La princesa Hatice encendió las luces de su habitación aquella tarde de abril. Al dar su pieza a un estrecho patio interior, solo durante una hora al mediodía entraba claridad suficiente para prescindir de la luz artificial. Habían pasado pocos días desde su vuelta de la clínica donde dio a luz a Selim y ahora, sentada en un sillón orejero, con el cuerpo aún dolorido y las ojeras marcando su rostro pálido, volvió al doloroso trámite de la lactancia mientras Murad jugaba en el suelo. La mastitis era muy molesta, pero progresivamente iba dejando paso a una sensación mucho más agradable de conexión con aquel niño que de vez en cuando la miraba según mamaba.
Frente a ella, una de las empleadas había terminado de hacer las camas y pasaba un paño húmedo por los muebles. Era una mujer alta, rubia y de ojos claros, con las manos cuarteadas por la lejía, pero con un porte que delataba un pasado muy distinto. La princesa ya había cruzado algunas palabras con ella en semanas anteriores; sabía que se llamaba Anastasia y era la única ante quien no tenía reparos en conversar, incluso en un acto tan humillante como era dar de mamar. El cambio de trato que la empleada dio al escuchar el rango de Hatice le inspiró confianza.
—No lo soporto más, Anastasia —suspiró Hatice, ajustándose el batín de seda tras acomodar al niño en su pecho—. Míreme. Yo, una princesa de la Casa de Osmán, reducida a parecer una daya[0] y para colmo, mi esposo lleva desde que llegamos con la absurda idea de mudarnos a un apartamento de vecinos. ¡A un apartamento de alquiler! Como si fuéramos tenderos.
Anastasia detuvo un momento su rápida pasada de polvo, miró de reojo y reanudó su quehacer.
—Yo no quiero moverme de aquí —Hatice pudo contener un brote de furia—. Por muy malo que sea este hotel disponemos de servicio. Creo que Tarik tiene razón. Solo hay que aguardar un poco a que esta locura de la república caiga y podamos volver a nuestros palacios. Es cuestión de meses, un año como máximo.
Al escuchar esto, la mujer soltó el trapo, entreabrió la puerta, miró a un lado del pasillo, luego al otro y la volvió a cerrar.
—Alteza imperial, se lo suplico, no tengo mucho tiempo —habló casi en un susurro recogiendo el trapo y apretándolo con ambas manos —. Perdone el atrevimiento, pero no puedo por menos de ver un error en lo que su alteza sostiene. Por Dios todo misericordioso le ruego que no desoiga las palabras de su esposo.
Hatice frunció el ceño.
—Mi esposo y yo hicimos exactamente lo que su alteza imperial termina de decir. Gastamos nuestras joyas esperando ese mismo sueño que su alteza termina de pronunciar, pensando que pasaría como a los aristócratas húngaros, que la mayoría recuperó sus tierras, convencidos de que el exilio era una rabieta de la historia o, más inútil aún, urdiendo conspiraciones de salón que nunca llegaban a nada como hacía mi marido.
En ese momento Anastasia se llevó la mano al pecho empuñando algún objeto que debía llevar colgado en el cuello bajo la blusa.
—Esa esperanza que alberga su alteza— la princesa Hatice sintió un escalofrío —esa idea de que “todo se normalizará y volveremos”, es el veneno más dulce del exiliado. Si su príncipe quiere sacarla de aquí y llevarla a un piso, es porque ha manejado números. Si luego se normaliza la situación en la Sublime Puerta y les restituyen como a muchos húngaros, perfecto; pero si no, el servicio se paga y muy caro, por pequeño que sea. Perdóneme el atrevimiento, pero le suplico a su alteza que no desoiga a su esposo o dentro de unos años quizá sea su alteza imperial la que esté limpiando esta misma habitación. Ahora, con su permiso, debo retirarme.
Anastasia tomó el carrito de limpieza y salió.
Mientras, en la oficina de correos de Estambul un funcionario abría una carta utilizando vapor para despegar el sobre y comenzaba a leer:
A la muy ilustre y noble señora de nuestro linaje, nuestra amada hija Hatice Sultan, luz de nuestros ojos y consuelo de nuestra vejez, que la paz, la misericordia y las inmensas bendiciones del Justo y Misericordioso desciendan sobre tu morada.
Hija nuestra, te escribimos estas líneas llenos de alegría al saber por vuestro telegrama que tenemos un nuevo nieto sano y hermoso, pero también con el corazón encogido por lo mucho que empeora la situación aquí, especialmente para todos los que formamos parte de la familia política de la depuesta Casa Imperial. La hostilidad de los funcionarios no conoce límites. Los comisarios de la nueva república han seguido expropiando los yalis^1^ de nuestros parientes en Bebek bajo el falso pretexto de impuestos atrasados o de pertenecer al Estado. A los hermanos de tu tío los han despojado del bloque de pisos que tenían en alquiler y era su único sustento. La policía secreta vigila noche y día las casas de los antiguos visires y de los damat^2^, tratándonos abiertamente como enemigos del Estado. A otro tío tuyo le habían congelado las cuentas en el banco, privándolo de sus ahorros*.*
Por lo que más ames en este mundo, te suplicamos hija nuestra: arranca de tu mente la ilusión de que esta pesadilla pasará pronto. La patria que conocimos está siendo borrada de la faz de la tierra. Ni siquiera nuestra patria se llama ya Devlet-i ʿAliyye-i ʿOsmâniyye ^3^, hasta el nombre otomano ahora está mal visto y por todas partes se utiliza el de turco, como a los pastores y jornaleros de Anatolia. La opresión es tan insoportable que nosotros mismos estamos abandonando el sueño de poder morir en nuestra tierra. Hemos comenzado a malvender lo que nos queda antes de que nos lo embarguen como a los hermanos de tu padre y con eso marchar al destierro antes de que sea tarde.
En medio de esta tormenta, solo podemos darte un mandato como padres: confía en tu esposo. Si el Şehzade^4^* Mehmed llevaba tiempo reuniendo folletos sobre Niza era por contar con la perspicacia de lo que se avecinaba y lo que debe hacerse para salvaros, no seas tú un obstáculo en su camino.*
Concluimos esta misiva rogando a Alá, el Clemente y Misericordioso, por nuestro nuevo nieto para que crezca bajo Su divina protección. Os enviamos nuestro amor más profundo.
Tus padres, que ruegan por ti.
El funcionario terminó de leer la misiva y la puso en el grupo para destruir.
Mientras, casi al otro extremo del Mediterráneo, La puerta de la estancia se abrió y entró el sehzade Mehmed con el maletín de cuero. En su interior reposaban, dos documentos firmados ante notario en los que no aparecía su nombre por ninguna parte, pero los traía bajo llave.
Apenas su primogénito vio a su padre, corrió hacia él estirando los brazos. Una gran sonrisa invadió el rostro de Mehmed. Soltó el maletín y, con un acto tan inusual como mal visto en la corte otomana, tomó al niño por las axilas y lo levantó sobre su cabeza provocándole una carcajada de felicidad. Después lo apretó contra su pecho y lo volvió a dejar en el suelo.
Hatice lo observaba desde el sillón, con la bata de seda recogida sobre las piernas y el rostro pálido.
—Has tardado mi señor —murmuró la princesa con la postura erguida propia de una mujer de su rango, pese a estar en una situación tan degradante como era amamantar a su recién nacido.
Mehmed perdió la sonrisa de inmediato, avanzó para dejar atrás la manta que dividía la estancia en selamlık y el haremlik pensando para sus más íntimos adentros «un mes o más. Otro maldito mes aquí» .
—Ha sido necesario —fue toda su respuesta.
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0 Nodriza de las cortes turcas
1Palacete de recreo generalmente sobre pilotes
2Yernos imperiales
3El Sublime Estado Otomano
4Príncipe otomano, es decir, hijo o nieto de sultán por vía paterna.
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