Elías.
Al oír a la doctora repetir ese nombre, lo primero que le vino a la mente fue el hombre deformado de su pesadilla. Su rostro partido. Su boca intacta, susurrando esas mismas sílabas.
—A-ah… ¿sí? —respondió, sin estar seguro de nada.
—Llevas dos días inconsciente. Te hemos hecho varias pruebas mientras dormías. Físicamente estás bien. —La doctora se llevó el índice a la sien—. Pero los escáneres muestran una actividad anómala en el hipocampo y en los lóbulos temporales, las zonas del cerebro que guardan la memoria.
«Con razón me duele tanto la cabeza», pensó Elías. «Con razón todo me da vueltas».
—Ahora que estás despierto, necesito hacerte unas preguntas —continuó ella—. Responde lo que puedas, sin pensarlo demasiado.
Elías asintió.
—¿Cómo te llamas?
Abrió la boca, pero no salió nada. El único nombre que tenía en la cabeza era el que había pronunciado aquel monstruo en su pesadilla, el mismo que acababa de decir ella.
—Usted me ha llamado Elías… pero no lo recuerdo.
—¿En qué año estamos?
—No lo sé.
—¿Recuerdas el nombre de tus padres? ¿Cómo eran?
Elías buscó en su memoria. Nada. Ni una cara, ni una voz, ni un nombre. Solo un vacío, tan grande que le dio vértigo.
—No.
La doctora tecleó algo en su tablet sin cambiar de expresión.
—Voy a decirte tres palabras y quiero que las repitas: manzana, mesa, moneda.
—Manzana, mesa, moneda.
—Bien. Última pregunta. —Levantó la vista y lo miró a los ojos—. ¿Oyes alguna voz en tu cabeza? ¿Alguna que no sea la tuya?
Elías recordó el susurro de la oscuridad, tan cerca de su oído. Dudó un instante.
—No —dijo al fin—. Solo… tuve una pesadilla.
La doctora lo observó un segundo más de lo necesario. Luego volvió a la tablet.
—Conservas el lenguaje y, de momento, parece que también la capacidad de formar recuerdos nuevos. No presentas síntomas de alteración mental. Lo que has perdido son tus recuerdos personales. Tienes amnesia retrógrada.
—¿Qué?
La palabra le cayó encima como un peso, y por un instante sintió que el suelo se desvanecía bajo sus pies.
—En teoría, no tiene por qué ser permanente —continuó la doctora, con el mismo tono tranquilo—, pero necesitamos hacerte más pruebas para confirmarlo. Dicho esto… toma.
Le tendió la tablet. Elías la cogió y tardó un momento en entender qué mostraba la pantalla: una ficha de paciente. En la parte superior, un nombre.
—Elías Reyes… —se le escapó en un susurro.
—Sí. Ese es tu nombre.
Elías bajó de nuevo la vista hacia la pantalla. Debajo de su nombre había más datos, escritos en el mismo tono frío de un informe:
Edad: 18 años. Estatura: 1,78 m. Peso: 65 kg. Rango: recluta, en evaluación final. Núcleo: blanco. Unidad: Avanzada de Tokio.
Y, al final, en el apartado de observaciones:
Superviviente de la incursión a Tokio.
Estado: en observación. Riesgo psicológico: elevado.
Pendiente: interrogatorio obligatorio por el Departamento de Investigación.
Leyó aquellas líneas dos veces. «¿Superviviente? ¿De qué? ¿Y por qué soy un riesgo?»
Levantó la vista y la observó con más atención. Llevaba el pelo oscuro recogido sin un solo mechón fuera de sitio, y del cuello le colgaba un fino colgante de plata con un trazo curvo y elegante, como una palabra escrita en un alfabeto que Elías no sabía leer.
Sus ojos tenían una frialdad constante, casi distante, que explicaba sus respuestas secas, sin rastro de compasión. Y, sin embargo, su voz era suave, delicada, un hilo de calma que contradecía todo lo demás. Elías no supo qué pensar de ella.
—¿Cómo llegué aquí? ¿Qué me pasó?
—Te trajo un equipo de rescate. Te encontraron inconsciente, al borde de una Distorsión.
«¿Una Distorsión?» La palabra no le decía nada. Y, aun así, algo en su pecho se encogió al oírla.
—En cuanto a lo que te sucedió antes, eso no lo sé —añadió ella—. Cuando termine contigo avisaré al Departamento de Investigación. No tardarán en venir a hablar contigo de ese tema.
—Entiendo… Gracias, doctora.
—Karim. Noor Karim.
Su rostro siguió inexpresivo. Elías bajó los ojos hacia la placa metálica de su bata, donde el nombre estaba grabado con letras pequeñas y precisas.
—Ah, claro… Gracias por cuidarme, doctora Karim.
—Solo hago mi trabajo.
Un pitido breve salió del comunicador que llevaba en la muñeca. Leyó el mensaje y frunció apenas el ceño.
—Me necesitan en la Sección A —dijo, mientras le retiraba los cables y la vía del suero con movimientos rápidos y exactos, los de alguien que lo ha hecho miles de veces—. Espera aquí. Vuelvo enseguida y seguimos con las pruebas.
Luego se dio la vuelta y se marchó con pasos firmes.
En la mesita junto a la cama había un pequeño espejo de mano. Elías dudó un momento antes de cogerlo. Le daba miedo lo que podía encontrar.
Desde el cristal le devolvió la mirada un chico de dieciocho años, delgado, de piel pálida. El pelo negro, desordenado, le caía sobre la frente y casi le tapaba los ojos: unos ojos marrones, apagados, con ojeras profundas, como si llevara mucho más de dos días sin dormir. En la mejilla derecha tenía una cicatriz fina, antigua, que no recordaba haberse hecho.
Era una cara que debería conocer mejor que ninguna otra. Y no le decía nada. Era como mirar a un desconocido.
«¿Este soy yo?»
Por un instante recordó al niño del espejo de su pesadilla, y no supo decir si se parecían. Dejó el espejo boca abajo sobre la mesita.
Sentado en el borde de la cama, Elías empezó a mover las manos, el cuello y las piernas. Tenía los músculos entumecidos; su cuerpo parecía haber olvidado cómo funcionar. Despacio, apoyó los pies en el suelo frío y se puso las chanclas.
Miró hacia el pasillo por donde se había ido la doctora. «Espera aquí», había dicho. Pero quedarse quieto en aquella cama, rodeado de miradas y sin saber quién era, le parecía insoportable.
Al ponerse en pie, su mirada fue a parar a una puerta al fondo de la sala, distinta a todas las demás. Era más gruesa, de metal gris, sin ventanilla. Sobre ella, un letrero en letras rojas: SOLO PERSONAL AUTORIZADO. A un lado había un escáner de huellas y un lector de identificación con una pequeña luz roja encendida.
Junto a ella, un guardia permanecía de pie, inmóvil como una estatua. Vestía un uniforme oscuro con una insignia de seguridad en el hombro y unos guantes con un pequeño cristal en el dorso; del cinturón le colgaba un inyector lleno de un líquido azulado. Sus ojos se cruzaron con los de Elías un instante. No dijo nada, pero tampoco apartó la mirada.
Se quedó mirando la puerta un segundo. Del otro lado no llegaba ningún sonido. Ni voces, ni máquinas, ni pasos. Solo silencio.
Por alguna razón, ese silencio le pareció peor que cualquier ruido. Apartó la mirada y echó a andar en dirección contraria.
Al salir, vio sobre la entrada un cartel: Sección B — Observación. Recorrió un pasillo flanqueado por camas separadas por cortinas de lona. Casi todas estaban cerradas, pero una seguía abierta: una familia rodeaba a un paciente, hablándole en voz baja, sosteniéndole la mano. Una punzada le atravesó el pecho. ¿Habría venido alguien a verlo a él en esos dos días?
No encontró respuesta. Suspiró y siguió caminando.
Al pasar junto al mostrador de enfermería, oyó un murmullo a su espalda.
—Es él, ¿no? —susurró alguien—. El de la incursión…
—Dicen que fue el único que volvió entero.
Elías se giró. Dos enfermeras apartaron la mirada a la vez y fingieron revisar sus pantallas. Él no entendió nada, pero sintió las miradas clavadas en la nuca hasta que dobló la esquina.
Unos metros más allá, otra puerta tenía un cartel mucho más amable: Sala de descanso. Dudó un segundo y decidió entrar. Dentro no había nadie: unas pocas mesas, sillas metálicas, un sofá amplio y, junto a la pared, una máquina expendedora cuyos colores brillantes hicieron que su estómago rugiera al instante.
—Tengo hambre —murmuró.
Miró el reloj de la pared y se dejó caer en el sofá. Luego miró la máquina. Luego se palpó la bata de hospital, por pura costumbre: ni siquiera tenía bolsillos.
«Con amnesia y sin dinero ni para un maldito bocadillo», pensó, apoyando la cabeza en el respaldo, con el ceño fruncido. «Supongo que esta es mi realidad».
◆ ◆ ◆
Noor Karim volvió a la Sección B en cuanto terminó con la urgencia. Se detuvo junto a la cama.
Estaba vacía.
Las sábanas seguían revueltas, y el espejo de mano descansaba boca abajo sobre la mesita. Noor soltó un suspiro largo, de esos que se guardan para los pacientes que nunca hacen caso.
—Te dije que esperaras —murmuró.
Iba a darse la vuelta cuando un sonido la detuvo: un pitido breve, casi amable. Al fondo de la sala, la pequeña luz del lector de identificación de la Sección C acababa de cambiar de rojo a verde.
Nadie la había activado desde fuera.
El guardia de la puerta se giró al mismo tiempo que ella. La puerta gris se abrió despacio, sin un solo ruido. Al otro lado, tendido en el suelo, el guardia de dentro dormía con su propio inyector vacío clavado en el cuello.
En el umbral estaba Kito, descalzo, con la bata de paciente arrugada. Con un brazo rodeaba el cuello de un médico, al que había obligado a acercar su identificación al lector para abrir la puerta.
Tenía la cabeza ladeada y respiraba como un animal herido. En la otra mano llevaba algo afilado, pegado al costado de su rehén. Y sus ojos ya no reconocían nada.
Noor no gritó. Llevaba demasiados años en aquel hospital para gritar. Retrocedió un paso y, muy despacio, deslizó la mano hacia el panel de la alarma.
◆ ◆ ◆
En la sala de descanso, Elías giró un poco el cuello y descubrió un ventanal al fondo. Al otro lado, todo estaba oscuro.
«¿Es de noche?»
Pero el reloj marcaba las dos de la tarde. Imposible. ¿Estaría roto?
Se levantó, extrañado, y fue hacia la ventana. A cada paso, sus ojos se abrían un poco más. Y cuando por fin llegó hasta el cristal, el aire se le quedó atrapado en la garganta.
Ahí abajo, suspendida en la oscuridad, estaba la Tierra.
Azul, inmensa, hermosa y silenciosa. Y, sobre los continentes, manchas extrañas que no sabía nombrar, como si alguien hubiera derramado otro color encima del mundo.
—¿El espacio? —balbuceó.
Se quedó mirándola, inmóvil, preguntándose si seguía dormido. Si aquello era otra capa de la pesadilla. Se pellizcó la mejilla con fuerza. Le dolió, y la piel le siguió ardiendo después.
—Es real… —dijo, con una risa seca—. No es un sueño.
Y entonces, el sonido.
Una sirena ensordecedora desgarró el silencio. Un pitido metálico, penetrante, y una voz robótica que repetía sin cesar:
«Activando protocolo de seguridad. Activando protocolo de seguridad.»
Elías no entendía nada de lo que estaba pasando. Solo tenía una certeza.
Su realidad era una mierda.
no comments (yet)