Habitantes del Sueño.
— I —
Un repiqueteo y el pasto, las bancas, los árboles, todo el paisaje se desmoronó volviéndose arena. Los granos caían y Fernando era tironeado desde arriba por fuerzas invisibles, detenido por su amigo que agarró su mano un momento y que antes de soltarlo le dijo: «Recuerda… Haz tu parte y yo haré la mía. Es lo que te debo».
Por un instante creyó que todo se había desmoronado y desaparecido al ver la oscuridad a su alrededor. Lorena se quejó por el repiqueteo del despertador y él pudo entender que acababa de despertar y se pudo ubicar en su cama, en su casa y recordó que era sábado. Apagó la alarma del reloj en el velador y sonrió a Lorena que continuó durmiendo. Colocó su mano sobre el hombro de ella para sentir el calor y su perfume, incluso el tenue olor que le quedaba a ella del aguarrás que usaba para limpiar sus pinceles. Lo hizo para llamar a la calma y olvidar el mal sueño. Su sonrisa no duró mucho, tuvo un cosquilleo helado en su nuca diciéndole que había algo importante en el sueño que no debía olvidar.
Era un miedo creciente similar en sensaciones a lo que sufrió seis años atrás por otro mal sueño. Fue gracias a la ayuda de Hugo, su amigo que había vuelto a ver en este último mal sueño, quién le dio consejos, técnicas y libros para lograr el olvido voluntario de ellos. Técnicas que le permitieron por varios años no volver a pasar por ello, ni quedar con esa carga pesada y negativa durante el día. Pudiendo olvidar de manera automática sus sueños en las mañanas y olvidar con el tiempo el mal sueño que le aquejaba. Le sirvieron hasta hoy. Pensó en los antiguos consejos de su amigo y se dijo: ¿Tengo que buscar la parte racional, Hugo?
Le asustó oír como respuesta «Recuerda» en voz de su amigo como un eco del sueño.
Asustado, con un dolor en la boca del estómago y descalzo fue hasta el dormitorio de su hijo de siete años. La penumbra en ese cuarto estaba disminuida por la claridad del día que ya comenzaba y por el espanta-cuco que con color y estrellas brindaba luz para tranquilizar a Tobías. Preocupado por él se sentó en la cama y acercó el oído hasta oír su respiración. El miedo retrocedió un poco. Después tomó el gorrión de cerámica que estaba en el velador, le quitó el hilo que sujetaba el papel y lo revisó: nada escrito. De alguna manera se tranquilizó y por eso no pudo evitar una sonrisa porque se estaba autoengañando.
Casi diez días atrás Tobías salió de una fiebre que le provocó pesadillas. La primera noche de ellas despertó llorando a gritos y quejándose de perros gigantes de ojos rojos ocultos en el armario. Lorena sentada con Tobías en la pequeña cama miraron a Fernando revisar y mostrar que nada horrendo había en el armario y que lo único horrendo bajo la cama era un par de calcetines sucios. Fernando tuvo una idea para calmarlo.
De la sala de estar se llevó a su pequeña oficina en el segundo piso un gorrión de cerámica, le dibujó otro par de ojos y le ató un pedazo de papel en una pierna con la pequeña cinta que había en la caja de un bolígrafo. Volvió a la pieza de Tobías y le contó lo que había inventado en ese rato. Le dijo que esa ave era un Sicotrompo —nombre que creía haber leído en algún lado— y que esas aves eran vigías, que al regresar se petrificaban y en el papel mostraban si había monstruos. Lorena miraba la escena sosteniendo el termómetro, hizo una mueca por el nombre y sonrió por la invención de Fernando y la forma en como su hijo aceptaba el cuento. Lorena acompañó esa noche a Tobías con la luz encendida. Él, antes de dormir, revisó el papel. Una rutina que repitió las siguientes noches; la de ellos era revisar el armario, bajo su escrutinio, y decirle que había vuelto el gorrión. Tobías tomaba el ave y con cuidado miraba el pequeño pedazo de papel en blanco y se tranquilizaba.
Fernando volvió a atar el papel en la pata del gorrión y lo llevó a su oficina a un cajón del escritorio. Después se fue a bañar, ya que por ser principio de mes debía hacer un turno de medio día en el trabajo. Mientras se duchaba con agua tibia pensó en el papel en blanco y una brisa helada le trajo la voz de su amigo diciéndole que el peligro existía.
No. Dijo que el peligro no existía. Igual como hace seis años.
El miedo siguió haciéndole compañía.
— II —
Un perro fue lo que conectó sus dos malos sueños con la realidad. Una conexión que le permitió recordarlos dejándolo con la sensación de haber sido arrollado por un tren. Llevaba dos horas en su trabajo revisando todo dos veces por culpa de ese miedo a un peligro oculto cuando recibió la llamada de Lorena para contarle una sorpresa.
—¿Co-cómo dices…? —preguntó tratando de calmarse.
—Le regalaron un perro… Fue el presidente de la Junta de Vecinos del Condominio quién le trajo el regalo a Tobías. Primera vez que veo al vecino y eso que es un tipo atlético, sabes… Lo habría notado antes… —No hubo la réplica habitual de parte de Fernando para cuando Lorena hacía un comentario sobre el físico de otro hombre. Siguió hablando, pensando que Fernando estaba concentrado en el trabajo—. Bueno, dijo que a Tobías le traía un perro para que no se sintiera sólo en este condominio sin niños. Es amarillo. Tobías está alegre con el perro dorado, como le dice él…
Fernando ya no la escuchaba, su cuerpo estaba adolorido por la carga que acababa de recibir: el recuerdo de dos sueños.
Su esposa hablaba a millones de kilómetros, su cuerpo quedó tirado en la silla y su mente se fue a seis años atrás, al primer fatídico sueño.
— III —
El sueño comenzaba con él llegando a una casa amarilla en un pueblo cercano un día nublado. Podía ver parte de la tierra colorada mojada entre la vereda y la casa, y también el musgo verde que cubría unas tablas amarillas de la parte baja, detalles típicos de los pueblos lluviosos del sur.
Junto a la casa había un grupo de niños mirando algo que los tenía embobados, daban algunas exclamaciones de sorpresa. Del grupo destacaba una pareja de niños de unos siete años, vestían ropas poco abrigadoras para el día. El niño llevaba una polera de un equipo de básquetbol y pantalones largos de tela, su cabello era cortito, casi al rape; la niña, un vestido floreado con margaritas y su largo cabello estaba trenzado. Cuando Fernando pudo ver a que le prestaban tanta atención también lanzó una exclamación de sorpresa. No entendía la fascinación de los niños. Miraban a un perro de pelaje dorado que comía una rata sangrante, en cada ruidosa dentellada que daba a su presa su pelaje vibraba en tonos dorados. Prefirió entrar a la casa.
La pequeña sala de la entrada funcionaba de recepción y oficina. Tras la mesa en el rincón opuesto a la entrada, una secretaria pálida, de largos cabellos oscuros, le dio la bienvenida y le dijo que debía esperar a los otros alumnos del curso. «O sea que vengo a una capacitación», dijo a modo de pregunta y a modo de respuesta ella le dedicó una enorme sonrisa que parecía fuera de lugar en su cara. Una sonrisa hecha con esfuerzo. De a poco llegaron más alumnos y luego los hicieron pasar a la sala de clases. Una extraña sala: un galpón con mesas, sillas y un pizarrón con un par de cirios encendidos a sus lados.
Fernando no recordaba cómo se desarrolló la clase, tenía un recuerdo fragmentado similar a tres fotografías, la clase, la prueba, la fila que hizo para salir de allí. Se enlentecía e intensificaba el recuerdo de cuando estaba en la fila que se prolongaba por el pasillo para salir de la casa, por la inquietud que le provocaba volver a ver al perro dorado. No quería. La secretaria lo tironeó del hombro y lo sacó de la fila, le hubiese agradecido si no fuera por su rostro adusto. Ella le dijo que necesitaban ayuda con los preparativos de la ceremonia, una cena que habría de finalización (dijo iniciación y se corrigió al instante. Por un breve momento su cara cambió). Se dejó guiar hasta la cocina por un pasillo que no recordaba de donde salió y cuyos ventanales le dejaban ver que ya estaba anocheciendo. «No sé nada de cocina para ayudar», le dijo él y ella volvió a hacer esa falsa sonrisa provocando que Fernando prefiriera ver su rostro severo de siempre.
Del grupo que se encontraba en la amplia cocina solo podía precisar al profesor y a la secretaria. Todos vestían largos delantales blancos.
La secretaria se ubicó tras el profesor, cual enfermera tras el cirujano en el quirófano.
—Por ser el nuevo debes ayudarnos a hacer la cena —habló el profesor y la secretaria asintió a cada
palabra, como poseída—. Tendrás que ayudarnos con la carne del final de la ceremonia.
Volvió a su cabeza la imagen del perro devorando al ratón. Aunque no lo quisiera reconocer, había sentido temor de encontrarlo afuera, pero lo que estaba pasando dentro de esa cocina lo estaba aterrando. Uno de los presentes se le acercó con una túnica blanca, recién ahí notó que todos vestían túnicas, no delantales. Observó el delantal que le ofrecían y al profesor que cruzaba las manos antes de decir:
—Tendrás que matar y descuartizar a una pareja de niños… Te podemos ofrecer ayuda —Fernando estaba envuelto en espanto, podría haber dicho también que le había caído un balde de agua fría y que había congelado sus piernas porque no se podía mover, las piernas no le respondían. El profesor dio un paso hacia la persona que sostenía la túnica, se la pidió y luego se la ofreció a Fernando diciendo: —. Es un gran honor para ti ser quien haga este acto sagrado… Así ingresarás a nuestro selecto grupo.
—¿Selecto grupo? —logró articular, saliendo atropelladas las palabras—. ¿Quiénes son ustedes?
—¿No lo sabes? Somos los Iluminados.
—¿Quienes? ¡No! ¡Yo me retiro!
Volvió a intentar moverse y seguía clavado en ese lugar.
—Si no lo haces, tú también formarás parte de la cena.
Inmóvil pensó en aquella proposición: «¿o unos niños o yo?». Se abrió la puerta que daba al galpón, vio movimiento allí, el resto de sus compañeros. Entró una camilla con la niña de las trenzas.
—Vamos, corta el otro brazo de este modo —dijo el profesor apuntando el cuchillo en la axila izquierda de la niña. La secretaria dio una risotada que tampoco parecía natural en ella, era una risotada lunática. Pilló desprevenido a Fernando quién pensó que el sonido era el de un plato estrellándose en el suelo. El profesor terminó—… Es como desmembrar un pollo.
Habían rodeado a Fernando los otros «alumnos», tomaron sus brazos y lo hicieron sujetar el otro brazo de la pequeña y el cuchillo. Fernando trató de soltarse y su cuerpo no respondía. Él no quería hacer el corte, pero era una marioneta en manos de ellos. Tendría pesadillas con lo siguiente que ocurrió, un pequeño conjunto de imágenes que lo atormentarían los siguientes días: el cuchillo entrando en la carne, los borbotones de sangre, el brazo separado del cuerpo, un trutro de pollo en una bandejilla, un pollo en una camila llena de sangre.
«¿He desmembrado un pollo…? Esto es un sueño», se dijo y la revelación fue como una piedra que cayó en el estanque. Todo a su alrededor se relajó, se expandió y volvió a su estado normal, como si fuera movida por las ondas concéntricas formadas en el agua.
—¿La niña? —farbulló Fernando.
—Estaba sedada —dijo la secretaria. Su voz eran trozos de cerámica frotándose entre sí.
—¿Estaba viva? ¿Le he hecho daño? —preguntó Fernando conociendo las respuestas. “Esto es un sueño, necesito despertar”, se ordenó.
—Parece que no habrá dificultades. Traigan al niño —alzó la voz el profesor.
—¡No! No continuaré, no haré nada más.
—¡Hágalo! O quién seguirá después de su muerte será su hijo.
«Esto es un sueño», se repitió Fernando y notó que podía mover las piernas y, sin esperar nada más aprovechó la puerta abierta para huir. En el galpón trabajaban colocando más velas, cortinas y un telón, del que Fernando sólo vio las palabras «ad quem». Salió por una ventana abierta del galpón que daba al jardín de otra casa y de allí llegó a la calle. Atrás de él escuchaba «¡Se escapa!», «¡Atrápenlo!».
Corrió por las calles de ese pueblo, queriendo escapar, deseando despertar. El pueblo se expandía alejándose y volvía a replegarse, igual que las olas del mar, una y otra vez. Volviendo siempre más confuso. De súbito llegó la calma. La gente comenzó a salir a la calle. Fernando evadía las miradas y se alejaba temiendo que formaran parte de la secta.
Al instante apareció un bus que lo dejó en su ciudad, cerca de su casa. Todavía sentía que lo perseguían y decidió buscar ayuda. Detuvo un Taxi que curiosamente estaba ocupado por un compañero de trabajo.
—Necesito ayuda —dijo Fernando y le explicó su situación.
—Sí, necesitas mucha ayuda. Vamos a la compañía a buscar al jefe. Él sabrá qué hacer.
—¡Rápido!, creo que ellos me siguen.
Llegaron a las oficinas. Estaban cerradas las puertas.
—Lo llamaré para saber si está cerca —dijo su compañero sacando su celular.
Fernando sentía que el tiempo se le acababa.
El jefe apareció caminando con su celular en la mano. Los vio, les hizo señas.
—¿Qué te sucede? —preguntó tranquilo.
—Fui por las «clases». Allá los dueños del instituto manejan una secta… no recuerdo el nombre.
—«Los Iluminados» —dijo el jefe. Con el paso de los días no estaba seguro de aquel nombre, pensó que sólo llenó el espacio vacío en su recuerdo con esa palabra—. Para poder reunirse sin levantar sospechas lo hacían como un instituto. Nosotros somos quienes manejamos los fondos, lo hacemos como una empresa sólidamente constituida. Tú serías integrado hoy a nuestra secta, parecías un gran aporte…
—P-pero… —Fernando miró alrededor. Estaban ellos tres, sin embargo, le parecía que la ciudad se cerraba como un acordeón en torno a él, acercando de esa manera al resto de los miembros.
—Me simpatizabas —dijo su compañero.
—¡Esto es un sueño! —exclamó Fernando.
—Lo sabemos. Y sabemos muchas otras cosas. En los sueños habitamos y podemos vivir casi eternamente… ¿Entiendes lo que te perdiste? ¿Ya sabes lo que perderás?
—¿A mi hijo? ¡No! ¡Quiero a mi hijo, quiero despertar!
Su jefe juntó las manos y Fernando despertó.
— IV —
Seis años atrás Fernando despertó con su corazón agitado, sintiendo que venían tras él. A su lado dormía Lorena. Encendió la lámpara y fue a la cuna a ver su hijo. Lo tomó en sus brazos hasta sentir la respiración en su oído.
—Te quiero —dijo en palabras atropelladas. Le dio un beso en la frente y lo llevó a la cama. Le hizo un espacio entre él y su esposa, lo abrazó y se quedó dormido. A la mañana siguiente no pudo explicarle lo ocurrido a su esposa.
Hugo le ofreció la ayuda que necesitaba. Llevaba dos días de insomnio con ese miedo a peligros ocultos que tenía al salir a la calle. Pensaba que había muchos ojos sobre él. Se tranquilizaba al estar en casa con su esposa y su hijo, sólo al ver que ellos estaban bien.
Sin mucho rodeo Fernando le contó del sueño y sus miedos. Hugo le dio su apoyo y ayuda. Lo primero que hizo fue destruir toda racionalidad del sueño, explicándole que estos eran tonteras, que la mente junta todas aquellas cosas que registró el subconsciente y arma una historia creíble, que muchos detalles del sueño eran fácilmente rastreables y otros no… ¿Pero todo debía tener una explicación lógica? Le hizo la demostración: en aquel período Fernando estaba haciendo unos estudios tributarios de actualización, a los que les estaba dedicando demasiado tiempo para salir exitoso, hasta que llegó a aislarse de todo evento externo. Hasta dónde creía. Hugo lo sacó del error mostrándole un periódico de la semana anterior en el que se comentaba en gran detalle el accidente de un matrimonio por exceso de velocidad. Se salieron del camino justo antes de un puente y cayeron al agua. Sólo se encontró los cuerpos de los padres. El periódico mostraba una fotografía de la niña de trenzas y vestido floreado, estaba alegre jugando con su perro de pelaje dorado.
Al siguiente día le entregaría material que trataba el tema, incluso uno que trataba sobre como dominarlos: el olvido voluntario.
A Hugo lo conocía desde que entró en la compañía, fue después de esa ayuda que notaron algunos gustos compartidos que los hicieron amigos. Por eso Fernando le pidió ser el padrino del pequeño Tobías. Con Hugo dejaron de verse hacía unos tres años cuando ambos se cambiaron a otras empresas, en ciudades distintas. Sólo se comunicaron por correo electrónico, aunque en el último tiempo sólo lo hacía Fernando contándole los logros de Tobías.
«Un pájaro de mal agüero…», se dijo Fernando sintiendo un dolor en la boca del estómago. «Y un perro dorado». Después pensó en las muertes que él, Fernando, sería responsable. Aunque…
Estaba la posibilidad de que todo fuera mentira, otro invento de su inconsciente. Buscó su número en el celular y lo llamó solo para obtener como respuesta que no estaba disponible ese número de teléfono. «Puede ser que haya cambiado de teléfono, hace tiempo que no hablamos». Sin embargo, fuera de toda lógica decidió hacerle caso a lo que Hugo le contó en el sueño, le dijo que tuvo un accidente cuando iba a encontrarse con él, antes de salir de la ciudad y que fue internado en un hospital. Le dio el nombre del establecimiento y el de una enfermera.
Buscó el hospital en internet, se contactó con Informaciones y para cuando ubicó a la enfermera ya sentía acabar su vida. Habló con ella.
Colgó. Quedó enmudecido. Se puso de pie de un salto, creía hundirse en el sillón. Las piernas no le resistieron, cayó de rodillas y sobre la alfombra devolvió el desayuno. No le importó la mancha de vómito, ya no volvería a trabajar a esa oficina.
Era muy probable que ya no volviera a hacer nada, ni su hijo ni su esposa, si se cumplía lo dicho por Hugo en el sueño.
En este último sueño.
— V —
El último maldito sueño.
Ahora lo recordaba. Caminaba de la mano con su hijo por la ciudad desolada, bajo un cielo plomizo.
Su hijo le apretó la mano y le indicó hacia adelante donde una figura imprecisa se perdía en una esquina. Ellos la siguieron, y al doblar estaba la inmensidad del desierto. Fernando notó que su hijo no le sujetaba la mano, ya no estaba. Miró tras él y todo era desierto que se curvaba hacia el cielo y lo teñía con su color café. De pronto vio aparecer a alguien a lo lejos. Ambos caminaron al encuentro y mientras se acercaba el rostro le empezó a resultar conocido.
—Hola, Fernando
—¿Hugo? ¡Hugo! ¡Oh, que sorpresa!
Se dieron un abrazo y Fernando sintió una punzada de temor. Miró a Hugo buscando lo contrario.
—Ya lo percibes. Ahora soy un pájaro de mal agüero.
—¿Por qué?
—Porque éste sueño es como el de la niña descuartizada. Es real.
Fernando lo miró confundido invitándolo a explicarse.
—He consumido toda la energía de vida para llegar a aquí. Pero he ganado, seré eterno, seré un habitante del sueño. Es necesario que te explique. Estaremos en un lugar más cómodo.
Dicho esto, la arena bajo sus pies se tiñó de verde y creció pasto. Un prado que creció hacia los lados. Unos montículos más grandes se volvieron bancas y otros enormes, árboles. El cielo se transformó en una cúpula azul, limpia.
—Aún es muy pronto para mascotas —dijo sonriendo Hugo a un asombrado Fernando— ya aprenderé. Supongo que ya estamos más cómodos ¿No?
Que se acabara el agobiante desierto no apaciguaba los temores de Fernando. Estaba al borde del abismo esperando que Hugo lo tomara antes de caer.
—Iré directo al grano, no podemos darnos el lujo de gastar más tiempo.
Fernando sintió que Hugo lo agarraba y lo llevaba al borde del abismo solo con esa frase, presentía la profundidad del desastre.
—Cuando entraste a la compañía se te seleccionó por tus capacidades —habló Hugo—, tu sueño fue la segunda selección y no la pasaste. Aquel mal sueño fue tan real como tu culpa y miedo que sentiste al día siguiente. La niña de siete años era la hija de otro no-iniciado, un candidato a entrar a «La Sociedad» que también se rehusó hacer la cena ritual. Cuando él comprendió que «La Sociedad» iría tras él, quiso huir y no lo logró. Una cabezada de sueño en su loca carrera mientras conducía permitió que «ellos» lo atraparan y a su hija… Recordarás las noticias en los periódicos que te mostré cerca de tu pesadilla…
—¡Oh, Dios mío! Yo le hice daño a la niña… ¡la maté!
—¡Calla, Fernando! No es el momento de llorar. Tú sólo fuiste un instrumento más. No hay tiempo y no debemos perder nuestro enfoque. Lo que he venido a decirte ya lo adivinas. «Ellos» cumplirán su palabra, irán tras tu hijo.
—No… —Fernando creyó romperse.
—No perdamos el tiempo, déjame decirte a lo que vine…
—¡¿Y cómo sabes tanto?!
—Yo pertenecí a «La Sociedad».
—Entonces, tú mata…
—No es el momento Fernando. Deja que termine —dijo Hugo con un toque de molestia, Fernando asintió— Cuando me enteré de que «La Sociedad» cobraría a sus deudores, entendí que irían por tu hijo, mi ahijado que por las fotos que me enviabas también forma parte de mi vida. Un niño que desde más pequeño reconocía mi voz al teléfono y charlaba conmigo. Me hiciste demasiado partícipe de él por eso quise advertirte, llegar a ti personalmente y no pude. Un auto en sentido contrario chocó contra el mío. Lo más probable es que haya sido controlado por alguien de «La Sociedad». Agonizante llegué al hospital. Ellos me fueron a ver, dijeron que harían lo posible por salvarme, para luego destruir todo lo que me rodeaba, a todos mis seres queridos. Fui un miembro aventajado en «La Sociedad», aprendí mucho. Y lo que aprendí sirvió para que pudiera estar contigo ahora.
—¿Podremos salvar a Tobías?
Hugo miró al cielo y lentamente volvió su rostro entristecido a Fernando. Éste leyó en él la respuesta y sintió ser empujado al abismo.
—No podemos salvar la vida de Tobías, ni puedo salvar la tuya. Pero puedo tratar de hacer de él un «Habitante del Sueño». Algunas personas cuando mueren pueden ingresar a este mundo, a este plano, para despedirse de sus seres queridos; otros, muy pocos, logran quedarse. Pero yo puedo enseñarle para que se quede. Tal vez pueda llegar a ser eterno.
Fernando tenía espasmos, su cuerpo estaba adolorido como si hubiera tocado el fondo del abismo.
—¡Fernando! ¿Entiendes? ¡¿Entiendes?! …Él podría vivir aquí. Vivir.
—L-lo harías… por favor —dijo entre sollozos.
—Haré todo lo posible. Es lo menos que puedo hacer. Pero tú debes prepararlo, debes hacerlo dormir a una hora temprana de la tarde. Y aleja a tu esposa de la casa o puede tener el mismo destino.
Le dio las indicaciones para llevar a cabo el plan. Le dio indicaciones para que ese sueño no lo olvidara. Ya estaba todo dicho cuándo comenzó a sonar el despertador.
—Será un día largo —dijo Hugo—. Recuerda haz tu parte y yo haré la mía. Es lo que te debo.
— VI —
Fernando llamó a Lorena y mientras hablaba no dejó de mirar la mancha de vómito. Se sentía despreciable, una basura, un canalla que destruiría lo más sagrado que tenía. El mismo era otro tipo de vómito.
No era necesario inventar una excusa elaborada. Recordó a tiempo que Lorena iría a ver a una amiga para hacer los preparativos de su ceremonia de bodas. Harían un grupo para discutir ideas en el que Lorena con sus aptitudes artísticas se destacaría.
Lorena tenía una tienda de artesanías propias y adquiridas atendida por ella y una socia-amiga. Lo último que había hecho era un collage con telas y papeles muy coloridos que quería poner en la entrada de la casa. El marco lo había pintado como si tuviera un arreglo floral, mucho detalle en cada flor. A Fernando le tocó tomar las medidas del cuadro y debía comprar en la ferretería los tornillos especiales para colgarlo, siempre lo olvidaba.
—Tenía entendido que tenías mucho trabajo por la visita del accionista.
—Pues, no. Se decidió darle otro recorrido, resumir unos estados financieros, por lo que mi trabajo es menor… lo fue. Ya lo terminé y por eso te digo que quiero pasarlo con Tobías. Él ya está mejor y de seguro le gustará salir conmigo que estar encerrado con mujeres neuróticas.
—¡Oyeee!… Eso no te lo perdono ya vas a ver… Y volviendo a Tobías creo que a él le gustará salir contigo, pero noto tu voz rara ¿cómo estás?
—En el camino hacia el trabajo pasé a comprar un desayuno en un local de comida rápida y me cayó mal al estómago, tengo ganas de vomitar.
—Entonces, no tienes ánimo… para qué salir.
—Uff… No. No te preocupes, un par de tazas de té y se me pasa.
—¿Seguro?
—Sí, no te preocupes.
—Bueno, ¿A qué hora vienes por Tobías?
—En dos horas más.
—Entonces tendrás que ir al «grupo de las mujeres neuróticas», yo ya estoy por salir para allá.
Terminaron de hablar y Fernando volvió a vomitar, esta vez en el papelero. No se sentía para nada bien.
— VII —
—No, mi amor. No te ves bien. Por qué no te vas a casa y mañana salimos los tres…
—No. Si me hubieses visto hace unas horas verías el cambio. Ahora se me está pasando.
Estaban en el jardín, Tobías esperaba a Fernando al lado de la puerta del auto jugando con un muñeco hecho por Lorena.
—Bueno, pero no te exijas mucho, si sigues mal ve a casa.
—Te amo, Lorena. No sabes lo feliz que me haces… —se dio cuenta que nunca más tocaría ese cuerpo, no estaría en ella ni en sus besos. Se sintió peor por pensar en esas cosas y no el destino de su hijo.
—¿Qué te pasa?
—Nada, ¿no puedo decir que te amo? —dijo sacando una sonrisa con mucho esfuerzo.
—Ooh… —Lorena lo abrazó y se dieron un largo beso en la boca. — Ya anda. Tobías ya se quiere ir, quiere ver al perro. Te salió competencia —terminó diciendo con una risita.
Fernando dejó a Tobías en su silla en la parte trasera del auto y le entregó una bebida.
—¡Este vaso es nuevo…! —gritó Tobías mirando los dibujos que adornaban el vaso y la bombilla en espiral— ¡Gracias, Papá!
Fue un golpe para Fernando. Se contuvo de manifestar una reacción. Estaba destruido. Tenía un dolor en el estómago, estaba tenso. Cuando hablaba con Lorena y mirando por el espejo retrovisor a su hijo se asomaba la culpa y le daban ganas de explotar en llanto.
Fueron a un patio de juegos y una hora después, luego de muchas peticiones para ir a ver al perro, Tobías no tenía energía y le pidió dormir. Fernando lo acomodó en su silla en el auto.
—Está todo listo Hugo, comienza tu turno. Sálvalo, por favor.
Antes de poner en marcha el auto botó el vaso en un basurero. Al salir del trabajo fue directo donde un amigo médico, más bien un simple conocido con el que a veces interactuaba, por una receta para comprar narcóticos. No tuvo problemas, solo hacer promesas de un posible encuentro, cenas con sus respectivas esposas. En la farmacia encontró bebidas y el vaso que le gustó a Tobías.
—VIII—
Llegó al condominio cerca de las nueve de la noche y le pareció verlo más grande que siempre, lo vio como una gran boca y pensó «Te abalanzas sobre mi como una ola de concreto. Ya estoy aquí, cómeme». Recordó la impresión que tuvo al ver al perro devorando al ratón.
Estacionó frente a su casa, al bajar del auto sus piernas eran lanas que sostenían apenas su cuerpo cansado. Abrió la puerta de su hogar, encendió la luz. Escuchó un gruñido desde el interior. Volvió por su hijo que dormía con una respiración pausada. Lo cargó hasta entrar en el pasillo y con el pie cerró la puerta. Se vio reflejado en el espejo colgado en el muro de la entrada, recordó que su esposa quería cambiarlo por el cuadro artesanal, se lamentó no haber puestos los tornillos para el cuadro.
A Lorena la había llamado y dicho que estaría donde un colega un rato, para aclarar algo del informe financiero que estaban haciendo, que más tarde iría por ella, que no se preocupara por Tobías, que estaba jugando feliz con los hijos del colega. Ahora su hijo dormía con una respiración liviana. Deseaba en ese rato que Hugo le hubiese enseñado los pasos necesarios a su hijo.
Fernando siempre vio a su hijo como un niño muy inteligente, «Heredero de los mejores genes que tenemos», le había dicho alguna vez a su esposa. Sabía que lo lograría.
Dejó a Tobías en el sillón, le dio un beso en la frente. Iba a llorar y el perro lo devolvió a la realidad, estaba a su lado gruñendo.
—¿Tus amos no llegan?
El perro le devolvió un ladrido, justo tocaron el timbre de la puerta.
Era su antiguo jefe, a su lado el profesor del sueño, tras él la secretaria que sonreía como poseída, un poco más allá un tipo atlético y alrededor sus vecinos.
—¿Ustedes que hacen aquí? —dijo a todos, haciéndose el sorprendido.
—No te hemos dejado. Hemos estado presente en cada decisión de tu vida —dijo su antiguo jefe, parecía repetir una frase de un mal folletín—. Deseábamos verte satisfecho. Feliz con tu familia, con tu trabajo y tu casa. Nosotros hicimos que llegaras aquí, nosotros te mantenemos en tu trabajo. A nosotros nos debes tu felicidad, pero sobre todo a nosotros nos DEBES. Ha llegado el momento de pagar.
—¡Oh, Dios! No permitas que mi hijo sufra… Dios…
—No se preocupe —dijo el profesor—, usted verá morir a su hijo. Y nos puede decir si se nos pasa la mano…
La mujer, la secretaria, dio su irreal risa lunática. Para Fernando todo se desmoronó.
—IX—
Un poco más de dos meses han pasado, tiempo que para Lorena todavía es insuficiente. El dolor de perder a su hijo y marido aún está en su interior sin poder asimilarlo. Tiene la secreta esperanza que aparecerán, no sus cuerpos si no que ellos con vida. Para ella eso trataron de decirle su esposo y su hijo en el sueño que tuvo el día posterior al accidente. La paz que poseía el sueño, la tranquilidad que proyectaba encendió en su mente una idea: «¿No será que están vivos?».
El sueño diluyó lo terrible que fue ver como sacaban del río el vehículo de su esposo. Los cuerpos no se encontraron allí y no aparecieron en los catorce días de búsqueda que duró el operativo.
Todo influía para que se hiciera preguntas que mantenían en pie lo ilógico de sus muertes y de lo que las rodeaba: ¿Qué hacía en esa ruta su marido? ¿Qué fue lo que le pasó realmente ese día? Y en el sueño su marido le había pedido disculpas y le había dicho que era la única manera de salvar a su hijo. ¿Salvarlo de qué?
No quiso hacerle mucho caso al sueño. Su marido por mucho tiempo había dicho que las imágenes de los sueños eran cosas que el subconsciente procesaba de otra manera, dando importancia a sucesos que a veces no la requerían. Citó libros, incluso. Y allí nacía otra arista: la muerte de Hugo en un hospital, el día anterior a la de Tobías y Fernando.
Y, también, recordaba el pájaro de mal agüero de aquella semana del accidente, el gorrión de cerámica que a Fernando se le ocurrió llamar Sicotrompo. Ella inmediatamente lo asoció ese día al Psicopompo, aves de mitología que, según recordaba, estaban encargadas de llevar las almas al reino de la muerte.
Anoche volvió a soñar con su marido e hijo. A Fernando lo vio sombrío, a su hijo tranquilo. «¿Que habrá querido decirle?»
Se dijo que soñó con ellos porque era la primera noche que dormía lejos de la casa que habitaron juntos. La había vendido y volvió donde sus padres. La primera noche lejos del espacio que cobijó la vida de ellos, donde estaba la mayor parte de los recuerdos.
Estaba acostada, se dio vuelta a la pared y se dijo: «Ahora estarán sólo en mi corazón». Lloró.
Ese día no se levantó.
—X—
Lorena tardó en rearmar su vida, para ello con más ahínco en la artesanía y la pintura. Las pinturas algo sombrías se movieron en ciertos circuitos y fueron bien pagadas. En la artesanía se dedicó a crear juguetes. Quería hacer feliz a muchos niños como lo era Tobías con lo que ella le hacía. No se volvió a casar, no quería volver a ser madre para tener que pasar por lo mismo otra vez. Sin embargo, cuando sus pérdidas quedaron doce años atrás, volvió a tener una pareja, es el dueño de una galería que confió en ella. Aunque a ella le cuesta proyectarse al siguiente nivel, siente que de alguna manera traicionaría el recuerdo de Fernando.
Esta noche el galerista le pidió compromiso y ella lo rechazó de manera diplomática. Sola a oscuras en su cama pensó en lo que había hecho hasta que las divagaciones la sumergieron en el sueño.
— XI —
En el sueño caminaba en medio de un parque, frente a ella una persona se le acercaba a paso lento. La manera de caminar le pareció conocida, era Fernando joven. Al observarlo mejor vio unos rasgos de ella en el muchacho.
—¿Hijo? ¿Tobías?
El muchacho le dedicó una gran sonrisa y le dio un fuerte abrazo.
—Mamá, me reconociste.
Lorena aceptó el abrazo, recibió energía, euforia, aceleró su corazón. El cielo azul se puso multicolor. Ella con un toque de preocupación preguntó:
—¿Es un sueño?
—Lo es. Pero no como cualquiera, este es un sueño especial.
—Pero al despertar tal vez no te recuerde —dijo ella triste—, o tal vez lo haga y tu recuerdo reabrirá las heridas que me dejó tu partida temprana.
—Será bueno que lo recuerdes, sobre todo por lo que te contaré.
Las palabras tenían una fuerza desconocida que no se encontraba en el día a día. Ella entendió que el muchacho tenía que decir muchas cosas.
—Primero, quiero hacerte feliz, que sepas que aquí he vivido feliz. Mientras los niños al otro lado juegan con plasticina yo aquí jugaba con energía que manipulaba a mi antojo. Este parque lo hice yo…
Ella tocó las bancas, el pasto. Mirando todo a su alrededor, pensando que así eran los sueños con historias y cosas difíciles de creer.
—…He tenido una infancia como otros niños, (He jugado con niños que pasaron por aquí o se quedaron.) He ido a la escuela, he estudiado y me he preparado para hacer este mundo mejor –cambió el tono de voz para decir—. Ahora viene lo más importante, Mamá. Te lo debo decir ahora, porque es desde ahora que necesito de tu ayuda. Hay gente malvada que está provocando que se destruya el balance. Ellos ocupan este lugar para fines corruptos, destruyen el avatar de sus enemigos para matarlos, consumen energía de aquí como si fuera el elixir de la juventud.
Lorena lo escuchaba pensando que era sólo su mente que creaba una historia sorprendente e inquietante. Creyendo que era sólo su mente creando escenarios ficticios.
—Mamá créeme esto es verdad.
Durante la conversación en ella iba despertando una antigua llama. Su amor materno se levantaba a cada caricia de la palabra: «Mamá».
—¿Qué puedo hacer yo? —aunque no lo creyera no quería que acabara el sueño, no quería separarse del muchacho que tenía esa energía y que decía ser su hijo—. No sé qué puedo hacer.
—Ya lo sabrás, Mamá.
Los ojos del muchacho y su rostro imploraban la necesidad de ser escuchado. En ella apareció una ternura su instinto le decía que sí era su hijo, que no era un sueño cualquiera. Tenía que escuchar.
—Todo el mundo puede ser «Habitante del Sueño», pero pocos sin preparación pueden quedarse aquí, sin ser consumidos por su propia energía. Pocos pueden manipular este lugar y tú lo has hecho, Mamá.
—¿Yo?
—La gente malvada de la que hablo nos mató a mi padrino, a mi papá y a mí. En cierta manera yo no morí, simplemente crucé hasta aquí y me quedé gracias a mi padrino quien me enseñó a habitar este lugar. Mi padre llegó porque muerto podía pasar por aquí, debería haberse ido, desvanecido para seguir su ruta mortuoria, pero tu deseo, mamá, tu esperanza de que viviera lo dejó aquí.
—¿Fernando? ¿Dónde está?
—No sabe que estoy hablando contigo. Él piensa que no era merecedor del regalo que le diste, siempre se ha sentido culpable de destruir tu vida y la mía… y cuando vio que no rehacías la tuya se alejó en un auto exilio. Me es difícil saber dónde está en este mundo donde existen mucho más que tres dimensiones y el tiempo es demasiado relativo. También en eso necesito de tu ayuda, necesito que me ayudes a encontrarlo.
En eso Tobías miró al cielo, ella le imitó. Un pájaro caía suavemente en espiral hasta que llegó a la mano de Tobías y se petrificó. Era un gorrión de cuatro ojos con un papel enrollado en su pata. Su hijo sacó el papel y lo leyó.
Lorena le creía, como se cree la lógica de los sueños o la falta de ella. Por lo que trató de entender el trasfondo de todo, era demasiado en ese momento. Se lo hizo saber a Tobías y le preguntó qué leyó en el papel.
—Tenemos muchos sueños para hablar —dijo Tobías pasándole el papel—. Muchas noches para seguir tu preparación. Sólo quiero decirte que todo arte está hecho con trozos de sueño, y cuando dos o más personas miran una obra de arte sus mentes aumentan los límites de este mundo. Sigue con tu arte, mamá, eso también me ayuda. Me debo ir, no quiero que sepan que he hablado contigo.
Tobías le dio un abrazo a su madre y se marchó. Lorena sola en el parque miró el papel, allí leyó «MONSTRUOS». Luego las letras se apegaron y agrandaron creando un rectángulo. En su interior Lorena vio una jauría, perros negros con ojos rojos. Se despertó asustada.
Sintiendo la agitación de su interior fue a la cocina y se sirvió un jugo de frutas para tranquilizarse. Mientras bebía recordó cada una de las palabras de su hijo y a los minutos estaba en su estudio pintando.-