Quince pasos de tierra blanca separaban a los dos hombres bajo el bochorno del mediodía. En mitad de la calzada, Gilbert Troy aguardaba con las suelas afirmadas en la greda y los hombros sueltos, dejando colgar la diestra junto a la vaqueta. Frente a él, Neal Ducker sostenía la escopeta con las manos húmedas de sudor, mientras a su derecha, su hijo Aaron, con apenas diecisiete años y una camisa a cuadros empapada en la espalda, mantenía el cañón de la carabina nivelado contra el invasor.
A espaldas de Gilbert, los treinta cuatreros formaban una media luna cerrada sobre sus monturas sudorosas. Archie permanecía inmóvil en el centro de la formación, sobre su yegua alazana. En la mandíbula izquierda, la bofetada que Troy le había propinado momentos antes le latía con un dolor sordo y el gusto salado de la sangre menuda le empapaba la boca. Pese al ardor, el chico reconoció la postura del jefe al primer vistazo: el codo apoyado sobre la curva de la pelvis, en el mismo ángulo que le había enseñado en el pedregal al tirar sobre las latas. Aquella quietud no era duda; era el temple del tirador antes de soltar el plomo.
Gilbert ladeó la cabeza y miró al comisario con una calma fría.
—Un trato parejo, Ducker —soltó Troy—. A la de tres. El que quede en pie se queda con el camino y con todo lo que haya adentro.
Nadie se movió en la calzada. En los soportales vecinos, los hombres que cubrían las esquinas vacilaron detrás de los barriles; Aaron apretó la mandíbula hasta marcar los tendones del cuello y clavó la yema del índice en la curva del disparador, sin medir la velocidad del enemigo.
Gilbert no contó.
—¡Tres! —gritó Troy.
El grito quebró la reacción de los defensores. Neal intentó subir la culata hacia el hombro y Aaron corrigió el alza de la carabina en un movimiento desesperado, pero para cuando el acero buscó la línea recta, la diestra de Gilbert ya había cerrado el arco desde la cintura.
El revólver detonó dos veces desde la cadera en un chasquido casi continuo.
El primer disparo alcanzó a Aaron Ducker en pleno pecho. La violencia del plomo detuvo en seco al muchacho; el proyectil le atravesó la camisa a cuadros y le vació el aire en un espasmo seco. El joven soltó el arma sin rozar el gatillo, se dobló sobre el vientre y cayó de rodillas antes de desplomarse de bruces contra la tierra calcinada, con los brazos abiertos en el cascajo.
La segunda bala derribó a Neal. El proyectil le partió la articulación de la pierna derecha por encima de la rodilla; el hueso quebró y el comisario se vino abajo de costado, estrellándose contra el suelo. La escopeta rodó por la tierra sin disparar mientras un alarido bronco se le escapaba entre los dientes apretados, con la sangre empapándole la pernera de gabardina.
Troy ni siquiera parpadeó. Con un soplo breve disipó la hebra gris que subía de la recámara y calzó el arma en la funda con un golpe seco de muñeca.
—Suyo —dijo, alzando el guante hacia la tropa.
Los treinta cuatreros picaron espuelas y se lanzaron sobre el pueblo levantando una polvareda espesa. Los vecinos que cubrían los porches arrojaron las armas al suelo y huyeron en desbandada hacia los huertos traseros. Los jinetes derribaban trancas a patadas y disparaban ráfagas al aire para quebrar cualquier amago de resistencia.
Frente a la tienda, dos hombres reventaron la puerta a hachazos. Rodaron barriles de salitre hacia la acera, rajaron los sacos de harina con cuchillos de monte y arrojaron sobre la vía fardos de tela y herramientas que los demás cargaban a brazadas en los arzones. Hacia el fondo de la calle, una tea encendida voló hacia el heno del establo comunal; la paja ardió en una llamarada rápida y una columna de humo negro comenzó a trepar hacia el cielo, esparciendo ceniza sobre la calle.
Archie desmontó frente a una carpintería desierta. Ató la soga a un poste de amarre con la destreza aprendida en el campamento y comenzó a caminar por el borde del camino, pegado a las paredes tibias de las casas. Esquivaba astillas de madera, herramientas tiradas y el crujido de los postigos reventados, ajeno a los gritos de los pobladores.
A cincuenta pasos vio la espalda ancha de Troy cruzando la cancela de una casona de dos plantas, una construcción pintada a la cal que destacaba entre la precariedad de las demás viviendas.
Archie lo siguió a distancia. Subió los cuatro escalones del porche justo cuando la bota de Gilbert reventaba la cerradura principal. La madera cedió con un chasquido rotundo y la hoja chocó contra el tabique del vestíbulo.
El interior olía a cera y a lavanda seca. En la sala principal, dos peones armados intentaron cerrar el paso, pero la rapidez de Gilbert desbarató la guardia en un cruce de disparos que dejó la estancia inundada de pólvora y vidrios rotos. Troy no se detuvo ante los cuerpos abatidos; cruzó directo hacia el despacho del fondo. De una patada derribó el secreter de roble, arrancó las gavetas de cuajo y esparció libros de cuentas y cartas lacradas sobre la alfombra, buscando el cofre de hierro de las transacciones ganaderas.
Archie se detuvo en el umbral, con la mano apoyada en la madera astillada del marco. El olor acre del azufre llenaba la casa, pero el chico no tenía interés en el saqueo. Dio media vuelta, bajó los escalones del porche y dobló hacia el callejón angosto que separaba la casona del almacén de granos.
Aquel paso era estrecho y sombrío. El sol no alcanzaba el fondo, donde se amontonaban cajones rotos, paletas de carga y una hilera de barriles vacíos de salmuera.
Archie avanzaba sobre la tierra blanda cuando un sonido menudo lo obligó a frenar el tranco.
Era un ahogo contenido detrás de los tablones desfondados; una respiración entrecortada que intentaba sofocarse contra la madera.
El chico tanteó el revólver que llevaba ceñido a la cintura por puro reflejo, pero aflojó los dedos en cuanto asomó la cabeza entre dos toneles.
En el rincón más oscuro, apretada contra la pared de piedra, había una niña.
Tendría sus mismos doce inviernos. Vestía un delantal de lienzo claro cubierto de manchas de hollín. Tenía los puños apretados contra la boca, mordiéndose los nudillos para ahogar los sollozos que le sacudían el pecho, y dos surcos limpios le bajaban por las mejillas llenas de polvo. Sus ojos castaños, abiertos por el espanto, temblaban en la penumbra. Desde su escondite había escuchado los disparos, el derrumbe de las puertas y el galope de los asaltantes.
Archie se detuvo a tres pasos.
Las miradas de los dos se cruzaron en la sombra del callejón. Verónica lo contempló con un terror absoluto, esperando que aquel muchacho andrajoso, salido de la misma partida que arrasaba el pueblo, diera la voz de alarma o levantara un arma contra ella. Su cuerpo menudo temblaba acorralado contra el adobe.
Archie no se movió.
Mantuvo las manos abiertas, caídas a lo largo de las piernas, lejos del cinturón. No gritó ni llamó a Troy. En medio del olor a ceniza y de los alaridos de la calle, el chico reconoció en la muchacha el mismo desamparo que él había vivido bajo las mantas raídas de una carreta volcada.
Aquella frase que Gilbert repetía en el campamento —«No matamos niños»— era ahora su propia regla.
Sostuvo la mirada de Verónica durante unos segundos. La niña aflojó la presión de los dientes sobre los dedos, adivinando en los ojos oscuros de aquel muchacho una tregua que no existía en el resto del territorio.
Sin decir nada, Archie dio media vuelta sobre los talones. Caminó con paso pausado hacia la boca del pasaje, interponiendo su espalda entre los barriles y el resplandor de la calle, dejándola a salvo en la sombra.
Al salir a la luz, Troy bajaba del porche de la casona con una bolsa de lona al hombro y el paso firme.
—¡A las monturas! —ordenó Gilbert hacia la polvareda.
Los cuatreros respondieron al llamado, soltando las riendas de los caballos de tiro y asegurando los fardos a los arzones. Archie corrió hacia su yegua, desató la soga del poste y montó de un salto, afirmando las botas en los estribos. La banda formó una columna apretada y salió al galope hacia los cerros, dejando atrás vigas crujientes, techos humeantes y el llanto de los vecinos que salían a la calle.
Junto a los escalones de su oficina, tendido sobre la greda ensangrentada, Neal Ducker levantó la cabeza con la mandíbula trabada por el dolor. Con la mano crispada sobre la pierna destrozada, el comisario miró la silueta del jefe invasor perdiéndose hacia el norte; a su lado, inmóvil en el polvo, Aaron no volvería a levantarse.
Archie giró el torso sobre la silla y miró hacia atrás. La columna de humo negro trepaba hacia el cielo, borrando el perfil de las casas bajo una niebla cenicienta. En su memoria quedó fija la imagen de la niña del delantal de lienzo oculta entre los barriles.
El humo del caserío fue perdiendo densidad hasta disolverse en el aire caliente de la sierra.
La resolana del mediodía trajo a Archie Troy de golpe a las tablas astilladas del porche. Tenía las manos hundidas con fuerza contra el hombro destrozado de Holt Jackson, sintiendo la sangre caliente del viejo sheriff escurrirse entre sus dedos callosos y gotear por las rendijas del entarimado. El bochorno apestaba a azufre quemado y a greda reseca.
A lo lejos, hacia el norte del camino, una polvareda amarilla borraba la silueta de los diez jinetes que se alejaban al galope tendido. Neal Ducker, con ocho inviernos más a la espalda y la pierna lisiada por el plomo de Troy, se llevaba a Jesús Artieda hacia las sierras.
En los oídos de Archie todavía resonaba la voz ronca del forajido, la misma sentencia que acababa de salvarle la vida al aprendiz sobre la calzada:
No matamos niños.
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