Llevo tantos años vivo que ya perdí la cuenta de algunas cosas, entre ellas mi edad, la cantidad de reyes que conocí y las veces que mi mujer me preguntó cuándo pensaba arreglar la puerta del fondo. Lo de la edad dejó de preocuparme hace siglos, los reyes fueron pasando con sus guerras y sus monumentos, y la puerta sigue haciendo el mismo ruido cada vez que sopla viento del este.
Me llamo Utnapishtim y soy inmortal, aunque dicho así parece una profesión o alguna clase de mérito personal. La verdad es que yo estaba bastante conforme con mi vida anterior, cuando vivía en Shuruppak, tenía mis ocupaciones, conocía a mis vecinos y podía hacer planes sin preocuparme por lo que iba a suceder dentro de tres mil años.
Después vino el asunto del diluvio, que prefiero no recordar demasiado porque todavía me pone de mal humor. Los dioses decidieron inundar el mundo, uno de ellos tuvo la gentileza de avisarme, construí un barco gigantesco, metí adentro a mi familia y a todos los animales que pude reunir, y pasamos varios días flotando sobre lo que había sido nuestra civilización.
Cuando finalmente bajamos, Enlil, que había tenido bastante responsabilidad en todo aquel desastre, decidió recompensarnos a mi mujer y a mí con la vida eterna.
Todavía recuerdo cómo lo anunció, con esa solemnidad que tienen los dioses cuando están por tomar una decisión que después deberán soportar otros.
Mi mujer me miró, yo la miré y ninguno de los dos dijo nada.
A esa altura ya habíamos aprendido que discutir con los dioses era una actividad poco recomendable, especialmente cuando acababan de demostrar que podían resolver sus diferencias inundando continentes enteros.
Nos instalamos lejos de todo, donde desembocan los ríos y el mundo parece terminarse. Con los años aprendimos a convivir con nuestra nueva condición, aunque mi mujer sigue sosteniendo que la eternidad sería bastante más llevadera si yo colaborara un poco con las tareas de la casa.
Y así estábamos, viviendo tranquilamente, cuando apareció Gilgamesh.
Lo vi llegar una tarde, caminando con dificultad, cubierto de polvo, vestido con unas pieles que habían conocido tiempos mejores y con una barba que parecía albergar varias especies de insectos.
Había atravesado montañas, desiertos y unas aguas que ningún mortal debía cruzar, todo para venir a hablar conmigo.
Cuando estuvo suficientemente cerca, levantó la cabeza y anunció que era Gilgamesh, rey de Uruk, hijo de Lugalbanda y de la diosa Ninsun, dos tercios divino y un tercio humano.
Lo observé un momento, tratando de entender cómo alguien podía llegar en semejantes condiciones y todavía encontrar ánimo para recitar su árbol genealógico.
—¿Dos tercios divino?, le pregunté.
Me confirmó que sí, con bastante orgullo.
—Qué problema —le dije. Justamente el tercio humano es el que suele traer complicaciones.
No pareció encontrarle la gracia, aunque tampoco estaba en condiciones de discutir demasiado. Le ofrecimos agua, algo de comida y un lugar donde descansar, mientras mi mujer me miraba desde la entrada con esa expresión que conozco perfectamente y que significa que otra vez había invitado a alguien sin consultarle.
Durante la cena, Gilgamesh empezó a contarme su historia.
Resultó que gobernaba Uruk, una ciudad importante, rodeada de murallas enormes que él mismo se había ocupado de construir. Hablaba de aquellas murallas con una admiración tan desmedida que por momentos parecía estar enamorado de los ladrillos.
Según me explicó, era un rey extraordinario, valiente, poderoso, prácticamente invencible y bendecido por los dioses.
Cuando terminó de enumerar sus virtudes, le pregunté qué opinaban de todo aquello sus súbditos.
Se acomodó incómodo en el asiento y reconoció que había habido algunas quejas.
Después de hacerle un par de preguntas descubrí que las quejas habían llegado hasta los dioses, cansados de escuchar a los habitantes de Uruk pedirles que hicieran algo con aquel muchacho que se había tomado demasiado en serio el asunto de gobernar.
La solución divina fue crear a Enkidu.
Esto merece una explicación, porque los dioses tienen una manera muy particular de resolver los problemas. Cuando un rey se comporta como un tirano, cualquiera pensaría en reemplazarlo, limitar sus atribuciones o, por lo menos, convocarlo para explicarle que estaba gobernando bastante mal.
Ellos fabricaron otro hombre.
Enkidu apareció en las tierras salvajes, cubierto de pelo, viviendo entre animales, bebiendo de los manantiales y disfrutando de una existencia que, por lo que pude entender, era bastante tranquila hasta que la civilización decidió intervenir.
Una mujer llamada Shamhat fue enviada para acercarlo al mundo de los hombres y, después de pasar varios días juntos, Enkidu descubrió algunas cuestiones fundamentales de nuestra especie, entre ellas el sexo, la comida preparada y la ropa.
Los animales, que hasta entonces lo habían considerado uno de los suyos, empezaron a alejarse de él.
—Eso suele pasar —le comenté a Gilgamesh—. Uno conoce a una mujer, cambia algunas costumbres y los amigos dejan de reconocerlo.
Mi mujer, que estaba acomodando unas vasijas, me recordó que podía escuchar perfectamente lo que decíamos.
Seguí prestando atención.
Enkidu llegó a Uruk dispuesto a enfrentarse con el rey, y cuando finalmente se encontraron se agarraron a trompadas de una manera tan entusiasta que terminaron rompiendo parte de la entrada de una casa.
Después de empujarse, golpearse y medir sus fuerzas durante un buen rato, descubrieron que se respetaban profundamente.
Y se hicieron amigos.
Le pregunté a Gilgamesh si aquello era una costumbre de su ciudad, porque me parecía un sistema bastante costoso para establecer relaciones personales.
Se rio por primera vez desde que había llegado.
A partir de entonces los dos fueron inseparables, aunque por lo que me contó sospecho que Enkidu tenía bastante más sentido común que su compañero.
Una mañana Gilgamesh decidió que sería una buena idea viajar hasta el Bosque de los Cedros para enfrentarse con Humbaba, el terrible guardián que los dioses habían puesto allí.
Enkidu conocía los peligros del bosque y trató de convencerlo de que buscaran alguna actividad menos complicada, pero Gilgamesh estaba decidido a conseguir fama y gloria, dos cosas que suelen producir problemas cuando aparecen juntas en la cabeza de un hombre joven.
Finalmente fueron, atravesaron montañas, llegaron al bosque y consiguieron derrotar a Humbaba.
Cuando le pregunté qué necesidad había tenido de semejante expedición, me explicó que quería realizar una hazaña que fuera recordada durante generaciones.
Le dije que en Shuruppak habíamos tenido un vecino que también quería que todos recordaran su nombre y había conseguido exactamente eso prendiendo fuego accidentalmente al depósito de granos.
Gilgamesh prefirió continuar con su historia.
Después de vencer a Humbaba regresó a Uruk convertido en un héroe todavía más famoso, circunstancia que llamó la atención de Ishtar, diosa del amor y de la guerra, quien decidió proponerle matrimonio.
Hasta ese momento yo venía escuchando sus aventuras con cierta tranquilidad, pero cuando mencionó a Ishtar dejé la copa sobre la mesa.
Conocía bastante bien a aquella diosa y sabía que tenía un temperamento complicado.
—Decime que aceptaste, le pedí.
Gilgamesh negó con la cabeza.
—Bueno, por lo menos espero que hayas sido delicado.
Resultó que le había rechazado la propuesta y, para justificar su decisión, le había recordado el destino desdichado de varios de sus amantes anteriores, enumerando uno por uno los motivos por los cuales consideraba inconveniente cualquier relación sentimental con ella.
Me quedé mirándolo durante un rato.
—Muchacho, ¿alguna vez alguien te explicó que hay cosas que conviene guardarse?
Me respondió que él siempre decía la verdad.
—Eso está muy bien —le contesté—. El problema es que una cosa es decir la verdad y otra hacerle una auditoría sentimental a una diosa que puede mandarte un toro del cielo.
Porque eso fue exactamente lo que hizo Ishtar.
Furiosa por el rechazo, consiguió que enviaran al Toro Celestial para castigar a Gilgamesh y destruir parte de Uruk.
Naturalmente, Gilgamesh y Enkidu se enfrentaron con el animal y terminaron matándolo, porque aquellos dos tenían una habilidad extraordinaria para convertir cualquier inconveniente en una batalla.
Hasta ahí, la historia me parecía la de tantos jóvenes poderosos que confunden el valor con la necesidad de meterse en problemas.
Entonces Gilgamesh empezó a hablar de Enkidu.
Su voz cambió de una manera que reconocí inmediatamente.
Me contó que los dioses habían decidido castigar sus actos y que Enkidu enfermó gravemente. Durante días estuvo tendido en su lecho, debilitándose mientras Gilgamesh buscaba alguna manera de ayudarlo, sin conseguir hacer nada que pudiera detener aquella enfermedad.
Y finalmente murió.
El rey guardó silencio y se quedó mirando sus manos.
Yo había escuchado miles de historias sobre guerras, enfermedades y muertes, y conocía perfectamente esa pausa que aparece cuando alguien llega a la parte de su relato que todavía le duele.
Gilgamesh me habló entonces de los días que pasó junto al cuerpo de su amigo, incapaz de aceptar que aquel hombre con quien había compartido tantas aventuras ya no volvería a levantarse.
Lo había visto enfrentar monstruos, desafiar a los dioses, reírse del peligro y caminar a su lado por lugares donde ningún hombre sensato hubiera querido entrar.
Ahora estaba inmóvil.
Gilgamesh lloró durante días, negándose a separarse de él, hasta que finalmente comprendió que ninguna de sus fuerzas podía devolverle la vida.
Mientras lo escuchaba, recordé a mis antiguos vecinos de Shuruppak, a los hombres con quienes había trabajado, a los niños que jugaban cerca del río y a tantas personas cuyos nombres todavía conservaba, aunque el mundo hubiera olvidado que alguna vez existieron.
Gilgamesh levantó la cabeza y me dijo que, después de enterrar a Enkidu, había empezado a tener miedo.
Era una sensación nueva para él.
Había comprendido que algún día también moriría, que su cuerpo terminaría convertido en polvo y que todas aquellas cosas que tanto lo enorgullecían acabarían perteneciendo a otros.
Entonces escuchó hablar de mí, del hombre que había sobrevivido al diluvio y recibido de los dioses el privilegio de vivir eternamente.
Y decidió buscarme.
Había atravesado tierras desconocidas, recorrido caminos peligrosos y encontrado personas que intentaron explicarle que debía aprender a disfrutar de la vida que tenía.
Pero siguió adelante.
Cuando terminó su relato me preguntó cómo podía conseguir la inmortalidad.
Mi mujer, que había permanecido en silencio durante buena parte de la conversación, acercó otra jarra de agua y se sentó junto a nosotros.
Gilgamesh volvió a formular su pregunta, convencido de que yo guardaba algún conocimiento extraordinario que bastaría transmitirle para resolver el problema.
Le expliqué que los dioses me habían concedido la vida eterna después del diluvio, en circunstancias excepcionales, y que desconocía cualquier procedimiento que permitiera repetir aquella decisión.
No quedó satisfecho.
Insistió en que tenía que existir alguna forma de vencer a la muerte, alguna prueba, algún secreto reservado para quienes fueran suficientemente valientes.
Había recorrido demasiado camino para regresar sin una respuesta.
Lo observé un momento y se me ocurrió una manera de demostrarle algo que necesitaba comprender.
—Está bien —le dije—. Si tanto querés vivir eternamente, empezá por mantenerte despierto durante seis días y siete noches.
Aceptó inmediatamente.
Se acomodó en el suelo, apoyó la espalda contra una pared y aseguró que aquello sería sencillo para alguien que había enfrentado a Humbaba y al Toro Celestial.
Apenas terminó de hablar, cerró los ojos.
A los pocos minutos estaba profundamente dormido.
Mi mujer apareció con una manta, lo miró y después me preguntó si ese era el famoso rey que había atravesado medio mundo en busca de la inmortalidad.
Le confirmé que sí.
—Pobre muchacho —dijo, mientras lo tapaba.
Le conté que pretendía permanecer despierto durante seis días y siete noches, y ella se quedó observándolo con una mezcla de ternura y resignación.
—Habría que dejarle alguna prueba de cuánto tiempo durmió, porque después estos tipos se despiertan y te discuten todo.
Entonces empezó a preparar panes.
Hizo uno el primer día, otro el segundo y así sucesivamente, colocándolos junto al lugar donde dormía Gilgamesh. Cuando finalmente despertó, encontró una pequeña colección de panes en distintos estados de conservación, desde el más reciente hasta uno que ya parecía material de construcción.
Lo primero que hizo fue asegurar que apenas había cerrado los ojos.
Mi mujer señaló los panes.
Él los miró, los tocó y terminó comprendiendo que había dormido durante todos aquellos días.
Se quedó desolado.
Había venido a buscar una manera de escapar de la muerte y ni siquiera había conseguido vencer al sueño.
Confieso que sentí lástima por él.
Mi mujer también, y fue ella quien insistió en que debíamos darle algo antes de que emprendiera el regreso.
Le hablé entonces de una planta que crecía en las profundidades del agua y que tenía la virtud de devolver la juventud a quien la consiguiera.
Gilgamesh recuperó inmediatamente el entusiasmo.
Se ató unas piedras a los pies, descendió hasta el fondo y encontró la planta, que tenía espinas y un aspecto bastante poco prometedor para algo destinado a rejuvenecer a las personas.
Cuando regresó a la superficie estaba feliz.
Nos explicó que pensaba llevarla a Uruk, probar sus efectos y compartir aquel descubrimiento con los ancianos de su ciudad.
Por primera vez desde que había llegado hablaba de hacer algo por los demás.
Lo despedimos a la mañana siguiente.
Mi mujer le preparó comida para el viaje, yo le indiqué el camino y ambos lo vimos alejarse acompañado por Urshanabi, el barquero que lo había ayudado a cruzar las aguas.
Durante un buen rato permanecimos en silencio.
Después mi mujer me preguntó si creía que aquel muchacho había aprendido algo.
Le dije que esperaba que sí, aunque los hombres tenemos una facilidad extraordinaria para olvidar las enseñanzas que nos resultan incómodas.
Pasaron algunos días antes de que Urshanabi volviera a cruzarse por nuestras tierras.
Traía noticias de Gilgamesh.
Durante el regreso, el rey había encontrado un estanque de agua fresca y decidió detenerse para bañarse, dejando la planta sobre una piedra.
Mientras estaba en el agua apareció una serpiente, se acercó sigilosamente, se llevó la planta y desapareció, dejando atrás su vieja piel.
Me quedé escuchando aquella historia con la misma incredulidad que debe de haber sentido Gilgamesh cuando salió del estanque.
Después de atravesar montañas, vencer monstruos, enfrentarse con dioses, cruzar las aguas de la muerte y encontrar finalmente una planta capaz de devolverle la juventud, había perdido todo porque decidió darse un baño.
Mi mujer se llevó una mano a la frente.
—¿La dejó arriba de una piedra?.
Urshanabi confirmó que sí.
—¿Y se metió al agua?.
Volvió a confirmar.
Ella me miró con esa expresión que utiliza desde hace siglos cuando considera que los hombres somos una especie particularmente difícil de justificar.
—Después dicen que los animales no piensan.
Le pregunté al barquero qué había hecho Gilgamesh al descubrir el robo.
Me contó que había llorado, que se había lamentado por todo el esfuerzo perdido y que durante un tiempo permaneció sentado junto al estanque, contemplando la piel que la serpiente había abandonado.
Finalmente se levantó y continuó su camino hacia Uruk.
No volvió a buscarme.
A veces pienso en aquel rey y me pregunto qué habrá sucedido cuando regresó a su ciudad, cuando volvió a caminar junto a las enormes murallas que tanto orgullo le provocaban y tuvo que aceptar que algún día otros hombres ocuparían su lugar.
Tal vez siguió gobernando con la misma soberbia de antes, o quizá la muerte de Enkidu y aquel viaje interminable terminaron enseñándole algo sobre las cosas que realmente importan.
Mi mujer sostiene que seguramente aprendió a no dejar objetos valiosos al alcance de las serpientes, lo cual también representa un progreso.
Yo prefiero creer que volvió a mirar su ciudad con otros ojos.
Llevo siglos viviendo y he visto desaparecer pueblos enteros, ciudades que parecían eternas y reyes que estaban convencidos de que el mundo jamás podría continuar sin ellos. Recuerdo sus nombres, sus disputas y algunas de sus hazañas, aunque cada vez me cuesta más encontrar a alguien que se interese por aquellas historias.
Gilgamesh, en cambio, tenía algo que quizá ni él mismo alcanzaba a comprender.
Había vivido aventuras extraordinarias, había conocido la amistad, el amor de quienes lo rodeaban y el dolor de perder a alguien irremplazable. Y seguramente habría hombres dispuestos a contar su historia mucho después de que él hubiera desaparecido.
Esa tarde me quedé sentado frente al río, mirando cómo el agua seguía su camino sin detenerse por nadie.
Mi mujer salió de la casa, se sentó a mi lado y me preguntó en qué estaba pensando.
Le hablé de Gilgamesh, de Enkidu y de aquella desesperación por conseguir unos años que nunca fueran a terminarse.
Ella escuchó en silencio y después apoyó la cabeza sobre mi hombro.
Nos quedamos así durante un buen rato, viendo cómo caía el sol sobre las aguas.
Al cabo de unos minutos me preguntó si al día siguiente pensaba arreglar finalmente la puerta del fondo.
Le contesté que todavía teníamos tiempo.
Me miró con una paciencia que solamente puede desarrollar alguien que lleva una eternidad casado con el mismo hombre.
—Eso me venís diciendo desde hace cuatrocientos años, Utnapishtim.
Y debo reconocer que tenía razón.
no comments (yet)