Eva 

El primer día que la vi, ella ya me estaba mirando. No soy una persona observadora, por lo que no sé decir cuánto tiempo llevaba haciéndolo. De hecho, si no hubiera sido porque el mercadillo estaba prácticamente vacío debido a la lluvia, lo más probable es que no hubiera reparado en su presencia. Sin embargo, allí estaba, tan solo a unos puestos detrás de mí. Al verse descubierta, bajó la mirada y empezó a hurgar en su bolso, nerviosa, y se giró, como queriendo esconder la cara tras su hombro. 

En ese momento no vi el parecido. No sé si no lo vi o no quise verlo. Tan solo vi a una chica que me miraba fijamente y no le di importancia. Terminé de pagar al tendero por la fruta que me llevaba, volví a refugiarme bajo el paraguas y eché a andar hacia casa. Algo, no sé el qué, me hizo girarme y buscarla con la mirada, pero para entonces ella ya no estaba ahí. Tampoco sé explicar por qué entonces sentí alivio y mis hombros se relajaron. 

Me encantan los días lluviosos. Pasear con el paraguas bajo la lluvia es una de mis sensaciones favoritas, el olor del suelo mojado me embriaga y el sonido de las gotas contra el paraguas me reconforta; pero algo en aquella mañana no me dejó disfrutar de ese momento especial. 

Al llegar al portal, un escalofrío me trepo por la espalda y me hizo girarme rápidamente. Capté una sombra fugaz que se escondía tras la esquina. «Alguien huyendo de la lluvia», me dije, y entré en casa. 

 

∅ 

La primera vez que me vio fue en el mercadillo, pero lo cierto es que yo ya llevaba un tiempo siguiéndola.  

Ocurrió un mes atrás, iba paseando con ese novio que tiene de la mano por el centro comercial. Me crucé con ellos, la miré e instantáneamente giré sobre mis talones y empecé a seguirlos. A seguirla. No daba crédito a lo que mis ojos veían. Al principio fue simple curiosidad, pero cuánto más la miraba, más me fascinaba. Luego sentí miedo. 

Cuando se dirigieron hacia el aparcamiento, el corazón empezó a golpearme fuertemente dentro del pecho. Iba a perderla… Y la perdí. 

Fue un sábado por la tarde. Así que volví el sábado siguiente. Estuve todo el día en el centro comercial, al lado de las puertas automáticas; sin éxito alguno. 

Sé lo que es. Me habían hablado de ello y había leído alguna historia por internet. Siempre he sido una gran aficionada al terror, por lo que sé reconocer algo así cuando lo veo. Era mi doppelgänger. 

Mentiría si dijera que no pasé toda esa semana investigando su historia. La conclusión es clara: ver a tu doble es presagio de muerte. Ella misma, mi doble, me matará. Por eso tengo que localizarla. Si la vigilo, si la tengo bajo control, no podrá hacerme daño. No debo darle la espalda. El cazador cazado. 

Por eso también volví el sábado siguiente al centro comercial y esta vez sí vino. Para cuando se fue hacia su coche yo ya tenía un taxi esperándome. La seguí hasta casa. El día que ella me vio en el mercadillo yo ya llevaba tres días viviendo en el edificio frente al suyo. 

 

∅ 

Apostada desde mi ventana, la observo cada día. Mi piso está a una altura superior al suyo, por lo que, cuando las cortinas no están corridas, tengo una buena visión de su dormitorio y su salón. La veo ir y venir, mientras mira la tele, come, se cambia… e incluso cuando hace el amor. Creo que aquí estoy segura, pero de vez en cuando tengo que salir a por víveres y… Bueno… También me puede la curiosidad y voy tras ella. 

Ya conozco su lugar de trabajo y la residencia para mayores en la que vive su madre, los lugares que frecuenta con sus amigas y los sitios donde hace la compra. ¿Tiene acaso sentido que mi doble tenga su vida tan bien construida? ¿Y si es una farsa para despistarme? ¿Estoy realmente segura aquí? 

 

Eva 

La cafetería en la que trabajo no está mal. Es grande, pero acogedora; el aroma del café de especialidad se mezcla con el de la bollería casera, recién horneada cada mañana. Aquí la vi por segunda vez.  

Estaba sentada en la zona de mi compañero, así que fue él quien le atendió. 

—Eh, Eva, echa un vistazo a la mesa 13 —me susurró —. No sabía que tenías una hermana gemela. 

Fruncí el ceño, extrañada, y levanté la vista. 

Ahí estaba, oculta tras una revista, clavándome los ojos por encima del papel. Se me erizó la piel al ver la similitud y me quedé petrificada hasta que el café que seguía vertiendo se desbordó y me abrasó la piel. Lancé un grito ahogado y corrí al vestuario a echarme agua fría y vendarme la mano. Cuando regresé a mi puesto, la mesa 13 estaba vacía. 

—¿Se ha ido? —pregunté a mi compañero. 

—Sí, dejó un billete de 10 y me dijo que me quedase el cambio. Es alucinante, ¿verdad? Debe ser alguna pariente tuya o algo así. 

—Solo le he visto los ojos —respondí, un tanto confusa. 

Esos ojos, sus ojos… Eran mis ojos. 

 

∅ 

Asumo mi culpa al ser descubierta aquel día en la cafetería. No sé si fue un torpe acto de valentía, la necesidad de adrenalina o el morbo; pero en cuanto me vio supe que la había cagado. Se fue corriendo de allí, seguramente intentando pillarme desprevenida, así que pagué rápidamente y hui.  

Durante el trayecto a casa no dejé de mirar hacia atrás; no podía darle la espalda. Un coche me pitó por cruzar sin mirar, me choqué con un par de personas y una de ellas me insultó. Llegué al portal y, temblando, busqué las llaves en el bolso, echando un vistazo por encima del hombro por si me seguía. Encontré las llaves, pero se escurrieron entre mis manos sudorosas y cayeron al suelo, cuando las recuperé y las metí en la cerradura, volví la vista una vez más; nada. Empujé la puerta y entré. Estaba a salvo. 

 

∅ 

Desde mi ventana la contemplaba. No soportaba verla frente al espejo. «Es mi imagen», pensaba. «Soy yo. Me estás robando mi imagen, zorra». 

Cuando la vi ponerse el abrigo y lanzar una última mirada a su reflejo —mi reflejo—, me puse mis gafas de sol, aunque fuera de noche, me escondí la coleta en un gorro y cogí la mochila que ya tenía preparada. Salí del portal en el momento justo en que ella y su novio echaban a andar calle abajo cogidos de la mano. Corrí hacia su casa, pero no llegué a tiempo, la puerta se me cerró en las narices. Se encendió una bombilla en mi cabeza y llamé al telefonillo de varios vecinos hasta que al fin alguien contestó. 

—Soy la vecina del tercero —dije—. He olvidado las llaves, ¿me puede abrir? 

Silencio. Y la puerta se abrió. 

—Eva Flores —leí en su buzón. —Es bonito. 

Una vez en su rellano, sacaría los materiales necesarios para hacer una copia de la llave. Con resina y paciencia, tendría un molde.  

La puerta de enfrente se abrió y una vecina me sorprendió cuando estaba abriendo la mochila. 

—Eva, ¿qué estás haciendo? ¿Has perdido la llave? Podrías haberme pedido la copia, no te preocupes por las horas —dijo mientras entraba en su casa para buscar algo. —Toma, anda —regresó. —La próxima vez llama, que no muerdo. Oye, ¿estás bien? Nena, tienes cara de susto. 

—S-Sí, no se preocupe, es que ya pensaba que me quedaba en la calle esta noche. 

—Para eso estamos las vecinas. No te olvides de devolverme luego la llave, por si acaso —y cerró la puerta. 

Tenía la llave. 

 

Eva 

El timbré sonó mientras Víctor y yo cenábamos, era mi vecina. 

—Ay, Eva, ¿te pillo cenando? 

—No se preocupe doña Amparo, ¿qué quiere? 

—Nada, era para recordarte que cuando puedas me devuelvas la llave, no vaya a ser que te vuelvas a quedar en la calle. 

—¿Cómo? —pregunté extrañada. 

—Sí, bueno, como el otro día. Pero cuando puedas, ¿vale? No hay prisa —dijo, y se metió en su casa sin dejarme responder. 

—No entiendo nada —le dije a Víctor, volviendo a la mesa, y le conté la conversación con la vecina. 

—Bueno, es una mujer mayor, quizá está senil o se siente sola. Podrías ir a visitarla más a menudo, le caes bien. 

Así quedó zanjado el asunto y terminamos de cenar. 

 

Me encontraba en un estado de duermevela, escuchaba la respiración pausada de Víctor a mi lado, que había caído rendido después de hacer el amor, cuando, borrosa, una figura apareció a los pies de mi cama. Quise despertar a Víctor en cuanto fui consciente de lo que veía, pero el terror me tenía paralizada.  

Era yo. ¡Yo! Observándome a mí misma. Nos miramos a los ojos durante unos segundos que me parecieron horas y durante los cuales pude observarme bien. Ella soy yo, pero no soy yo. Lo noto en algo, pero no sé en qué. Me veo en ella, sin embargo, no me reconozco. No puedo ser yo. 

Quise preguntarle qué quería de mí, pero al abrir la boca para hablar, la otra yo retrocedió asustada y salió de la habitación.  

A la mañana siguiente, se lo conté a Víctor y me habló de viajes astrales, experiencias extracorporales y parálisis de sueño. Sé que no se trataba de nada de eso. Lo sé porque no desperté en ningún momento. Después de aquella siniestra visita no pude conciliar el sueño. 

 

Eva 

«¿Qué es eso que me está siguiendo? Me espía, me observa, me estudia, me acecha. Es igual que yo. ¿Soy yo? ¿Qué quiere de mí? ¿Qué quiero de mí? ¿Me estoy volviendo loca?» 

 

∅ 

Anoche fui a verla otra vez. Nos miramos cara a cara, pero no reaccionó. Quería que supiera que sé lo que es y que soy yo quien la vigila a ella y no al revés. 

Tenía la situación controlada hasta que quiso hablar. Tuve que huir, no creo soportar escuchar mi voz en ella, y no creo querer escuchar lo que tenga que decir. 

No puedo seguir viviendo así, es ella o yo. 

 

Eva 

Hoy necesito tiempo para mí. Normalmente, suelo aprovechar mi día libre para ir a ver a mamá y hacer recados, pero hoy no puedo. Siento que me estoy volviendo loca, allá donde voy creo verla. Me estoy volviendo paranoica, ya ni en casa me siento segura. 

Víctor no tardará en volver, pero no quiero estar sola. Me siento observada y tengo miedo. Pienso en lo que me dijo Víctor el otro día y decido ir a visitar a la vecina, su compañía me reconfortará. 

Voy a echarme un vistazo en el espejo del recibidor antes de salir de casa y dos yoes me devuelven la mirada. La que está más alejada sujeta un martillo. Entonces se acerca hacia mí y lo alza. El golpe me arranca el aire, noto un zumbido y una luz blanca me ciega. Siento como me desvanezco y todo se vuelve oscuro. 

 

∅ 

Oigo la cerradura mientras termino de arrastrar su cuerpo bajo la cama. 

—Cariño —es Víctor—, ya estoy en casa. 

Termino de alisarme el jersey que he cogido de su armario y me pongo unas gotas de su perfume. «Querías acabar conmigo y vivir mi vida, zorra. Ahora yo viviré la tuya». Pongo mi mejor sonrisa. 

—Amor, estoy en la habitación. 

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