
Castaño: un atardecer más
Pequeño glosario.
- Cloche: embrague de un automóvil. Proviene del francés y se usa habitualmente en República Dominicana.
- Chamaquito / carajito: niño o muchacho. Carajito es más coloquial y puede tener un matiz más brusco, según el contexto.
- Mijo: contracción de «mi hijo», usada como trato cariñoso incluso con personas que no son hijos propios.
- Chequear una vaina: revisar una cosa o un asunto. Vaina es una palabra muy flexible que puede significar «cosa», «asunto» o «situación».
- No te apures: no te preocupes; no hay necesidad de apresurarse.
- Sácale el cuerpo: evita el tema o esquiva una situación incómoda.
- Pescao: pronunciación coloquial de «pescado». En «yo siempre fui un pescao»
- Armao: pronunciación coloquial de «armado». En «un mulato armao, con problemas de ira», describe a un hombre armado y violento.
- Enriquillo: es una novela histórica dominicana escrita por Manuel de Jesús Galván y publicada entre 1879 y 1882.
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“La figura moral de Judas es un misterio sordo, sin ecos, tan profundo como el silencio de los siglos y tan amargo como su triste sombra de condenado para la eternidad.” Juan Bosch
Era apenas media tarde. Estábamos en el agua como siempre… En otra vida, quizás hubiéramos sido peces.
Las olas de repente se engrandecían. Era divertido, aunque esa parte de la costa siempre estuviese cerrada. Un grupo de amigos grandes, muchas risas y…
—¿Miguel? ¿Alguien ha visto a Miguel? René, ¿Tú estabas con él, cierto?
—Tranquilo, Elías, seguramente esté buceando… ¡Oigan! —Exclamó René hacia el grupo que se reunía en la playa.
—¿Qué pasó, René?
—¿Esas gafas, las amarillas son de Miguel cierto?
—¿Alguien ha visto a Miguel?
—No, estaba con… René. Elías, es una gran ola, ¡Tengan cuidado…!
Como si fueran de plástico, las sábanas me asfixiaban otra vez.
Era el mismo sueño de siempre, uno que jamás podía cambiar. Miré mis manos temblorosas y entonces noté la ventana.
El invierno se había ido y era verano nuevamente. Las estaciones cambian de un día para otro, pensé, sin darme cuenta de que quien no había cambiado era yo.
—¡Elías! ¡Levántate a desayunar, papito!
Mi madre entró a la habitación con esa expresión en su rostro, entre lástima y preocupación.
—¿De nuevo? Mi amor, desayuna algo, así tendrás fuerzas para la fiesta.
—¿Fiesta?
—¡No me vayas a decir que se te olvidó!
—No, ma, es… el aniversario del tío Randy. Sal, ya me pongo algo de ropa.
—Y pensar que ya se retiró, ¿Porque no intentas ser salva vidas como él?
—Mamá, ¡por favor ya sal!
El viento que entraba por la ventana del auto se sentía suave, casi como un susurro; casi hasta podía oler la sal de la costa en él. Había pasado toda mi vida en este lugar, sin pensar realmente en lo que quería. ¿Solo mirar el paisaje? ¿Adónde se fueron mis ambiciones?
Creo que me dormí en el auto; Era la única explicación para la oscuridad que me rodeaba. Aunque escuchaba voces a lo lejos… No, son solo carcajadas.
Mis amigos y yo. Es el bar de siempre, donde nos juntábamos todos. Mientras ellos reían, yo solo podía observar; ni siquiera podía decir una palabra. Mientras ellos parecían haberlo superado, yo seguía viendo a Miguel en los reflejos.
Sentado, mirándome fijamente con esa sonrisa que nadie me ha podido dar.
Desperté otra vez. La música típica sonaba a todo volumen en la pequeña finca a la que habíamos llegado.
Los perros ladraban como siempre y el mar, que siempre me acecha, estaba ahí presente, levantando sus grandes olas contra la costa.
Me uní brevemente a la fiesta. La música alta me causaba dolor de cabeza. Saludé al tío y a sus familiares. No podían creer que yo hubiera crecido tanto. Ni siquiera sé por qué me desagrada tanto la atención.
En esa finca tengo mi lugarcito. Cuando era un chamaquito, venía a ver el mar desde la ventana del ático. Pensar que hace tiempo necesitaba ayuda para bajar la puertecita; ahora, solo estirando la mano, puedo hacerlo.
Subí y el lugar estaba bastante viejo. Lleno de reliquias, como siempre. Me apoyé en la ventana, suspirando contra el cristal, con el mar a lo lejos. Si me quedaba mucho tiempo mirándolo, siempre aparecía eso.
La viva imagen de Miguel invitándome al agua.
Evité, por supuesto, seguir mirando. El mar ya no era mi amigo como antes. Abrí la ventana y el aire corrió dentro, levantando la tapa de uno de los libros apilados.
No fue difícil verlo. El recuerdo cayó como un rayo en mi cabeza: era la firma de Miguel.
Al menos aquella firma, que una vez quiso hacer pasar por suya, me trajo recuerdos, aunque bastó una sensación de nostalgia para que el dolor volviera. Incluso en quinto grado se atrevía a surcar las olas. Hecho para el mar, decían los viejos… Hecho para el mar.
En aquel libro, Enriquillo, su firma se veía desgastada, al igual que aquellos bordes carcomidos. Un libro sobre la esperanza, escondido en un sitio tan viejo, y yo sin esperar nada. Entre las páginas encontré un viejo marcador… Parte de él se había reblandecido. Ya no se leía lo que decía, pero en una esquina una palabra había sobrevivido… «Castaño». Lo había olvidado. Tanto tiempo pensando en él y en todo lo que pasó, y ni siquiera recordaba algo tan simple como su apodo.
Me levanté apresurado y descuidado. Una de las cajas apiladas se volcó, haciendo ruido y levantando polvo que no tardó en comenzar a filtrarse por la ventana abierta. Me acerqué y volteé la caja. Una vieja cámara había caído de ella; De alguna forma, me pareció extrañamente conocida.
La tomé en la mano y cerré la ventana, dándole un vistazo final al libro que dejé abierto en aquella pila. Unas gotas de agua golpearon el cristal y, con ellas, una nube de preocupaciones tapó el día.
—¿Tío? ¡Tío!
—¿Elías? ¿Qué pasó? ¿De dónde tú sacaste eso? Hacía años que no la veía.
—Ah… Tío, estaba en el ático.
—Así que ahí la había dejado. De vez en cuando debería revisar ese ático.
—Una pregunta, tío… No recuerdo esta cámara, pero tengo la sensación…
—Es normal, eras un chamaquito cuando tú y Miguel venían a jugar con la cámara.
—¿Miguel y yo?
—Sí, aún recuerdo esa cabellera marrón…
—Castaño —susurré.
—¿Qué?
—Castaño, tío. Su pelo era castaño.
—E-es lo mismo, Elías. En fin, ¿y qué tú querías?
—Ah, quería saber si tenías un cargador.
—En el estuche, al final del clóset, hay cargadores, mijo, pero no te entretengas mucho, muchacho, que es una fiesta y algunos de los chicos del barrio andan por ahí.
—Dale, tío. Ya vengo en un rato, solo quiero chequear una vaina.
No sé por qué, pero sentía el corazón bombear con fuerza, o quizá fuera esa sórdida música que hacía vibrar incluso mis nervios. Entré por el pasillo hacia las escaleras. Esta finca es tan vieja que la madera se ve corroída. La música se oía cada vez menos, incluso cerca de la cocina.
Ahí estaba mi querida abuela, moviendo su cucharón, con su delantal azul y el cabello bajo una redecilla. Solo me detuve a observarla un momento y a sentir un poco el calor del fogón, una sensación tan incómoda como nostálgica. Ella me vio.
—Elías, ¿vas al cuarto del tío?
—Sí… ¿Cómo?
—Sé que él estuvo buscando esa cámara por un tiempo… Espero que halles lo que quieres, mijo.
—Gracias, abuela.
—¿Un cafecito?
—Más tarde, quizá. Disfruta de la fiesta, abue…
Las escaleras crujían bajo mis pies con cada pisada, haciendo que me apoyara en la pared desgastada. Al entrar a la habitación, percibí el olor de siempre: una mezcla de ropa vieja y desinfectante.
Paseé un momento por la habitación, mirando la colección de libros de mi tío. Había crecido en comparación con hacía años.
—Cuando uno e’ un carajito, no se da cuenta.
Desde la ventana podía ver la fiesta: mucha gente desconocida y algunos amigos con quienes incluso mirarse resultaba incómodo. Saqué el cargador del estuche y conecté la cámara.
Me senté en el suelo de madera, que crujió y se deformó apenas, y empecé a revisar los indicadores de batería. Pasaron un par de minutos. Sin poder esperar más, presioné el botón de encendido y esperé.
Era lenta, pero encendió y un video comenzó a reproducirse al instante.
—Espérate, Castaño, sube a esa piedra.
—¿Se ve el mar?
—¡Se ve tremendo!
—Elías, creo que amo el mar.
—¿En serio? ¡Yo también lo amo, Castaño! Supongo que el viejo Thomas sería tan sorprendente como tú.
—No, Elías, el viejo Thomas era un barbudo. A mí todavía me queda tiempo para eso.
—¿Entonces por qué no ser como el tío y salvar vidas?
—Oh eso también sería genial.
Ambos reíamos, jugando en el patio como dos carajitos sin consecuencias. Me pregunto si habrá sido el último video que grabamos.
Al revisar la memoria, descubrí que la mayoría de los archivos se habían dañado. Algunos habían sobrevivido, aunque eran de baja calidad.
—Castaño, tengo que irme de nuevo.
—No te vayas todavía, Elías, que aún me quedan unos días antes de irme otra vez.
—Nos vemos el verano que viene, Miguel. Acuérdate de que por fin nos van a dejar ir a la playa solos.
La cámara seguía grabando el océano mientras nuestras voces se alejaban. Pensé que el video había llegado a su fin y que la imagen estática era solo un error, pero el viento seguía corriendo. Incluso después de varios minutos, alguien parecía respirar agitadamente cerca de la cámara.
—Ah, esta vaina se trabó otra vez. El tío de Elías se va a poner bravo.
«Miguel volvió… ¿No recuerdo eso?», pensé. La cámara aún no se movía, pero era su respiración.
—Realmente quería ver un atardecer más con Elías…
La grabación se cortó de repente.
Mis manos se tensaron y algunas lágrimas rodaron por mi rostro. Me mordí el labio, casi hasta hacerlo sangrar.
—¿Ese era Miguel?
—Abue… —Mi voz apenas me salía.
—Dios mío, ¡cuánto tiempo tenía sin escuchar su voz! No me acordaba de que fuera tan dulce…
—Perdón, abue. Bajo ahora mismito, no te apures.
—Está bien, mi hijo. Tú puedes llorar delante de tu abuela.
—¿P-puedo?
—¡Claro que sí! ¿Y quién fue que te dijo que tú no podías?
—Y-yo no pude salvarlo, abue… Yo no pude…
Hacía tiempo que no lloraba tanto. Como un bebé que se cae después de dar sus primeros pasos, dejé que todo saliera sin pensarlo.
—Aunque tú no pudieras salvarlo, Miguel siempre fue un buen muchacho. Tú también lo eres, así que no te me preocupes, Elías… Ustedes se van a encontrar en el cielo para jugar otra vez, como cuando eran muchachitos.
—¡P-pa-pa!
—¿Qué? ¿Eso fue Miguel? Pero si su papá había fallecido…
—Eso seguro es un fallo de la grabación. No le hagas caso a eso, mi hijo.
—Pero, abue…
Ella parecía nerviosa. Sin pensarlo dos veces, me arrancó la cámara de las manos y la guardó en el estuche.
—Elías, ven, vamos a tomarnos un cafecito aquí con tu abuela. Te voy a enseñar a rezar el rosario otra vez, ¿sí?
—¡Es-está bien!
Un rato después, estaba sentado en una esquina de la cocina, mirando las llamas del fogón bailar sobre las brasas. Mi abuela parecía encorvarse sobre su propia espalda mientras movía el cucharón sin mucho cuidado.
—¡Abue, tu café es el mejor del mundo!
—¡Pero mira a este muchacho! ¡No me vengas con eso!
—Tú deberías poner tu propio cafecito.
—Ya estoy muy vieja para meterme en eso.
La verdad es que le creo, aunque no exagero: su café es el mejor que he probado. Mi abuela cuidó del abuelo por más de veinte años y, después, de mi tío y de Miguel.
—Abue, ¿tú te acuerdas de que cuando yo estaba más chiquito nos dijeron que Miguel había perdido a su papá? ¿Eso era verdad?
—Claro… Este país no era tan seguro antes. Y aunque le digan Quisqueya, esta isla sigue dividida.
—Sí, él era militar… Entonces, ¿por qué?
—¿Por qué qué?
Casi vuelvo a preguntarle por aquellas palabras que se escuchaban al final del audio, pero algo me decía que mi abuela iba a sacarle el cuerpo a la pregunta.
—¿Por qué fue que su mamá lo dejó aquí?
—¿C-cómo tú sabes eso, Elías? —Se le puso el rostro tenso mientras miraba para todos lados en la cocina.
—Se lo escuché decir a mi mamá una vez. ¿De verdad fue ella quien lo hizo?
—Acuérdate de que Miguel vino a estudiar. Su mamá no podía cuidarlo por el trabajo, así que me pidió que la ayudara.
—Yo creía que tú estabas cuidando al abuelo para esos tiempos.
—Elías, ese es un tema muy delicado. Vamos a dejarlo hasta ahí, ¿sí? Tu abuela no se siente muy bien ahora mismo. Ve a saludar a los muchachos.
—Ah, perdóname, abue. Voy a dejar la taza aquí. El café estaba buenísimo como siempre.
Mi corazón latió con fuerza durante unos segundos mientras cruzaba la sala y atravesaba la fiesta. Me acerqué a mi padre, que ya estaba borracho, y le arrebaté las llaves sin pensarlo.
Estaba lloviendo, lloviendo fuerte, pero lo único que me importaba era llegar al auto.
Abrí la puerta y me refugié dentro. El frío me carcomía las extremidades. Encendí la calefacción y comencé a mirar hacia afuera. Ya no se escuchaba la música.
Miré hacia un lado y presioné el botón de la radio. Una emisora estaba dando el pronóstico del tiempo.
—En otras noticias, se espera un fuerte oleaje debido a los remanentes de Olga, que todavía hoy están causando desastres en gran parte del país. Como comentábamos…
Cambié de emisora lentamente. Jazz, pop, rock… Nada me interesaba.
De repente, una guitarra acústica se apoderó de mis oídos. Era lenta, desesperante, pero sentía que estaba sincronizada con lo que llevaba dentro.
Una voz profunda comenzó a hablarme y las lágrimas volvieron a caer.
Una vez conocí a un hombre,
aquel hombre era todo lo que quería ser.
Un día cayó por la borda; al día siguiente se levantó,
como si decidiera su muerte, como si avistara el chapuzón.
Aun tuerto, desafió las bravas olas sin temor,
con ron y las cuerdas desafinadas de una vieja canción.
Aquel hombre tuerto murió de viejo, aún comiéndose al mundo;
su relato no se perdió, quizá todavía vive hoy.
—Ah, ese viejo barbudo… Thomas. Tenía años que no escuchaba esa canción. Hoy estoy muy llorón.
Incluso después de que terminó la canción, me reí brevemente, hasta soltar una carcajada. De repente, alguien tocó el cristal del lado del pasajero.
—E-eh… ¿Quién?
—Elías, ábreme, ¿sí?
—¿Tío?
Quité el seguro casi de inmediato. Vi cómo el paraguas de mi tío se doblaba por el viento. Entró entumecido por el frío, dejó el paraguas afuera y puso sus manos enrojecidas frente a la calefacción mientras me miraba con dudas una y otra vez.
«No habrá venido a regañarme, ¿verdad?», pensé mientras apretaba el volante.
Después de unos minutos, finalmente se acomodó en el asiento y suspiró profundamente, mirando hacia el parabrisas.
—Tú sabes que a Miguel le gustaba mucho este lugar, ¿verdad?
—Lo sé. A mí también, pero aun así…
—¿Aun así qué?
—No logro entenderlo.
—Nadie puede entender ese tipo de decisiones, aunque creo que tú ya te haces una idea.
—¿La abue te contó?
—Mencionó la grabación… Yo llevaba años buscándola. Nunca pensé que iba a estar escondida justo encima de mi cabeza. Ni siquiera se me ocurrió buscar ahí.
—Solo tuve suerte…
Mi tío suspiró de nuevo, esta vez apretando los puños, como si tuviera miedo.
—No sé ni cómo decirte esto, Elías. Miguel… era mi hijo.
Sentí como si un aluvión de emociones me abandonara el cuerpo. Podía sentir cada litro de sangre recorriendo mis venas y calentándome las extremidades. Nunca me había sentido tan extraño en mi vida.
—¿Y por qué me lo dice ahora?
—Pensé que merecías saberlo, aunque sea tú… ya que fue culpa mía que perdieras a tu mejor amigo.
—¿Culpa suya? Tío, ¿a qué usted se refiere?
Un ardor se apoderó de mi garganta. No podía creer lo que estaba escuchando. Aunque ya lo había pensado, jamás llegué a imaginar que esas palabras saldrían de su propia boca.
—Yo no supe aceptar sus esfuerzos.
Me levanté apenas del asiento y, sin pensarlo, extendí el brazo. No sabía lo que estaba haciendo, pero lo golpeé tan fuerte que mis nudillos sonaron como si se hubieran roto.
—¡Por favor, cálmate, Elías!
—Yo… yo lo siento, tío. No quise…
—Está bien. Yo sé que merezco más que eso.
—No debí hacerlo. No pensé… Lo siento.
—No te apures, no te apures. Tú apenas eres un carajito. Debí haberte hablado de esto hace tiempo.
—¿De Miguel?
—De todo… La verdad, ¿tú me puedes pasar unas servilletas?
—Hmm, sí. ¿Dónde están las…? Ah.
—Sí, en la guantera siempre hay. Cuando yo era joven, la nariz me sangraba a cada rato.
—Por eso le negaron el curso de buceo.
—Así que todavía te acuerdas de eso… Logré ser rescatista a pesar de todo, así que, cuando murió el papá de Miguel, supe que había llegado mi momento de apoyarlo.
—Por eso el sueño de Miguel… Él quería ser como usted.
—¿Y cómo se supone que yo iba a llenar la sombra de un hombre si apenas era un niño? Yo no supe reconocer sus logros.
—Usted intentó protegerlo y, al final, lo asesinó…
Mis puños se habían apretado tanto que ya me sangraban. Tenía los dientes rechinando, pero, de alguna manera, empecé a sentirme tranquilo.
—¿Y por qué no dijo simplemente que era su hijo?
—Cualquier cosa que te diga va a sonar a mentira… hasta la verdad.
—Pues inténtelo.
—No quiero que tú cargues con eso.
—¡Inténtelo!
Mi voz resonó dentro del auto, casi ensordeciendo el estruendo de la lluvia que golpeaba con fuerza la carrocería.
—Su padre… Incluso después de tantos años, su recuerdo seguía ahí: un mulato armao, con problemas de ira. ¡Coño, le dañó la vida al pobre muchacho!
—¿Y eso qué tiene que ver, tío?
—Yo siempre fui un pescao, Elías. Un salvavidas, no el padre de un niño criado por un asesino… Al menos, eso era lo que yo pensaba.
—Usted no se lo merecía.
—Aun así, era mi hijo. Yo debí… Lo siento, Elías. Lo siento.
Así como había llegado, mi tío se fue bajo la lluvia, dejando su paraguas negro y doblado en el suelo. Recuerdo la frustración que sentí y el dolor en la frente por los golpes que me había dado.
Suspiré profundamente y miré a lo lejos por el parabrisas. La lluvia caía con fuerza y la fiesta seguía igual de animada. Lo único que me calmaba era la radio, pero tenía tantos pensamientos en la cabeza que ni siquiera podía escucharla.
Tomé la palanca de cambios y puse la primera marcha casi sin pensar. Entonces, poco a poco, solté el cloche y el auto avanzó, apenas lo suficiente para salir del patio sin hacer mucho ruido.
«Tal vez se dieron cuenta», pensé mientras algo me carcomía por dentro. Golpeé varias veces el volante con violencia y aceleré. No sabía adónde iba, aunque tampoco había otro lugar al que quisiera ir.
Unos minutos después, lo vi a lo lejos, en la playa. Me miraba sonriendo, como si jamás se hubiera ido de mi lado. El oleaje era brusco, pero aun así él flotaba y me saludaba con la mano.
Abrí la ventana, dejando entrar el aguacero, y saqué la cabeza para gritarle:
—¡No te mueras, por favor, Miguel! ¡Aguanta, coño!
No escuchaba mis desesperados intentos por salvarlo. Aun así, seguí gritando hasta dejar el carro en la arena y acercarme a una playa tan furiosa que parecía querer llevárselo todo.
El oleaje me golpeó de frente. Ni siquiera pude reaccionar. Miguel no estaba por ninguna parte y unos rayos de luz anaranjada parecían atravesar las enormes nubes negras del horizonte.
—¡Miguel! —grité desesperado, casi como si me estuvieran arrancando las cuerdas vocales.
Las olas violentas y la lluvia ahogaban cualquier sonido, pero, aunque el agua me cubría los tobillos y la arena se deslizaba bajo mis pies, no podía rendirme.
—¿Dónde tú estás, Miguel? ¡No me dejes aquí!
—Sé que fui injusto, sé que no te escuché. Perdóname.
—No me dejes solo aquí, por favor. No me dejes sin ti.
Cerré los ojos y comencé a rezar como mi abue me había enseñado. Tenía las rodillas hincadas en la arena y sentía el pequeño roce que me calentaba la piel, mientras la arena corría a mi alrededor. El agua que antes me envolvía y parecía ahogarme había desaparecido. Incluso el oleaje.
Por un momento, me sentí en paz.
—Supongo que Dios me escuchó…
Abrí los ojos lentamente. Las gotas de lluvia todavía me golpeaban los párpados y algo delante de mí parecía alzarse con fuerza.
Era una sombra oscura, incluso más alta que yo.
—O tal vez no. Ya no importa.
Abrí los brazos y cerré los ojos mientras una enorme ola se preparaba para destrozarme a escasos centímetros.
Ni siquiera sentí el impacto. Solo sé que di varias vueltas bajo el agua, como si quisieran arrancarme las extremidades. El agua del mar entraba por mi boca sin control. Aunque era buen nadador, nunca había tenido tan claro que era imposible salir de allí.
Pasaron minutos de agonía en aquel lugar oscuro y caótico. Cuando pensé que finalmente perdería el conocimiento, llegué a un sitio tranquilo.
Las olas apenas se movían, tan calmadas que podía ver el fondo. Allí, algo brillante destacaba. Me acerqué, movido por la curiosidad, y lo tomé entre las manos.
Eran unas gafas de buceo, amarillas, como las de Miguel.
«¿Adónde fuiste? Ya no las necesitabas, ¿verdad?», pensé.
El fondo se volvió cada vez más oscuro. Ya no me quedaba aire en los pulmones.
Me aferré con fuerza al fondo marino y cerré los ojos por última vez.
De repente, sentí una mano que me empujó con fuerza por la espalda, impulsándome hacia la superficie. No sabía cómo explicar aquella fuerza, hasta que sentí mis propios brazos nadando desesperadamente hacia arriba.
Quería vivir. Estaba desesperado por hacerlo.
El agua no era tan pacífica como había creído. Las corrientes me golpeaban y, apenas logré salir a la superficie, otra ola me embistió, como aquel día en que Miguel desapareció para siempre.
«Las gafas», pensé.
Las busqué por todo mi cuerpo, pero no estaban allí. Por más que lo intentaba, las olas parecían tragarme cada vez más.
Levanté las manos por encima del agua y grité con todas mis fuerzas:
—¡Lo siento, Miguel! ¡Quiero vivir!
—¡Por ti, por los otros! ¡No voy a ir contigo, te lo juro! ¡Voy a vivir!
Incluso antes de desmayarme, desafié al cielo, mirándolo como si me debiera mucho más de lo que podía expresar con aquella lluvia de verano, delirante e interminable.
A lo lejos, escuché un carro y una voz que me gritaba algo.
—¡No te mueras, por favor, Miguel! ¡Aguanta, coño!
No sé cómo, pero desperté en la playa mientras alguien me presionaba el pecho con fuerza. Llevaba camisa y pantalones finos, blancos y negros, como mi tío. Pero no podía ser él; se había quedado en la fiesta.
A su lado estaba aquel paraguas negro, ahora completamente destrozado. Mi familia se acercaba, preocupada.
Me aferré de nuevo a la arena y expulsé toda el agua que había tragado. Una pequeña sonrisa se dibujó en mi rostro.
Notas: Segundo borrador, si tienen algún consejo me ayudaría para el tercer borrador, ya sea reducir o añadir mas contexto.