Mientras tanto, en la misma casa, por la mañana, la que tenía el mismo color de ayer y el mismo ruido de hoy.
Después de una fiesta aparentemente alegre y familiar, en el segundo piso de esa casa, en la habitación del fondo, la tristeza y ese vacío se hacían evidentes. El mismo hombre de ayer, quien vio perder nuevamente a su hijo, estaba acostado en la cama de aquel niño. Ese hombre había pasado la noche en esa cama.
El ruido de aquella mujer en el pasillo hizo que el hombre se moviera de lugar. Mientras tanto, la mujer se quedó en el marco de la habitación. La mañana era oscura y la luz que entraba por la ventana llegaba hasta sus pies.
La misma mujer que también era madre de aquel niño solo podía mirar desde ahí, sin hacer ningún gesto. Simplemente veía descansar a su esposo…
Solamente lo veía.
—
Ribery
Durante la mañana, me acerco a la habitación de mi madre, abro un poco la puerta y veo que, aun con ese sonido tan molesto, sigue dormida.
Me quedo viéndola un momento, hasta que siento que es suficiente. Cierro la puerta y bajo las escaleras lentamente.
Al llegar a la cocina, veo a la enfermera cocinando algo que suelta humo, con los audífonos puestos. Ella, con su sexto sentido, me ve y se quita los audífonos.
—¿Qué tanto estás viendo? —pregunta con un tono neutro.
—No, no te estaba viendo el culo. Soy alguien decente.
—Ajá… ¿Vas a desayunar? Ya casi termino.
—Hoy no, hoy desayunaré afuera. Gracias de todos modos.
Me doy la vuelta y me acerco a la puerta, pero algo me detiene: la enfermera aún me observa desde la cocina.
—Nos vemos —digo con una sonrisa mientras cierro la puerta principal.
Al salir, me detengo un momento, doy un respiro hondo y el olor de la comida de mi casa me llena los pulmones.
Me doy la vuelta y entro nuevamente a mi casa.
La enfermera ve que he vuelto y se quita los audífonos.
—¿Ahora qué?
—Decidí que mejor comeré aquí, ¿sí puedo?
—Claro, toma asiento. Ya te llevaré tu plato.
La enfermera se mueve por la cocina mientras yo me siento en el comedor. La veo a través de la barra.
—¿Otra vez? —dice sin voltearme a ver.
—No, no estoy haciendo nada.
Al apagar la estufa, se acerca a mí con dos platos de comida. Pone uno enfrente de mí y el otro al otro lado de la mesa.
Simplemente me quedo viendo la comida.
—¿No vas a comer? Tanto escándalo para que no comas.
—Es que… No lo sé.
Agarro la cuchara y empiezo a comer. Una cucharada y otra y otra, hasta acabar. Levanto la mirada y la enfermera me está viendo.
—Sí que tenías hambre, Roberto.
La alarma de la habitación empieza a sonar. La enfermera se levanta y corre al segundo piso, hacia la habitación de mi madre.
Me levanto de la mesa y también subo al segundo piso.
—¿Hace mucho que se despertó? —escucho desde la habitación.
Al llegar al segundo piso, me recargo en la pared para escuchar y ver cómo la enfermera le da agua a mi madre desde un vaso.
—¿Ya… se fue? —pregunta mi madre, apenas con un suspiro.
—Sí, salió temprano. De hecho, como siempre, se acercó para verla dormir.
Intento mirar a través de la puerta. Veo la silueta de la enfermera y a mi madre bebiendo agua, tomando sorbos lentamente…
Debería irme ya, se me hará tarde en el trabajo. En la noche las veré de nuevo, intentaré verla.
…
Después de dos semanas, ya volví a mi línea. Todo regresó a la normalidad, aunque hice amigos. En estos momentos debería ponerme al día con ese amigazo.
Al llegar a la parada de autobuses, busco a T/N entre toda la gente. Dudo mucho que haya cambiado de ruta.
Mientras paso entre la gente buscándolo, lo veo a través del ventanal, caminando hacia la parada. Levanto el brazo para que me vea, pero no parece verme. Quizá la miopía ya le está dando duro.
Mientras lo espero, me recargo en el ventanal. Ya son dos semanas en las que casi no le he hablado. ¿De qué debería hablarle? Si le cuento de mis ligues, ya sé qué contestará. Debería ir con calma.
Al escuchar el sonido de los frenos del autobús al llegar a la parada, veo a las personas amontonarse y lo pierdo de vista. Todo este escándalo para ir sentado.
Sigo a la multitud, cada vez más apretado, hasta que logro entrar al autobús. Camino por el pasillo y miro por las ventanas para ver si consigo encontrarlo.
Al no verlo y escuchar cómo el autobús cierra sus puertas, el corazón se me acelera. ¿Y si no logro subir? Debería ver si está aquí y, efectivamente, sí está dentro del autobús, pero demasiado lejos.
Está sentado casi al principio y yo estoy parado hasta el final. Al bajar, ya hablaré con él.
El autobús sigue su ruta con normalidad: baches, topes, frenadas que rompen muñecas y arrimones de pipis (penes). El camino es igual que todos los días.
…
Las puertas se abren y, como si reiniciáramos lo del comienzo, todos se amontonan para salir. Nuevamente lo pierdo de vista.
Camino rumbo a la fábrica, volteando a todos lados para buscarlo. A unos metros de mí, ahí está.
—¡@#& + ( !!
Al gritar su nombre, no se detiene. Acelero el paso para alcanzarlo y, al llegar, le toco el hombro.
Él se detiene y me mira.
—Oye, ¿te estuve buscando? —digo.
Él suelta una pequeña risa.
—Perdón… No te vi.
—Acabo de gritar tu nombre y tampoco me hiciste caso.
—… Perdón, es que no te escuché.
—Sí, cómo no. No estás enojado, ¿verdad? Por lo de estas semanas.
—… ¿Debería?
—Quizá sí, pero no importa, porque no sabes cuántos totos (culos) encontré en la otra línea.
Y lo que dije que no haría, sucedió…
…
Mientras estoy recostado en mi mesa de trabajo, veo a mi amigo a la izquierda, al inicio de la línea. Todavía no suena el timbre que marca el comienzo de la jornada y él ya está trabajando.
Me levanto y camino lentamente para sorprenderlo. Cuando estoy detrás de él, le toco el cuello de forma tétrica, pero no reacciona.
Me detengo y me pongo a su lado.
—¿Y cómo estuvo tu fin de semana? —pregunto.
—… Estuvo bien, bien —dice mientras me mira de reojo.
—¿No hubo nada nuevo con ya sabes quién? —susurro mientras señalo detrás de mí, en dirección a ELLA.
Él voltea a verla sin ninguna preocupación. Se le queda viendo como si fuera un ángel… Creo.
—No, nada nuevo con ya sabes quién…
—Qué jueguito, ¿eh? De verdad, no estás enojado.
—Para nada, de verdad no estoy enojado. ¿Por qué lo preguntas?
—Porque repites todo lo que digo.
—No lo hago.
—¿Y has hablado con ELLA? ¿Algo nuevo? ¿Nada?
—Hablé con ella hace una semana.
—¿De qué?
—Dee… comida, fue de comida.
—¿Nada más eso? ¿Hablaron de comida?
—¡Sí! —dice de forma sobresaltada, con una sonrisa en el rostro.
El timbre de la jornada suena y todo el mundo se moviliza para trabajar. Regreso a mi asiento mientras lo observo.
Simplemente vuelve a hacer lo que todos están haciendo y no levanta la mirada… como por cinco horas.
…
Ya casi es la hora del almuerzo. Un momento más y serán las doce del mediodía. Muy pronto.
Mientras espero a que den las doce, veo salir de su oficina al gerente o supervisor del área. Camina con unos papeles en dirección a esta línea. Más trabajo, significa esa persona.
Lo observo con sospecha. A cada paso parece costarle más caminar. Según él, hace ciclismo… No le creo nada. Se acerca a mi amigo y, aunque yo no soy chismoso, la voz de esa persona se escucha por toda la línea.
—Y bien, ¿pensaste en la propuesta? —pregunta el supervisor.
¿Qué propuesta? ¿Acaso son maricones? T/N no reacciona a las palabras del supervisor.
—£π¥%§+@, ¿pensaste en la propuesta?
Como si lo despertaran, levanta la mirada y voltea a verlo.
—Sí… sí lo pensé… Sí quiero —dice T/N de forma pausada y temblorosa.
—Bien, mantén tu palabra. Pronto se abrirá la nueva área y ese nuevo contrato te llegará para que te prepares para el cambio —dice el supervisor, dejando los papeles que tenía y volviendo a su oficina.
¿Nueva área? ¿Cambio? ¿Acaso él se irá de esta línea?
—
ELLA
Siempre intento verme lo más bonita posible. Mi peinado, la ropa bien planchada y esas salidas al centro comercial para comprar nuevos labiales y pinturas darán resultado el día de hoy.
Me desperté temprano, me perfumé y me di varios toques aquí y allá.
Quizá mañana me pinte el pelo de un color más navideño. Ojalá se haga el intercambio esta Navidad y me toque regalarle algo a la malhumorada de la señora Madison. Un buen regalo estaría bien.
Me bajo del autobús y camino hacia la fábrica. En eso, mi amiga de toda la vida se pone a mi lado.
—¿Qué tanto piensas? —dice mi amiga, con su atuendo de teibolera en potencia.
—En nada, lo normal.
—Ya es lunes otra vez y vas a ver a tu galán después de un laaargo fin de semana, ¿verdad? —dice mientras me empuja con el codo.
—Siempre pensando con la hormona. Yo siempre me arreglo así de bonito.
—Mira quién lo dice. ¿Y ese nuevo labial que tienes? ¿Acaso no es para llamar la atención?
—Es un color normal, no como el tuyo, color negro carbón.
—Quieres dejar huella para que las demás lobas no te lo roben. Ya sé cómo es ese truco, leona.
—Ya deja de molestar. No es para nadie, solo quise ponérmelo, es todo.
Llegamos a la entrada y, al pasar el chequeo, ella gira a la izquierda y yo sigo derecho. Camino entre las líneas hasta llegar a mi mesa de trabajo.
La señora Madison, siempre puntual, ya está en su asiento, a un lado del mío.
—Entre más coloridos son los animales, más venenosos son. ¿Qué tan venenosa eres tú? —pregunta la señora Madison con un tono sarcástico.
Solamente me le quedo viendo, con cara seria.
—No tienes que ponerte así, mi amada. Yo que tú, en cuanto tuviera la oportunidad, le dejaba la marca para que las demás lobas sepan que no es ganado.
—¿Por qué todas piensan lo mismo? Es un color bonito, es todo.
—… Así le dije a mi esposo cuando compré ese microbikini durante las vacaciones de mi juventud. A la mañana siguiente, ya no había bikini ni esposo. Ese día me fue infiel.
—Siempre le he dicho que no es necesario, señora Madison. No hace falta, gracias.
Pongo mi pequeña mochila sobre la mesa, saco un pequeño espejo y empiezo a revisarme el flequillo para asegurarme de que se vea simétrico.
—Mejor ve cómo se te ve el trasero, eso vende más.
Evito contestarle a la señora Madison. Cierro el espejo y lo guardo en mi mochila. La acomodo sobre la mesa y saco mi teléfono.
Uno, dos, tres, cinco, doce, dieciocho, veinticuatro minutos pasan, y ya casi es la hora de iniciar el turno.
De reojo, levanto la mirada hacia el pasillo principal y ahí está él, junto a su amigo, con esa rajada. Parece que están hablando.
Me vuelvo a sentar bien y veo cómo llega a su mesa de trabajo. Su amigo saluda a todos. Me ve y levanta el pulgar, como si fuera una señal.
Volteo discretamente hacia donde está T/N, pero él solo está mirando su mesa de trabajo.
Debería acosarlo. Todo a su tiempo, todo a su tiempo.
…
La mañana transcurrió con tranquilidad. Lo miraba de reojo y él solamente trabajaba, hasta que escuché aquella frase.
—Sí… sí lo pensé… Sí quiero.
—Bien, mantén tu palabra. Pronto se abrirá la nueva área y ese nuevo contrato te llegará para que te prepares para el cambio.
Había aceptado el puesto que el supervisor le había ofrecido. Había aceptado cambiarse de línea.
El timbre que marcaba el almuerzo había sonado. Todos se levantaron, pero su amigo no. Me volteó a ver, buscando algo.
Mientras tanto, T/N se levantó como si nada le pesara y caminó al comedor.
Su amigo, Ribery, se quedó sentado en su lugar.
—¿Sabes qué significa ese cambio? —preguntó Ribery.
—El supervisor le ofreció ser auxiliar en la nueva área y… él acaba de aceptar.
Ribery, sin decir nada, se levantó y también se dirigió al comedor, sin prisa.
—Él se irá lejos y ya no lo podré ver —susurré.
Y así, como un suspiro, el día acabó. El sol estaba en su punto más bajo y todos estaban cansados.
Finalmente, el timbre de salida sonó. Como si fueran animales, todos se levantaron y corrieron hacia la puerta.
—Ni modo, leona. Saliste a cazar, pero no abriste la puerta de tu jaula —dijo la señora Madison mientras recogía sus cosas.
Veo a T/N todavía trabajando, moviendo piezas y cables, hasta que un gesto en su rostro me muestra que ha terminado: una sonrisa.
Estira la espalda y el cuello. Con la mano barre la mesa de trabajo y tira los sobrantes. Se levanta de su silla y la acomoda como estaba.
Debería saludarlo. Un «hola, ¿qué tal?», «¿cómo estuvo tu fin de semana?», «¿me ves diferente?». Algo debería decir.
Agarro mi mochila y camino hacia él con zancadas cortas, mientras él acomoda varias veces su silla, buscando la mejor posición.
Finalmente, la acomoda como quiere y camina hacia la salida. Yo voy a unos pasos de él.
—¡Oye, @$(+π√€!! —digo en un tono algo alto.
Él se detiene y me voltea a ver con una sonrisa. Siento que se me traba la lengua.
—Este… te… te quería sa… saludar.
Él solamente me mira, sonríe nuevamente y me saluda alzando el brazo.
—Hola, ¿cómo estás?
—Bien, bien, estoy bien. Te quería ver… Digo, te quería saludar porque en la mañana no lo hice.
—Cierto, yo también me acuerdo.
—Yyy… ¿cómo estás? —pregunto, trabándome al conectar las palabras.
—De maravilla.
—Me alegro. Este… te… veo mañana.
—Yo también, te veo mañana —dice mientras se aleja de mí.
Pensé que era el cansancio del trabajo, por la forma en que respondía, pero su mirada, sus ojos, no parecían cansados. Creí que el día siguiente sería mejor, pero cada día sus respuestas eran iguales.
Yo solamente lo veía irse al final de cada turno. Su sonrisa era genuina, pero había algo, algo que no comprendía, cada vez que me respondía durante aquella semana.
—De maravilla.
—De maravilla.
—De maravilla.
—Estoy de maravilla.
Fin del capítulo 15.
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