Hay algo que quienes nos dedicamos a escribir conocemos bastante bien, aunque rara vez lo comentamos en voz alta, posiblemente porque todavía conservamos cierta esperanza en la humanidad y preferimos no ponerla a prueba demasiado seguido.
Todo empieza con una conversación inocente, generalmente en una reunión de amigos, durante un asado o mientras alguien espera que termine de calentarse el agua para el mate. En algún momento surge el tema de lo que escribís y aparece esa persona que asegura haber leído absolutamente todo lo que publicaste, que le encanta tu manera de contar las cosas y que no comprende cómo es posible que todavía no seas un escritor famoso.
A partir de ahí, los elogios empiezan a multiplicarse con una generosidad que conmueve. Te dicen que tenés talento, que deberías publicar un libro, que hay cada cosa dando vueltas por las librerías que resulta incomprensible que vos todavía no tengas uno en las vidrieras. Alguno incluso se indigna con las editoriales, a las que acusa de estar perdiéndose una oportunidad enorme, aunque probablemente no haya entrado en una librería desde que terminó la secundaria.
Y vos escuchás, agradecés, bajás un poquito la cabeza porque tampoco sabés muy bien qué hacer con tantos elogios juntos y, cuando llegás a casa, empezás a pensar que quizá tengan razón.
Después vienen los meses de trabajo, las correcciones interminables, las noches en que cambiás una palabra por otra para terminar descubriendo, tres horas más tarde, que la primera estaba perfectamente bien. Revisás capítulos, discutís con las comas, elegís una portada, averiguás cómo funciona eso de publicar un libro y aprendés una cantidad de palabras nuevas relacionadas con formatos, márgenes y derechos de autor que jamás imaginaste necesitar.
Hasta que finalmente llega el día en que tenés tu libro publicado, con tu nombre en la tapa y una página donde cualquiera puede comprarlo. Sentís esa mezcla de orgullo y nervios que debe sentir un padre cuando su hijo sale por primera vez solo a la calle y, después de recibir tantos consejos y muestras de entusiasmo, hacés lo que cualquier persona razonable haría: les avisás a todos que el libro ya está disponible.
Y ahí ocurre un fenómeno extraordinario, digno de ser estudiado por alguna universidad importante.
La gente empieza a desaparecer.
Algunos lo hacen discretamente, dejando un pulgar levantado debajo de la publicación antes de retirarse hacia destinos desconocidos. Otros te felicitan con el mismo entusiasmo de siempre, aseguran que pronto van a comprarlo y cambian de tema con una habilidad que haría llorar de emoción a un diplomático profesional.
También están los que te preguntan si no tenés algún ejemplar para prestarles, porque les encantaría leerlo y después comentarte qué les pareció. Estos suelen ser especialmente afectuosos y, por alguna razón, nunca llevan dinero encima cuando se encuentran con vos.
Y aparece, por supuesto, el amigo que te dice que deberías regalar unos cuantos ejemplares para hacerte conocido, una estrategia comercial interesante que consiste en invertir tiempo, esfuerzo y dinero para conseguir que otras personas reciban gratuitamente el resultado de todo ese trabajo.
Lo más curioso es que nadie ha dejado de admirarte y todos siguen convencidos de que sos un escritor formidable, de que tu libro merece llegar muy lejos y de que algún día vas a tener el reconocimiento que te corresponde. Simplemente consideran que ese reconocimiento debería llegar por algún procedimiento que no requiera la participación de sus billeteras.
Ahora bien, tampoco vamos a ponernos injustos. Nadie está obligado a comprar lo que produce un amigo, un familiar o un conocido. Si así fuera, tendríamos las casas llenas de velas aromáticas, recipientes de plástico, cosméticos que jamás usamos y cuadros pintados por ese primo que descubrió su vocación artística durante la pandemia. El afecto no debería venir acompañado de una factura, y ya es bastante difícil mantener las amistades sin sumarles obligaciones comerciales.
Además, puede ocurrir que alguien disfrute muchísimo de lo que escribís y no tenga el menor interés en comprar un libro. A mí también me gustan muchas cosas que jamás se me ocurriría llevar a casa, empezando por esos sillones enormes que aparecen en las revistas de decoración y que cuestan aproximadamente lo mismo que un automóvil usado. Pero resulta curioso que quienes más te insistieron para que publicaras sean, a veces, los primeros en preguntarte si no podés mandarles una copia por WhatsApp.
Por suerte, también está la gente que comparte una publicación sin que se lo pidas, la que recomienda tu libro durante una conversación o la que un día te escribe para contarte que leyó algo tuyo y se acordó de su infancia, de su padre o de alguna persona que ya no está.
A veces son desconocidos, personas con las que jamás compartiste un café y que, sin embargo, encuentran en tus palabras alguna historia que también les pertenece. Y uno termina descubriendo que hay lectores que se sienten cerca tuyo sin conocerte.
Con el tiempo aprendés a disfrutar de esos encuentros inesperados, a agradecer los elogios sin empezar a calcular cuántos ejemplares representan y a seguir escribiendo porque todavía hay cosas que tenés ganas de contar. Aunque, de vez en cuando, si alguien vuelve a asegurarte que tu próximo libro va a ser un éxito rotundo, no podés evitar preguntarte si estará pensando en comprarlo o si simplemente vino a desearte suerte.
Porque los aplausos son hermosos, levantan el ánimo y hasta pueden convencerte de seguir escribiendo cuando las cosas se ponen difíciles.
El único inconveniente es que, por más que lo intenté, todavía no encontré un supermercado que los acepte como medio de pago.
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