Tu avión acaba de aterrizar en el aeropuerto de Porto Santo por a saber qué problema. Por los altavoces solamente se escucharon balbuceos y nadie que estuviese contigo en el avión se enteró. El personal te apresura a salir del avión y, una vez en la puerta de embarque, encuentras a una agradable empleada para preguntarle dónde puedes coger el siguiente avión para llegar a tu destino. Anabela (nombre que lees en la placa de su chaqueta), te da las indicaciones. Vas caminando, sin prisa, e impulsado por las ganas que tienes de ver a tu hijo, entras en una colorida tienda y le compras un regalo. Continúas tu rumbo y ves una cara que te resulta familiar. Anabela está ahí, con la característica sonrisa de formación profesional. Miras al frente, sientes un poco de vergüenza al pensar que te has despistado y que has cogido la dirección equivocada. Así que aceleras el paso y vuelves a seguir sus instrucciones, pero cada vez que lo haces vuelves al mismo punto, cruzando de nuevo con Anabela y con la extraña sensación de que el número de personas a tu alrededor se reduce. De pronto las pantallas anunciando los vuelos son sustituidas por avisos de actualización a Windows 11 y tras mirar la hora en tu reloj y ver sorprendido que lo que parecieron minutos han sido horas, te das cuenta de que estás completamente a solas con Anabela. Ves cómo ella se acerca a ti, desabotonándose la camisa mientras dice: “Por fin podemos tener algo de intimidad”. Sus habilidosos dedos van dejando ver poco a poco su busto tras el sujetador y comienzas a oír unos gritos según llega a la tripa a comienzas a ver, con incredulidad, una cara rolliza. “¿Mi bebé tiene hambre?”, pregunta Anabela, mientras acaricia suavemente uno de los mofletes que sobresalen de su abdomen. ¿Qué haces? ¿Quizá compraste algo en la tienda que podría ayudarte?
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Abro el monedero, hay exactamente dos euros y treinta y siete céntimos, el Toblerone vale 30. Dejo los dos euros en el mostrador. Y me dirijo hacia fuera. En ese momento me intercepta Anabela, sonriente ¿Igual le he gustado? ¿Igual le he caído en gracia? Igual este es el día donde una bonita historia de amor surge, y que cuando nos pregunten como nos conocimos podamos decir algo como, ella quería algo grande y largo, y yo tenía un Toblerone de aeropuerto entre mis manos. Quien sabe.
Se empieza a desabrochar la camisa, y yo, ya estoy viendo el altar, escucho las campanas de boda, me imagino la noche de bodas y… Veo tremendo engendro en la tripa de la que se acaba de convertir en mi nueva exmujer. Desafiante y amenazadora dice “¿Mi bebé tiene hambre?”. Otra madre soltera no, pienso para mí.
Necesito un arma, así que cojo lo primero que tengo a mano, el Toblerone, y me dispongo a usarlo como arma. Como si de un bate de beisbol se tratase me dispongo a tobleronearle la cabeza, pero me distraigo al ver sus dos “ojazos” ahora perfectamente visibles con la camiseta abierta. Con una fuerza sobre humana, me para el brazo, el Toblerone cae a mi derecha, y se avalanza hacía a mi.