Tres años habían pasado desde que el túmulo de piedras quedó cerrado en la cordillera. El viento barría las planicies de salitre, levantando un polvo blanco que se metía entre los dientes. Trabadas por las lanzas y con los lienzos atados, las carretas formaban una media luna contra el temporal. En el centro, los hombres de Troy mataban el letargo: unos tiraban cartas sobre un pellejo de vaca, mascullando juramentos; otros pasaban trapos con manteca por los cerrojos de las carabinas hasta que el chasquido del percutor sonaba limpio en el aire quieto.

Junto al rescoldo del fogón, en cuclillas, Archie se abrazaba las canillas. Iba para siete años, pero el hambre y la intemperie le habían afinado el cuerpo en un armazón enjuto y duro. La camisa que Beth le cosió antes de la fosa era una hilacha rota en los codos; nadie se la zurcía, nadie le quitaba el hollín de la nuca ni le guardaba cecina cuando la olla salía de las brasas. El chiquillo conocía el orden de la tropa: el que no produce estorba, y el que estorba acaba en una zanja. Por eso callaba y se pegaba a los carros, midiendo el vaivén de las fundas y apartándose de las botas antes de que le alcanzaran las costillas.

De la sombra del carro salió Gilbert Troy. Caminaba sin apuro sobre la grava, con los faldones del gabán rozándole las botas engrasadas. Su sombra tapó el sol que le calentaba la nuca al chiquillo. Sacó un cigarro negro del chaleco, lo prendió arrimándole una ramita encendida y soltó una bocanada espesa. No miró al crío; tenía los ojos puestos en la cuerda de los caballos.

—Tienen el hocico seco —dijo, sin levantar la voz—. Agarra los baldes.

Archie saltó de la piedra. Descolgó de la carreta dos cubos de roble; las sogas deshilachadas de las asas le raspaban la piel viva. Bajó hacia el arroyo a más de cien varas, abriendo las piernas para que la madera no le golpeara las espinillas. En la orilla, el fango le cubrió las botas viejas. Hundió los baldes hasta llenarlos a medias, sabiendo que colmados no los arrancaría del lodo. Apretó los dientes, arqueó la espalda y tiró hacia arriba; los tendones de los hombros le crujieron bajo el peso.

El regreso fue una faena de pasos cortos. El agua salpicaba empapándole los calzones con un frío punzante. Cada veinte varas dejaba los cubos en la piedra, respiraba hondo y volvía a cargar antes de que Gilbert volviera la cabeza. Al vaciarlos en el canalón, las bestias se abalanzaron atropellándose. Archie repitió el viaje cinco veces bajo el sol, hasta llenar el abrevadero.

Apoyado en la lanza de una carreta, Gilbert fumaba sin moverse. Cuando el chiquillo apartó los baldes, temblando por el esfuerzo, el hombre señaló con la brasa del cigarro el montón de calderos y sartenes grasientas.

—Sácales el unto —ordenó—. Hasta que brillen.

Archie se hincó junto a los cacharros. Tomó puñados de arena áspera y restregó el hierro con las palmas desnudas, como le había enseñado Beth. La arenilla le abría grietas en las yemas contra las rebabas, pero no aflojó. Enjuagó el metal en el arroyo y luego fue por leña a una quebrada seca, arrancando ramas de espino negro. Las astillas le desgarraron los antebrazos mientras cargaba brazadas contra el pecho, encorvado bajo la carga y con la sangre latiéndole en las sienes.

Nadie le dio las gracias. Los cuatreros comían en los platos que fregaba y pasaban de largo. El trabajo constante fue endureciéndole la piel; las palmas se le cubrieron de una costra callosa y los ojos aprendieron a quedarse quietos. Archie no perdía detalle.

Dormía metido en una lona alquitranada entre los radios de la rueda de Troy, donde el viento cortaba menos. Se despertaba antes del alba, atento a cualquier crujido metálico. Una mañana, acurrucado bajo el pescante fingiendo engrasar una correa de cuero, escuchó a cuatro jinetes planear el asalto a una carretela del correo que bajaba con plata hacia el fuerte. Con la punta de un cuchillo de monte, un forajido tuerto trazaba sobre la tierra el croquis del desfiladero de las Quijadas.

—El tiro se hace desde el crestón alto —mascullaba el tuerto, clavando la hoja—. Si encajonamos a la escolta en la curva del arroyo, las carabinas no tienen campo de tiro. El plomo baja en diagonal y nadie levanta la cabeza.

El chiquillo no sabía leer carteles de recompensa, pero conocía el terreno: sabía dónde se emboscaba el tirador y qué peñasco servía para cubrirse del plomo.

Por las tardes miraba desarmar los revólveres sobre cajones vacíos de munición. Retenía el despiece de los cilindros, la limpieza de las agujas con aguarrás y el encaje de las cuñas. Sabía el chasquido exacto del hierro al entrar en su sitio y una certeza aprendida en silencio: un solo grano de arena en la recámara bastaba para dejar a un hombre muerto en la zanja.

Tres semanas después la banda acampó al pie de unas peñas calizas que asomaban de la greda en crestas afiladas. Al atardecer, el cocinero destapó la marmita. Archie esperó al final de la hilera, arrimado a una roca. Cuando le llegó el turno, le soltaron en el fondo de la escudilla un cucharón de caldo ralo y un trozo correoso de falda, duro de masticar.

Se apartó hacia una laja para comer al resguardo del viento. No alcanzó a dar el segundo bocado cuando una sombra ancha se le vino encima. El Caimán se plantó frente a él; era un mestizo pesado, con el labio abierto por un sablazo que dejaba al aire los colmillos carcomidos. Llevaba su escudilla vacía y la bota de aguardiente en los dedos. Con una sonrisa torcida, pateó el plato de Archie. La carne rodó por el polvo y los frijoles quedaron desparramados sobre una bosta seca.

—Mucho tasajo para un perro que no ladra —dijo el hombre, con una carcajada bronca.

Se agachó despacio y recogió la carne del suelo, limpiándola contra el muslo de sus calzones.

Archie no lo pensó. No hubo vacilación ni cálculo de fuerzas. Se tiró hacia adelante antes de que el hombre bajara el brazo, prendiéndosele a la muñeca con las uñas y hundiendo los dientes en el antebrazo. Mordió con fuerza hasta tocar hueso; el Caimán soltó un aullido, soltó la carne y trastabilló hacia atrás.

—¡Maldito cachorro del diablo! —bramó.

Con el puño libre, el cuatrero le descargó un golpe en el costado de la cabeza. El impacto arrancó al chico del suelo y lo estrelló contra el terraplén. Rodó por la grava y dio de espaldas contra una arista de caliza. Quedó tendido, boqueando con el aire cortado en los pulmones, los ojos ciegos de tierra y un zumbido agudo en las sienes.

El alboroto cortó las conversaciones en el campamento. Varios jinetes volvieron la cabeza soltando risotadas, pero nadie intervino. Tosiendo polvo y saliva con sangre, Archie buscó el fuego central.

Gilbert Troy seguía sentado sobre un fardo de monturas, con la taza en la mano y el cigarro entre los labios. No se había movido. Tenía los ojos claros fijos en el chico tirado en la tierra, sin un gesto de socorro ni de reproche, midiéndolo con la calma con que se comprueba la resistencia de un arnés.

Archie tragó aire en bocanadas secas, reprimiendo el llanto y el ardor de la garganta. Apoyó las palmas en la grava y se puso de pie sobre las piernas temblorosas. No bajó la vista. Se limpió el polvo de las rodillas y encaró al Caimán.

El cuatrero sostenía la falda en la mano, pero la risa se le había borrado del rostro. Miró al crío plantado frente a él con los puños cerrados y la boca manchada de sangre, sin un temblor en las mandíbulas. Había una fijeza en los ojos del chico que volvió incómodo el silencio. El Caimán masculló un juramento entre dientes, escupió al suelo y dio media vuelta hacia el fogón.

Archie no se movió. Se agachó, recogió el plato abollado y rescató del polvo los granos de frijol que no tocaban la bosta. Se los metió en la boca y los masticó despacio, sintiendo la arenilla rechinar en las muelas, con la vista fija en las brasas.

La noche cayó helada sobre el cañón. Cuando el campamento quedó en silencio, Archie salió de su rincón bajo la carreta. Descalzo sobre la escarcha, arrastró tres leños de roble que sobraban de la tarde y los acomodó entre las brasas, soplando la ceniza hasta levantar una llama amarilla. Se sentó frente al fuego, cruzando los brazos sobre el pecho para aplacar el dolor de las costillas.

Al otro lado de las llamas, recortado en la penumbra, Gilbert Troy permanecía despierto con una botella en la mano. A través del humo que el viento doblaba hacia los cerros, el jefe lo miraba en silencio: había visto la embestida, la caída contra la roca, la forma de levantarse y el plato recogido sin pedir socorro a nadie. Troy soltó una bocanada de tabaco que se disolvió en el frío, bajó la botella hacia la rodilla y asintió una sola vez. Archie sostuvo la mirada a través de las brasas hasta que la lumbre empezó a consumirse. Ya no era un bulto en la trasera del carromato ni una carga inútil. A partir de esa noche, tenía un sitio junto al fuego.

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