El hombre de la cicatriz no dio un paso atrás. Apoyó la bota en el travesaño del taburete de Archie, inclinó el torso y golpeó el estaño con el puño cerrado. El impacto hizo saltar el vaso de aguardiente, derramando un charco oscuro sobre la madera.

—Este pueblo cobra peaje por abrir la boca, forastero —soltó el tipo, escupiendo una hebra de tabaco contra el suelo—. Y las bestias como la tuya pagan el doble por atarse al poste.

Sin inmutarse, Archie observó el licor derramado antes de alzar la vista. La barba rala del matón no ocultaba la hendidura lívida que le cruzaba la mandíbula, pero bajo el ala del sombrero los ojos claros del recién llegado se mantuvieron quietos, limpios de sobresalto.

A diez pasos, en la mesa del tapete, los otros dos cuatreros suspendieron las cartas. El más corpulento apoyó los codos en la tabla y lanzó una moneda de cobre que rodó por el piso hasta chocar contra la bota de Archie.

—¡Quítale también las espuelas, Floyd! —gritó—. A ver si camina descalzo de vuelta al desierto.

En el extremo del mostrador, el tabernero intentó intervenir. Dejó caer el trapo y estiró un brazo trémulo para retirar el vaso.

—Déjalo estar, Floyd —suplicó el viejo—. Pagó su bebida y no busca camorra.

Floyd ni siquiera desvió la mirada. De un revés apartó la mano del cantinero y estrelló una botella vacía contra la balda.

—Tú friega y calla, viejo —le espetó—. O vas a recoger tus dientes con pala antes del anochecer.

El tabernero retrocedió hasta aplastarse contra las tablas. Dos peones recogieron sus sombreros del suelo y comenzaron a deslizarse pegados a la pared hacia la salida. Junto a la viga de pino, Verónica Obrador dio dos pasos atrás, apretando la bandeja de latón contra el corpiño y clavando la vista en la diestra de Archie, que reposaba sobre el mostrador, a una cuarta de la cartuchera.

Un paso más dio el matón, arrimándose hasta rozar con el abrigo el hombro del forastero. Estiró la mano y apoyó dos dedos sobre el ala del sombrero de Archie para obligarlo a levantar la cara.

Archie ladeó la cabeza con un golpe seco, esquivando el contacto. Con la mano izquierda apartó el vaso hacia el centro de la barra y dejó la palma quieta.

—No me toques el sombrero —dijo, en voz baja y pausada.

La frialdad del tono congeló la sonrisa de Floyd. El matón bajó la mano, pero plantó la palma en el borde del estaño, acorralando al forastero contra la pared.

—Te sobra lengua para lo poco que abres la faltriquera —gruñó Floyd—. Cuatro monedas de plata por el derecho de piso. Y me vas a entregar esa canana con todo lo que cuelga de ella. Pela la bolsa y desabróchate el cinto antes de que te saque las tripas a culatazos.

Archie alzó la mirada. Sus ojos grises se clavaron en los del agresor con una fijeza mineral, sin asomo de ira ni prisa.

—Ya pagué mi trago —respondió—. Y mi cuero no se desabrocha por orden de ningún cuatrero. Da media vuelta, amigo, y vuelve a tu partida. Todavía estás a tiempo de llegar a viejo.

La réplica cayó como plomo derretido en la cantina.

En la mesa del fondo, los dos hombres soltaron los naipes sobre el tapete. El segundo cuatrero soltó una carcajada para pinchar a su jefe:

—¡Te salió bravo el caminante, Floyd! ¡A ver si vas a tener que pedirle permiso para mear!

Aquella mofa delante de los peones terminó de cegar al matón. Soltó una patada brutal contra el hierro del taburete vecino, arrancando un estampido metálico.

—A mí no me torea ningún muerto de hambre —bramó Floyd, trabando con la pierna el costado de Archie—. Te bajas del asiento ahora mismo y te arrodillas en el aserrín, o te reviento la cabeza contra el estaño.

Archie no parpadeó. Mantuvo el codo derecho pegado al flanco y los dedos sueltos sobre el muslo.

—Última advertencia —dijo Archie, sin levantar el tono—. Apártate de la barra.

Ciego de rabia, Floyd cometió el error que en la frontera se paga con la sepultura: creyó que su volumen bastaba para someter al rival antes de que las armas hablaran. Despegó la zurda del mostrador y lanzó los dedos en garra para prender a Archie por el cuello y azotarlo contra las tablas.

Detrás de los barriles, el cantinero soltó un grito ahogado:

—¡Floyd, no…!

Tarde.

Las yemas de Floyd apenas rozaron el bolsillo de la camisa cuando Archie actuó.

No hubo titubeo ni ademán de sobra. La diestra del forastero abandonó el mostrador como un zarpazo, bajó a la cartuchera y regresó armada en un solo movimiento continuo. En el mismo ascenso del cañón, el pulgar de Archie montó la cresta del percutor con un golpe seco. El trinquete encajó con un chasquido metálico y la boca del revólver quedó clavada a una pulgada del entrecejo de Floyd.

Los ojos del cuatrero se abrieron desmesurados. Su mente tardó una fracción de segundo en comprender la aparición del hierro; la mueca de soberbia aún no se borraba de sus labios cuando el instinto le ordenó frenar el impulso, quebrar la cintura hacia atrás y alzar los brazos para taparse el rostro.

Fue inútil. El propio peso de su cuerpo hacia adelante lo vendió.

Archie apretó el gatillo.

La detonación reventó el aire de la cantina como un trueno encerrado entre tablas. El fogonazo barrió la penumbra y el plomo atravesó el hueso dos dedos por encima del puente de la nariz. La cabeza de Floyd dio un latigazo salvaje hacia atrás y sus cien kilos de carne salieron despedidos en el aire.

El cuerpo cayó a plomo sobre una mesilla baja de pino. La madera crujió al partirse en dos bajo el impacto; los vasos y las botellas vacías saltaron por los aires y se estrellaron contra el entablado en una lluvia de esquirlas. Floyd rebotó contra el suelo y quedó inmóvil, con los brazos abiertos en cruz sobre el aserrín y los ojos vueltos hacia las vigas del techo, fijos en un asombro ciego que la muerte acababa de congelar.

De la herida manaba un reguero oscuro que pronto buscó las junturas del piso.

El estrépito quebró el mundo en dos.

Los hombres desarmados no aguardaron a que el humo se disipara. Dos vaqueros se arrojaron al suelo, gateando entre las sillas caídas hasta empujar las puertas batientes y ganar la calle. En el rincón del fondo, un peón anciano arrojó su jarra vacía y se arrastró tras los sacos de harina con las manos en la nuca. El cantinero se aplastó en cuclillas tras el estaño.

Junto a la viga maestra, Verónica Obrador no gritó. Se aplastó contra el poste con la bandeja sobre el pecho, clavando sus ojos negros en la figura del forastero con la certeza de quien acaba de ver a un lobo en acción.

Archie no se había levantado del taburete.

Mantenía la espalda recta contra el mostrador y el codo derecho firme junto a las costillas, con el cañón humeante nivelado al pecho. No miró al cadáver que yacía entre los destrozos de la mesilla rota; los hombres muertos ya no empuñan armas.

Con la mirada lavada de pánico, Archie giró la cabeza hacia el fondo de la sala.

Allí, junto al tapete verde, los dos compinches de Floyd permanecían petrificados en sus sillas. Las risas se les habían congelado en la garganta y los naipes aún colgaban inertes de sus dedos crispados. Tenían los ojos clavados en el agujero sangriento que partía la frente de su cabecilla, incapaces de asimilar que en un suspiro el poder que ejercían sobre el pueblo acababa de ser borrado de un solo tiro.

Archie apoyó el talón de la bota en el travesaño del taburete y no apartó los ojos de ellos. El primer disparo ya había cobrado su presa.

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[–] 0 points 3 weeks ago (1 child)

Why are your authors so willing to exploit the work of illustrators and photographers by using gen AI? I get that they want something visual to help promote their writings, but using gen AI to plagiarize other artists work is a pretty scummy thing to do.

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  • hideshow 1 child comment
  • [–] [S] 1 point 3 weeks ago

    You are right, but unfortunately writers (and many other creators) use AI image tools to illustrate stories mainly for practical reasons: speed, cost, and accessibility. And it lets writers produce visuals without paying hundreds of dollars per image.

    At first, we were against IA, but after a couple of months, we couldn't do anything to stop the massive load of IA works.

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