el parasol y se mira en el espejo insertado en la cuerina: no tiene marcada la mejilla, apenas una mínima irritación. Mete los dedos entre su pelo en el lado derecho de la cabeza, los saca y se los mira: tampoco tiene sangre. Se pasa la lengua por la punta de los mismos dedos y se frota los surcos de rímel llorado. Saca de la guantera un par de anteojos de sol y los sostiene de una patilla con los dientes, mientras se arregla el pelo recogido en un atado tirante.

Quien mueve el brazo en señal de advertencia, es una mujer; deja de moverlo cuando el auto está todavía a varios metros de distancia, y se hace a un costado, alineándose con la fila de conos anaranjados. Los mira cuando le pasan por al lado.

Cristian vira levemente y maniobra con suavidad sobre el pasto. Detiene la marcha y apaga el motor un poco más adelante del patrullero.

Prende un cigarrillo y le pasa el paquete a Erica.

Una especie de cuervo planea, lo miran aterrizar: sobrevuela y da picotazos profundos en el suelo. Revoletea sobre el capó con alguna cosa rosada colgándole del pico. Despliega unas alas mullidas terminadas en plumas blancas, las pone rectas y remonta vuelo en diagonal, hacia el cielo ya del todo amanecido y sin rastro de sol.

12
Love, Félix (fictograma.com)
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Félix se mira de nuevo en el espejo, por tercera vez consecutiva. Odia sus canas, siempre las ha odiado, más que a nada en el mundo. Bueno, eso no es del todo cierto, porque durante muchos años se ha detestado a sí mismo, de la cabeza a los pies. Pero eso ya no lo hace, no desde que acude a terapia y ha aprendido que el valor de su ser no reside en su aspecto físico, ni en los chistes de mierda que hace, ni en su mal gusto para la moda, ni en que su plato favorito sea pan tostado con mantequilla, ni en… En fin, en general, en todo lo que él representa.

—Bueno, Félix —dice su psicóloga mientras se levanta y le tiende la mano—. Ha sido un placer estos tres años. Has sido el mejor paciente que he tenido. —sonríe tímidamente—. Solo espero que la próxima vez que nos veamos sea tomando un café. —termina de decir mientras suelta su mano despacio y se muerde el labio.

Lo cierto es que Félix no es un donjuán ni nada por el estilo. De hecho, nunca ha mantenido ninguna relación estable con ninguna mujer. Según su psicóloga, su gran problema es la idealización del amor, fruto de su afán por encontrar algo parecido a lo que ve en sus películas favoritas; protagonizadas por Meg Ryan, Hugh Grant, Julia Roberts… Tampoco ayuda que no sea capaz de interpretar correctamente ninguna de las señales que le lanzan las mujeres interesadas en él, como su psicóloga ahora mismo.

—Aquí termina nuestro trato especial de psicóloga-paciente —le dice, impaciente, mientras Félix roza el pomo de la puerta para irse casi sin mirar atrás.

Cuando llega a casa, no hay nadie que lo reciba con un beso, ni con la comida preparada, y tampoco que se alegre de verlo y le pregunte qué tal el día. No pasa nada. No tiene hambre, así que se va directamente al sofá y enciende la tele.

No sabe por qué, pero hoy quiere ver Love Actually, su comedia romántica favorita del mundo. Es imposible saber cuántas veces la ha visto. Nunca ha considerado necesario llevar la cuenta, pero más de cincuenta, seguro. Ha dejado de verla con otras personas porque a todos les molesta que se sepa los guiones mejor que los propios actores. A él, sin embargo, le proporciona una satisfacción especial, algo que no sabe explicar. Cree que es lo que mejor se le da en el mundo.

Siempre llora con ella, más de lo que ríe. A veces no sabe por qué está considera dentro del género de la comedia-romántica, porque él solo siente tristeza y un nudo en el corazón, envuelto en envidia, cuando acaba de verla.

Se está secando las lágrimas cuando su teléfono suena sobre la mesita del salón.

—Oye, ¿no tendrás sitio para una persona sin hogar?

Es Carla, su mejor amiga desde el instituto. Aquella a la que no ve desde hace cinco años, cuando se fue a vivir con su odiado novio a otra provincia. Sabe que no ha estado secuestrada porque habla con ella a diario.

—Para una persona sin hogar, sí. Para ti, no —dice él mientras sorbe los mocos.

—Ohhh, ¿estás llorando porque me echas de menos? —pregunta ella en un tono adorable.

Siempre la echa de menos. Nunca ha tenido con nadie una relación como la que tiene con ella, ni tampoco ha querido a nadie de esa manera. Hace tiempo que asumió que eso era imposible.

—Bueno —continúa diciendo Carla, adoptando un tono serio—, lo digo en serio. Fran me ha dejado y ya no aguanto más. Esta es la definitiva.

A Félix, la noticia no le sorprende lo más mínimo. Durante estos cinco años de relación, habrán roto casi el mismo número de veces que él ha visto Love Actually, o eso le parece, de lo largo que se le hace escuchar siempre lo mismo.

—Claro —dice él, entrecerrando los ojos mientras coge el mando—. Cuando quieras, te vienes.

No es la primera vez que tienen esa conversación. ¿Cómo no va a ofrecerle un espacio a su mejor amiga en su casa cuando lo necesita, y más cuando sabe que ella no va a venir? Decir que sí es tan fácil como darle al play a la siguiente película que le recomiendan.

Para cuando se despierta, todo está oscuro, solo iluminado por un cartel en la tele que le pregunta si sigue ahí. Sabe que sigue aquí y ahora porque el dolor de su cuello le recuerda que no es buena idea quedarse dormido en el sofá. Se levanta a duras penas mientras ladea la cabeza y se lleva la mano al lado derecho del cuello, el que siempre le duele más. Coge un trozo de pan de molde, sin tostarlo, y se lo come de camino al baño. Se mira al espejo de nuevo. Esas malditas canas no paran de poblarle la cabeza y la barba. Empezaron a salirle con quince años. Siempre se ha dicho que lo más probable es que sean un reflejo de su alma, que tiene que pertenecer a otra época.

Mientras se azuza la barba no puede evitar pensar en Carla; sonríe frente al espejo, fantaseando de nuevo con la posibilidad de que, de verdad, cumpla su palabra y se instale con él.

Su alarma suena a las seis y media de la mañana. Maldice en voz alta mientras la apaga y se coloca el móvil sobre el pecho desnudo. Siempre olvida quitarla los fines de semana, aunque en este caso, parece obra del sino, porque su puerta empieza a repiquetear.

El corazón le da un vuelco de inmediato. Nadie suele ir a su casa, y menos un sábado a horas intempestivas. Mientras se levanta, aún adormilado, y camina hacia la puerta, espera no haber cometido ningún delito, si es que eso siquiera es posible teniendo en cuenta su estilo de vida.

Cuando abre, agradece no haber comido nada, porque el estómago le da una punzada que interpreta como lo que se siente cuando tienes resaca y tu cuerpo solo quiere expulsar el veneno barato que has ingerido.

—Si siempre recibes a las visitas así… —dice Carla, recorriéndole el pecho con el dedo índice—, debes de recibir muchas. — termina soltando una carcajada mientras se abre paso.

Félix no sale de su asombro. No puede verse la cara, pero seguro que tiene la boca abierta y los ojos a punto de escapársele de las órbitas. Mientras continua en trance, no sabe cómo, pero le ha explicado a Carla todo lo básico de la casa. Una parte de él piensa que todo aquello tiene que ser un sueño. No puede ser otra cosa. Seguro que aún sigue en el sofá, con la baba caída y la tele recordándole que tiene que pulsar algún botón o se apagará en unos segundos.

Carla está más guapa de lo que recordaba. Su pelo marrón es el más corriente del mundo, pero en ella debe de ser el tono ideal porque hace juego con sus ojos y esas pecas que le decoran la cara.

—No te creas que no lo he visto —dice ella mientras se sienta a su lado en el sofá al salir del baño. 

—¿Qué? 

—Lo he tirado, que lo sepas. El tinte ese barato que te has comprado. No vas a teñirte esas canas tan bonitas tuyas.

Tiene que ser un sueño, porque Félix siente que se muere por dentro. No es que ella nunca le haya dicho eso, pero hacía tanto tiempo que no lo escuchaba que, por un momento, vuelve a sentirse como aquel adolescente de quince años al que ella besó por primera vez.

—No sé cómo te gustan —dice él mientras pone cara de asco.

—Son muy tú. —responde ella acariciándole el pelo.

¿Qué coño pasa?, se pregunta Félix mientras le tiembla todo el cuerpo. Su psicóloga le dijo que todos podemos controlar nuestros sueños y él quiere hacerlo ahora mismo. Quiere acercarse a ella, acariciar cada una de sus pecas, apartarle ese flequillo que le tapa los ojos y besar sus labios mojados, solo para comprobar si saben tan dulces como aquella vez. En su lugar se pone rojo cuando se da cuenta de que ella lo mira fijamente, con los ojos brillantes.

—Parece que me estás comiendo con la mirada. —dice Carla sorprendida. —Y eso me ha dado hambre.—se pone de pie de un salto.

Carla se va a la cocina y empieza a trastear. Para cuando él es capaz de ir a su encuentro, ella ha preparado lo que él considera un festín. Debe de conocer su cocina mejor que él, porque nunca había visto esa sartén roja que hay sobre la placa de inducción.

—Todo esto de aquí —dice ella, señalando tres platos con beicon, huevos y fruta— es para mí. Para ti, solo esto. — continúa diciendo mientras le entrega un plato con tres tostadas y mantequilla. —Seguro que sigues comiendo como un niño pequeño.

En el instituto, Félix se encargaba de llevar el pan y ella, la mantequilla. La “tomaba prestada” del bar de sus padres y siempre lo decía como si fuera una hazaña, entre risas y con el pelo revuelto. Es ridículo que él aún siga comprando la mantequilla en porciones individuales. Su psicóloga le dijo que aferrarse a las cosas del pasado nunca suele traer nada bueno, pero recordar la mejor época de su vida no puede tener nada de malo.

Se sientan en el sofá y, por la forma en que Carla lo mira, sabe que tiene mil cosas en mente. Siempre se muerde el labio de esa manera cuando no puede controlar sus pensamientos. Félix está deseando que le diga algo.

—Te he echado de menos. No estuvo bien que estuvieras dos meses sin hablarme —dice por fin, como si le hubiera costado.

—Lo siento. Me recomendaste ir a terapia y mi psicóloga me dijo que probara cosas así.

—Menuda psicópata —dice ella mientras mastica el beicon—. Separarte de la persona que más te quiere. —termina diciendo dándole en la cara con el resto de la loncha.

Félix detiene la mordida y se queda con los labios sobre la mantequilla. Por un momento piensa que ha comido suficiente, porque el estómago le da otra punzada que amenaza con matarlo.

—Estás raro —dice Carla mientras deja el plato sobre la mesa—. Puedo irme si quieres. Odio a mi hermano y él me odia más a mí, pero nadie se resiste a mis encantos. Sobre todo, si le pago un alquiler. — pone los ojos en blanco.

Félix se arma de valor, como si fuera a decirle algo importante, como que lleva toda la vida enamorado de ella o algo por el estilo. 

—Me gusta que estés aquí. Solo que no me lo esperaba. 

Se pone tan rojo al decirlo que la mantequilla sobre sus labios parece una bola de nieve sobre un charco de sangre. Carla se ríe mientras se acerca a él, al que se le acelera tanto el pulso que el plato con las tostadas empieza a temblar. Los ojos marrones de Carla nunca han estado tan cerca de su cara, o al menos eso siente él mientras ella le roza los labios con la punta de los dedos.

—Sigues siendo un desastre —dice ella, entrecerrando los ojos mientras se lleva el dedo a la boca—. Uno muy mono.

Félix tiene claro que está en un sueño. Carla nunca haría eso en la realidad y, si lo hiciera, él ya habría muerto. Lo cierto es que ahora mismo no puede pensar con claridad porque toda su sangre ha bajado de manera súbita y se concentra en una zona concreta de su cuerpo.

—Ponme una peli ñoña —dice Carla mientras mete los platos en el lavavajillas—. De esas que te llenan el corazoncito y te hacen sentir la persona más desgraciada del mundo en el amor.

Está tan guapa en todo lo que hace que Félix no puede dejar de mirarla desde el sofá. La siente tan cerca y, a la vez, tan lejos que le duele pensar que, en algún momento, al dejar de mirarla, ella ya no esté ahí. Pero sigue ahí, con los pies sobre su regazo, mientras ven juntos Love Actually. Y sigue ahí cuando se van a su cama y ella reflexiona sobre la película.

—Tiene que ser horrible enamorarte del mejor amigo de tu marido —dice, apoyando el brazo sobre el pecho de Félix—. Pero peor aún tiene que ser no estar con la persona a la que amas de verdad, ¿no crees?

El gesto de Carla es triste, casi tanto como aquel verano en 2016 cuando pisó accidentalmente la cola de un gato callejero. Estuvo días yendo alimentarle, pero se arrepentía tanto que acabó por adoptarlo. Félix siempre ha pensado que en realidad cogió a uno que se le parecía, pero no fue capaz de decírselo cuando la vio sonriendo elevando al gato como hizo Rafiki con Simba el día de su presentación al mundo.

Su mente da demasiadas vueltas para llegar a donde quiere. No mejora cuando Carla introduce su mano por el interior de su camiseta y empieza a hacer tirabuzones con los pelos de su pecho. Sin darse cuenta las palabras se le escapan de la boca.

—Es algo en lo que pienso todos los días —su labio superior tiembla tanto que tiene que morderlo.

Félix se siente más valiente que nunca. Las tostadas con mantequilla de hoy le han debido otorgar un superpoder especial. O, al menos, eso cree cuando sujeta la mandíbula de Carla y la mira a los ojos.

—No debería haberte dejado ir.

El día que se besaron siempre ha rondado por su cabeza. Fue su primer beso y también el último con ella, unos días antes de que el padre de Carla falleciera. Félix fue incapaz de consolarla. Se sintió tan inútil que decidió apartarse de ella, convencido de que así le daría la oportunidad de conocer a alguien mejor que él.

La punzada que siente en el estómago se le instala en el pecho. Es lo mejor y lo peor que ha sentido en su vida. Solo espera que su corazón aguante lo suficiente para disfrutar de este momento.

—Por fin. —dice ella mientras él enreda los dedos en su pelo y frota su nariz contra la de ella.

No podrá borrar nada de lo que ha vivido esta noche, que quiere que sea infinita y no acabe nunca.  Mientras recorre de nuevo con sus labios la espalda desnuda de Carla no puede evitar pensar en la alarma del móvil. Agarra el móvil con tanta fuerza como si lo odiara; las desactiva todas. Si esto es un sueño pondrá todo de su parte por no despertar de el.

13
 
 

Había escarcha sobre los cardos y un olor espeso a grasa rancia flotando en el aire quieto de la madrugada. Junto a las carretas, los hombres apuraban el café de espaldas al viento mientras el chirrido de una piedra contra el filo de un cuchillo se repetía en el claro. Archie partía ramas secas en cuclillas, cerca del rescoldo, con los dedos entumecidos por el frío. Siete inviernos en la partida no le daban para más que acarrear leña, fregar calderos con arena y apartarse a tiempo de las botas de los cuatreros. Tenía la mirada clavada en la ceniza, ajeno a las conversaciones de la tropa, cuando una sombra pesada le cubrió la lumbre.

Gilbert Troy vació el poso negro de su jarro en la tierra y cruzó el campamento sin prisa, con el gabán rozándole las cañas de las botas engrasadas. Se detuvo a dos pasos del chico. Sin mediar palabra, desenganchó la tira de cuero de la cartuchera y sacó el revólver, haciendo girar el tambor con la palma antes de abrir la compuerta lateral. Fue vaciando los cartuchos en la mano con un tintineo sordo de latón, se guardó las balas en el chaleco y le ofreció el arma descargada sujetándola por la punta del cañón.

—Sujétalo.

Archie extendió los brazos y cerró los dedos alrededor de las cachas de nogal. El peso del acero le dobló las muñecas en el acto; al soltarlo Troy, el cañón bajó de golpe hasta arañar la grava antes de que el chico lograra trabar los hombros y suspender el hierro a la altura de las rodillas, apretando las mandíbulas para frenar el temblor que le subía por los brazos. Alrededor del fogón, tres jinetes detuvieron los jarros. El tuerto escupió una hebra negra que chascó contra la leña al rojo.

—¡Ese fierro tiene más plomo que tus tripas, cachorro!

Las risas rebotaron contra las lonas de las carretas. Archie no parpadeó; clavó la mirada en las rodajas herrumbrosas de las espuelas de Troy mientras la sangre le ardía en las orejas. Gilbert ni siquiera volvió la cabeza hacia el fuego. La puntera de su bota enganchó el talón izquierdo del chico por dentro con un golpe seco; el pie patinó en la grava y las piernas se abrieron de golpe, levantando una brizna de polvo entre las botas.

—Planta los pies —dijo con voz plana—. Si no te afirmas abajo, el tiro te sienta en el suelo.

Le agarró el codo con la mano enguantada y se lo trabó hacia arriba de un tirón firme, obligándolo a levantar el cañón a la altura de los ojos. El arma oscilaba de lado a lado sin fijar la puntería. Troy le descargó un golpe con los nudillos en la muñeca derecha, corrigiendo el juego de la articulación con aspereza.

—Firme. El hierro va adonde manda el pulso; si baila, no le pegarás ni a una carreta.

Archie apretó el nogal hasta que los nudillos palidecieron. La fatiga le bajaba por los omóplatos y el sudor de la frente le ardía en los ojos, pero sostuvo la línea diez segundos antes de que los brazos se le desplomaran contra los muslos. Troy no le dio tregua: a cada caída del cañón seguía una orden seca que lo obligaba a izar las tres libras de acero otra vez. La faena se prolongó mientras el sol naciente templaba las calizas de la llanura. Archie levantaba el revólver, aguantaba el espasmo de los tendones y recomenzaba la postura tras cada corrección. Las risas de los cuatreros se fueron apagando poco a poco hasta que el campamento volvió a quedar en silencio; ver a un crío de siete años deslomarse contra el metal sin soltar un quejido acabó por agriarles la diversión.

Finalmente Gilbert extendió la mano y recogió el arma. Caminó quince pasos hacia un murete de peñascos que orillaba la cañada, alineó tres latas vacías sobre una laja plana y regresó junto al chico. Introdujo tres cartuchos en el tambor; el chasquido del cerrojo sonó limpio y seco en el aire quieto. Le devolvió el revólver cargado, ordenándole tirar a la del centro. Archie abrió las piernas, plantó los talones en el cascajo y montó el martillo con ambos pulgares hasta escuchar los dos clics del percutor. Deslizó el índice en el guardamonte, sintiendo el metal helado del disparador, y apretó. El estruendo retumbó en el barranco. El culatazo le sacudió los hombros, le desgobernó los pies y lo sentó de espaldas en la tierra con un golpe sordo, mientras la bala pegaba contra el suelo diez varas antes de la laja levantando un surco de polvo blanco.

Se puso en pie antes de que la risa de un par de cuatreros terminara de sonar. Con la boca llena de humo acre y la muñeca latiéndole bajo una quemazón viva, amartilló de nuevo usando los pulgares. El dolor le arrancaba lágrimas que tragó sin pestañear. Cuadró el cuerpo, flexionó las rodillas para afirmarse en la greda y soltó el segundo tiro; esta vez aguantó el retroceso sobre las piernas, pero el cañón cabeceó alto y el plomo pasó silbando por encima de las piedras para perderse en el llano. Con las manos empapadas de sudor, tiró del martillo por tercera vez. El temblor le vencía los brazos y la lata del medio no era más que una mancha rojiza flotando en la reverberación. Troy dio un paso al frente, le agarró la nuca con los dedos y le sacudió la cabeza con un tirón seco que le cortó el aturdimiento.

—Olvida a los que miran —le masculló al oído—. No hay hombres ni campamento; solo ese punto de hierro y lo que tienes enfrente. Fija la vista.

Archie apretó las mandíbulas hasta arrancarse una hebra de sangre del labio. La sacudida le aclaró la vista. Retuvo el aire en el pecho, trabó los codos y sintió la muñeca firme. Presionó el disparador despacio, sin tirones. El chasquido del metal desgarrado resonó en la cañada antes de que el humo cubriera la laja: la lata saltó partida en dos, reventada contra el talud trasero entre astillas de hojalata y arenisca. Nadie habló en el campamento. Los hombres que ajustaban cinchas o revisaban arreos se quedaron inmóviles, con las riendas en las manos, mirando la hendidura fresca que humeaba sobre la roca.

Archie bajó el arma despacio, jadeando en silencio, sin apartar los ojos de los restos del blanco. Troy extendió la palma abierta y el chico le entregó el revólver sujetándolo por el cañón tibio. El hombre expulsó las tres vainas servidas, metió munición fresca de la faltriquera y lo midió de arriba abajo con su habitual desgana.

—Ya sabes sostenerlo —dijo—. Ahora olvida la mira.

—¿Por qué?

—Eso sirve para cazar en el monte o tirar protegido desde una zanja. En una calle estrecha, el que levanta los brazos a la cara se muere antes de apretar.

Deslizó el arma en la cartuchera y dejó caer los brazos a lo largo del cuerpo, con los hombros sueltos y el peso repartido en las plantas de las botas. No hubo tensión previa ni flexión en la espalda. La mano derecha cayó sobre la empuñadura y subió en un mismo golpe; el percutor se montó al salir de la funda y el revólver disparó desde la cadera con una detonación seca. La lata de la izquierda saltó aplastada contra el talud antes de que el estampido terminara de rebotar en las piedras.

—Apunta desde el cinto —sentenció Troy, volviendo a calzar el arma humeante en la vaqueta—. El cuerpo manda, no el ojo. Medio segundo de ventaja es todo lo que te separa de una zanja.

Vació las recámaras una vez más, arrojó las balas sueltas al bolsillo y le tendió el revólver frío mientras señalaba con la barbilla una canana vieja y desfondada que yacía sobre un cajón de pertrechos. Archie corrió por ella y se la ciñó a la cintura pasando la correa dos veces por la hebilla de latón para fijarla; aun así, la cartuchera le colgaba vencida por el uso, haciéndole rozar la boca del cañón contra la rodilla derecha. Metió el arma en la funda y se plantó frente a la última lata solitaria. Intentó aflojar los hombros como había visto hacer a Troy, dejando la mano suspendida sobre el nogal. Tiró hacia arriba con rabia, pero el punto de mira se trabó en el reborde del cuero reseco; al forzar el saque, el cinto se le trepó hasta las costillas y el revólver resbaló de sus dedos para estrellarse contra las lajas. Archie lo levantó del polvo sin mirar a nadie.

Con la cara encendida por el bochorno, volvió a calzarlo en la funda y probó de nuevo. El hierro salió libre en el segundo intento, pero el peso le venció la muñeca y el cañón cabeceó hacia arriba. A la tercera vez le patinaron las yemas sobre la culata; a la cuarta, el borde del cuero le abrió un raspón sangrante en la cadera. Troy lo observaba a unos pasos, apoyado contra la lanza de una carreta y con el ala del sombrero tapándole la frente. No hizo un ademán de mofa ni amagó con detenerlo; miraba al chico agacharse una y otra vez a recoger el acero del cascajo, limpiarlo contra el muslo y volver a encajarlo en la vaqueta con los nudillos desollados y la respiración entrecortada. Troy clavó los ojos en la última lata solitaria sobre el pedregal, bajó el ala del sombrero y dio media vuelta hacia el fuego.

14
 
 

Capítulo IX

Donde se cuenta lo que en él se verá

Media noche era por filo, poco más a menos, cuando don Quijote y Sancho dejaron el monte y entraron en el Toboso. Estaba el pueblo en un sosegado silencio, porque todos sus vecinos dormían y reposaban a pierna tendida, como suele decirse. Era la noche entreclara, puesto que quisiera Sancho que fuera del todo escura, por hallar en su escuridad disculpa de su sandez. No se oía en todo el lugar sino ladridos de perros, que atronaban los oídos de don Quijote y turbaban el corazón de Sancho. De cuando en cuando rebuznaba un jumento, gruñían puercos, mayaban gatos, cuyas voces, de diferentes sonidos, se aumentaban con el silencio de la noche, todo lo cual tuvo el enamorado caballero a mal agüero; pero, con todo esto, dijo a Sancho:

—Sancho hijo, guía al palacio de Dulcinea; quizá podrá ser que la hallemos despierta.

—¿A qué palacio tengo de guiar, cuerpo del sol —respondió Sancho—, que en el que yo vi a su grandeza no era sino casa muy pequeña?

—Debía de estar retirada entonces —respondió don Quijote— en algún pequeño apartamiento de su alcázar, solazándose a solas con sus doncellas, como es uso y costumbre de las altas señoras y princesas.

—Señor —dijo Sancho—, ya que vuesa merced quiere, a pesar mío, que sea alcázar la casa de mi señora Dulcinea, ¿es hora ésta por ventura de hallar la puerta abierta? Y ¿será bien que demos aldabazos para que nos oyan y nos abran, metiendo en alboroto y rumor toda la gente? ¿Vamos por dicha a llamar a la casa de nuestras mancebas, como hacen los abarraganados, que llegan, y llaman, y entran a cualquier hora, por tarde que sea?

—Hallemos primero una por una el alcázar —replicó don Quijote—; que entonces yo te diré, Sancho, lo que será bien que hagamos. Y advierte, Sancho, que yo veo poco, o que aquel bulto grande y sombra que desde aquí se descubre la debe de hacer el palacio de Dulcinea.

—Pues guíe vuesa merced —respondió Sancho—: quizá será así; aunque yo lo veré con los ojos y lo tocaré con las manos, y así lo creeré yo como creer que es ahora de día.

Guió don Quijote, y habiendo andado como docientos pasos, dio con el bulto que hacía la sombra, y vio una gran torre, y luego conoció que el tal edificio no era alcázar, sino la iglesia principal del pueblo. Y dijo:

—Con la iglesia hemos dado, Sancho.

—Ya lo veo —respondió Sancho—. Y plega a Dios que no demos con nuestra sepultura; que no es buena señal andar por los cimenterios a tales horas, y más habiendo yo dicho a vuesa merced, si mal no me acuerdo, que la casa desta señora ha de estar en una callejuela sin salida.

—¡Maldito seas de Dios, mentecato! —dijo don Quijote—. ¿Adónde has tú hallado que los alcázares y palacios reales estén edificados en callejuelas sin salida?

—Señor —respondió Sancho—; en cada tierra su uso: quizá se usa aquí en el Toboso edificar en callejuelas los palacios y edificios grandes; y así suplico a vuesa merced me deje buscar por estas calles o callejuelas que se me ofrecen: podría ser que en algún rincón topase con ese alcázar, que le vea yo comido de perros, que así nos trae corridos y asendereados.

—Habla con respeto, Sancho, de las cosas de mi señora —dijo don Quijote—, y tengamos la fiesta en paz, y no arrojemos la soga tras el caldero.

-Yo me reportaré -respondió Sancho-; pero ¿con qué paciencia podré llevar que quiera vuesa merced que de sola una vez que vi la casa de nuestra ama, la haya de saber siempre y hallarla a media noche, no hallándola vuesa merced, que la debe de haber visto millares de veces?

—Tú me harás desesperar, Sancho —dijo don Quijote—. Ven acá, hereje: ¿no te he dicho mil veces que en todos los días de mi vida no he visto a la sin par Dulcinea, ni jamás atravesé los umbrales de su palacio, y que sólo estoy enamorado de oídas y de la gran fama que tiene de hermosa y discreta?

—Ahora lo oigo —respondió Sancho—; y digo que pues vuesa merced no la ha visto, ni yo tampoco…

—Eso no puede ser —replicó don Quijote—; que, por lo menos, ya me has dicho tú que la viste ahechando trigo, cuando me trujiste la respuesta de la carta que le envié contigo.

—No se atenga a eso, señor —respondió Sancho—; porque le hago saber que también fue de oídas la vista y la respuesta que le truje; porque así sé yo quién es la señora Dulcinea como dar un puño en el cielo.

—Sancho, Sancho —respondió don Quijote—, tiempos hay de burlar, y tiempos donde caen y parecen mal las burlas. No porque yo diga que ni he visto ni hablado a la señora de mi alma has tú de decir también que ni la has hablado ni visto, siendo tan al revés como sabes.

Estando los dos en estas pláticas, vieron que venía a pasar por donde estaban uno con dos mulas, que por el ruido que hacía el arado, que arrastraba por el suelo, juzgaron que debía de ser labrador, que habría madrugado antes del día a ir a su labranza; y así fue la verdad. Venía el labrador cantando aquel romance que dice:

Mala la hubistes, franceses,

en esa de Roncesvalles.

—Que me maten, Sancho —dijo en oyéndole don Quijote—, si nos ha de suceder cosa buena esta noche. ¿No oyes lo que viene cantando ese villano?

—Sí oigo —respondió Sancho—; pero ¿qué hace a nuestro propósito la caza de Roncesvalles? Así pudiera cantar el romance de Calaínos, que todo fuera uno para sucedernos bien o mal en nuestro negocio.

Llegó en esto el labrador, a quien don Quijote preguntó:

—¿Sabréisme decir, buen amigo, que buena ventura os dé Dios, dónde son por aquí los palacios de la sin par princesa doña Dulcinea del Toboso?

—Señor —respondió el mozo—, yo soy forastero y ha pocos días que estoy en este pueblo, sirviendo a un labrador rico en la labranza del campo; en esa casa frontera viven el cura y el sacristán del lugar: entrambos o cualquier dellos sabrá dar a vuesa merced razón desa señora princesa, porque tienen la lista de todos los vecinos del Toboso; aunque para mí tengo que en todo él no vive princesa alguna; muchas señoras, sí, principales, que cada una en su casa puede ser princesa.

—Pues entre ésas —dijo don Quijote— debe de estar, amigo, ésta por quien te pregunto.

—Podría ser —respondió el mozo—; y adiós, que ya viene el alba.

Y, dando a sus mulas, no atendió a más preguntas. Sancho, que vio suspenso a su señor y asaz mal contento, le dijo:

—Señor, ya se viene a más andar el día y no será acertado dejar que nos halle el sol en la calle; mejor será que nos salgamos fuera de la ciudad, y que vuesa merced se embosque en alguna floresta aquí cercana, y yo volveré de día, y no dejaré ostugo en todo este lugar donde no busque la casa, alcázar o palacio de mi señora, y asaz sería de desdichado si no le hallase; y hallándole, hablaré con su merced, y le diré dónde y cómo queda vuesa merced esperando que le dé orden y traza para verla, sin menoscabo de su honra y fama.

—Has dicho, Sancho —dijo don Quijote—, mil sentencias encerradas en el círculo de breves palabras: el consejo que ahora me has dado le apetezco y recibo de bonísima gana. Ven, hijo, y vamos a buscar donde me embosque; que tú volverás, como dices, a buscar, a ver y hablar a mi señora, de cuya discreción y cortesía espero más que milagrosos favores.

Rabiaba Sancho por sacar a su amo del pueblo, porque no averiguase la mentira de la respuesta que de parte de Dulcinea le había llevado a Sierra Morena; y así, dio priesa a la salida, que fue luego, y a dos millas del lugar hallaron una floresta o bosque, donde don Quijote se emboscó en tanto que Sancho volvía a la ciudad a hablar a Dulcinea; en cuya embajada le sucedieron cosas que piden nueva atención y nuevo crédito.

Continúa en Parte II, Capítulo 10…

15
 
 

Había escarcha sobre los cardos y un olor espeso a grasa rancia flotando en el aire quieto de la madrugada. Junto a las carretas, los hombres apuraban el café de espaldas al viento mientras el chirrido de una piedra contra el filo de un cuchillo se repetía en el claro. Archie partía ramas secas en cuclillas, cerca del rescoldo, con los dedos entumecidos por el frío. Siete inviernos en la partida no le daban para más que acarrear leña, fregar calderos con arena y apartarse a tiempo de las botas de los cuatreros. Tenía la mirada clavada en la ceniza, ajeno a las conversaciones de la tropa, cuando una sombra pesada le cubrió la lumbre.

Gilbert Troy vació el poso negro de su jarro en la tierra y cruzó el campamento sin prisa, con el gabán rozándole las cañas de las botas engrasadas. Se detuvo a dos pasos del chico. Sin mediar palabra, desenganchó la tira de cuero de la cartuchera y sacó el revólver, haciendo girar el tambor con la palma antes de abrir la compuerta lateral. Fue vaciando los cartuchos en la mano con un tintineo sordo de latón, se guardó las balas en el chaleco y le ofreció el arma descargada sujetándola por la punta del cañón.

—Sujétalo.

Archie extendió los brazos y cerró los dedos alrededor de las cachas de nogal. El peso del acero le dobló las muñecas en el acto; al soltarlo Troy, el cañón bajó de golpe hasta arañar la grava antes de que el chico lograra trabar los hombros y suspender el hierro a la altura de las rodillas, apretando las mandíbulas para frenar el temblor que le subía por los brazos. Alrededor del fogón, tres jinetes detuvieron los jarros. El tuerto escupió una hebra negra que chascó contra la leña al rojo.

—¡Ese fierro tiene más plomo que tus tripas, cachorro!

Las risas rebotaron contra las lonas de las carretas. Archie no parpadeó; clavó la mirada en las rodajas herrumbrosas de las espuelas de Troy mientras la sangre le ardía en las orejas. Gilbert ni siquiera volvió la cabeza hacia el fuego. La puntera de su bota enganchó el talón izquierdo del chico por dentro con un golpe seco; el pie patinó en la grava y las piernas se abrieron de golpe, levantando una brizna de polvo entre las botas.

—Planta los pies —dijo con voz plana—. Si no te afirmas abajo, el tiro te sienta en el suelo.

Le agarró el codo con la mano enguantada y se lo trabó hacia arriba de un tirón firme, obligándolo a levantar el cañón a la altura de los ojos. El arma oscilaba de lado a lado sin fijar la puntería. Troy le descargó un golpe con los nudillos en la muñeca derecha, corrigiendo el juego de la articulación con aspereza.

—Firme. El hierro va adonde manda el pulso; si baila, no le pegarás ni a una carreta.

Archie apretó el nogal hasta que los nudillos palidecieron. La fatiga le bajaba por los omóplatos y el sudor de la frente le ardía en los ojos, pero sostuvo la línea diez segundos antes de que los brazos se le desplomaran contra los muslos. Troy no le dio tregua: a cada caída del cañón seguía una orden seca que lo obligaba a izar las tres libras de acero otra vez. La faena se prolongó mientras el sol naciente templaba las calizas de la llanura. Archie levantaba el revólver, aguantaba el espasmo de los tendones y recomenzaba la postura tras cada corrección. Las risas de los cuatreros se fueron apagando poco a poco hasta que el campamento volvió a quedar en silencio; ver a un crío de siete años deslomarse contra el metal sin soltar un quejido acabó por agriarles la diversión.

Finalmente Gilbert extendió la mano y recogió el arma. Caminó quince pasos hacia un murete de peñascos que orillaba la cañada, alineó tres latas vacías sobre una laja plana y regresó junto al chico. Introdujo tres cartuchos en el tambor; el chasquido del cerrojo sonó limpio y seco en el aire quieto. Le devolvió el revólver cargado, ordenándole tirar a la del centro. Archie abrió las piernas, plantó los talones en el cascajo y montó el martillo con ambos pulgares hasta escuchar los dos clics del percutor. Deslizó el índice en el guardamonte, sintiendo el metal helado del disparador, y apretó. El estruendo retumbó en el barranco. El culatazo le sacudió los hombros, le desgobernó los pies y lo sentó de espaldas en la tierra con un golpe sordo, mientras la bala pegaba contra el suelo diez varas antes de la laja levantando un surco de polvo blanco.

Se puso en pie antes de que la risa de un par de cuatreros terminara de sonar. Con la boca llena de humo acre y la muñeca latiéndole bajo una quemazón viva, amartilló de nuevo usando los pulgares. El dolor le arrancaba lágrimas que tragó sin pestañear. Cuadró el cuerpo, flexionó las rodillas para afirmarse en la greda y soltó el segundo tiro; esta vez aguantó el retroceso sobre las piernas, pero el cañón cabeceó alto y el plomo pasó silbando por encima de las piedras para perderse en el llano. Con las manos empapadas de sudor, tiró del martillo por tercera vez. El temblor le vencía los brazos y la lata del medio no era más que una mancha rojiza flotando en la reverberación. Troy dio un paso al frente, le agarró la nuca con los dedos y le sacudió la cabeza con un tirón seco que le cortó el aturdimiento.

—Olvida a los que miran —le masculló al oído—. No hay hombres ni campamento; solo ese punto de hierro y lo que tienes enfrente. Fija la vista.

Archie apretó las mandíbulas hasta arrancarse una hebra de sangre del labio. La sacudida le aclaró la vista. Retuvo el aire en el pecho, trabó los codos y sintió la muñeca firme. Presionó el disparador despacio, sin tirones. El chasquido del metal desgarrado resonó en la cañada antes de que el humo cubriera la laja: la lata saltó partida en dos, reventada contra el talud trasero entre astillas de hojalata y arenisca. Nadie habló en el campamento. Los hombres que ajustaban cinchas o revisaban arreos se quedaron inmóviles, con las riendas en las manos, mirando la hendidura fresca que humeaba sobre la roca.

Archie bajó el arma despacio, jadeando en silencio, sin apartar los ojos de los restos del blanco. Troy extendió la palma abierta y el chico le entregó el revólver sujetándolo por el cañón tibio. El hombre expulsó las tres vainas servidas, metió munición fresca de la faltriquera y lo midió de arriba abajo con su habitual desgana.

—Ya sabes sostenerlo —dijo—. Ahora olvida la mira.

—¿Por qué?

—Eso sirve para cazar en el monte o tirar protegido desde una zanja. En una calle estrecha, el que levanta los brazos a la cara se muere antes de apretar.

Deslizó el arma en la cartuchera y dejó caer los brazos a lo largo del cuerpo, con los hombros sueltos y el peso repartido en las plantas de las botas. No hubo tensión previa ni flexión en la espalda. La mano derecha cayó sobre la empuñadura y subió en un mismo golpe; el percutor se montó al salir de la funda y el revólver disparó desde la cadera con una detonación seca. La lata de la izquierda saltó aplastada contra el talud antes de que el estampido terminara de rebotar en las piedras.

—Apunta desde el cinto —sentenció Troy, volviendo a calzar el arma humeante en la vaqueta—. El cuerpo manda, no el ojo. Medio segundo de ventaja es todo lo que te separa de una zanja.

Vació las recámaras una vez más, arrojó las balas sueltas al bolsillo y le tendió el revólver frío mientras señalaba con la barbilla una canana vieja y desfondada que yacía sobre un cajón de pertrechos. Archie corrió por ella y se la ciñó a la cintura pasando la correa dos veces por la hebilla de latón para fijarla; aun así, la cartuchera le colgaba vencida por el uso, haciéndole rozar la boca del cañón contra la rodilla derecha. Metió el arma en la funda y se plantó frente a la última lata solitaria. Intentó aflojar los hombros como había visto hacer a Troy, dejando la mano suspendida sobre el nogal. Tiró hacia arriba con rabia, pero el punto de mira se trabó en el reborde del cuero reseco; al forzar el saque, el cinto se le trepó hasta las costillas y el revólver resbaló de sus dedos para estrellarse contra las lajas. Archie lo levantó del polvo sin mirar a nadie.

Con la cara encendida por el bochorno, volvió a calzarlo en la funda y probó de nuevo. El hierro salió libre en el segundo intento, pero el peso le venció la muñeca y el cañón cabeceó hacia arriba. A la tercera vez le patinaron las yemas sobre la culata; a la cuarta, el borde del cuero le abrió un raspón sangrante en la cadera. Troy lo observaba a unos pasos, apoyado contra la lanza de una carreta y con el ala del sombrero tapándole la frente. No hizo un ademán de mofa ni amagó con detenerlo; miraba al chico agacharse una y otra vez a recoger el acero del cascajo, limpiarlo contra el muslo y volver a encajarlo en la vaqueta con los nudillos desollados y la respiración entrecortada. Troy clavó los ojos en la última lata solitaria sobre el pedregal, bajó el ala del sombrero y dio media vuelta hacia el fuego.

16
 
 

EL VISITANTE NOCTURNO: RELATO #1

Desde hace un mes, me despierto exactamente a las dos de la madrugada. A veces, con dos o tres minutos de anticipación. Enseguida, el miedo se apodera de mí.

La temperatura desciende de golpe, se escuchan pasos pesados en la sala y distingo una sombra inquieta a través del pequeño espacio debajo de la puerta. No sé qué ocurre del otro lado y no me atrevo a averiguarlo; soy un cobarde.

Vivo solo en el apartamento. Mi única compañía era un gato persa, pero no ha vuelto a aparecer desde que comenzaron los ruidos.

Al principio, todo se limitaba a los pasos y a esa silueta moviéndose de un lado a otro. Media hora después, la situación volvía a la normalidad. Pero esta noche fue diferente.

Tocaron a la puerta de mi dormitorio con descaro.

Primero fueron tres golpes secos y violentos; el eco de cada impacto retumbó dentro de mi cabeza durante cinco eternos segundos. Luego, un silencio sepulcral cubrió la casa. Que no se escuchara absolutamente nada afuera me resultaba aún más aterrador.

Sabiendo cómo funcionaba la rutina de horror, había programado mi despertador a las dos y media. Al sonar el ruidoso aparato, la tranquilidad y mi alma solían regresar al cuerpo.

Cerré los ojos con la firme convicción de descansar. De repente, sacudieron la cama con violencia y la arrastraron con una fuerza descomunal por el suelo, hasta dejarla encajada contra la puerta de la habitación.

Mi corazón latía a mil por hora. Aún oculto bajo las sábanas, estiré el brazo desesperado para pasarle el seguro a la puerta. Por desgracia, ya estaba abierta.

—

17
 
 

Parte II, Capítulo V

—Es un poco picante, pero tan singular, que siento deseos de referírselo a usted —dijo Vronski, mirando los animados ojos de su prima—; por lo demás, no citaré nombre alguno.

—Mejor, yo lo adivinaré.

—Escuche usted, pues: dos jóvenes muy alegres…

—Sin duda dos oficiales del regimiento de usted.

—Yo no he dicho que fuesen oficiales, y sí solo jóvenes que habían almorzado bien.

—Diremos que se habían achispado.

—Es posible… Los dos van a comer a casa de un compañero, y en el camino encuentran a una dama que iba en su coche, y la cual se sonríe al pasar por delante de ellos, volviendo después la cabeza para mirarlos; la persiguen al galope, y con gran asombro ven que el vehículo se detiene precisamente delante de la casa adonde ellos se dirigen; la dama sube al piso superior, y solo ven sus frescos labios bajo el velo, y sus piececitos admirables.

—Habla usted con una animación que me haría creer que era uno de los actores.

—Los dos jóvenes suben a casa de su compañero, que daba un banquete de despedida, y este los obliga tal vez a beber un poco más de lo que debían. Interrogan a su amigo sobre los inquilinos de la casa, pero no sabe nada; solo el criado puede satisfacer su curiosidad. «¿Hayseñoritas arriba?», le preguntan. «Hay muchas», se les contesta. Después de comer, los jóvenes pasan al despacho de su amigo y escriben a su desconocida una carta llena de promesas de amor, subiéndola ellos mismos a fin de explicar cualquier punto oscuro.

—¿Por qué me refiere usted semejantes horrores? ¿Y qué más?

—Los jóvenes llaman, la criada les abre la puerta y entregan su carta, afirmando que están dispuestos a morir allí; la sirvienta, muy asombrada, quiere parlamentar; pero en el mismo instante se presenta un caballero, rojo como un cangrejo cocido, con patillas en forma de chuletas, que despide a los visitantes sin cumplimiento alguno, declarando que en la habitación no hay nadie más que su mujer.

—¿Cómo sabe usted que el buen hombre tenía patillas en forma de chuleta?

—Va usted a saberlo. Hoy he querido firmar la paz.

—¿Y qué ha sucedido?

—Esto es lo más curioso del incidente: resulta que esa feliz pareja es la de un consejero y una consejera titular; el primero ha presentado una queja, y he debido intervenir como mediador. ¡Vaya un mediador! Talleyrand no era nada comparado conmigo.

—¿Qué dificultades ha debido usted vencer?

—Voy a decírselo. Hemos comenzado por excusarnos lo mejor posible, como convenía, diciendo: «Sentimos muy de veras esta enojosa equivocación.» El consejero titular parece suavizarse, pero se empeña en expresar sus impresiones; entonces se encoleriza de pronto, deja escapar algunas palabrotas, y entonces me veo en la precisión de apelar a los medios diplomáticos. «Convengo en que su conducta ha sido deplorable —digo a mi hombre—; pero advierta usted que se trata de una equivocación; son jóvenes y acababan de comer bien… Ya comprenderá usted. Ahora se arrepienten con toda sinceridad, y le ruegan que les dispense su error.» El consejero se dulcifica más aún. «Convengo en ello —replica mi interlocutor—, y estoy dispuesto a perdonar, señor conde; pero ya comprenderá usted que mi esposa, una mujer honesta, ha estado expuesta a las persecuciones, groserías e insultos de dos calaveras… Como estos se hallaban presentes, me es preciso calmarlos a su vez, sirviéndome otra vez de la diplomacia; pero cada vez que la cuestión está a punto de arreglarse, mi consejero titular se encoleriza de nuevo, sus patillas se mueven otra vez, y no sé ya cómo salir del paso.»

—¡Ah, amiga mía, es preciso que le cuente esto! —dice Betsi a una dama que entraba en su palco—. Aseguro a usted que me he divertido mucho. ¡Vamos, buena suerte! —añadió, ofreciendo a Vronski los dedos que el abanico le dejaba libres; y después de hacer un movimiento de hombros para descubrir mejor su desnudez, se volvio a sentar en la delantera de su palco, en el sitio en que mejor se la pudiera ver.

Vronski se fue al Teatro Francés para buscar al coronel de su regimiento, que no faltaba una sola noche, pues quería hablarle de la obra de pacificación que hacía tres días lo ocupaba, proporcionándole no poca diversión. Los héroes de esta historia eran Petritski y un joven príncipe Kiédrov, gallardo mancebo que acababa de ingresar en el regimiento; y se trataba principalmente de los intereses del regimiento, pues ambos jóvenes formaban parte del escuadrón de Vronski.

Wenden, el consejero titular, había presentado queja al coronel contra sus oficiales por haber injuriado a su esposa, que, casada hacia medio año apenas y en estado interesante, había ido con su madre a la iglesia, donde, sintiéndose indispuesta, tomó el primer coche que pasó para volver cuanto antes a su casa. Los oficiales la habían perseguido; la dama se sintió peor por la emoción, y subió la escalera precipitadamente. Wenden volvía de su oficina cuando oyó las voces y el campanillazo, y al ver que eran dos oficiales ebrios, los puso en la puerta, exigiendo después que se los castigara severamente.

—Por más que diga usted —contestó el coronel a Vronski, Petritski se hace intolerable, pues no pasa una sola semana sin ningún escándalo. El caballero ofendido persistirá seguramente en su reclamación.

Vronski había comprendido que no se podía recurrir a un duelo en semejante circunstancia; había que hacer todo lo posible para suavizar al consejero y echar tierra sobre el asunto. El coronel lo había mandado llamar, sabiendo que era hombre de tacto y celoso del honor de su regimiento. A consecuencia de la consulta, Vronski, acompañado de Petritski y de Kiédrov, fue a dar una satisfacción al consejero, confiando en que su nombre y su cifra de flugeladjuntant contribuirían a calmar al ofendido. Vronski no consiguió su objetivo más que en parte, como acababa de referir, y la reconciliación parecía aún dudosa.

En el teatro el joven conde refirió al coronel el resultado de su misión, y después de reflexionar, este resolvió dejar el asunto tal como estaba. Después, por curiosidad, pidió a Vronski detalles. Al oír el relato del conde, el coronel rió largamente, especialmente cuando escuchaba cómo el consejero titular, tras parecer calmado, volvía a irritarse de nuevo al recordar los detalles del incidente, y cómo Vronski, aprovechando la última medio palabra de reconciliación, emprendió la retirada empujando a Petritski delante de él.

—El asunto es fastidioso aunque divertido. Kiédrov no puede batirse con ese señor. ¿Dice usted que se encolerizó mucho? —volvió a preguntar riendo—. ¡Claire es sorprendente! —dijo el coronel acerca de una nueva actriz francesa—. Todos los días la veo, y cada vez descubro en ella nuevas facetas. ¡Solo los franceses son capaces de una cosa así!

Continúa en Parte 2, Capítulo 6…

18
 
 

CAPÍTULO III: LA MANO DEL SANADOR

 —Entra. Y cierra esa puerta.

 Erszi dio dos pasos tambaleantes. Un charco oscuro —agua, barro, sangre— crecía a sus pies.

 Se dejó caer contra la pared interior con el niño aún apretado contra su pecho. Las piernas plantadas. Los hombros sin moverse.

 Quieta.

 El área de tratamiento. Los estantes del suelo al techo, los frascos exactamente donde siempre habían estado, las plantas colgadas boca abajo, los instrumentos en sus ganchos. El sistema de mapas en tubos de bambú que había intentado descifrar una vez, y abandonado a los diez minutos. Al fondo, el biombo de lino que Akiba corría cuando el pudor de algún paciente lo pedía, rara vez con ella. Dos camillas bajas de madera de secoya, ambas vacías.

 Todo ordenado hasta lo irracional. Todo en su lugar de siempre, como si la noche allá afuera no tuviera permiso de entrar aquí.

 Akiba apareció en el umbral. Los ojos ámbar recorriendo la escena —virando al gris.

 Erszi soltó el aire que llevaba guardando desde la Cornisa.

 Akiba se movió hacia la pila de piedra tallada. Pequeño, ligero: ciento cincuenta y seis años en un cuerpo que parecía cuarenta. La espalda recta incluso al inclinarse. Giró la llave de bronce.

 Frotó. Palma contra palma. Entre los dedos. Bajo las uñas. Enjuagó. El agua se llevó espuma rosada. El cabello negro entrelazado de blanco —recogido en coleta baja de trabajo, más hebras que hace cuatro años, menos que dentro de otros veinte— y la línea blanca que partía la barba en dos, exacta, desde el labio hasta la quijada.

 Segunda vez. Tercera.

 Cuando Akiba se arrodilló junto a ella, los hombros se curvaron hacia adelante, la espalda se arqueó. Primero el ámbar dando paso al gris: diagnóstico, catalogación, el Pulso leyendo antes de intervenir. Luego el gris disolviéndose en esmeralda, las venas del antebrazo encendiéndose en verde desde las palmas hacia arriba.

 El Pulso Fénix despierto.

 —El biombo. —Le quitó al niño de los brazos y le puso ropa seca y una toalla en las manos sin esperar respuesta. Cuatro años de verla volver empapada más veces de las que él hubiera querido le habían enseñado a tener siempre algo de su talla colgado cerca.

 Erszi se arrastró hasta el biombo, se secó como pudo, se cambió —sandalias de repuesto incluidas, que Akiba le insistía en tener ahí para exactamente estas noches— y volvió con la manta sobre los hombros, todavía tibia por dentro, y se dejó caer en la camilla.

 Akiba ya estaba junto al niño, desprendiendo primero el envoltorio improvisado de Erszi —la manga arrancada de su propia chaqueta— y luego, debajo, los restos empapados de la ropa que el niño ya llevaba puesta. Volvió a Erszi. Sus dedos largos palparon las costillas. Al alzarle el brazo, la manga de Akiba se corrió: la cicatriz de su propio antebrazo izquierdo, siempre la misma. Y la banda verde oscuro con cuatro cristales cosidos desplazada un centímetro hacia el codo, como siempre cuando trabajaba. La manga volvió a cubrirlo todo.

 En el muslo, el índigo respondió al tacto. Un calor más hondo que el del esfuerzo o el del hematoma, asentado, como una brasa que ya no necesitaba avivarse para arder. La mano de Akiba se quedó quieta. Cinco años apagado. Esta noche no.

 No dijo nada. Las venas siguieron su recorrido habitual, verde firme, sin desviarse.

 —Las costillas están intactas. —Sus dedos se detuvieron sobre el costado izquierdo—. Pero hay un hematoma profundo aquí. Impacto directo, no la caída. —Sus manos bajaron—. El tobillo es el verdadero problema.

 El tobillo derecho. Erszi hizo una mueca antes de que lo tocara.

 —Dos semanas. —Vendaba con precisión el derecho, evitando el izquierdo—. Tres si sigues entrenando durante la recuperación.

 Erszi abrió un ojo.

 —¿Tres semanas?

 —Dos si te comportas. Ambos sabemos que no lo harás.

 Akiba ordenaba los frascos sin mirarla.

 —Las secoyas más altas se doblan con el viento. Las rígidas—

 Los dedos de Erszi se cerraron sobre el borde de la manta.

 —Doc, para.

 —¿Qué?

 —Para con las malditas metáforas. Me duele la cabeza.

 —El punto no era la metáfora.

 —Ya.

 —A veces extraño cuando asentías aunque no entendieras nada.

 —Tenía diez años, Doc.

 —Lo sé. —Ordenó los frascos del estante más cercano, uno por uno—. Cuatro años después sigo sin saber si eso habla bien de ti o de mí.

 Tomó la mano derecha de Erszi. Limpió la palma con movimientos circulares. Aplicó ungüento. Vendó.

 No dijo nada sobre la herida. Ella tampoco.

 Erszi contó lo esencial, las frases cayendo cada vez más espaciadas. El entrenamiento en la Cornisa Alta. La caída a una grieta que no debería estar ahí. Los cristales en la pared marcando un patrón que no era eco de nada. El cuervo de ojos raros que la guio en la oscuridad. El niño, las marcas en el hombro, la única palabra antes de que la pared se abriera sola y volviera a cerrarse detrás de ella.

 Akiba escuchó sin detener las manos. Aplicó ungüento sobre la palma abierta.

 —¿Cuánto tiempo pasaste ahí dentro?

 —Media hora. —Frunció el ceño sin abrir los ojos—. Caí a mediodía.

 Las manos de Akiba se detuvieron sobre el vendaje.

 Una Distorsión. La palabra le llegó con la misma certeza fría con que reconocía una fractura al tacto. Zonas donde el tiempo no corría igual que afuera. Aparecían sin aviso, en cualquier punto de Rhea, y no había manera de volver a encontrarlas una vez que se iban. Quien estaba dentro no sentía nada extraño mientras ocurría —eso era lo único en lo que coincidían los pocos relatos que había podido reunir en toda una vida, casi todos de segunda o tercera mano. Los Fénix las estudiaban desde hacía generaciones sin una sola conclusión que valiera la pena archivar.

 —No esperaba una en el Jiang. —Retomó el vendaje—. Tuviste suerte. Algunas duran días enteros.

 Volvió su atención al niño.

 —Cuando te despiertes, comes. Todo el plato.

 El plato estaba donde siempre, en el banco, junto a la camilla.

 Erszi no giró la cabeza.

 —Entendido, Doc.

 —Anton preguntó por ti. Mañana te toca con él.

 Erszi no abrió los ojos.

 —Ya.

 El sueño le pesaba en los párpados.

 —El niño… asegúrate de que…

 La frase quedó a medias. Erszi ya respiraba profundo.

 —Chispa.

 Entreabrió un ojo. Volvió a cerrarlo.

 —No me llames así.

 Akiba permaneció junto a ella. En cuatro años nunca la había visto completamente quieta. Ni siquiera dormida —siempre un pie moviéndose, los hombros ajustándose, el cuerpo incapaz de rendirse del todo. Ahora no había nada. Solo respiración. Solo agotamiento absoluto.

 Levantó el borde del vendaje de la palma derecha con dos dedos. Lo justo para ver.

 El tejido avanzaba, más despacio que una hora antes, porque el cuerpo había gastado demasiado esta noche, pero avanzaba. Un forastero con este hematoma habría necesitado una semana solo para caminar sin cojear. Erszi llevaba camino de dos días. La capacidad era del valle, de nacimiento, anterior a cualquier cinta: ningún otro clan de Rhea sanaba así. Pero el entrenamiento la multiplicaba, y años de Sha-Gui llevados al límite explicaban por qué seguía de pie después de una noche que a otro cuerpo lo habría dejado en el suelo hasta el amanecer.

 La palma de Erszi no era el problema. La palma podía esperar.

 Esa era la única razón que necesitaba para irse.

 Miró a Erszi.

 El tobillo derecho bajo el vendaje ya no tenía la circunferencia de hacía una hora.

 Dos semanas, le había dicho.

 No iban a ser dos semanas.

 Por qué el índigo había regresado esta noche, después de cinco años de silencio, no era pregunta para ahora. El niño en la camilla de al lado no iba a esperar.

 Al extender la manta, los hombros de Erszi se tensaron: instinto de cornisa, de quien no sabe si lo que la cubre es abrigo o trampa. El cuerpo recordó antes de que la mente pudiera rendirse.

 —Bah.

 Los ojos no se abrieron. El sueño ganó. Akiba no la despertó para subirla a su cuarto: la cubrió con la manta y alisó la tela con el dorso de la mano.

 Se volvió hacia el niño.

 Se enderezó. Los hombros atrás, la columna estirada, el mentón elevado. Con el pulgar desplazó la banda hacia el codo. Lo había hecho tantas veces que las manos lo hacían antes que él.

 Sanar requería descender. La primera cosa que su madre le había enseñado, en Sal-Hadir, cuando tenía doce años y la primera llama acababa de prender en el frasco. El sanador erguido sobre su paciente domina. Y el que domina no puede sanar. El conocimiento primero. El Pulso después. Ciento cincuenta y seis años ejecutándolo sin pensarlo.

 Esta noche lo había pensado.

 Fue a la pila. Volvió junto al niño.

 Inclinó la lámpara hacia el rostro del pequeño. Pómulos anchos sobresaliendo demasiado bajo piel estirada por el hambre. El cabello —rizos apretados— enmarcaba rasgos suaves, infantiles. Piel más oscura que cualquier tono del valle, de un marrón rico y cálido. Nariz ancha, fosas amplias. Un niño que no era de aquí, ni de ningún lugar que Akiba conociera.

 Años en el valle no le habían enseñado nada parecido a esto. Ashara tampoco lo habría hecho, pero Ashara ya no era una comparación que pudiera hacer con autoridad. Reila había muerto en Sal-Hadir cuatro años después de que él se instalara en Angkhor Vadis; él había ido para los últimos días y vuelto solo. Desde entonces las asambleas ocurrían sin él, cuatro veces al año, y el fogón de llegada de cada caravana también. No había oasis al que volver. No había vuelto a hacer la pregunta de si debía.

 Había caminado Sylvaren hasta donde las últimas secoyas se acababan y el aire dejaba de tener olor. Nunca había visto algo así.

 Palpó las costillas del niño. Fracturas viejas, mal sanadas. Arterias colapsadas que habían aprendido a compensar.

 Alzó el brazo del niño con cuidado. Los músculos eran densos, fibrosos. Tonificados a pesar de la desnutrición evidente, como los de un gato callejero que caza para sobrevivir. Sus dedos recorrieron el tórax. Bloqueos. Esquivas. Algo más, un olor ajeno al niño. Viejo. Mineral. Como roca que nunca había visto el sol.

 Se fijó en las muñecas.

 Piel en carne viva, costrosa. Marcas circulares profundas. Había visto grilletes antes —en adultos capturados en los márgenes de conflictos que muchos, él incluido, preferían no recordar. Nunca en alguien tan pequeño. Y nunca con esa profundidad, que hablaba de semanas: un cuerpo que había aprendido a vivir dentro de ese peso, ya condición permanente.

 Giró la mano. Los nudillos contaban el resto: cicatrices pequeñas, tejido elevado y blanquecino sobre la piel oscura. Había golpeado algo. Durante mucho tiempo.

 Quién. Esa era la cuestión. Quién había decidido que un niño de ocho años merecía esto, y si esa persona o personas seguían vivas.

 Las manos del sanador no temblaban. Llevaban décadas sin hacerlo.

 Rozó las marcas en el hombro con la yema de los dedos. Pulsaban con ritmo débil pero constante. La tinta vivía dentro de las capas dérmicas: parte del cuerpo desde su origen, no añadida después.

 Entre dos espirales, restos pequeños, casi invisibles. Pulpa seca. Semillas diminutas.

 Guayaba.

 —Interesante.

 La densidad ósea era demasiado alta. El esqueleto había envejecido más rápido que el resto —dos tiempos distintos habitando la misma carne.

 Los restos de la ropa que el niño ya llevaba puesta —lo que Erszi no había usado para envolverlo— eran otro dato. El corte era Asura —o lo había sido. Tejido de calidad, el tipo que alguien elige con propósito. Pero las costuras estaban abiertas sin hilo suelto, las fibras sin tensión —el tiempo había pasado de golpe y la tela cobraba lo que el cuerpo no había pagado. Demasiado dañada para confirmar nada.

 Cuatro preguntas. Edad. Origen. Cuánto tiempo. Qué le hicieron. El método de siempre, aplicado a un paciente que no podía responder ninguna.

 Los ojos pasaron del esmeralda al gris tormenta y las venas del antebrazo se apagaron con ellos. Colocó las yemas sobre las sienes y fue hundiendo el Pulso, explorando con la delicadeza de quien sabe que hay cosas que se rompen si se presionan demasiado.

 Encontró un vacío gélido.

 El frío le subió por las palmas más rápido de lo que pudo retirarlas.

 Cuando alzó la vista, la llama eterna no se movía.

 El frío donde debería haber recuerdos era hambre activa, tejido que se consumía a sí mismo. No quedaba nada. Solo el vacío que lo había reemplazado.

 Apartó las manos.

 El frío siguió hasta los hombros, buscando dónde asentarse. Lo conocía —cada cuerpo que había sanado le había dejado algo, un instante de su dolor más profundo transferido al tacto. Y las manos todavía necesitaban el agua más tiempo del debido después de atender a un niño herido. Nunca había querido ser padre. No por esto exactamente —pero esto tampoco ayudaba.

 Y sin embargo ya tenía práctica.

 Había traído a Erszi al mundo con estas mismas manos, en una noche de tormenta no tan distinta de esta. Lirien apretaba la mano de Boru entre cada contracción. El parto había durado demasiado y al final había sido solo Akiba y ese silencio de los segundos que preceden al primer llanto, que en más de un siglo de partos nunca había aprendido a tolerar. Erszi había llegado al mundo furiosa y mojada y sin ninguna intención de disculparse por ello.

 Una década después había aparecido en su puerta con las manos vacías y sin decir nada. Él había abierto sin preguntas. No había otra respuesta posible entonces. Tampoco la había ahora.

 Los Asura decían que el Jiang tenía su propia voluntad. Después de tres décadas en el valle y un niño con vacío donde deberían estar los recuerdos, Akiba no tenía argumentos en contra.

 Había un nombre que el valle conocía de oídas y no de trato: alguien que vivía en la cara norte del Jiang, en unas terrazas a media hora de camino conocido —y a una vida entera de distancia, porque nadie subía sin invitación, y esa invitación nunca llegaba.

 Akiba no había llegado a comprobarlo en treinta años. No había tenido motivo. Pero primero sanaría.

 Sanó lo que el cuerpo le ofrecía: las fracturas viejas realineadas en lo posible, los bloqueos deshechos uno a uno, las arterias colapsadas obligadas a recordar su forma. El hambre y las muñecas seguirían necesitando tiempo que ninguna mano podía apurar. El vacío en las sienes seguía donde estaba. El Pulso Fénix podía reparar tejido, pero no reponer lo que ya no está.

 El escritorio ocupaba el rincón noreste. Encima: la lámpara de llama eterna. Las Crónicas bajo llave en el cajón inferior, candado de herrería Tauro. El cajón a su lado, más antiguo, con cerradura de factura distinta: Akiba no dirigió los ojos hacia él.

 Las venas parpadearon en verde, débiles, casi sin fuerza, y se apagaron. Fue a la pila, abrió la llave y soltó la carga del niño: cuatro respiraciones lentas, los ojos abiertos. Cerró la llave.

 Tocó el cristal de la lámpara sobre el escritorio. La llama respondió con un parpadeo que reconocía su presencia, bailando dentro del cristal. No consumía. No necesitaba aire ni aceite.

 Mientras el corazón le latiera, ella ardería.

 La había capturado a los doce años, con su madre a su lado. Reila se lo confirmó después: de todas las llamas que había visto encender, esa era distinta. Entonces no sabía lo que significaba cargar algo así durante ciento cuarenta y cuatro años. Ahora lo sabía.

 Encendió la lámpara de trabajo. Abrió las Crónicas del Vacío Silente —el libro de cuero gastado que guardaba bajo llave en el cajón inferior. Lo había iniciado hacía ciento dieciocho años, cuando el mundo empezó a mostrarle cosas que ningún texto sabía explicar. Una entrada por anomalía. Nunca por costumbre.

 Esta sería la entrada 128.

 Mojó la pluma en la tinta buena, la que no se desvanecía con el tiempo, y escribió:

 Entrada 128

 Fecha: Día 27 de Fin del Frío, 1076.

 Paciente masculino. Edad estimada: 8-9 años. Origen desconocido. Ubicación del hallazgo, según E. Andavel: geológicamente imposible. Tiempo interior inconsistente con tiempo exterior. Una Distorsión dentro del Jiang.

 Materia orgánica en los surcos de las espirales: guayaba. Deliberado. Preciso. ¿Combustible? ¿Ofrenda? ¿Veneno? Las tres hipótesis son compatibles.

 El patrón de latido se repite cada 8 segundos sin variación.

 Recomendación: las Terrazas del Silencio, si existe manera de llegar a esa puerta. Media hora del valle por camino. Más, por invitación.

 Cerró el libro.

 El investigador hubiera esperado a saber qué era antes de actuar. El sanador no esperó. Guardó el libro en el cajón y el candado en su gancho.

 ¿Esto sana o esto quema?

 Fue a ver al niño.

 En la camilla, Erszi se movió. Los labios formaron una palabra en sueños.

 —Mamá…

 En el cristal, la llama se inclinó hacia la camilla y volvió a su lugar.

 Akiba bajó la vista. Cuando la levantó, el plato junto a ella seguía intacto. Pan, queso, el cuenco de avena sin tocar.

 Miró al niño. Las marcas pulsaban con su ritmo constante, iluminando débilmente la manta que lo cubría.

 La niña que llevaba años bajo su techo y el niño que el Jiang había puesto en su camino esta noche.

 Con un suspiro, pasó un trapo por el charco de agua y barro que Erszi había dejado al entrar. Habría podido esperar hasta la mañana. No esperó.

 Apagó la lámpara de trabajo. Solo quedaron las brasas en el hogar, las sombras moviéndose sin ritmo en las paredes —y la llama eterna, en su cristal, ardiendo, fiel, como siempre.

19
Habitantes del sueño (fictograma.com)
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Habitantes del Sueño. 

— I — 

Un repiqueteo y el pasto, las bancas, los árboles, todo el paisaje se desmoronó volviéndose arena. Los granos caían y Fernando era tironeado desde arriba por fuerzas invisibles, detenido por su amigo que agarró su mano un momento y que antes de soltarlo le dijo: «Recuerda… Haz tu parte y yo haré la mía. Es lo que te debo». 

Por un instante creyó que todo se había desmoronado y desaparecido al ver la oscuridad a su alrededor. Lorena se quejó por el repiqueteo del despertador y él pudo entender que acababa de despertar y se pudo ubicar en su cama, en su casa y recordó que era sábado. Apagó la alarma del reloj en el velador y sonrió a Lorena que continuó durmiendo. Colocó su mano sobre el hombro de ella para sentir el calor y su perfume, incluso el tenue olor que le quedaba a ella del aguarrás que usaba para limpiar sus pinceles. Lo hizo para llamar a la calma y olvidar el mal sueño. Su sonrisa no duró mucho, tuvo un cosquilleo helado en su nuca diciéndole que había algo importante en el sueño que no debía olvidar. 

Era un miedo creciente similar en sensaciones a lo que sufrió seis años atrás por otro mal sueño. Fue gracias a la ayuda de Hugo, su amigo que había vuelto a ver en este último mal sueño, quién le dio consejos, técnicas y libros para lograr el olvido voluntario de ellos. Técnicas que le permitieron por varios años no volver a pasar por ello, ni quedar con esa carga pesada y negativa durante el día.  Pudiendo olvidar de manera automática sus sueños en las mañanas y olvidar con el tiempo el mal sueño que le aquejaba.  Le sirvieron hasta hoy.  Pensó en los antiguos consejos de su amigo y se dijo: ¿Tengo que buscar la parte racional, Hugo? 

Le asustó oír como respuesta «Recuerda» en voz de su amigo como un eco del sueño. 

Asustado, con un dolor en la boca del estómago y descalzo fue hasta el dormitorio de su hijo de siete años. La penumbra en ese cuarto estaba disminuida por la claridad del día que ya comenzaba y por el espanta-cuco que con color y estrellas brindaba luz para tranquilizar a Tobías. Preocupado por él se sentó en la cama y acercó el oído hasta oír su respiración. El miedo retrocedió un poco. Después tomó el gorrión de cerámica que estaba en el velador, le quitó el hilo que sujetaba el papel y lo revisó: nada escrito. De alguna manera se tranquilizó y por eso no pudo evitar una sonrisa porque se estaba autoengañando. 

Casi diez días atrás Tobías salió de una fiebre que le provocó pesadillas. La primera noche de ellas despertó llorando a gritos y quejándose de perros gigantes de ojos rojos ocultos en el armario. Lorena sentada con Tobías en la pequeña cama miraron a Fernando revisar y mostrar que nada horrendo había en el armario y que lo único horrendo bajo la cama era un par de calcetines sucios. Fernando tuvo una idea para calmarlo.  

De la sala de estar se llevó a su pequeña oficina en el segundo piso un gorrión de cerámica, le dibujó otro par de ojos y le ató un pedazo de papel en una pierna con la pequeña cinta que había en la caja de un bolígrafo. Volvió a la pieza de Tobías y le contó lo que había inventado en ese rato. Le dijo que esa ave era un Sicotrompo —nombre que creía haber leído en algún lado— y que esas aves eran vigías, que al regresar se petrificaban y en el papel mostraban si había monstruos. Lorena miraba la escena sosteniendo el termómetro, hizo una mueca por el nombre y sonrió por la invención de Fernando y la forma en como su hijo aceptaba el cuento. Lorena acompañó esa noche a Tobías con la luz encendida. Él, antes de dormir, revisó el papel. Una rutina que repitió las siguientes noches; la de ellos era revisar el armario, bajo su escrutinio, y decirle que había vuelto el gorrión. Tobías tomaba el ave y con cuidado miraba el pequeño pedazo de papel en blanco y se tranquilizaba. 

Fernando volvió a atar el papel en la pata del gorrión y lo llevó a su oficina a un cajón del escritorio.  Después se fue a bañar, ya que por ser principio de mes debía hacer un turno de medio día en el trabajo. Mientras se duchaba con agua tibia pensó en el papel en blanco y una brisa helada le trajo la voz de su amigo diciéndole que el peligro existía. 

No. Dijo que el peligro no existía. Igual como hace seis años. 

El miedo siguió haciéndole compañía. 

 

— II — 

Un perro fue lo que conectó sus dos malos sueños con la realidad. Una conexión que le permitió recordarlos dejándolo con la sensación de haber sido arrollado por un tren. Llevaba dos horas en su trabajo revisando todo dos veces por culpa de ese miedo a un peligro oculto cuando recibió la llamada de Lorena para contarle una sorpresa. 

—¿Co-cómo dices…? —preguntó tratando de calmarse. 

—Le regalaron un perro… Fue el presidente de la Junta de Vecinos del Condominio quién le trajo el regalo a Tobías. Primera vez que veo al vecino y eso que es un tipo atlético, sabes… Lo habría notado antes… —No hubo la réplica habitual de parte de Fernando para cuando Lorena hacía un comentario sobre el físico de otro hombre.  Siguió hablando, pensando que Fernando estaba concentrado en el trabajo—. Bueno, dijo que a Tobías le traía un perro para que no se sintiera sólo en este condominio sin niños. Es amarillo. Tobías está alegre con el perro dorado, como le dice él… 

Fernando ya no la escuchaba, su cuerpo estaba adolorido por la carga que acababa de recibir: el recuerdo de dos sueños. 

Su esposa hablaba a millones de kilómetros, su cuerpo quedó tirado en la silla y su mente se fue a seis años atrás, al primer fatídico sueño. 

 

— III — 

El sueño comenzaba con él llegando a una casa amarilla en un pueblo cercano un día nublado.  Podía ver parte de la tierra colorada mojada entre la vereda y la casa, y también el musgo verde que cubría unas tablas amarillas de la parte baja, detalles típicos de los pueblos lluviosos del sur.  

Junto a la casa había un grupo de niños mirando algo que los tenía embobados, daban algunas exclamaciones de sorpresa. Del grupo destacaba una pareja de niños de unos siete años, vestían ropas poco abrigadoras para el día. El niño llevaba una polera de un equipo de básquetbol y pantalones largos de tela, su cabello era cortito, casi al rape; la niña, un vestido floreado con margaritas y su largo cabello estaba trenzado. Cuando Fernando pudo ver a que le prestaban tanta atención también lanzó una exclamación de sorpresa. No entendía la fascinación de los niños. Miraban a un perro de pelaje dorado que comía una rata sangrante, en cada ruidosa dentellada que daba a su presa su pelaje vibraba en tonos dorados.  Prefirió entrar a la casa. 

La pequeña sala de la entrada funcionaba de recepción y oficina. Tras la mesa en el rincón opuesto a la entrada, una secretaria pálida, de largos cabellos oscuros, le dio la bienvenida y le dijo que debía esperar a los otros alumnos del curso. «O sea que vengo a una capacitación», dijo a  modo de pregunta y a modo de respuesta ella le dedicó una enorme sonrisa que parecía fuera de lugar en su cara. Una sonrisa hecha con esfuerzo. De a poco llegaron más alumnos y luego los hicieron pasar a la sala de clases.  Una extraña sala: un galpón con mesas, sillas y un pizarrón con un par de cirios encendidos a sus lados. 

Fernando no recordaba cómo se desarrolló la clase, tenía un recuerdo fragmentado similar a tres fotografías, la clase, la prueba, la fila que hizo para salir de allí. Se enlentecía e intensificaba el recuerdo de cuando estaba en la fila que se prolongaba por el pasillo para salir de la casa, por la inquietud que le provocaba volver a ver al perro dorado. No quería.  La secretaria lo tironeó del hombro y lo sacó de la fila, le hubiese agradecido si no fuera por su rostro adusto. Ella le dijo que necesitaban ayuda con los preparativos de la ceremonia, una cena que habría de finalización (dijo iniciación y se corrigió al instante. Por un breve momento su cara cambió).  Se dejó guiar hasta la cocina por un pasillo que no recordaba de donde salió y cuyos ventanales le dejaban ver que ya estaba anocheciendo.  «No sé nada de cocina para ayudar», le dijo él y ella volvió a hacer esa falsa sonrisa provocando que Fernando prefiriera ver su rostro severo de siempre.   

Del grupo que se encontraba en la amplia cocina solo podía precisar al profesor y a la secretaria. Todos vestían largos delantales blancos. 

La secretaria se ubicó tras el profesor, cual enfermera tras el cirujano en el quirófano. 

—Por ser el nuevo debes ayudarnos a hacer la cena —habló el profesor y la secretaria asintió a cada 

palabra, como poseída—. Tendrás que ayudarnos con la carne del final de la ceremonia. 

Volvió a su cabeza la imagen del perro devorando al ratón.  Aunque no lo quisiera reconocer, había sentido temor de encontrarlo afuera, pero lo que estaba pasando dentro de esa cocina lo estaba aterrando.  Uno de los presentes se le acercó con una túnica blanca, recién ahí notó que todos vestían túnicas, no delantales.  Observó el delantal que le ofrecían y al profesor que cruzaba las manos antes de decir: 

—Tendrás que matar y descuartizar a una pareja de niños… Te podemos ofrecer ayuda —Fernando estaba envuelto en espanto, podría haber dicho también que le había caído un balde de agua fría y que había congelado sus piernas porque no se podía mover, las piernas no le respondían.  El profesor dio un paso hacia la persona que sostenía la túnica, se la pidió y luego se la ofreció a Fernando diciendo: —. Es un gran honor para ti ser quien haga este acto sagrado… Así ingresarás a nuestro selecto grupo. 

—¿Selecto grupo? —logró articular, saliendo atropelladas las palabras—. ¿Quiénes son ustedes? 

—¿No lo sabes? Somos los Iluminados. 

—¿Quienes? ¡No! ¡Yo me retiro! 

Volvió a intentar moverse y seguía clavado en ese lugar. 

—Si no lo haces, tú también formarás parte de la cena. 

Inmóvil pensó en aquella proposición: «¿o unos niños o yo?». Se abrió la puerta que daba al galpón, vio movimiento allí, el resto de sus compañeros. Entró una camilla con la niña de las trenzas. 

—Vamos, corta el otro brazo de este modo —dijo el profesor apuntando el cuchillo en la axila izquierda de la niña. La secretaria dio una risotada que tampoco parecía natural en ella, era una risotada lunática. Pilló desprevenido a Fernando quién pensó que el sonido era el de un plato estrellándose en el suelo. El profesor terminó—… Es como desmembrar un pollo. 

Habían rodeado a Fernando los otros «alumnos», tomaron sus brazos y lo hicieron sujetar el otro brazo de la pequeña y el cuchillo. Fernando trató de soltarse y su cuerpo no respondía.  Él no quería hacer el corte, pero era una marioneta en manos de ellos. Tendría pesadillas con lo siguiente que ocurrió, un pequeño conjunto de imágenes que lo atormentarían los siguientes días: el cuchillo entrando en la carne, los borbotones de sangre, el brazo separado del cuerpo, un trutro de pollo en una bandejilla, un pollo en una camila llena de sangre.    

«¿He desmembrado un pollo…? Esto es un sueño», se dijo y la revelación fue como una piedra que cayó en el estanque. Todo a su alrededor se relajó, se expandió y volvió a su estado normal, como si fuera movida por las ondas concéntricas formadas en el agua.   

—¿La niña? —farbulló Fernando. 

—Estaba sedada —dijo la secretaria. Su voz eran trozos de cerámica frotándose entre sí. 

—¿Estaba viva? ¿Le he hecho daño? —preguntó Fernando conociendo las respuestas. “Esto es un sueño, necesito despertar”, se ordenó. 

—Parece que no habrá dificultades. Traigan al niño —alzó la voz el profesor. 

—¡No! No continuaré, no haré nada más. 

—¡Hágalo! O quién seguirá después de su muerte será su hijo. 

«Esto es un sueño», se repitió Fernando y notó que podía mover las piernas y, sin esperar nada más aprovechó la puerta abierta para huir. En el galpón trabajaban colocando más velas, cortinas y un telón, del que Fernando sólo vio las palabras «ad quem». Salió por una ventana abierta del galpón que daba al jardín de otra casa y de allí llegó a la calle. Atrás de él escuchaba «¡Se escapa!», «¡Atrápenlo!». 

Corrió por las calles de ese pueblo, queriendo escapar, deseando despertar. El pueblo se expandía alejándose y volvía a replegarse, igual que las olas del mar, una y otra vez. Volviendo siempre más confuso. De súbito llegó la calma. La gente comenzó a salir a la calle. Fernando evadía las miradas y se alejaba temiendo que formaran parte de la secta. 

Al instante apareció un bus que lo dejó en su ciudad, cerca de su casa. Todavía sentía que lo perseguían y decidió buscar ayuda. Detuvo un Taxi que curiosamente estaba ocupado por un compañero de trabajo. 

—Necesito ayuda —dijo Fernando y le explicó su situación. 

—Sí, necesitas mucha ayuda. Vamos a la compañía a buscar al jefe. Él sabrá qué hacer. 

—¡Rápido!, creo que ellos me siguen. 

Llegaron a las oficinas. Estaban cerradas las puertas. 

—Lo llamaré para saber si está cerca —dijo su compañero sacando su celular. 

Fernando sentía que el tiempo se le acababa. 

El jefe apareció caminando con su celular en la mano. Los vio, les hizo señas. 

—¿Qué te sucede? —preguntó tranquilo. 

—Fui por las «clases». Allá los dueños del instituto manejan una secta… no recuerdo el nombre. 

—«Los Iluminados» —dijo el jefe. Con el paso de los días no estaba seguro de aquel nombre, pensó que sólo llenó el espacio vacío en su recuerdo con esa palabra—. Para poder reunirse sin levantar sospechas lo hacían como un instituto. Nosotros somos quienes manejamos los fondos, lo hacemos como una empresa sólidamente constituida. Tú serías integrado hoy a nuestra secta, parecías un gran aporte… 

—P-pero… —Fernando miró alrededor. Estaban ellos tres, sin embargo, le parecía que la ciudad se cerraba como un acordeón en torno a él, acercando de esa manera al resto de los miembros. 

—Me simpatizabas —dijo su compañero. 

—¡Esto es un sueño! —exclamó Fernando. 

—Lo sabemos. Y sabemos muchas otras cosas. En los sueños habitamos y podemos vivir casi eternamente… ¿Entiendes lo que te perdiste? ¿Ya sabes lo que perderás? 

—¿A mi hijo? ¡No! ¡Quiero a mi hijo, quiero despertar! 

Su jefe juntó las manos y Fernando despertó. 

 

— IV — 

Seis años atrás Fernando despertó con su corazón agitado, sintiendo que venían tras él. A su lado dormía Lorena. Encendió la lámpara y fue a la cuna a ver su hijo. Lo tomó en sus brazos hasta sentir la respiración en su oído. 

—Te quiero —dijo en palabras atropelladas. Le dio un beso en la frente y lo llevó a la cama. Le hizo un espacio entre él y su esposa, lo abrazó y se quedó dormido. A la mañana siguiente no pudo explicarle lo ocurrido a su esposa. 

Hugo le ofreció la ayuda que necesitaba. Llevaba dos días de insomnio con ese miedo a peligros ocultos que tenía al salir a la calle. Pensaba que había muchos ojos sobre él. Se tranquilizaba al estar en casa con su esposa y su hijo, sólo al ver que ellos estaban bien. 

Sin mucho rodeo Fernando le contó del sueño y sus miedos. Hugo le dio su apoyo y ayuda. Lo primero que hizo fue destruir toda racionalidad del sueño, explicándole que estos eran tonteras, que la mente junta todas aquellas cosas que registró el subconsciente y arma una historia creíble, que muchos detalles del sueño eran fácilmente rastreables y otros no… ¿Pero todo debía tener una explicación lógica? Le hizo la demostración: en aquel período Fernando estaba haciendo unos estudios tributarios de actualización, a los que les estaba dedicando demasiado tiempo para salir exitoso, hasta que llegó a aislarse de todo evento externo. Hasta dónde creía. Hugo lo sacó del error mostrándole un periódico de la semana anterior en el que se comentaba en gran detalle el accidente de un matrimonio por exceso de velocidad. Se salieron del camino justo antes de un puente y cayeron al agua. Sólo se encontró los cuerpos de los padres. El periódico mostraba una fotografía de la niña de trenzas y vestido floreado, estaba alegre jugando con su perro de pelaje dorado. 

Al siguiente día le entregaría material que trataba el tema, incluso uno que trataba sobre como dominarlos: el olvido voluntario. 

A Hugo lo conocía desde que entró en la compañía, fue después de esa ayuda que notaron algunos gustos compartidos que los hicieron amigos. Por eso Fernando le pidió ser el padrino del pequeño Tobías. Con Hugo dejaron de verse hacía unos tres años cuando ambos se cambiaron a otras empresas, en ciudades distintas. Sólo se comunicaron por correo electrónico, aunque en el último tiempo sólo lo hacía Fernando contándole los logros de Tobías. 

«Un pájaro de mal agüero…», se dijo Fernando sintiendo un dolor en la boca del estómago. «Y un perro dorado». Después pensó en las muertes que él, Fernando, sería responsable. Aunque… 

Estaba la posibilidad de que todo fuera mentira, otro invento de su inconsciente.  Buscó su número en el celular y lo llamó solo para obtener como respuesta que no estaba disponible ese número de teléfono. «Puede ser que haya cambiado de teléfono, hace tiempo que no hablamos».  Sin embargo, fuera de toda lógica decidió hacerle caso a lo que Hugo le contó en el sueño, le dijo que tuvo un accidente cuando iba a encontrarse con él, antes de salir de la ciudad y que fue internado en un hospital. Le dio el nombre del establecimiento y el de una enfermera. 

Buscó el hospital en internet, se contactó con Informaciones y para cuando ubicó a la enfermera ya sentía acabar su vida. Habló con ella. 

Colgó. Quedó enmudecido. Se puso de pie de un salto, creía hundirse en el sillón. Las piernas no le resistieron, cayó de rodillas y sobre la alfombra devolvió el desayuno. No le importó la mancha de vómito, ya no volvería a trabajar a esa oficina. 

Era muy probable que ya no volviera a hacer nada, ni su hijo ni su esposa, si se cumplía lo dicho por Hugo en el sueño. 

En este último sueño. 

 

— V — 

El último maldito sueño. 

Ahora lo recordaba. Caminaba de la mano con su hijo por la ciudad desolada, bajo un cielo plomizo. 

Su hijo le apretó la mano y le indicó hacia adelante donde una figura imprecisa se perdía en una esquina. Ellos la siguieron, y al doblar estaba la inmensidad del desierto. Fernando notó que su hijo no le sujetaba la mano, ya no estaba. Miró tras él y todo era desierto que se curvaba hacia el cielo y lo teñía con su color café.  De pronto vio aparecer a alguien a lo lejos. Ambos caminaron al encuentro y mientras se acercaba el rostro le empezó a resultar conocido. 

—Hola, Fernando 

—¿Hugo? ¡Hugo! ¡Oh, que sorpresa! 

Se dieron un abrazo y Fernando sintió una punzada de temor. Miró a Hugo buscando lo contrario. 

—Ya lo percibes. Ahora soy un pájaro de mal agüero. 

—¿Por qué? 

—Porque éste sueño es como el de la niña descuartizada. Es real. 

Fernando lo miró confundido invitándolo a explicarse. 

—He consumido toda la energía de vida para llegar a aquí. Pero he ganado, seré eterno, seré un habitante del sueño. Es necesario que te explique. Estaremos en un lugar más cómodo. 

Dicho esto, la arena bajo sus pies se tiñó de verde y creció pasto. Un prado que creció hacia los lados. Unos montículos más grandes se volvieron bancas y otros enormes, árboles. El cielo se transformó en una cúpula azul, limpia. 

—Aún es muy pronto para mascotas —dijo sonriendo Hugo a un asombrado Fernando— ya aprenderé. Supongo que ya estamos más cómodos ¿No? 

Que se acabara el agobiante desierto no apaciguaba los temores de Fernando. Estaba al borde del abismo esperando que Hugo lo tomara antes de caer. 

—Iré directo al grano, no podemos darnos el lujo de gastar más tiempo. 

Fernando sintió que Hugo lo agarraba y lo llevaba al borde del abismo solo con esa frase, presentía la profundidad del desastre. 

—Cuando entraste a la compañía se te seleccionó por tus capacidades —habló Hugo—, tu sueño fue la segunda selección y no la pasaste. Aquel mal sueño fue tan real como tu culpa y miedo que sentiste al día siguiente. La niña de siete años era la hija de otro no-iniciado, un candidato a entrar a «La Sociedad» que también se rehusó hacer la cena ritual. Cuando él comprendió que «La Sociedad» iría tras él, quiso huir y no lo logró. Una cabezada de sueño en su loca carrera mientras conducía permitió que «ellos» lo atraparan y a su hija… Recordarás las noticias en los periódicos que te mostré cerca de tu pesadilla… 

—¡Oh, Dios mío! Yo le hice daño a la niña… ¡la maté! 

—¡Calla, Fernando! No es el momento de llorar. Tú sólo fuiste un instrumento más. No hay tiempo y no debemos perder nuestro enfoque. Lo que he venido a decirte ya lo adivinas. «Ellos» cumplirán su palabra, irán tras tu hijo. 

—No… —Fernando creyó romperse. 

—No perdamos el tiempo, déjame decirte a lo que vine… 

—¡¿Y cómo sabes tanto?! 

—Yo pertenecí a «La Sociedad». 

—Entonces, tú mata… 

—No es el momento Fernando. Deja que termine —dijo Hugo con un toque de molestia, Fernando asintió— Cuando me enteré de que «La Sociedad» cobraría a sus deudores, entendí que irían por tu hijo, mi ahijado que por las fotos que me enviabas también forma parte de mi vida. Un niño que desde más pequeño reconocía mi voz al teléfono y charlaba conmigo. Me hiciste demasiado partícipe de él por eso quise advertirte, llegar a ti personalmente y no pude. Un auto en sentido contrario chocó contra el mío. Lo más probable es que haya sido controlado por alguien de «La Sociedad». Agonizante llegué al hospital. Ellos me fueron a ver, dijeron que harían lo posible por salvarme, para luego destruir todo lo que me rodeaba, a todos mis seres queridos. Fui un miembro aventajado en «La Sociedad», aprendí mucho. Y lo que aprendí sirvió para que pudiera estar contigo ahora. 

—¿Podremos salvar a Tobías? 

Hugo miró al cielo y lentamente volvió su rostro entristecido a Fernando. Éste leyó en él la respuesta y sintió ser empujado al abismo. 

—No podemos salvar la vida de Tobías, ni puedo salvar la tuya. Pero puedo tratar de hacer de él un «Habitante del Sueño». Algunas personas cuando mueren pueden ingresar a este mundo, a este plano, para despedirse de sus seres queridos; otros, muy pocos, logran quedarse. Pero yo puedo enseñarle para que se quede. Tal vez pueda llegar a ser eterno. 

Fernando tenía espasmos, su cuerpo estaba adolorido como si hubiera tocado el fondo del abismo. 

—¡Fernando! ¿Entiendes? ¡¿Entiendes?! …Él podría vivir aquí. Vivir. 

—L-lo harías… por favor —dijo entre sollozos. 

—Haré todo lo posible. Es lo menos que puedo hacer. Pero tú debes prepararlo, debes hacerlo dormir a una hora temprana de la tarde. Y aleja a tu esposa de la casa o puede tener el mismo destino. 

Le dio las indicaciones para llevar a cabo el plan. Le dio indicaciones para que ese sueño no lo olvidara. Ya estaba todo dicho cuándo comenzó a sonar el despertador. 

—Será un día largo —dijo Hugo—. Recuerda haz tu parte y yo haré la mía. Es lo que te debo. 

 

— VI — 

Fernando llamó a Lorena y mientras hablaba no dejó de mirar la mancha de vómito. Se sentía despreciable, una basura, un canalla que destruiría lo más sagrado que tenía. El mismo era otro tipo de vómito. 

No era necesario inventar una excusa elaborada. Recordó a tiempo que Lorena iría a ver a una amiga para hacer los preparativos de su ceremonia de bodas. Harían un grupo para discutir ideas en el que Lorena con sus aptitudes artísticas se destacaría. 

Lorena tenía una tienda de artesanías propias y adquiridas atendida por ella y una socia-amiga. Lo último que había hecho era un collage con telas y papeles muy coloridos que quería poner en la entrada de la casa. El marco lo había pintado como si tuviera un arreglo floral, mucho detalle en cada flor. A Fernando le tocó tomar las medidas del cuadro y debía comprar en la ferretería los tornillos especiales para colgarlo, siempre lo olvidaba. 

—Tenía entendido que tenías mucho trabajo por la visita del accionista. 

—Pues, no. Se decidió darle otro recorrido, resumir unos estados financieros, por lo que mi trabajo es menor… lo fue. Ya lo terminé y por eso te digo que quiero pasarlo con Tobías. Él ya está mejor y de seguro le gustará salir conmigo que estar encerrado con mujeres neuróticas. 

—¡Oyeee!… Eso no te lo perdono ya vas a ver… Y volviendo a Tobías creo que a él le gustará salir contigo, pero noto tu voz rara ¿cómo estás? 

—En el camino hacia el trabajo pasé a comprar un desayuno en un local de comida rápida y me cayó mal al estómago, tengo ganas de vomitar. 

—Entonces, no tienes ánimo… para qué salir. 

—Uff… No. No te preocupes, un par de tazas de té y se me pasa. 

—¿Seguro? 

—Sí, no te preocupes. 

—Bueno, ¿A qué hora vienes por Tobías? 

—En dos horas más. 

—Entonces tendrás que ir al «grupo de las mujeres neuróticas», yo ya estoy por salir para allá. 

Terminaron de hablar y Fernando volvió a vomitar, esta vez en el papelero. No se sentía para nada bien. 

 

— VII — 

—No, mi amor. No te ves bien. Por qué no te vas a casa y mañana salimos los tres… 

—No. Si me hubieses visto hace unas horas verías el cambio. Ahora se me está pasando. 

Estaban en el jardín, Tobías esperaba a Fernando al lado de la puerta del auto jugando con un muñeco hecho por Lorena. 

—Bueno, pero no te exijas mucho, si sigues mal ve a casa. 

—Te amo, Lorena. No sabes lo feliz que me haces… —se dio cuenta que nunca más tocaría ese cuerpo, no estaría en ella ni en sus besos. Se sintió peor por pensar en esas cosas y no el destino de su hijo. 

—¿Qué te pasa? 

—Nada, ¿no puedo decir que te amo? —dijo sacando una sonrisa con mucho esfuerzo. 

—Ooh… —Lorena lo abrazó y se dieron un largo beso en la boca. — Ya anda. Tobías ya se quiere ir, quiere ver al perro. Te salió competencia —terminó diciendo con una risita. 

Fernando dejó a Tobías en su silla en la parte trasera del auto y le entregó una bebida. 

—¡Este vaso es nuevo…! —gritó Tobías mirando los dibujos que adornaban el vaso y la bombilla en espiral— ¡Gracias, Papá! 

Fue un golpe para Fernando. Se contuvo de manifestar una reacción. Estaba destruido. Tenía un dolor en el estómago, estaba tenso. Cuando hablaba con Lorena y mirando por el espejo retrovisor a su hijo se asomaba la culpa y le daban ganas de explotar en llanto. 

Fueron a un patio de juegos y una hora después, luego de muchas peticiones para ir a ver al perro, Tobías no tenía energía y le pidió dormir. Fernando lo acomodó en su silla en el auto. 

—Está todo listo Hugo, comienza tu turno. Sálvalo, por favor. 

Antes de poner en marcha el auto botó el vaso en un basurero. Al salir del trabajo fue directo donde un amigo médico, más bien un simple conocido con el que a veces interactuaba, por una receta para comprar narcóticos. No tuvo problemas, solo hacer promesas de un posible encuentro, cenas con sus respectivas esposas. En la farmacia encontró bebidas y el vaso que le gustó a Tobías. 

 

—VIII— 

Llegó al condominio cerca de las nueve de la noche y le pareció verlo más grande que siempre, lo vio como una gran boca y pensó «Te abalanzas sobre mi como una ola de concreto. Ya estoy aquí, cómeme». Recordó la impresión que tuvo al ver al perro devorando al ratón. 

Estacionó frente a su casa, al bajar del auto sus piernas eran lanas que sostenían apenas su cuerpo cansado. Abrió la puerta de su hogar, encendió la luz. Escuchó un gruñido desde el interior. Volvió por su hijo que dormía con una respiración pausada. Lo cargó hasta entrar en el pasillo y con el pie cerró la puerta. Se vio reflejado en el espejo colgado en el muro de la entrada, recordó que su esposa quería cambiarlo por el cuadro artesanal, se lamentó no haber puestos los tornillos para el cuadro. 

A Lorena la había llamado y dicho que estaría donde un colega un rato, para aclarar algo del informe financiero que estaban haciendo, que más tarde iría por ella, que no se preocupara por Tobías, que estaba jugando feliz con los hijos del colega. Ahora su hijo dormía con una respiración liviana. Deseaba en ese rato que Hugo le hubiese enseñado los pasos necesarios a su hijo. 

Fernando siempre vio a su hijo como un niño muy inteligente, «Heredero de los mejores genes que tenemos», le había dicho alguna vez a su esposa. Sabía que lo lograría. 

Dejó a Tobías en el sillón, le dio un beso en la frente. Iba a llorar y el perro lo devolvió a la realidad, estaba a su lado gruñendo. 

—¿Tus amos no llegan? 

El perro le devolvió un ladrido, justo tocaron el timbre de la puerta. 

Era su antiguo jefe, a su lado el profesor del sueño, tras él la secretaria que sonreía como poseída, un poco más allá un tipo atlético y alrededor sus vecinos. 

—¿Ustedes que hacen aquí? —dijo a todos, haciéndose el sorprendido. 

—No te hemos dejado. Hemos estado presente en cada decisión de tu vida —dijo su antiguo jefe, parecía repetir una frase de un mal folletín—. Deseábamos verte satisfecho. Feliz con tu familia, con tu trabajo y tu casa. Nosotros hicimos que llegaras aquí, nosotros te mantenemos en tu trabajo. A nosotros nos debes tu felicidad, pero sobre todo a nosotros nos DEBES. Ha llegado el momento de pagar. 

—¡Oh, Dios! No permitas que mi hijo sufra… Dios… 

—No se preocupe —dijo el profesor—, usted verá morir a su hijo. Y nos puede decir si se nos pasa la mano… 

La mujer, la secretaria, dio su irreal risa lunática. Para Fernando todo se desmoronó. 

 

—IX— 

Un poco más de dos meses han pasado, tiempo que para Lorena todavía es insuficiente. El dolor de perder a su hijo y marido aún está en su interior sin poder asimilarlo. Tiene la secreta esperanza que aparecerán, no sus cuerpos si no que ellos con vida. Para ella eso trataron de decirle su esposo y su hijo en el sueño que tuvo el día posterior al accidente. La paz que poseía el sueño, la tranquilidad que proyectaba encendió en su mente una idea: «¿No será que están vivos?». 

El sueño diluyó lo terrible que fue ver como sacaban del río el vehículo de su esposo. Los cuerpos no se encontraron allí y no aparecieron en los catorce días de búsqueda que duró el operativo. 

Todo influía para que se hiciera preguntas que mantenían en pie lo ilógico de sus muertes y de lo que las rodeaba: ¿Qué hacía en esa ruta su marido? ¿Qué fue lo que le pasó realmente ese día? Y en el sueño su marido le había pedido disculpas y le había dicho que era la única manera de salvar a su hijo. ¿Salvarlo de qué? 

No quiso hacerle mucho caso al sueño. Su marido por mucho tiempo había dicho que las imágenes de los sueños eran cosas que el subconsciente procesaba de otra manera, dando importancia a sucesos que a veces no la requerían. Citó libros, incluso. Y allí nacía otra arista: la muerte de Hugo en un hospital, el día anterior a la de Tobías y Fernando. 

Y, también, recordaba el pájaro de mal agüero de aquella semana del accidente, el gorrión de cerámica que a Fernando se le ocurrió llamar Sicotrompo. Ella inmediatamente lo asoció ese día al Psicopompo, aves de mitología que, según recordaba, estaban encargadas de llevar las almas al reino de la muerte. 

Anoche volvió a soñar con su marido e hijo. A Fernando lo vio sombrío, a su hijo tranquilo. «¿Que habrá querido decirle?» 

Se dijo que soñó con ellos porque era la primera noche que dormía lejos de la casa que habitaron juntos. La había vendido y volvió donde sus padres. La primera noche lejos del espacio que cobijó la vida de ellos, donde estaba la mayor parte de los recuerdos. 

Estaba acostada, se dio vuelta a la pared y se dijo: «Ahora estarán sólo en mi corazón». Lloró. 

Ese día no se levantó. 

 

—X— 

Lorena tardó en rearmar su vida, para ello con más ahínco en la artesanía y la pintura. Las pinturas algo sombrías se movieron en ciertos circuitos y fueron bien pagadas. En la artesanía se dedicó a crear juguetes. Quería hacer feliz a muchos niños como lo era Tobías con lo que ella le hacía. No se volvió a casar, no quería volver a ser madre para tener que pasar por lo mismo otra vez. Sin embargo, cuando sus pérdidas quedaron doce años atrás, volvió a tener una pareja, es el dueño de una galería que confió en ella. Aunque a ella le cuesta proyectarse al siguiente nivel, siente que de alguna manera traicionaría el recuerdo de Fernando. 

Esta noche el galerista le pidió compromiso y ella lo rechazó de manera diplomática. Sola a oscuras en su cama pensó en lo que había hecho hasta que las divagaciones la sumergieron en el sueño. 

 

— XI — 

En el sueño caminaba en medio de un parque, frente a ella una persona se le acercaba a paso lento. La manera de caminar le pareció conocida, era Fernando joven. Al observarlo mejor vio unos rasgos de ella en el muchacho. 

—¿Hijo? ¿Tobías? 

El muchacho le dedicó una gran sonrisa y le dio un fuerte abrazo. 

—Mamá, me reconociste. 

Lorena aceptó el abrazo, recibió energía, euforia, aceleró su corazón. El cielo azul se puso multicolor. Ella con un toque de preocupación preguntó: 

—¿Es un sueño? 

—Lo es. Pero no como cualquiera, este es un sueño especial. 

—Pero al despertar tal vez no te recuerde —dijo ella triste—, o tal vez lo haga y tu recuerdo reabrirá las heridas que me dejó tu partida temprana. 

—Será bueno que lo recuerdes, sobre todo por lo que te contaré. 

Las palabras tenían una fuerza desconocida que no se encontraba en el día a día.  Ella entendió que el muchacho tenía que decir muchas cosas. 

—Primero, quiero hacerte feliz, que sepas que aquí he vivido feliz. Mientras los niños al otro lado juegan con plasticina yo aquí jugaba con energía que manipulaba a mi antojo. Este parque lo hice yo… 

Ella tocó las bancas, el pasto. Mirando todo a su alrededor, pensando que así eran los sueños con historias y cosas difíciles de creer. 

—…He tenido una infancia como otros niños, (He jugado con niños que pasaron por aquí o se quedaron.) He ido a la escuela, he estudiado y me he preparado para hacer este mundo mejor –cambió el tono de voz para decir—. Ahora viene lo más importante, Mamá. Te lo debo decir ahora, porque es desde ahora que necesito de tu ayuda. Hay gente malvada que está provocando que se destruya el balance. Ellos ocupan este lugar para fines corruptos, destruyen el avatar de sus enemigos para matarlos, consumen energía de aquí como si fuera el elixir de la juventud. 

Lorena lo escuchaba pensando que era sólo su mente que creaba una historia sorprendente e inquietante. Creyendo que era sólo su mente creando escenarios ficticios. 

—Mamá créeme esto es verdad. 

Durante la conversación en ella iba despertando una antigua llama. Su amor materno se levantaba a cada caricia de la palabra: «Mamá». 

—¿Qué puedo hacer yo? —aunque no lo creyera no quería que acabara el sueño, no quería separarse del muchacho que tenía esa energía y que decía ser su hijo—. No sé qué puedo hacer. 

—Ya lo sabrás, Mamá. 

Los ojos del muchacho y su rostro imploraban la necesidad de ser escuchado. En ella apareció una ternura su instinto le decía que sí era su hijo, que no era un sueño cualquiera. Tenía que escuchar. 

—Todo el mundo puede ser «Habitante del Sueño», pero pocos sin preparación pueden quedarse aquí, sin ser consumidos por su propia energía. Pocos pueden manipular este lugar y tú lo has hecho, Mamá. 

—¿Yo? 

—La gente malvada de la que hablo nos mató a mi padrino, a mi papá y a mí. En cierta manera yo no morí, simplemente crucé hasta aquí y me quedé gracias a mi padrino quien me enseñó a habitar este lugar. Mi padre llegó porque muerto podía pasar por aquí, debería haberse ido, desvanecido para seguir su ruta mortuoria, pero tu deseo, mamá, tu esperanza de que viviera lo dejó aquí. 

—¿Fernando? ¿Dónde está? 

—No sabe que estoy hablando contigo. Él piensa que no era merecedor del regalo que le diste, siempre se ha sentido culpable de destruir tu vida y la mía… y cuando vio que no rehacías la tuya se alejó en un auto exilio. Me es difícil saber dónde está en este mundo donde existen mucho más que tres dimensiones y el tiempo es demasiado relativo. También en eso necesito de tu ayuda, necesito que me ayudes a encontrarlo. 

En eso Tobías miró al cielo, ella le imitó. Un pájaro caía suavemente en espiral hasta que llegó a la mano de Tobías y se petrificó. Era un gorrión de cuatro ojos con un papel enrollado en su pata. Su hijo sacó el papel y lo leyó. 

Lorena le creía, como se cree la lógica de los sueños o la falta de ella. Por lo que trató de entender el trasfondo de todo, era demasiado en ese momento. Se lo hizo saber a Tobías y le preguntó qué leyó en el papel. 

—Tenemos muchos sueños para hablar —dijo Tobías pasándole el papel—. Muchas noches para seguir tu preparación. Sólo quiero decirte que todo arte está hecho con trozos de sueño, y cuando dos o más personas miran una obra de arte sus mentes aumentan los límites de este mundo. Sigue con tu arte, mamá, eso también me ayuda. Me debo ir, no quiero que sepan que he hablado contigo. 

Tobías le dio un abrazo a su madre y se marchó. Lorena sola en el parque miró el papel, allí leyó «MONSTRUOS». Luego las letras se apegaron y agrandaron creando un rectángulo. En su interior Lorena vio una jauría, perros negros con ojos rojos. Se despertó asustada. 

Sintiendo la agitación de su interior fue a la cocina y se sirvió un jugo de frutas para tranquilizarse. Mientras bebía recordó cada una de las palabras de su hijo y a los minutos estaba en su estudio pintando.- 

20
 
 

Hay algo que quienes nos dedicamos a escribir conocemos bastante bien, aunque rara vez lo comentamos en voz alta, posiblemente porque todavía conservamos cierta esperanza en la humanidad y preferimos no ponerla a prueba demasiado seguido.

Todo empieza con una conversación inocente, generalmente en una reunión de amigos, durante un asado o mientras alguien espera que termine de calentarse el agua para el mate. En algún momento surge el tema de lo que escribís y aparece esa persona que asegura haber leído absolutamente todo lo que publicaste, que le encanta tu manera de contar las cosas y que no comprende cómo es posible que todavía no seas un escritor famoso.

A partir de ahí, los elogios empiezan a multiplicarse con una generosidad que conmueve. Te dicen que tenés talento, que deberías publicar un libro, que hay cada cosa dando vueltas por las librerías que resulta incomprensible que vos todavía no tengas uno en las vidrieras. Alguno incluso se indigna con las editoriales, a las que acusa de estar perdiéndose una oportunidad enorme, aunque probablemente no haya entrado en una librería desde que terminó la secundaria.

Y vos escuchás, agradecés, bajás un poquito la cabeza porque tampoco sabés muy bien qué hacer con tantos elogios juntos y, cuando llegás a casa, empezás a pensar que quizá tengan razón.

Después vienen los meses de trabajo, las correcciones interminables, las noches en que cambiás una palabra por otra para terminar descubriendo, tres horas más tarde, que la primera estaba perfectamente bien. Revisás capítulos, discutís con las comas, elegís una portada, averiguás cómo funciona eso de publicar un libro y aprendés una cantidad de palabras nuevas relacionadas con formatos, márgenes y derechos de autor que jamás imaginaste necesitar.

Hasta que finalmente llega el día en que tenés tu libro publicado, con tu nombre en la tapa y una página donde cualquiera puede comprarlo. Sentís esa mezcla de orgullo y nervios que debe sentir un padre cuando su hijo sale por primera vez solo a la calle y, después de recibir tantos consejos y muestras de entusiasmo, hacés lo que cualquier persona razonable haría: les avisás a todos que el libro ya está disponible.

Y ahí ocurre un fenómeno extraordinario, digno de ser estudiado por alguna universidad importante.

La gente empieza a desaparecer.

Algunos lo hacen discretamente, dejando un pulgar levantado debajo de la publicación antes de retirarse hacia destinos desconocidos. Otros te felicitan con el mismo entusiasmo de siempre, aseguran que pronto van a comprarlo y cambian de tema con una habilidad que haría llorar de emoción a un diplomático profesional.

También están los que te preguntan si no tenés algún ejemplar para prestarles, porque les encantaría leerlo y después comentarte qué les pareció. Estos suelen ser especialmente afectuosos y, por alguna razón, nunca llevan dinero encima cuando se encuentran con vos.

Y aparece, por supuesto, el amigo que te dice que deberías regalar unos cuantos ejemplares para hacerte conocido, una estrategia comercial interesante que consiste en invertir tiempo, esfuerzo y dinero para conseguir que otras personas reciban gratuitamente el resultado de todo ese trabajo.

Lo más curioso es que nadie ha dejado de admirarte y todos siguen convencidos de que sos un escritor formidable, de que tu libro merece llegar muy lejos y de que algún día vas a tener el reconocimiento que te corresponde. Simplemente consideran que ese reconocimiento debería llegar por algún procedimiento que no requiera la participación de sus billeteras.

Ahora bien, tampoco vamos a ponernos injustos. Nadie está obligado a comprar lo que produce un amigo, un familiar o un conocido. Si así fuera, tendríamos las casas llenas de velas aromáticas, recipientes de plástico, cosméticos que jamás usamos y cuadros pintados por ese primo que descubrió su vocación artística durante la pandemia. El afecto no debería venir acompañado de una factura, y ya es bastante difícil mantener las amistades sin sumarles obligaciones comerciales.

Además, puede ocurrir que alguien disfrute muchísimo de lo que escribís y no tenga el menor interés en comprar un libro. A mí también me gustan muchas cosas que jamás se me ocurriría llevar a casa, empezando por esos sillones enormes que aparecen en las revistas de decoración y que cuestan aproximadamente lo mismo que un automóvil usado. Pero resulta curioso que quienes más te insistieron para que publicaras sean, a veces, los primeros en preguntarte si no podés mandarles una copia por WhatsApp.

Por suerte, también está la gente que comparte una publicación sin que se lo pidas, la que recomienda tu libro durante una conversación o la que un día te escribe para contarte que leyó algo tuyo y se acordó de su infancia, de su padre o de alguna persona que ya no está.

A veces son desconocidos, personas con las que jamás compartiste un café y que, sin embargo, encuentran en tus palabras alguna historia que también les pertenece. Y uno termina descubriendo que hay lectores que se sienten cerca tuyo sin conocerte.

Con el tiempo aprendés a disfrutar de esos encuentros inesperados, a agradecer los elogios sin empezar a calcular cuántos ejemplares representan y a seguir escribiendo porque todavía hay cosas que tenés ganas de contar. Aunque, de vez en cuando, si alguien vuelve a asegurarte que tu próximo libro va a ser un éxito rotundo, no podés evitar preguntarte si estará pensando en comprarlo o si simplemente vino a desearte suerte.

Porque los aplausos son hermosos, levantan el ánimo y hasta pueden convencerte de seguir escribiendo cuando las cosas se ponen difíciles.

El único inconveniente es que, por más que lo intenté, todavía no encontré un supermercado que los acepte como medio de pago.

21
 
 

La noche caía pesada, helada y profundamente silenciosa sobre la accidentada franja fronteriza que divide Turquía de Grecia. En ese rincón remoto del mundo, los densos bosques de coníferas y las majestuosas montañas ocultaban entre la niebla ruinas de castillos antiguos y olvidados por la civilización. 

Entre la maleza húmeda y las sombras de los robles, buscando alimento desesperadamente bajo la pálida luz de una luna a media asta y manteniéndose a salvo del sol y de la temida presencia humana, un venado de elegantes astas y una liebre de largas orejas avanzaban con extrema cautela. 

Por un instinto milenario grabado a fuego en su sangre, ambos animales sabían perfectamente que debían mantenerse alejados de cualquier rastro del hombre; la naturaleza cruel y destructiva de la humanidad los había obligado a huir, esconderse y temer cada pisada ajena desde el principio de los tiempos, tal como lo hacían sus antepasados desde hace milenios.

De pronto, un destello de luz sutil y cálida en medio de la oscuridad absoluta los detuvo en seco, erizándoles la piel. 

Al intentar dar media vuelta y huir despavoridos hacia la espesura, una fuerza invisible e inexplicable pareció congelar de golpe sus articulaciones.

 Entre las sombras espesas de los árboles emergió una presencia completamente insólita: una pequeña niña humana de apenas cinco años. Estaba descalza, vestía un camisón desgastado y apretaba contra su pecho un viejo y ajado oso de peluche.

 La niña los contempló en medio de la noche silvestre con una mirada profunda. No emitía sonido alguno, pero los animales sintieron una punzada de terror primario mezclada con una extrañeza inconmensurable. Para su sorpresa, no se sentían amenazados ni en peligro por su cercanía, y esa falta de instinto agresivo los asustaba aún más.

 En su inocencia milenaria, percibían en la pequeña una luz celestial pura que ningún animal de la creación había visto jamás en los humanos desde hacía milenios. Con un gesto suave y pausado de su mano libre, la niña les señaló una dirección específica en la penumbra del bosque.

El conejo temblaba de pies a cabeza, pegando su pequeño cuerpo contra la tierra húmeda, mientras el venado bufaba bajito por la nariz, sumido en una agonizante duda entre escapar a toda velocidad o seguir a aquella extraña y diminuta criatura.

 Fue en ese preciso instante de incertidumbre cuando la maleza cercana crujió con fuerza. Un enorme oso pardo de lomo ancho, atraído originalmente por el seductor y fresco olor del venado, emergió de entre los matorrales listo para embestir y cazar. 

Sin embargo, al frenar su marcha de golpe y quedar cara a cara con la niña en medio del claro, el gigantesco depredador se quedó completamente petrificado en su sitio.

 El oso parpadeó desconcertado varias veces, dejando caer la mandíbula mientras comprendía de inmediato que esa niña humana desafiaba todas las leyes conocidas de la naturaleza; emanaba una paz tan inmensa y profunda que desarmaba por completo su ferocidad salvaje.
Guiados por un lazo invisible que superaba por mucho su instinto básico de supervivencia, los animales comenzaron a seguir pacientemente los pasos de la niña.

 Caminaron en silencio entre la vegetación densa hasta dar con la imponente silueta de un viejo castillo de piedra devorado casi por completo por la hiedra y los musgos. 

Con el corazón latiéndoles desbocado en el pecho debido al miedo ancestral y a una profunda inseguridad, el venado, la liebre y el gran oso pardo cruzaron el umbral oscuro de la enorme puerta de madera tras la pequeña.

 La niña apenas articulaba balbuceos incomprensibles de vez en cuando, pero las tres bestias, unidas por un extraño vínculo instintivo, comprendían a la perfección cada uno de sus deseos invisibles y la urgencia apremiante que se reflejaba en sus ojos brillantes.

A pasos lentos y silenciosos sobre las losas frías, la pequeña los guio por pasillos lúgubres y húmedos hasta detenerse finalmente frente a la entrada de una amplia alcoba de madera carcomida.

 En el suelo frío, tendido sobre sus espaldas, yacía el cuerpo de un hombre adulto completamente inmóvil. Al ver a otro humano tirado en la penumbra, el venado y la liebre sufrieron un vuelco espantoso en el corazón; el pánico los cegó por completo y dieron media vuelta frenética para huir despavoridos de regreso hacia la salida del castillo. 

Pero el camino de huida estaba bloqueado: el gran oso se había plantado con firmeza en el marco de la única puerta, usando su enorme volumen para impedirles el paso. 

En su desesperación absoluta por salir de allí, el venado no pudo mantenerse de pie; sus patas delgadas resbalaron torpemente sobre el frío suelo cerámico y cayó de rodillas con la respiración agitada, los ojos desorbitados por la angustia y el corazón latiendo a mil por hora.
Tras unos segundos de una tensión sofocante e insoportable, el oso avanzó con paso pesado y pausado ante la mirada atónita y aterrorizada del ciervo y del roedor. 

Se acercó despacio al cuerpo inerte del hombre, bajó la cabeza y lo olfateó detenidamente con su húmedo hocico negro. Tras unos instantes de inspección, el oso dejó escapar un gruñido grave, sordo y profundo que resonó como una clara orden de calma en la estancia, logrando serenar de inmediato al ciervo golpeado y a la liebre temblorosa.

 La niña emitió un leve gemido de angustia, siendo incapaz de pronunciar palabra alguna, pero el oso descifró el mensaje con absoluta claridad. Sin dudarlo, las tres bestias unieron sus fuerzas  para empujar y levantar el pesado cuerpo del hombre, arrastrándolo con extremo cuidado hasta lograr subirlo por completo a la cama de la habitación, mientras la pequeña los observaba desde una esquina en completo y respetuoso silencio.

Afuera de la fortaleza, posados sobre las ramas retorcidas y secas de un viejo roble ancestral que flanqueaba la alta ventana de la alcoba, un búho de grandes ojos dorados y un cuervo de plumaje azabache atestiguaban toda la escena en una misteriosa y profunda complicidad.

 Ambas aves cortaban la brisa helada de la noche emitiendo ocasionales ululatos graves y graznidos secos, actuando como centinelas mudos de lo que ocurría en el interior de la residencia.

Dentro de la habitación, la sofocante tensión que dominaba el ambiente finalmente terminó por desvanecerse. 

El gran oso pardo, sintiendo un vacío enorme en el estómago tras el largo recorrido por el bosque y el esfuerzo físico realizado, decidió alejarse con paso tranquilo rumbo a la cocina del castillo. Al encontrar la nevera, el animal forzó la puerta con sus poderosas garras y comenzó a devorar sin contemplaciones las escasas y viejas provisiones que quedaban olvidadas en su interior, haciendo crujir los empaques con avidez.

Mientras tanto, en la penumbra de la alcoba, el noble venado se quedó a solas junto a la niña al borde de la cama. 

Contemplándola con una ternura infinita, profunda y del todo inusual en una bestia salvaje, el animal se inclinó despacio y comenzó a lamer suavemente la mejilla de la pequeña con su lengua tibia. La acunó con la misma devoción, calidez y celo protector con el que una madre de su especie cuidaría a su propia cría en medio de la fría e impredecible noche del bosque.

22
 
 

Tres años habían pasado desde que el túmulo de piedras quedó cerrado en la cordillera. El viento barría las planicies de salitre, levantando un polvo blanco que se metía entre los dientes. Trabadas por las lanzas y con los lienzos atados, las carretas formaban una media luna contra el temporal. En el centro, los hombres de Troy mataban el letargo: unos tiraban cartas sobre un pellejo de vaca, mascullando juramentos; otros pasaban trapos con manteca por los cerrojos de las carabinas hasta que el chasquido del percutor sonaba limpio en el aire quieto.

Junto al rescoldo del fogón, en cuclillas, Archie se abrazaba las canillas. Iba para siete años, pero el hambre y la intemperie le habían afinado el cuerpo en un armazón enjuto y duro. La camisa que Beth le cosió antes de la fosa era una hilacha rota en los codos; nadie se la zurcía, nadie le quitaba el hollín de la nuca ni le guardaba cecina cuando la olla salía de las brasas. El chiquillo conocía el orden de la tropa: el que no produce estorba, y el que estorba acaba en una zanja. Por eso callaba y se pegaba a los carros, midiendo el vaivén de las fundas y apartándose de las botas antes de que le alcanzaran las costillas.

De la sombra del carro salió Gilbert Troy. Caminaba sin apuro sobre la grava, con los faldones del gabán rozándole las botas engrasadas. Su sombra tapó el sol que le calentaba la nuca al chiquillo. Sacó un cigarro negro del chaleco, lo prendió arrimándole una ramita encendida y soltó una bocanada espesa. No miró al crío; tenía los ojos puestos en la cuerda de los caballos.

—Tienen el hocico seco —dijo, sin levantar la voz—. Agarra los baldes.

Archie saltó de la piedra. Descolgó de la carreta dos cubos de roble; las sogas deshilachadas de las asas le raspaban la piel viva. Bajó hacia el arroyo a más de cien varas, abriendo las piernas para que la madera no le golpeara las espinillas. En la orilla, el fango le cubrió las botas viejas. Hundió los baldes hasta llenarlos a medias, sabiendo que colmados no los arrancaría del lodo. Apretó los dientes, arqueó la espalda y tiró hacia arriba; los tendones de los hombros le crujieron bajo el peso.

El regreso fue una faena de pasos cortos. El agua salpicaba empapándole los calzones con un frío punzante. Cada veinte varas dejaba los cubos en la piedra, respiraba hondo y volvía a cargar antes de que Gilbert volviera la cabeza. Al vaciarlos en el canalón, las bestias se abalanzaron atropellándose. Archie repitió el viaje cinco veces bajo el sol, hasta llenar el abrevadero.

Apoyado en la lanza de una carreta, Gilbert fumaba sin moverse. Cuando el chiquillo apartó los baldes, temblando por el esfuerzo, el hombre señaló con la brasa del cigarro el montón de calderos y sartenes grasientas.

—Sácales el unto —ordenó—. Hasta que brillen.

Archie se hincó junto a los cacharros. Tomó puñados de arena áspera y restregó el hierro con las palmas desnudas, como le había enseñado Beth. La arenilla le abría grietas en las yemas contra las rebabas, pero no aflojó. Enjuagó el metal en el arroyo y luego fue por leña a una quebrada seca, arrancando ramas de espino negro. Las astillas le desgarraron los antebrazos mientras cargaba brazadas contra el pecho, encorvado bajo la carga y con la sangre latiéndole en las sienes.

Nadie le dio las gracias. Los cuatreros comían en los platos que fregaba y pasaban de largo. El trabajo constante fue endureciéndole la piel; las palmas se le cubrieron de una costra callosa y los ojos aprendieron a quedarse quietos. Archie no perdía detalle.

Dormía metido en una lona alquitranada entre los radios de la rueda de Troy, donde el viento cortaba menos. Se despertaba antes del alba, atento a cualquier crujido metálico. Una mañana, acurrucado bajo el pescante fingiendo engrasar una correa de cuero, escuchó a cuatro jinetes planear el asalto a una carretela del correo que bajaba con plata hacia el fuerte. Con la punta de un cuchillo de monte, un forajido tuerto trazaba sobre la tierra el croquis del desfiladero de las Quijadas.

—El tiro se hace desde el crestón alto —mascullaba el tuerto, clavando la hoja—. Si encajonamos a la escolta en la curva del arroyo, las carabinas no tienen campo de tiro. El plomo baja en diagonal y nadie levanta la cabeza.

El chiquillo no sabía leer carteles de recompensa, pero conocía el terreno: sabía dónde se emboscaba el tirador y qué peñasco servía para cubrirse del plomo.

Por las tardes miraba desarmar los revólveres sobre cajones vacíos de munición. Retenía el despiece de los cilindros, la limpieza de las agujas con aguarrás y el encaje de las cuñas. Sabía el chasquido exacto del hierro al entrar en su sitio y una certeza aprendida en silencio: un solo grano de arena en la recámara bastaba para dejar a un hombre muerto en la zanja.

Tres semanas después la banda acampó al pie de unas peñas calizas que asomaban de la greda en crestas afiladas. Al atardecer, el cocinero destapó la marmita. Archie esperó al final de la hilera, arrimado a una roca. Cuando le llegó el turno, le soltaron en el fondo de la escudilla un cucharón de caldo ralo y un trozo correoso de falda, duro de masticar.

Se apartó hacia una laja para comer al resguardo del viento. No alcanzó a dar el segundo bocado cuando una sombra ancha se le vino encima. El Caimán se plantó frente a él; era un mestizo pesado, con el labio abierto por un sablazo que dejaba al aire los colmillos carcomidos. Llevaba su escudilla vacía y la bota de aguardiente en los dedos. Con una sonrisa torcida, pateó el plato de Archie. La carne rodó por el polvo y los frijoles quedaron desparramados sobre una bosta seca.

—Mucho tasajo para un perro que no ladra —dijo el hombre, con una carcajada bronca.

Se agachó despacio y recogió la carne del suelo, limpiándola contra el muslo de sus calzones.

Archie no lo pensó. No hubo vacilación ni cálculo de fuerzas. Se tiró hacia adelante antes de que el hombre bajara el brazo, prendiéndosele a la muñeca con las uñas y hundiendo los dientes en el antebrazo. Mordió con fuerza hasta tocar hueso; el Caimán soltó un aullido, soltó la carne y trastabilló hacia atrás.

—¡Maldito cachorro del diablo! —bramó.

Con el puño libre, el cuatrero le descargó un golpe en el costado de la cabeza. El impacto arrancó al chico del suelo y lo estrelló contra el terraplén. Rodó por la grava y dio de espaldas contra una arista de caliza. Quedó tendido, boqueando con el aire cortado en los pulmones, los ojos ciegos de tierra y un zumbido agudo en las sienes.

El alboroto cortó las conversaciones en el campamento. Varios jinetes volvieron la cabeza soltando risotadas, pero nadie intervino. Tosiendo polvo y saliva con sangre, Archie buscó el fuego central.

Gilbert Troy seguía sentado sobre un fardo de monturas, con la taza en la mano y el cigarro entre los labios. No se había movido. Tenía los ojos claros fijos en el chico tirado en la tierra, sin un gesto de socorro ni de reproche, midiéndolo con la calma con que se comprueba la resistencia de un arnés.

Archie tragó aire en bocanadas secas, reprimiendo el llanto y el ardor de la garganta. Apoyó las palmas en la grava y se puso de pie sobre las piernas temblorosas. No bajó la vista. Se limpió el polvo de las rodillas y encaró al Caimán.

El cuatrero sostenía la falda en la mano, pero la risa se le había borrado del rostro. Miró al crío plantado frente a él con los puños cerrados y la boca manchada de sangre, sin un temblor en las mandíbulas. Había una fijeza en los ojos del chico que volvió incómodo el silencio. El Caimán masculló un juramento entre dientes, escupió al suelo y dio media vuelta hacia el fogón.

Archie no se movió. Se agachó, recogió el plato abollado y rescató del polvo los granos de frijol que no tocaban la bosta. Se los metió en la boca y los masticó despacio, sintiendo la arenilla rechinar en las muelas, con la vista fija en las brasas.

La noche cayó helada sobre el cañón. Cuando el campamento quedó en silencio, Archie salió de su rincón bajo la carreta. Descalzo sobre la escarcha, arrastró tres leños de roble que sobraban de la tarde y los acomodó entre las brasas, soplando la ceniza hasta levantar una llama amarilla. Se sentó frente al fuego, cruzando los brazos sobre el pecho para aplacar el dolor de las costillas.

Al otro lado de las llamas, recortado en la penumbra, Gilbert Troy permanecía despierto con una botella en la mano. A través del humo que el viento doblaba hacia los cerros, el jefe lo miraba en silencio: había visto la embestida, la caída contra la roca, la forma de levantarse y el plato recogido sin pedir socorro a nadie. Troy soltó una bocanada de tabaco que se disolvió en el frío, bajó la botella hacia la rodilla y asintió una sola vez. Archie sostuvo la mirada a través de las brasas hasta que la lumbre empezó a consumirse. Ya no era un bulto en la trasera del carromato ni una carga inútil. A partir de esa noche, tenía un sitio junto al fuego.

23
 
 

La princesa Hatice encendió las luces de su habitación aquella tarde de abril. Al dar su pieza a un estrecho patio interior, solo durante una hora al mediodía entraba claridad suficiente para prescindir de la luz artificial. Habían pasado pocos días desde su vuelta de la clínica donde dio a luz a Selim y ahora, sentada en un sillón orejero, con el cuerpo aún dolorido y las ojeras marcando su rostro pálido, volvió al doloroso trámite de la lactancia mientras Murad jugaba en el suelo. La mastitis era muy molesta, pero progresivamente iba dejando paso a una sensación mucho más agradable de conexión con aquel niño que de vez en cuando la miraba según mamaba.

Frente a ella, una de las empleadas había terminado de hacer las camas y pasaba un paño húmedo por los muebles. Era una mujer alta, rubia y de ojos claros, con las manos cuarteadas por la lejía, pero con un porte que delataba un pasado muy distinto. La princesa ya había cruzado algunas palabras con ella en semanas anteriores; sabía que se llamaba Anastasia y era la única ante quien no tenía reparos en conversar, incluso en un acto tan humillante como era dar de mamar. El cambio de trato que la empleada dio al escuchar el rango de Hatice le inspiró confianza.

—No lo soporto más, Anastasia —suspiró Hatice, ajustándose el batín de seda tras acomodar al niño en su pecho—. Míreme. Yo, una princesa de la Casa de Osmán, reducida a parecer una daya[0] y para colmo, mi esposo lleva desde que llegamos con la absurda idea de mudarnos a un apartamento de vecinos. ¡A un apartamento de alquiler! Como si fuéramos tenderos.

Anastasia detuvo un momento su rápida pasada de polvo, miró de reojo y reanudó su quehacer.

—Yo no quiero moverme de aquí —Hatice pudo contener un brote de furia—. Por muy malo que sea este hotel disponemos de servicio. Creo que Tarik tiene razón. Solo hay que aguardar un poco a que esta locura de la república caiga y podamos volver a nuestros palacios. Es cuestión de meses, un año como máximo.

Al escuchar esto, la mujer soltó el trapo, entreabrió la puerta, miró a un lado del pasillo, luego al otro y la volvió a cerrar.

—Alteza imperial, se lo suplico, no tengo mucho tiempo —habló casi en un susurro recogiendo el trapo y apretándolo con ambas manos —. Perdone el atrevimiento, pero no puedo por menos de ver un error en lo que su alteza sostiene. Por Dios todo misericordioso le ruego que no desoiga las palabras de su esposo.

Hatice frunció el ceño.

—Mi esposo y yo hicimos exactamente lo que su alteza imperial termina de decir. Gastamos nuestras joyas esperando ese mismo sueño que su alteza termina de pronunciar, pensando que pasaría como a los aristócratas húngaros, que la mayoría recuperó sus tierras, convencidos de que el exilio era una rabieta de la historia o, más inútil aún, urdiendo conspiraciones de salón que nunca llegaban a nada como hacía mi marido.

En ese momento Anastasia se llevó la mano al pecho empuñando algún objeto que debía llevar colgado en el cuello bajo la blusa.

—Esa esperanza que alberga su alteza— la princesa Hatice sintió un escalofrío —esa idea de que “todo se normalizará y volveremos”, es el veneno más dulce del exiliado. Si su príncipe quiere sacarla de aquí y llevarla a un piso, es porque ha manejado números. Si luego se normaliza la situación en la Sublime Puerta y les restituyen como a muchos húngaros, perfecto; pero si no, el servicio se paga y muy caro, por pequeño que sea. Perdóneme el atrevimiento, pero le suplico a su alteza que no desoiga a su esposo o dentro de unos años quizá sea su alteza imperial la que esté limpiando esta misma habitación. Ahora, con su permiso, debo retirarme.

Anastasia tomó el carrito de limpieza y salió.

Mientras, en la oficina de correos de Estambul un funcionario abría una carta utilizando vapor para despegar el sobre y comenzaba a leer:

A la muy ilustre y noble señora de nuestro linaje, nuestra amada hija Hatice Sultan, luz de nuestros ojos y consuelo de nuestra vejez, que la paz, la misericordia y las inmensas bendiciones del Justo y Misericordioso desciendan sobre tu morada.

Hija nuestra, te escribimos estas líneas llenos de alegría al saber por vuestro telegrama que tenemos un nuevo nieto sano y hermoso, pero también con el corazón encogido por lo mucho que empeora la situación aquí, especialmente para todos los que formamos parte de la familia política de la depuesta Casa Imperial. La hostilidad de los funcionarios no conoce límites. Los comisarios de la nueva república han seguido expropiando los yalis^1^ de nuestros parientes en Bebek bajo el falso pretexto de impuestos atrasados o de pertenecer al Estado. A los hermanos de tu tío los han despojado del bloque de pisos que tenían en alquiler y era su único sustento. La policía secreta vigila noche y día las casas de los antiguos visires y de los damat^2^, tratándonos abiertamente como enemigos del Estado. A otro tío tuyo le habían congelado las cuentas en el banco, privándolo de sus ahorros*.*

Por lo que más ames en este mundo, te suplicamos hija nuestra: arranca de tu mente la ilusión de que esta pesadilla pasará pronto. La patria que conocimos está siendo borrada de la faz de la tierra. Ni siquiera nuestra patria se llama ya Devlet-i ʿAliyye-i ʿOsmâniyye ^3^, hasta el nombre otomano ahora está mal visto y por todas partes se utiliza el de turco, como a los pastores y jornaleros de Anatolia. La opresión es tan insoportable que nosotros mismos estamos abandonando el sueño de poder morir en nuestra tierra. Hemos comenzado a malvender lo que nos queda antes de que nos lo embarguen como a los hermanos de tu padre y con eso marchar al destierro antes de que sea tarde.

En medio de esta tormenta, solo podemos darte un mandato como padres: confía en tu esposo. Si el Şehzade^4^* Mehmed llevaba tiempo reuniendo folletos sobre Niza era por contar con la perspicacia de lo que se avecinaba y lo que debe hacerse para salvaros, no seas tú un obstáculo en su camino.*

Concluimos esta misiva rogando a Alá, el Clemente y Misericordioso, por nuestro nuevo nieto para que crezca bajo Su divina protección. Os enviamos nuestro amor más profundo.

Tus padres, que ruegan por ti.

El funcionario terminó de leer la misiva y la puso en el grupo para destruir.

Mientras, casi al otro extremo del Mediterráneo, La puerta de la estancia se abrió y entró el sehzade Mehmed con el maletín de cuero. En su interior reposaban, dos documentos firmados ante notario en los que no aparecía su nombre por ninguna parte, pero los traía bajo llave.

Apenas su primogénito vio a su padre, corrió hacia él estirando los brazos. Una gran sonrisa invadió el rostro de Mehmed. Soltó el maletín y, con un acto tan inusual como mal visto en la corte otomana, tomó al niño por las axilas y lo levantó sobre su cabeza provocándole una carcajada de felicidad. Después lo apretó contra su pecho y lo volvió a dejar en el suelo.

Hatice lo observaba desde el sillón, con la bata de seda recogida sobre las piernas y el rostro pálido.

—Has tardado mi señor —murmuró la princesa con la postura erguida propia de una mujer de su rango, pese a estar en una situación tan degradante como era amamantar a su recién nacido.

Mehmed perdió la sonrisa de inmediato, avanzó para dejar atrás la manta que dividía la estancia en selamlık y el haremlik pensando para sus más íntimos adentros «un mes o más. Otro maldito mes aquí» .

—Ha sido necesario —fue toda su respuesta.

—————————

0 Nodriza de las cortes turcas

1Palacete de recreo generalmente sobre pilotes

2Yernos imperiales

3El Sublime Estado Otomano

4Príncipe otomano, es decir, hijo o nieto de sultán por vía paterna.

24
 
 

Mientras tanto, en la misma casa, por la mañana, la que tenía el mismo color de ayer y el mismo ruido de hoy.

Después de una fiesta aparentemente alegre y familiar, en el segundo piso de esa casa, en la habitación del fondo, la tristeza y ese vacío se hacían evidentes. El mismo hombre de ayer, quien vio perder nuevamente a su hijo, estaba acostado en la cama de aquel niño. Ese hombre había pasado la noche en esa cama.

El ruido de aquella mujer en el pasillo hizo que el hombre se moviera de lugar. Mientras tanto, la mujer se quedó en el marco de la habitación. La mañana era oscura y la luz que entraba por la ventana llegaba hasta sus pies.

La misma mujer que también era madre de aquel niño solo podía mirar desde ahí, sin hacer ningún gesto. Simplemente veía descansar a su esposo…

Solamente lo veía.

—

Ribery

Durante la mañana, me acerco a la habitación de mi madre, abro un poco la puerta y veo que, aun con ese sonido tan molesto, sigue dormida.

Me quedo viéndola un momento, hasta que siento que es suficiente. Cierro la puerta y bajo las escaleras lentamente.

Al llegar a la cocina, veo a la enfermera cocinando algo que suelta humo, con los audífonos puestos. Ella, con su sexto sentido, me ve y se quita los audífonos.

—¿Qué tanto estás viendo? —pregunta con un tono neutro.

—No, no te estaba viendo el culo. Soy alguien decente.

—Ajá… ¿Vas a desayunar? Ya casi termino.

—Hoy no, hoy desayunaré afuera. Gracias de todos modos.

Me doy la vuelta y me acerco a la puerta, pero algo me detiene: la enfermera aún me observa desde la cocina.

—Nos vemos —digo con una sonrisa mientras cierro la puerta principal.

Al salir, me detengo un momento, doy un respiro hondo y el olor de la comida de mi casa me llena los pulmones.

Me doy la vuelta y entro nuevamente a mi casa.

La enfermera ve que he vuelto y se quita los audífonos.

—¿Ahora qué?

—Decidí que mejor comeré aquí, ¿sí puedo?

—Claro, toma asiento. Ya te llevaré tu plato.

La enfermera se mueve por la cocina mientras yo me siento en el comedor. La veo a través de la barra.

—¿Otra vez? —dice sin voltearme a ver.

—No, no estoy haciendo nada.

Al apagar la estufa, se acerca a mí con dos platos de comida. Pone uno enfrente de mí y el otro al otro lado de la mesa.

Simplemente me quedo viendo la comida.

—¿No vas a comer? Tanto escándalo para que no comas.

—Es que… No lo sé.

Agarro la cuchara y empiezo a comer. Una cucharada y otra y otra, hasta acabar. Levanto la mirada y la enfermera me está viendo.

—Sí que tenías hambre, Roberto.

La alarma de la habitación empieza a sonar. La enfermera se levanta y corre al segundo piso, hacia la habitación de mi madre.

Me levanto de la mesa y también subo al segundo piso.

—¿Hace mucho que se despertó? —escucho desde la habitación.

Al llegar al segundo piso, me recargo en la pared para escuchar y ver cómo la enfermera le da agua a mi madre desde un vaso.

—¿Ya… se fue? —pregunta mi madre, apenas con un suspiro.

—Sí, salió temprano. De hecho, como siempre, se acercó para verla dormir.

Intento mirar a través de la puerta. Veo la silueta de la enfermera y a mi madre bebiendo agua, tomando sorbos lentamente…

Debería irme ya, se me hará tarde en el trabajo. En la noche las veré de nuevo, intentaré verla.

…

Después de dos semanas, ya volví a mi línea. Todo regresó a la normalidad, aunque hice amigos. En estos momentos debería ponerme al día con ese amigazo.

Al llegar a la parada de autobuses, busco a T/N entre toda la gente. Dudo mucho que haya cambiado de ruta.

Mientras paso entre la gente buscándolo, lo veo a través del ventanal, caminando hacia la parada. Levanto el brazo para que me vea, pero no parece verme. Quizá la miopía ya le está dando duro.

Mientras lo espero, me recargo en el ventanal. Ya son dos semanas en las que casi no le he hablado. ¿De qué debería hablarle? Si le cuento de mis ligues, ya sé qué contestará. Debería ir con calma.

Al escuchar el sonido de los frenos del autobús al llegar a la parada, veo a las personas amontonarse y lo pierdo de vista. Todo este escándalo para ir sentado.

Sigo a la multitud, cada vez más apretado, hasta que logro entrar al autobús. Camino por el pasillo y miro por las ventanas para ver si consigo encontrarlo.

Al no verlo y escuchar cómo el autobús cierra sus puertas, el corazón se me acelera. ¿Y si no logro subir? Debería ver si está aquí y, efectivamente, sí está dentro del autobús, pero demasiado lejos.

Está sentado casi al principio y yo estoy parado hasta el final. Al bajar, ya hablaré con él.

El autobús sigue su ruta con normalidad: baches, topes, frenadas que rompen muñecas y arrimones de pipis (penes). El camino es igual que todos los días.

…

Las puertas se abren y, como si reiniciáramos lo del comienzo, todos se amontonan para salir. Nuevamente lo pierdo de vista.

Camino rumbo a la fábrica, volteando a todos lados para buscarlo. A unos metros de mí, ahí está.

—¡@#& + ( !!

Al gritar su nombre, no se detiene. Acelero el paso para alcanzarlo y, al llegar, le toco el hombro.

Él se detiene y me mira.

—Oye, ¿te estuve buscando? —digo.

Él suelta una pequeña risa.

—Perdón… No te vi.

—Acabo de gritar tu nombre y tampoco me hiciste caso.

—… Perdón, es que no te escuché.

—Sí, cómo no. No estás enojado, ¿verdad? Por lo de estas semanas.

—… ¿Debería?

—Quizá sí, pero no importa, porque no sabes cuántos totos (culos) encontré en la otra línea.

Y lo que dije que no haría, sucedió…

…

Mientras estoy recostado en mi mesa de trabajo, veo a mi amigo a la izquierda, al inicio de la línea. Todavía no suena el timbre que marca el comienzo de la jornada y él ya está trabajando.

Me levanto y camino lentamente para sorprenderlo. Cuando estoy detrás de él, le toco el cuello de forma tétrica, pero no reacciona.

Me detengo y me pongo a su lado.

—¿Y cómo estuvo tu fin de semana? —pregunto.

—… Estuvo bien, bien —dice mientras me mira de reojo.

—¿No hubo nada nuevo con ya sabes quién? —susurro mientras señalo detrás de mí, en dirección a ELLA.

Él voltea a verla sin ninguna preocupación. Se le queda viendo como si fuera un ángel… Creo.

—No, nada nuevo con ya sabes quién…

—Qué jueguito, ¿eh? De verdad, no estás enojado.

—Para nada, de verdad no estoy enojado. ¿Por qué lo preguntas?

—Porque repites todo lo que digo.

—No lo hago.

—¿Y has hablado con ELLA? ¿Algo nuevo? ¿Nada?

—Hablé con ella hace una semana.

—¿De qué?

—Dee… comida, fue de comida.

—¿Nada más eso? ¿Hablaron de comida?

—¡Sí! —dice de forma sobresaltada, con una sonrisa en el rostro.

El timbre de la jornada suena y todo el mundo se moviliza para trabajar. Regreso a mi asiento mientras lo observo.

Simplemente vuelve a hacer lo que todos están haciendo y no levanta la mirada… como por cinco horas.

…

Ya casi es la hora del almuerzo. Un momento más y serán las doce del mediodía. Muy pronto.

Mientras espero a que den las doce, veo salir de su oficina al gerente o supervisor del área. Camina con unos papeles en dirección a esta línea. Más trabajo, significa esa persona.

Lo observo con sospecha. A cada paso parece costarle más caminar. Según él, hace ciclismo… No le creo nada. Se acerca a mi amigo y, aunque yo no soy chismoso, la voz de esa persona se escucha por toda la línea.

—Y bien, ¿pensaste en la propuesta? —pregunta el supervisor.

¿Qué propuesta? ¿Acaso son maricones? T/N no reacciona a las palabras del supervisor.

—£π¥%§+@, ¿pensaste en la propuesta?

Como si lo despertaran, levanta la mirada y voltea a verlo.

—Sí… sí lo pensé… Sí quiero —dice T/N de forma pausada y temblorosa.

—Bien, mantén tu palabra. Pronto se abrirá la nueva área y ese nuevo contrato te llegará para que te prepares para el cambio —dice el supervisor, dejando los papeles que tenía y volviendo a su oficina.

¿Nueva área? ¿Cambio? ¿Acaso él se irá de esta línea?

—

ELLA

Siempre intento verme lo más bonita posible. Mi peinado, la ropa bien planchada y esas salidas al centro comercial para comprar nuevos labiales y pinturas darán resultado el día de hoy.

Me desperté temprano, me perfumé y me di varios toques aquí y allá.

Quizá mañana me pinte el pelo de un color más navideño. Ojalá se haga el intercambio esta Navidad y me toque regalarle algo a la malhumorada de la señora Madison. Un buen regalo estaría bien.

Me bajo del autobús y camino hacia la fábrica. En eso, mi amiga de toda la vida se pone a mi lado.

—¿Qué tanto piensas? —dice mi amiga, con su atuendo de teibolera en potencia.

—En nada, lo normal.

—Ya es lunes otra vez y vas a ver a tu galán después de un laaargo fin de semana, ¿verdad? —dice mientras me empuja con el codo.

—Siempre pensando con la hormona. Yo siempre me arreglo así de bonito.

—Mira quién lo dice. ¿Y ese nuevo labial que tienes? ¿Acaso no es para llamar la atención?

—Es un color normal, no como el tuyo, color negro carbón.

—Quieres dejar huella para que las demás lobas no te lo roben. Ya sé cómo es ese truco, leona.

—Ya deja de molestar. No es para nadie, solo quise ponérmelo, es todo.

Llegamos a la entrada y, al pasar el chequeo, ella gira a la izquierda y yo sigo derecho. Camino entre las líneas hasta llegar a mi mesa de trabajo.

La señora Madison, siempre puntual, ya está en su asiento, a un lado del mío.

—Entre más coloridos son los animales, más venenosos son. ¿Qué tan venenosa eres tú? —pregunta la señora Madison con un tono sarcástico.

Solamente me le quedo viendo, con cara seria.

—No tienes que ponerte así, mi amada. Yo que tú, en cuanto tuviera la oportunidad, le dejaba la marca para que las demás lobas sepan que no es ganado.

—¿Por qué todas piensan lo mismo? Es un color bonito, es todo.

—… Así le dije a mi esposo cuando compré ese microbikini durante las vacaciones de mi juventud. A la mañana siguiente, ya no había bikini ni esposo. Ese día me fue infiel.

—Siempre le he dicho que no es necesario, señora Madison. No hace falta, gracias.

Pongo mi pequeña mochila sobre la mesa, saco un pequeño espejo y empiezo a revisarme el flequillo para asegurarme de que se vea simétrico.

—Mejor ve cómo se te ve el trasero, eso vende más.

Evito contestarle a la señora Madison. Cierro el espejo y lo guardo en mi mochila. La acomodo sobre la mesa y saco mi teléfono.

Uno, dos, tres, cinco, doce, dieciocho, veinticuatro minutos pasan, y ya casi es la hora de iniciar el turno.

De reojo, levanto la mirada hacia el pasillo principal y ahí está él, junto a su amigo, con esa rajada. Parece que están hablando.

Me vuelvo a sentar bien y veo cómo llega a su mesa de trabajo. Su amigo saluda a todos. Me ve y levanta el pulgar, como si fuera una señal.

Volteo discretamente hacia donde está T/N, pero él solo está mirando su mesa de trabajo.

Debería acosarlo. Todo a su tiempo, todo a su tiempo.

…

La mañana transcurrió con tranquilidad. Lo miraba de reojo y él solamente trabajaba, hasta que escuché aquella frase.

—Sí… sí lo pensé… Sí quiero.

—Bien, mantén tu palabra. Pronto se abrirá la nueva área y ese nuevo contrato te llegará para que te prepares para el cambio.

Había aceptado el puesto que el supervisor le había ofrecido. Había aceptado cambiarse de línea.

El timbre que marcaba el almuerzo había sonado. Todos se levantaron, pero su amigo no. Me volteó a ver, buscando algo.

Mientras tanto, T/N se levantó como si nada le pesara y caminó al comedor.

Su amigo, Ribery, se quedó sentado en su lugar.

—¿Sabes qué significa ese cambio? —preguntó Ribery.

—El supervisor le ofreció ser auxiliar en la nueva área y… él acaba de aceptar.

Ribery, sin decir nada, se levantó y también se dirigió al comedor, sin prisa.

—Él se irá lejos y ya no lo podré ver —susurré.

Y así, como un suspiro, el día acabó. El sol estaba en su punto más bajo y todos estaban cansados.

Finalmente, el timbre de salida sonó. Como si fueran animales, todos se levantaron y corrieron hacia la puerta.

—Ni modo, leona. Saliste a cazar, pero no abriste la puerta de tu jaula —dijo la señora Madison mientras recogía sus cosas.

Veo a T/N todavía trabajando, moviendo piezas y cables, hasta que un gesto en su rostro me muestra que ha terminado: una sonrisa.

Estira la espalda y el cuello. Con la mano barre la mesa de trabajo y tira los sobrantes. Se levanta de su silla y la acomoda como estaba.

Debería saludarlo. Un «hola, ¿qué tal?», «¿cómo estuvo tu fin de semana?», «¿me ves diferente?». Algo debería decir.

Agarro mi mochila y camino hacia él con zancadas cortas, mientras él acomoda varias veces su silla, buscando la mejor posición.

Finalmente, la acomoda como quiere y camina hacia la salida. Yo voy a unos pasos de él.

—¡Oye, @$(+π√€!! —digo en un tono algo alto.

Él se detiene y me voltea a ver con una sonrisa. Siento que se me traba la lengua.

—Este… te… te quería sa… saludar.

Él solamente me mira, sonríe nuevamente y me saluda alzando el brazo.

—Hola, ¿cómo estás?

—Bien, bien, estoy bien. Te quería ver… Digo, te quería saludar porque en la mañana no lo hice.

—Cierto, yo también me acuerdo.

—Yyy… ¿cómo estás? —pregunto, trabándome al conectar las palabras.

—De maravilla.

—Me alegro. Este… te… veo mañana.

—Yo también, te veo mañana —dice mientras se aleja de mí.

Pensé que era el cansancio del trabajo, por la forma en que respondía, pero su mirada, sus ojos, no parecían cansados. Creí que el día siguiente sería mejor, pero cada día sus respuestas eran iguales.

Yo solamente lo veía irse al final de cada turno. Su sonrisa era genuina, pero había algo, algo que no comprendía, cada vez que me respondía durante aquella semana.

—De maravilla.

—De maravilla.

—De maravilla.

—Estoy de maravilla.

Fin del capítulo 15.

25
Mottot (fictograma.com)
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—Debo llegar arriba del todo. Debe ser allí —pensaba Riggot-Hord mientras trataba de aligerar sus pesadas y ya maltrechas piernas subiendo la colina.

Apenas unos pasos le separaban del lugar donde necesitaba llegar: lo alto de un pequeño montículo, antiguamente llamado Copa Helym, que dominaba desde un extremo la gran llanura de… Helym. Había pasado días recorriendo aquella vasta extensión de tierra, buscando, desesperado, algún superviviente. No era el primer lugar donde lo hacía.

Su talante ahora ya no era de desesperación, ni siquiera sentía ya desesperanza o soledad. Lo había aceptado. Tampoco sentía dolor ni acusaba ya aquellos pinchazos en las piernas… su cuerpo también parecía haberlo aceptado.

Sentía algo extraño.

Sentía paz.

Sentía una incómoda sensación de victoria injusta, de haber ganado un trofeo que no servía para nada.

Consiguió dar los pocos pasos que le separaban de la cima de aquella pequeña colina puntiaguda, otrora exuberante en vegetación y rebosante de color. Aquella suave cuesta le había costado casi dos horas de triste ascenso. El traje pesado, la mascarilla, el tanque de oxígeno, la riñonera electrónica… todo le molestaba para poder andar.

Pero llegó a la cima, levantando polvo blanco y ceniza a cada paso, y pudo contemplar en todo su esplendor los resultados de los juegos peligrosos a los que habían dedicado las últimas décadas.

La Llanura de Helym, antiguamente hogar de dos grandes ciudades separadas por el río Kirtz, que discurría por el centro de la planicie y la partía en dos, era ahora un yermo blanquecino muerto, lúgubre, irreal.

La ciudad más cercana a la colina, Helym, era ahora un gigantesco amasijo de escombros desgastados, y si destacaba algo sobre el resto del paisaje era solo porque su color, negro como el carbón, apenas había tenido tiempo de recoger la suficiente ceniza radiactiva para combinarse con el eterno blanco triste del resto del panorama.

En el centro del llano se distinguía perfectamente el arañazo, la herida en la tierra que resultaba ser ahora el antiguo río Kirtz, convertido en un barranco de lodo espeso que se habría visto verduzco si no llegara hasta esta zona ya cubierto por la perpetua ceniza gris.

Más lejos, en forma de pequeño montículo ligeramente oscurecido, yacía lo poco que quedaba de la ciudad de Meringtam.

Y más allá aún, las colinas que rodeaban la llanura por el otro lado: Harep, Tirsam, Greydu y Proxes. Aparecían mezcladas con el horizonte, que destellaba con la mortalmente bella luz azul y violeta que desprendía la atmósfera del planeta desde que la habían convertido en un cementerio de partículas radiactivas.

Riggot-Hord se sentó en el suelo de golpe. Se quitó la riñonera de un estirón y el tanque de oxígeno de un codazo, y este se llevó a rastras la mascarilla que iba conectada a él por un tubo. Se habría quitado hasta el traje si no hubiera estado tan cansado. Al caer al suelo, levantó una nube de partículas infinitesimales de ceniza grisácea y pegajosa.

Tosió.

Levantó la mirada y se dio cuenta de que no podía ver las estrellas. El cielo nocturno aparecía oscuro, pero extrañamente fulgurante, bañado en esa tétrica luz azulada que lo llenaba todo y daba al terreno un aspecto alienígena. Era como si estuviera nublado, pero en el cielo se veían tantas nubes como estrellas: ninguna.

Le pareció injusto. Habría resultado una imagen, al menos, más épica para morir.

Mientras su ancha nariz respiraba aquel aire cargado de virutas que bien podían ser microscópicos trocitos de otros, sus pulmones trataban de filtrar, sin demasiado éxito, el polvo radiactivo del ambiente. Sus fuertes brazos de guerrero no le servían ya más que para mantener la espalda erguida, apoyados en el suelo.

Pensó en la historia de aquel planeta. En toda su historia. En los miles de millones de años que habría costado que unas cuantas moléculas se juntaran de la forma exacta para dar origen a algo con vida. Pensó en los millones de años en los que aquel territorio que allí delante tenía había sido el hogar de una gran variedad de especies animales y vegetales que habían ido evolucionando a lo largo de los eones.

Cómo el planeta había pasado por épocas de glaciación y por desastres como el impacto de grandes asteroides o repentinos cambios en la composición de su atmósfera, y aun así había mantenido la vida en marcha.

Cómo ahora una parte de esa vida, ellos mismos, había acabado con todo eso de un plumazo.

Cómo un solo grupo, unos cuantos individuos de una sola de los miles de millones de especies diferentes que habían llegado a existir, había conseguido convertir aquella perla verde y azul en un erial blanquecino y mugroso.

Y se sintió poderoso.

Sí, él era uno de aquella especie. Y uno especial. El último, probablemente. Su cabeza se nublaba y espesaba y ahora ya le costaba razonar, pero había sido un superviviente, un ganador en el juego más brutal jamás inventado: la guerra termonuclear mundial. Lástima que su único premio hubiera sido el tener apenas unos días más de angustiosa vida que todos los demás.

Pensó en la antigüedad. En cómo cientos de civilizaciones habían nacido y perecido, sustituidas por otras. En cómo millones de guerras se habían librado entre grandes personajes y pueblos; todas esas batallas y movimientos habían ido dando forma a la personalidad de su raza. Pensó en grandes imperios que habían durado centenares de años y en otros que habían durado menos, pero habían sido igualmente épicos. En los grandes científicos, en cómo sus estudios habían ido haciendo evolucionar la civilización a lo largo de los siglos mediante cada vez más abstractos juegos mentales.

Pensó en la grandeza de innumerables reyes, emperadores, dictadores, gobernadores y héroes.

En sus vidas llenas de épica y en las vidas de las gentes que tuvieron a su cargo, menos recordadas, pero igualmente azarosas, complicadas y llenas de detalles. Comprobó con sus ojos cómo ellos habían sido capaces de terminar con todo aquello, e incluso con la más mínima posibilidad de su recuerdo, en apenas unas semanas.

Mientras esperaba su fin, mientras los minúsculos zarcillos blanquecinos cargados de radiación se iban posando sobre la piel de su cara, deseó que, si en algún momento alguien o algo descubría el cadáver de su civilización, fueran juzgados por sus horribles actos, pero también admirados por su gigantesco poder de lucha y destrucción.

Le apenaba que su estirpe no hubiera tenido la suficiente madurez como para poder haber seguido adelante, pero estaba seguro de que nunca jamás nadie en el universo podría superarlos en fuerza bruta.

Le alegró pensar que, si alguna vez alguien conocía cómo había sido su historia, lloraría por la desgracia de que una especie así se hubiera perdido, devorada por su propia ignorancia, pero al mismo tiempo, respiraría aliviado por su no existencia.

Así como respiró aliviado él cuando exhaló su último suspiro.

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