Mérida y Greg comenzaron a romper las cadenas una por una, ella golpeando el soporte con la empuñadura de la pistola y Greg a base de fuerza bruta, arrancando las cadenas de la pared podrida. Seguían estando atados de manos, pero ahora, al menos ahora podían moverse.

El estado de salud de bastantes de las “Lágrimas” era desagradable a la vista con un olor que atraía a las moscas y parásitos que habían encontrado su hogar bajo tierra.

Una de ellas, con escamas en la piel y unas pequeñas aletas en el cuello, llamó especialmente su atención, ya que tenía la pierna derecha de un color negruzco, como si se estuviera descomponiendo.

—¿Qué es todo esto? —preguntaba Mérida, descansando los brazos después de haber roto tantas cadenas.

—Parece ser que “Los Guarumos” no solo eran distribuidores de droga.

—Dios…

El mareo era inevitable para ambos, pero era visible que Mérida era la que estaba llevando peor la situación, teniendo que apartarse un par de veces a la esquina de la habitación para vomitar al no soportar el hedor.

—Joder…

—¿Estás bien?

—No… —alcanzó a decir antes de soltar otra fuente de su boca.

—Sube arriba. Seguiré yo.

—No, tranquilo. Además, no quedan muchos.

Tras recuperarse siguió ayudando a su compañero a liberar al resto de esclavos, centrándose ahora al fondo del todo, habiendo allí, parcialmente oculto en la oscuridad, una figura pequeña, hecha bola y completamente quieta que no parecía estar respirando.

Se acercó para darle la vuelta al cuerpo y revisarlo. Su expresión no cambió en absoluto del shock. La sangre se le hizo hielo al reconocer su piel negra, el casco de moto tapando su gran cabeza y las astas asomándole de ellas.

—¿Ángel?

--

Tras ayudar a los esclavos a subir, se sentaron en uno de los sofás para descansar, notando los asientos húmedos por la sangre salpicada de “Los Guarumos”.

El cuerpo de Ángel descansaba sobre una mesa, tapado con una sábana que encontraron en uno de los armarios del lugar.

—¿Qué hacemos con ellos? —preguntaba Mérida, moviendo la pierna de arriba a abajo debido a su nerviosismo—. No podemos dejarlos por ahí simplemente. Necesitan un médico y un lugar donde dormir.

—Tal vez Eir nos pueda ayudar. Pero dudo bastante que David les deje quedarse en la base. Además, tendríamos que explicarle lo que hemos hecho.

—¿Qué hay del edificio ese de los drogadictos?

—¿Donde “Pizorro”? No creo que sea el mejor sitio.

—Ya, joder, ¿pero qué otra opción tenemos? Ya buscaremos algo mejor cuando estén seguros.

—Bueno… A ver, Elena se lleva bien con “Pizorro”. Podría hablar con él.

—Pues a ver…

Mérida marcó el teléfono de Elena, pero la llamada se colgó sola tras unos segundos al no responder nadie.

—Buf… Pues nada, iré a buscarla. Imagino que estará en casa. Tú quédate y ten cuidado por si viene alguien.

—Está bien. También intentaré romper las esposas mientras.

--

Mérida llegó al apartamento de Elena después de unos minutos, algo fatigada por haber ido a trote todo el camino. Golpeó la puerta con fuerza y rapidez, apoyando la cabeza contra ella mientras susurraba.

—Venga, venga, venga…

Elena tardó un par de minutos en bajar, recibiéndola en ropa interior y con un rostro molesto.

—Uy —murmuró Mérida, apartando la mirada instintivamente.

—Sí, hola. Me alegra ver que estás viva. ¿No te dije que me llamaras si se ponía realmente feo?

—¡Si te he llamado, cojones!

—Shh… No grites.

—¿Interrumpo algo?

Respondió apuntando con la cabeza hacia el interior de su apartamento.

—Mira, da igual. Vístete, necesito tu ayuda.

—Ah, no. Si es lo de “Los Guarumos” olvídate.

—¡Que no es eso, hostia puta! —susurró entre dientes—. Es importante. Ya follarás con tu novio luego.

—Tampoco es que sea mi pasatiempo favorito.

Elena resopló y se dirigió dentro, entrecerrando la puerta.

—¡Amor! —gritaba al piso superior mientras se vestía.

—¿Sí, linda?

—Me tengo que ir.

—¿Así? ¿De repente?

—Son los del CIAT.

—Ah. Qué cabrones.

—Tengo que ir a arreglar una cosa. Luego seguimos, ¿vale? Te quiero —dijo mientras salía.

—¿El CIAT? ¿En serio?

—Es la única excusa que se traga cuando no quiero acostarme con él.

—Eso es un poco jodido…

—No pedí tu opinión al respecto, Mérida —interrumpió—. ¿Me explicas ya qué carajo pasa?

—Eh… Tienes que verlo.

--

—Dios… mío… —murmuró Elena una vez llegó a la base de “Los Guarumos”, inmóvil mientras observaba a los esclavos.

—Ya, lo sé.

—¿Pero y qué tengo que ver yo con esto?

—Necesitan un lugar para quedarse y queremos que hables con… eh… bueno, el tío que tiene el edificio de los drogadictos.

—¿“Pizorro”?

—Ese.

—Hablar puedo hablar. Pero no sé si querrá.

—Hay que intentarlo al menos. —Giró la cabeza para dirigirse a Greg, subiendo las escaleras—. ¿Alguien se ha presentado?

—Por suerte, no. Pero no me quedaría mucho más aquí.

—¿Y las cadenas al final qué?

—No puedo romperlas.

—Está bien —suspiraba—. Podríamos usar unas cizallas allí. —Agarró, seguidamente, una pala y se acercó al cuerpo de Ángel para echárselo a los brazos—. Id llevándolos. Os alcanzaré e iré con Eir. Tengo que… Tengo que enterrarle.

—Vamos, Elena.

Mérida salió la primera, yendo por caminos distintos respecto al resto.

Mientras caminaba, sus ojos verdes que normalmente intimidaban a los vivos, se llenaban de compasión a la hora de mirar de reojo al muerto.

Antes de comenzar el entierro, agarró una piedra y comenzó a golpear su casco de moto, consiguiendo así quebrarlo y abrir la chapa para liberar su cabeza después de tanto tiempo.

Una tristeza se hizo presente, digna de hacer brotar las lágrimas de sus ojos mientras cavaba el hoyo.

La culpa se hizo presente en su corazón cuando dejó el cuerpo dentro del hoyo.

Y un deseo oscuro, al que todavía no le había puesto nombre, se hizo presente en su cabeza cuando tapó el hoyo.

--

Mérida, ya acompañada de Eir y dirigiéndose al edificio de los drogadictos, se encontraba hablando con Elena por teléfono.

—¿Dónde estás? —preguntaba Elena.

—Llegando. Veo el edificio desde aquí.

—Vale. Daniel quiere hablar contigo antes de tomar una decisión. Te estamos esperando en la puerta.

—Voy —respondió antes de colgar.

—¿Están muy graves? —preguntó Eir, maletín en la mano.

—Diría que sí, pero yo no soy la experta.

Tras entrar al edificio fueron recibidas tanto por Elena como por un hombre de pelo corto rubio, con lentes oscuros, arreglado y con un traje negro.

—Usted debe de ser “La Extranjera”, ¿verdad? —preguntaba el hombre.

—Y tú debes de ser Daniel, ¿verdad? —decía mientras se quitaba las gafas de sol, confirmando las sospechas del hombre—. ¿A ti también te dicen “El Extranjero”?

—Soy salvadoreño, linda —decía mientras se retiraba las gafas, revelando sus ojos azules—. De nacimiento. Y por aquí me conocen como “Pizorro”, si así prefiere llamarme. Es un placer estar ante semejante leyenda. Sígame, creo que debemos hablar un par de cosas.

—Es… muy educado, ¿no? —susurró a Elena, siguiendo a Daniel.

—Eso lo hace con cualquier chica que se quiere coger —reía.

—Discúlpeme —intervino Eir, acercándose a Daniel.

—Ugh… ¿Sí, enana?

—Tengo entendido que las “Lágrimas” están graves —respondió con un tono molesto—. ¿Puedo ir a tratarlas?

—Sí, sí. Adelante. Rarita…

—¿Viste? —susurró nuevamente.

—Qué capullo…

—¿Dijo algo, “Extranjera”?

—No, no dijo nada, tranquilo —reía incómoda—. Oye, ¿dónde está Antonio?

—Está ocupado con unos asuntos. No está aquí ahora mismo.

Durante su trayecto, se percató de que los drogadictos que habían salido de sus habitaciones se tapaban los ojos cuando Daniel pasaba por su lado, arrodillándose y rezando frente a él.

—Elena… —susurró Mérida— ¿Dónde está Greg?

—Estacionando un camión con el que trajimos a las “Lágrimas”

—¿Habéis robado un puto camión?

—No lo robamos. Lo cogimos prestado sin permiso.

—Con dos cojones, Elena…

Acabaron dando con la oficina, Daniel dejándoles entrar antes de cerrar la puerta tras de sí.

—Bueno, “Halcón” ya me informó de la situación. Lo que no me quedó muy claro es de dónde los sacaron.

Mérida miró a Elena de reojo y ella asintió.

—Los sacamos de una base de “Los Guarumos”.

—Ah, sí. Les conozco —dijo mientras se sentaba en una de las sillas de la oficina—. Unos salvajes. Me sorprende que hayan podido con ellos.

—No ha sido fácil.

—Entonces, ¿cuánto tiene pensado que se queden aquí?

—El suficiente para que se puedan curar.

Daniel rió ligeramente.

—¿Ha visto cómo están algunos de ellos? Si no se mueren, necesitarían al menos un par de semanas de recuperación. Eso es bastante tiempo, ¿sabe?

—¿Cuánto quieres? —replicó enseguida, seria.

“Pizorro” dudó unos segundos antes de contestar, haciendo una mueca con la cara.

—Normalmente les pediría dinero —respondió antes de inclinarse ligeramente hacia delante en la silla—. Pero debido al tiempo que van a ocupar el edificio y la cantidad tan grande de esclavos, debo pedir algo más que dinero.

—¿El qué?

—A usted.

—Ni de puta coña…

—No, no. No se asuste. No la quiero como mujer, aunque desde luego no me importaría. Quiero que haga un trabajito, eso es todo.

—No sé si la persona para la que trabajo le hará mucha gracia —respondió apresuradamente.

—“Cadejo” y yo somos buenos amigos. No creo que se moleste porque haga un trabajito para mí. Además, no se tiene por qué enterar. Mantendré la boca cerrada.

—¿De qué se trata?

—Hay una pandilla a la que le compre bastante droga para mis chicos y aún sigo esperando. Me estafaron. Se trata de los “P”.

—¿Te suenan de algo? —preguntó Mérida a Elena.

—Para nada. Es la primera vez que escucho sobre ellos.

—Son una pandilla que trabaja de forma discreta. Es normal que no escucharan sobre ellos. En fin, me gustaría que recuperase la droga o que los matase o las dos cosas, ¿por qué no?

—¿Son peligrosos?

—Bueno, eso es relativo —sonrió—. Pero estoy seguro de que para una leyenda como usted no será ningún problema. Entonces, ¿hay trato, “Extranjera”? —preguntó mientras le cedía la mano.

—Supongo que no hay otra manera de que los esclavos se queden aquí, ¿no?

—Como mujer…

—Olvídalo —murmuró molesta antes de apretar su mano.

—Venga mañana por la mañana a las ocho para preparar el trabajo. No se preocupe, la armaré. Yo… debo de ir a atender otros asuntos. Retírense.

Asintió y, tanto ella como Elena, salieron de la oficina.

—Mérida, ¿estás segura de esto?

—No tengo otra opción, ya lo has escuchado. Además, ¿no decías que es de fiar?

—Sí, pero…

Eir bajó las escaleras apresuradamente, interrumpiéndola.

—“Extranjera”, hay una “Lágrima” con la que necesito que te quedes. Ven.

Ella obedeció y comenzó a seguirla junto a Elena.

—¿Qué decías?

—Simplemente no sé si es necesario que te juegues la vida por una causa que no te afecta.

—Esto comenzó a afectarme en el momento en el que me los encontré. ¿Qué quieres que haga? ¿Dejarlos en la calle?

—No es eso, Mérida. Pero…

—¿Entonces qué?

—¡Qué me importas, carajo!

—Sí, claro. Te importo. Seguro que no has follado a gusto con tu novio por estar pensando si me mataban.

—Vale, muy bien. Ándate al carajo.

—Ya está bien. Las dos —intervino Eir—. Los enfermos no tienen que aguantar sus dramas.

Ambas mantuvieron silencio y, después de subir un par de pisos más, la médico señaló a una “Lágrima” con escamas en el cuello y la pierna negra, sentada y apoyada contra una pared.

—Es ella. Tiene la pierna prácticamente podrida por una infección. Hay que amputar. No notará nada por la saliva, pero… En fin, algo de compañía no le vendría mal.

—Sí, sin problemas.

La esclava respiraba con pesadez, las branquias que tenía en el cuello moqueaban un líquido amarillo viscoso con cada suspiración. Mérida se sentó a su lado mientras Eir preparaba las herramientas y Elena observaba de fondo.

—De verdad eres tú —susurró la “Lágrima” mientras agarraba con fuerza la manga de Mérida, sus pupilas lineales clavadas en sus ojos verdes—. Me esperaba un monstruo.

No respondió. Agarró su mano con fuerza para quedársela cerca del pecho.

—¿Cuál es tu nombre?

—Mérida.

—Qué coincidencia —reía amargamente—. Yo crecí en un lugar llamado Mérida, en México.

Eir comenzó a marcar la zona que iba a amputar, la paciente mirando de forma inconsciente. Rápidamente, Mérida la agarró de la barbilla para apartar su mirada de la pierna y hacer que siguiera estando centrada en ella.

—Mi mamá también me nombró por una provincia llamada Mérida, pero está muy lejos de aquí, en España

La “Lágrima” no paraba de desviar la mirada a su extremidad, notándose claramente aterrada por la operación a la que estaba apunto de ser sometida.

—¿Y cómo te llamas tú? —Intentó distraer.

—Levi.

—Es un nombre muy bonito. Ojalá mi madre hubiera tenido mayor imaginación.

—Tú tienes más suerte. Yo no tuve ni madre ni padre que me diera el nombre. Me lo dio un esclavista y ese es el único nombre que he conocido.

Eir comenzó a cortar la pierna de Levi con cuidado. Ella podía sentir como poco a poco su extremidad se iba desprendiendo de su cuerpo y, a pesar de no notar dolor, sus ojos se llenaban de lágrimas por el miedo.

Mérida se percató de un dibujo en una hoja de papel sucia que la “Lágrima” agarraba con fuerza: un rostro que parecía de una infante, muy parecida a ella, extremadamente detallado, rozando el realismo.

1 comment

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[–] 2 points 1 week ago

Enhorabuena por llegar al capítulo 9.

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